Lealtad de la manada Capítulo 7
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Capítulo 7

Amy

No podía creer que hubiera aceptado ir a su dormitorio con él, pero ahí estaba yo. Me temblaban las piernas mientras caminaba por el pasillo, dejando atrás la habitación donde dormía mi hija, en dirección a la parte trasera de la casa.

El silencio que nos rodeaba era ensordecedor, y de puros nervios pregunté:

—¿Tienes tu propio baño? ¿O el que usamos es el único de la casa?

En realidad me daba igual. Un baño, dos. Me traía sin cuidado. Pero sentía que tenía que decir algo, o iba a arder de nervios y emoción.

—Sí, tengo el mío —dijo Noah mientras abría una puerta grande y señalaba hacia una habitación a oscuras—. Ven a verlo.

Encendió la luz y eché un vistazo a la habitación.

—Es preciosa.

La habitación estaba bien arreglada, pero, como el resto de la casa, carecía de toques personales en la decoración. Entré; era casi tan grande como todo el salón.

—Es enorme.

—Sí... —dijo Noah a mi espalda, con una voz que me envolvía como un masaje—. Paso mucho tiempo aquí.

Se notaba. Había un pequeño sofá a un lado y un televisor. Y luego estaba su enorme cama. Una cama en la que yo ya había estado.

—Sabes, ahora que lo pienso, ya he estado en esta habitación —bromeé mientras avanzaba—. Solo que no a la luz del día.

La mañana en que huí de él, el sol apenas había salido y no me había parado a observar lo que me rodeaba antes de marcharme.

—Oye, quiero preguntarte algo. ¿Por qué te fuiste esa mañana?

Su pregunta me pilló desprevenida.

Me di la vuelta y lo miré fijamente.

—Ya te lo dije. Me avergonzaba de mi comportamiento. Estaba muerta de vergüenza, la verdad.

Y así era. No podía creer que me hubiera ido a casa con un tipo que no conocía, que me hubiera acostado con un desconocido y que luego me hubiera quedado perdida en medio del bosque.

Me había levantado y recuperado las riendas de mi vida sin pensármelo dos veces.

Negó con la cabeza mientras se acercaba.

—No sé si te creo. Fue otra cosa, ¿verdad?

El corazón me latía como un bongó, y un escalofrío de miedo me recorría la espalda, aunque por dentro me derretía ante la expectativa de que volviera a tocarme.

—No.

Tragué saliva con dificultad. Tenía la garganta cerrada.

—¿Qué otra cosa podría ser, aparte de lo que ya te he dicho?

Se rio entre dientes.

—No sé. ¿Yo, quizá? ¿Te despertaste, me miraste la cara y te diste cuenta de que habías cometido un error terrible?

Agachó la cabeza para que no pudiera leerle la expresión, pero al mismo tiempo me rodeó la cintura con las manos.

—¿Fue eso? —susurró mientras me atraía hacia él.

Nuestras caderas se encontraron y jadeé ante el contacto íntimo, sintiendo su cálido aliento en la cara.

—¿Fui yo? —volvió a preguntar.

No pude evitar cómo reaccioné a su cercanía. Le puse las manos en el pecho y gemí al sentir el calor que irradiaba.

—Pensé que mi memoria me fallaba cuando recordaba lo caliente que eras. Pero tenía razón... Estás ardiendo. Literalmente, además de...

Me callé y me sonrojé mientras él se reía y terminaba la frase por mí.

—¿Figurativamente?

Volvió a reírse, se irguió y me agarró de las caderas.

—Tú también estás muy buena. Y no me refiero a la temperatura.

El rubor se extendió de las mejillas al cuello y busqué algo con lo que distraerme.

—¿Eso es cosa de lobos? ¿Lo del calor? Porque Trixie siempre ha sido la bebé más calentita y sudorosa.

Sonrió con dulzura, como si me hubiera calado el intento de cambiar de tema, y negué con la cabeza.

—Lo siento. Ya sé que hablar de la niña no es muy sexy.

Mala idea, Amy. Muy mala.

—Todo lo que dices es sexy, Amy. Pero quiero llevarte a la cama. ¿Me dejas?

Inspiré de golpe, con el miedo al rechazo atenazándome el corazón.

—Mi cuerpo ya no es el mismo desde que tuve a la niña...

Tenía flacidez donde nunca la había tenido, y estaba más delgada en zonas que antes eran firmes.

Inclinó la cabeza y me besó con suavidad en la frente. Me miró a los ojos con intensidad mientras decía:

—Eres preciosa. Mucho más de lo que recordaba. Te deseo, Amy. Muchísimo.

Cerré los ojos para no ver su mirada. Esa mirada que me decía que hablaba en serio. Me asustaba, esa verdad. Pero quería más. Mucho más.

Abrí los ojos de nuevo, disfrutando de la sensación de sus labios en mi piel y de la cercanía de su cuerpo. Aun así, la incertidumbre tiraba de mí. Me aparté y lo miré, llena de dudas.

—No he estado con nadie desde que me quedé embarazada, y no sé si...

Las palabras se me quedaron en la boca cuando Noah me tomó el rostro entre las manos y me besó con fuerza.

Bueno, eso sí que calla la ansiedad, pensé, y después dejé de pensar por completo cuando el deseo se apoderó de mí.

Ya no recordaba lo que iba a decir, pero daba igual.

Mi mente se fundió en placer. No quería pensar.

Hacía tanto tiempo que no sentía otra cosa que dolor, malestar y estrés...

¿No me merecía sentirme bien aunque fuera un momento?

Solo quería abandonarme a sus labios, a su presencia.

Al amor que siempre había sentido por este hombre.

El amor por el hombre que me había dado a mi preciosa niña.

Se me escapó un gemido cuando él se acercó más, me agarró el trasero y me atrajo contra su cuerpo.

Lo ansiaba tanto... Y aunque el miedo a lo mucho que deseaba a este hombre me había atormentado durante los últimos dos años, ahora que estaba aquí, lo único que quería era volver a meterme en la cama con él, calmar ese dolor profundo que nunca se había ido.

No desde aquella noche en que estuvimos juntos.

Tiré de su camiseta. Quería sentir su piel contra la mía. Necesitaba ese contacto piel con piel como si fuera una droga milagrosa.

Se apartó y me miró fijamente. Sus ojos eran un remolino de colores, y me mordí el labio para no gemir en voz alta.

Lejos de asustarme, la naturaleza exótica de su lado salvaje me atraía tanto como el hombre en sí.

Incluso con todo lo que había aprendido, su lado animal no me daba miedo.

No en ese momento. No tanto como sabía que debería.

—¿Me deseas? —preguntó con voz profunda y sensual.

Asentí. Nunca me habían preguntado algo así y me resultaba de lo más desconcertante. Pero entendía que quería estar seguro.

—Dilo. Por favor —gimió—. Dime que me quieres entre tus piernas, haciéndote correr una y otra vez.

Esta vez no pude contener el gemido que se me escapó.

—Sí. Por favor, sí. Quiero eso, Noah. Te quiero a ti.

Eso fue todo lo que necesitó para levantarme en brazos y besarme de nuevo. Le rodeé el cuello con los brazos y la cintura con las piernas, y le devolví el beso con todo el anhelo de mi alma.

Me llevó hasta la cama y se dejó caer conmigo, de modo que aterricé de espaldas en el colchón, todavía aferrada a él. Se apartó solo lo suficiente para que nos arrancáramos la ropa mutuamente.

Me retorcí para ayudar mientras me quitaba el vestido con unos cuantos tirones, y mi ropa interior desapareció igual de rápido. Se puso de pie, se arrancó la camiseta por la cabeza y se bajó los vaqueros antes de quitárselos de una patada.

Apenas tuve tiempo de admirar su cuerpo magnífico antes de que volviera a estar encima de mí, ardiente y urgente.

Levanté las piernas para animarlo a entrar en mí de inmediato.

Lo ansiaba. Me dolía por dentro, un dolor físico de verdad.

Había estado vacía durante tanto tiempo, y nadie podía llenar ese vacío excepto Noah.

En lugar de embestirme, se apartó y comenzó a descender por mi cuerpo, besándome el cuello, amasándome los pechos, atormentándome con aquella lenta acumulación de placer.

—No. Por favor —tiré de él—. Iba en la dirección equivocada.

Levantó la vista y me miró con el ceño fruncido.

—¿Qué pasa?

—Te quiero dentro de mí —casi me impactaba decirlo, pero si eso era lo que tenía que decir para que me follara, lo haría encantada.

No subió hacia mí como yo quería. Sonrió como el lobo de Caperucita Roja y siguió devorándome, centímetro a estremecedor centímetro.

—No... no... —exclamé mientras me besaba el vientre y me abría los muslos—. No deberías...

—Oh, claro que debería... —gruñó, y me pasó la lengua por el clítoris palpitante.

Exploté. Me sacudí bajo su boca y grité cuando el primer orgasmo me golpeó como una ola de placer.

Gimió y cubrió mi sexo con su boca, succionándome el clítoris mientras yo le agarraba la cabeza, cualquier cosa con tal de anclarme en aquella tormenta de pasión.

No dejó de darme placer. Me lamió y succionó hasta que volví a alcanzar el clímax.

—Noah... por favor.

Me metió los dedos y mi coño se apretó a su alrededor, ávido, deseando más.

Me estimuló por dentro y por fuera, y yo no podía hacer otra cosa que retorcerme en la cama y suplicar a los dioses que frenaran aquel tormento mientras ola tras ola de placer inundaba mi cuerpo hambriento.

Esto era lo que recordaba de aquella noche. El placer interminable cayendo sobre mí en oleadas. Cuánto había echado de menos esto con Noah...

Jadeé y arqueé la espalda; el vientre se me tensaba hasta el crescendo una vez más bajo sus talentosos dedos y su lengua.

Por fin se retiró y volvió a colocarse entre mis piernas.

—Esta vez nos corremos juntos.

Colocó la gruesa polla en mi entrada y presionó contra mi carne. Incliné las caderas hacia él y me abrí con avidez.

Como si estuviéramos hechos el uno para el otro.

Sí. Por favor.

Se deslizó dentro de mí lentamente y jadeé ante el leve dolor de abrirme tanto.

—Eres demasiado grande.

Negó con la cabeza y se movió sobre mí hasta que nos tocábamos desde la nariz hasta los pies.

—No. Solo estás muy estrecha. Seré delicado, no te preocupes.

No quería delicadeza, pero mientras se abría paso lentamente dentro de mí, contuve la respiración, esperando más dolor.

Fue tan delicado como había prometido. Meció las caderas lentamente, penetrándome cada vez más profundo hasta que por fin estuvo enterrado hasta el fondo y la necesidad que me arañaba por dentro alcanzó su punto máximo.

Estaba tan apretada, tan caliente, tan sudorosa, que sentía que explotaría si no se movía. Ya.

Le hundí los dientes en el hombro, saboreando la sal de su sudor.

—Más. Por favor.

Gruñó encima de mí, un sonido tan peligroso como sensual.

Debería haber tenido miedo del animal que me había dicho que acechaba en su interior. En cambio, levanté los muslos, se los apreté alrededor de la cintura y me preparé para lo que venía.

Se retiró y embistió con fuerza.

Jadeé y me aferré a él con más fuerza.

Lo hizo una y otra vez, hasta que me follaba contra el colchón, contra el cabecero. Yo gritaba, él gruñía, y todo era un caos de placer, anhelo y pura necesidad.

Me corrí una vez, luego otra, contrayéndome alrededor de su polla siempre dura, pero él siguió embistiendo.

El sudor le rodaba por la espalda y el placer dentro de mí seguía creciendo, hasta que le agarré la cara y lo atraje hacia mí para besarlo. Nuestros labios se encontraron y embistió una vez más antes de correrse.

Su lengua saqueó mi boca mientras el calor me inundaba el vientre.

Eché la cabeza hacia atrás y grité mientras los orgasmos me sacudían, uno tras otro. Las oleadas de placer no cesaron hasta que, finalmente, él se desplomó sobre mí, y mi mente se abandonó, sumiéndose en el sueño más profundo que había tenido en años.