Lealtad de la manada Capítulo 6
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Capítulo 6

Noah

Cuando volvimos del pueblo, Draven ya había recogido sus cosas y se había marchado. No sabía adónde había ido, pero iba a echar de menos los desayunos que preparaba. Aunque casi siempre estuvieran quemados.

—¿Quieres instalarte en el segundo dormitorio? —pregunté mientras abría la puerta y le enseñaba a Amy la habitación que había sido de Draven.

Ahora estaba vacía, salvo por la cama y una cómoda.

—Oh, sí, por favor. Es preciosa —dijo Amy mientras entraba en la habitación y dejaba el bolso sobre la cama.

Eché un vistazo alrededor.

—Supongo que sí.

La habitación era grande, la cama estaba tallada a mano, y las cortinas de un rojo rubí intenso le daban un toque de color.

—También hay sitio para la cuna portátil —dijo ella.

Me fastidiaba que no fuera a instalarse directamente en mi dormitorio, pero decidí no ofrecerle esa opción. No quería que me rechazara, no hoy. Ya tenía los nervios a flor de piel.

Se hizo el silencio entre nosotros y quise agarrarla, abrazarla y besarla. Todo lo que no podía hacer. Todo lo que ansiaba.

Apreté los dientes con fuerza y aparté esos deseos de mi mente. Necesitaba hacer algo constructivo. Algo físico que me distrajera de las ganas de tocar a Amy.

—Voy a buscar las bolsas del coche —le dije.

No esperé respuesta, simplemente me di la vuelta y salí a coger las maletas y bolsas que ella había querido traer. No me había dado cuenta de que un bebé necesitara tantas... cosas. Pero ¿qué sabía yo de niños?

Lo metí todo dentro y lo dejé en su dormitorio, mientras mi pequeña recorría la habitación curioseándolo todo. Tiró de las cortinas y estudió las paredes como si guardaran un misterio que solo ella podía ver.

Mi cuerpo ardía de energía y normalmente este habría sido el momento perfecto para transformarme y salir a correr. Pero no quería hacerlo, no hoy. No cuando todo con Amy era tan frágil, la confianza tan precaria. Necesitaba quedarme cerca.

Y necesitaba que entendiera un poco más sobre los cambiantes y nuestra manada, antes de dar rienda suelta a mi lado lobo y acabar dándole un susto de muerte.

—Voy a ir andando hasta las tiendas a por algo de cena, ¿te parece? —No creía que Amy fuera a querer comer en nuestro único restaurante. La gente se quedaría mirando y dudaba que se sintiera cómoda allí tan pronto.

—Oh, eso sería genial. Le daré de comer a Trixie y la prepararé para dormir. ¿Tienes bañera?

—Solo ducha. Puedes usarla cuando quieras —señalé la habitación de enfrente, al otro lado del pasillo—. Ahí hay un baño completo.

Sonrió contenta.

—Ducharla es cosa de dos, así que creo que la limpiaré con toallitas y listo. Gracias.

Abrí la boca para ofrecerme a ayudarla a duchar a Trixie, pero entonces me di cuenta de lo raro que le sonaría. Todavía no éramos pareja, y no éramos una familia con la confianza suficiente para esas cosas. Todavía no.

Me di la vuelta y me dirigí hacia la puerta principal.

—Vuelvo en una hora más o menos.

Salí al aire fresco de la noche.

—Mierda —me pasé las manos por el pelo y me apreté la cabeza.

Lo que no daría por tener a Amy desnuda ante mí una vez más, pero no veía ninguna señal de que me deseara como aquella noche en que nos conocimos en el bar.

No me miraba igual, y me preguntaba qué efecto había tenido en ella el embarazo.

¿Le habría alterado las hormonas de forma permanente, hasta el punto de que ya no me deseara? ¿Nunca más?

Esperaba que no, pero ¿qué sabía yo de todo eso?

Caminé por la carretera principal, atravesando el pueblo, hasta el único restaurante que teníamos. Lo llevaban Bailey y su esposa, y servían comidas calientes tipo pub. También hacían comida para llevar, lo cual me venía perfecto esta noche.

Entré en el local.

—Hola, Noah —la esposa de Bailey, Maeve, me saludó con una mirada curiosa mientras limpiaba la barra—. Me han dicho que tienes a una mujer viviendo contigo. Y a un bebé. ¿Es verdad?

Negué con la cabeza mientras me acercaba a la barra.

—¿Por qué no me sorprende que ya conozcas mis asuntos más privados, Maeve? ¿También sabes qué número calza?

Maeve cogió el bloc y el bolígrafo que tenía sobre la barra y me sonrió.

—Todavía no, pero pronto lo sabré. ¿Qué te pongo?

—Dos especiales de la casa, con ración extra de patatas, y... ¿debería pedir algo para Trixie? Tiene... quince meses.

Si no me fallaban las cuentas, eso era más o menos.

—¿Sabes qué le gusta? —preguntó Maeve.

—No. Lo siento.

—Te pondré un poco de pollo y verduras extra. Algo sencillo. A los pequeños no les gustan mucho los condimentos ni las salsas. Estará en unos veinte minutos, cariño —arrancó el papel y lo puso junto a los otros pedidos.

—Gracias, Maeve.

Volvió a la cocina y yo salí a respirar hondo el aire fresco del campo. Haber ido al pueblo hoy, aunque solo fuera una hora, bastó para hacerme agradecer no vivir allí.

Kit se acercó dando saltitos, con una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Me he enterado de que tienes una chica humana! ¿Cómo es?

No pude evitar sonreír ante Kit, el hermano menor del Alfa.

Era puro optimismo y alegría en un mundo donde la mayoría de los hombres eran bruscos y duros como piedras.

Pero Kit no, y eso me parecía bien. Era un buen tipo, un cambiante leal.

Un hombre que moriría por su familia y casi lo había hecho cuando Jaime atacó nuestra manada hacía unos meses.

Siempre me había caído bien Kit, aunque era un chico peculiar. Pero aquel día me había demostrado, a mí y a muchos otros, que tenía más corazón que cabeza.

—Es buena —le dije—. Se llama Amy.

—¿Amy? Qué bien. Entonces, ¿se va a quedar por aquí?

Asentí.

—Sí, al menos por un tiempo. Le pedí que se quedara.

Kit se acercó y susurró:

—¿Es verdad que tuvo a tu bebé y no lo sabías? ¿Y ahora ha vuelto y tienes que hacerte cargo de una... niña de dos años?

Me reí y negué con la cabeza mientras me giraba para mirarlo. Este pueblo. Las noticias corrían más rápido que un lobo tras una liebre.

—Mi hija se llama Beatrix. Tiene casi un año y medio.

—Vaya —dijo Kit, negando con la cabeza—. Eso es una locura.

—¿Que no sabía que tenía una hija? Desde luego. —Ni se me había pasado por la cabeza.

—Me pregunto qué dirá Lacey —dijo Kit en voz baja, como si fuera un secreto.

Hice una mueca ante la mención de mi ex.

—Bueno, ya no es asunto suyo, ¿verdad?

Lacey y yo habíamos tenido una relación intermitente durante años. Había sido una buena distracción mientras buscaba y esperaba a mi compañera predestinada. Siempre había albergado la esperanza de que existiera una para mí en algún lugar, y me había negado a conformarme con menos.

Conocer a Amy aquella noche me había demostrado que esa sensación de perfección era posible, así que todo lo que había compartido con Lacey durante los últimos dos años no había sido más que mi forma de buscar un poco de consuelo en la oscuridad.

Pero Amy había vuelto, y no pensaba dejarla escapar. Solo esperaba que Lacey no se pusiera demasiado celosa ni montara un numerito, porque podía ser una auténtica arpía cuando quería. Además, era una cambiaformas bastante poderosa.

Aparté esos pensamientos negativos de mi mente.

—Estará bien.

Kit se rio.

—Buena suerte, tío.

Me dio una palmada en el hombro y se marchó.

Suspiré. Tenía razón. Más me valía advertir a Amy sobre Lacey antes de que se enterara por otra persona.

—La cena está lista, Noah —llamó Maeve, y entré a recoger nuestra comida para llevar.

—Muchas gracias.

—Que aproveche.

Cogí los recipientes rectangulares de aluminio y volví a casa, con el corazón palpitando de anticipación y la emoción a flor de piel.

Empujé la puerta y anuncié:

—Ya estoy aquí.

La puerta del dormitorio de invitados se abrió y mi preciosa niña salió corriendo vestida solo con un pañal. Era toda michelines y fuerza.

Se reía mientras sus piernecitas se movían a toda velocidad.

—¡Te voy a pillar! —gritó Amy, saliendo corriendo de la habitación tras Trixie, con un ligero vestido de verano y el pelo todavía húmedo de la ducha.

—Ah, hola —dijo, cogiendo a la niña en brazos—. Decidí ducharme mientras ella jugaba a mis pies. Espero que no te importe.

Asentí, con un nudo en la garganta y el cuerpo tenso de deseo. Joder, era preciosa. Tenía una piel tan clara, tan suave. Y su aroma. Me envolvía, mezclándose con el olor de mi jabón hasta convertirse en algo exótico y delicioso. Tragué saliva.

—Sí. Por supuesto. ¿Tenéis hambre?

—Ella siempre tiene hambre —bromeó Amy—, pero déjame vestirla. No tardaré.

Amy desapareció de nuevo en el dormitorio con Trixie y cerró la puerta.

Fui a la mesa de la cocina y dejé la comida. Solo necesitábamos cubiertos y listo. Cogí vasos y agua, y puse la mesa para tres. No tenía ni idea de cómo comería Trixie, pero también merecía un sitio en la mesa.

La niña vino corriendo hacia mí y me agarró de las piernas.

—Ah, hola —dije, mirándola.

Me miró fijamente con esos ojos azules brillantes, algo inquietantes. Era como mirarme en un espejo extraño, aunque eso tampoco tenía mucho sentido. Solo tenía un año, y era una niña, pero aun así podía ver tanto de mí en su rostro.

Hizo un ruidito, como si quisiera algo de mí, pero no conseguía averiguar qué.

—Quiere que la cojas —dijo Amy, acercándose a la mesa y sonriéndome.

—Ah, vale. —La cogí en brazos y la estreché contra mí—. Maeve ha puesto pollo y verduras para ti, pequeña. ¿Quieres un poco?

Abrí el envase y Amy asintió con entusiasmo.

—Ah, sí, le encantará. Perfecto.

Nos sentamos a comer y pude disfrutar de mi primera cena familiar, con la mujer que mi lobo sabía que era nuestra compañera, y la niña que habíamos creado juntos.

Me había perdido tanto desde aquella noche en que conocí a Amy.

Su embarazo, el nacimiento de Trixie. El primer año de vida de mi hija. No iba a perderme más primeras veces.

Terminamos de cenar y fuimos juntos a la habitación de invitados para que Amy acostara a Trixie.

Se durmió enseguida en el corralito de la habitación de Amy, acurrucada con su lobito de peluche.

Salimos de puntillas y nos sonreímos como si hubiéramos completado una gran hazaña. Luego volvimos al salón y nos sentamos en los sofás, como cualquier otra pareja de padres que acabara de acostar a su hijo.

Pero la repentina tensión en la habitación desmentía lo fácil y natural que había sido todo lo demás del día.

Amy rompió el silencio.

—Y bueno, ¿qué haces por las noches?

—Ver la tele. Acostarme temprano. Ir al pub, quizás. A casa de algún amigo. Lo que surja, la verdad.

Probablemente las mismas cosas que hacía antes de tener a Trixie.

Amy reprimió un bostezo, aunque el gesto no pareció muy natural.

—Estoy bastante cansada. Trixie se levanta temprano, así que quizás debería acostarme yo también.

Me dedicó una sonrisa forzada y luego se puso de pie.

Yo también me levanté, con el corazón martilleándome en el pecho. No quería que durmiera sola, en mi casa, mientras yo intentaba conciliar el sueño en mi propia cama.

—No te he enseñado el resto de la casa —conseguí decir.

Tragó saliva y sus pupilas se dilataron hasta convertirse en enormes pozos negros. ¿Era deseo lo que podía leer en su mirada? ¿O era otra cosa, y yo solo estaba proyectando lo que quería ver?

—¿Qué más hay?

—Mi dormitorio —dije, sintiéndome atrevido, y le tendí la mano—. ¿Quieres verlo?

Miró mi mano, asintió y extendió la suya para tomar la mía.

—Me gustaría.

Tiré de ella para sacarla de la sala y la guie por el pasillo.

Era hora de averiguar si el fuego de la pasión que ardió entre nosotros dos años atrás seguía vivo, o si se había convertido en cenizas.