Lealtad de la manada Capítulo 3
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Capítulo 3

Amy

Temblaba de pie frente a Noah, aferrada a mi hija. Nuestra hija. Una hija cuya existencia él había desconocido por completo, hasta ahora. Podía leer el reconocimiento en su mirada atónita mientras contemplaba a Trixie sin pestañear.

¿Qué estaría pensando? ¿Qué iba a hacer?

Trixie hizo un ruidito de fastidio y la acomodé mejor sobre mi cadera.

—¿Podemos entrar, por favor? —le pregunté a Noah.

Seguía boquiabierto, paralizado, con los ojos muy abiertos y la mirada fija.

Puede que estuviera en estado de shock, pero yo necesitaba sentarme y darle de comer a Trixie, o le daría una rabieta, y esa no era precisamente la primera impresión que quería causar.

—Ah, sí. Sí. Por supuesto.

Parpadeó varias veces y pareció volver en sí. Más o menos.

—¿Puedo ayudarte? ¿Tiene... Tiene ella... una bolsa o algo?

Señalé hacia el asiento del copiloto.

—Sí, de hecho. ¿Podrías sacar la bolsa del asiento delantero? Te lo agradecería.

Rodeó el coche a toda prisa, sacó mi enorme bolsa negra de bebé y se la colgó al hombro.

—¿Eso es todo?

Podría haberme echado a llorar allí mismo. ¿Por qué había esperado tanto para ponerme en contacto con él si iba a tomarse la noticia tan bien? ¿Tan considerado y servicial? Bien sabía Dios que me habría venido bien ayuda con la crianza durante el último año o dos.

—Sí.

Asentí, aferrándome con más fuerza a Trixie.

—Eh... Gracias.

Noah subió los escalones delante de nosotras y abrió la puerta de par en par. No dijo nada más, simplemente se quedó allí esperando a que pasáramos y entráramos en la casa.

El corazón me latía tan fuerte que dudaba que hubiera podido oírle bien aunque hubiera hablado.

—Mamá —balbuceó Trixie.

Cierto. ¡Muévete!

Subí los escalones a toda prisa, pasé junto a la pared contra la que me había tomado por primera vez e intenté ignorar el estremecimiento que me recorrió el cuerpo ante aquel recuerdo tan delicioso y pecaminoso.

—Vale, cariño, espera solo un momento —le dije a Trixie al llegar al salón, mientras ella se retorcía queriendo bajar y andar por ahí.

La dejé en el suelo y tendí la mano para coger mi bolsa de bebé.

—Gracias por traerla. Necesita comer algo.

Noah me pasó la bolsa y me senté en el sofá a rebuscar en su interior hasta encontrar la bolsa térmica con los yogures que había traído.

—Aquí tienes, cariño.

Le tendí el envase abierto y ella corrió hacia mí, cogió el yogur y empezó a chuparlo con avidez.

Noah se acercó al otro sofá y se dejó caer. Sus movimientos eran torpes, como si le temblaran las extremidades. Me miraba con lo que parecían un centenar de preguntas quemándole en los ojos.

Tragué saliva. ¿Cómo empezaba siquiera esta conversación?

Noah bajó la mirada hacia Trixie y luego volvió a mirarme.

—Es mía.

No era una pregunta, pero sentí la necesidad de responder de todos modos.

—Sí, lo es.

Se levantó de un salto y fue hacia la pequeña cocina.

—¿Quieres algo de beber?

—Café, si tienes. Llevo en pie y conduciendo desde las seis. Es madrugadora.

No respondió, pero se puso a trajinar en la cocina.

Me arrodillé y empecé a sacar algunos de los juguetes favoritos de Trixie para que no rompiera nada en la casa, aunque no había mucho que romper. Ni marcos de fotos, ni jarrones, ni siquiera cojines en los sofás. Ningún objeto decorativo. Nada delataba un toque femenino, ni siquiera... un hogar.

—Aquí tienes, cariño —dije, dándole a Trixie una caja con los bloques que le encantaban.

Se sentó en el suelo a jugar con ellos.

Noah se acercó con una taza.

—Toma.

Me levanté y cogí el café.

—Gracias.

Toda la situación era tan forzada, y mi tensión nerviosa iba en aumento.

Lo miraba con lo que probablemente era una mirada hambrienta, pero no podía evitarlo.

Dios, qué bien estaba. Mayor, más cansado, como yo, supongo.

Pero tenía el estómago encogido y el calor me subió a las mejillas por estar tan cerca de él.

Seguía siendo guapísimo, con esos ojos de un azul brillante y el pelo rubio oscuro.

Pero no era solo su físico lo que me hacía temblar.

Mi atracción hacia él no había disminuido en absoluto, aunque por suerte se había convertido en un fuego a fuego lento, en lugar de la llamarada que había sido al principio.

—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó de repente, y el estómago me dio un vuelco.

Esa era. Esa era la pregunta que llevaba casi dos años temiendo. ¿Por qué no lo busqué para decírselo en cuanto descubrí que estaba esperando un hijo suyo?

—Bueno, eh...

Volví al sofá, temiendo que me fallaran las piernas.

—Yo...

Dijera lo que dijera, no iba a ser suficiente, así que ¿por dónde empezaba siquiera?

Noah se dejó caer de nuevo en el sofá, y vi que tenía una cerveza en la mano.

Arqueé una ceja.

—¿Sueles hacer eso? ¿Beber a la hora del desayuno?

Esperaba que no, porque entonces tendríamos otro problema del que hablar.

¿Estaba poniéndome en manos de alguien con problemas de alcoholismo?

Miró la botella y luego a mí.

—Qué va. Pero esta conversación pide una copa.

En eso estaba de acuerdo. Así que, sin más preámbulos, respiré hondo, me aferré a la taza y me lancé.

—Yo... debería habértelo dicho. Pero al principio no sabía cómo hacerlo. Y, siendo sincera, tampoco sabía qué iba a hacer yo. Así que lo fui posponiendo, luego se volvió demasiado difícil, y no estaba segura de poder encontrarte, o de si te habrías mudado... o...

—Te traje aquí, a mi casa. ¿Cómo no ibas a poder encontrarme?

Se me encendieron las mejillas. El calor de la vergüenza. —Lo siento mucho. Yo… la verdad es que simplemente no sabía cómo decírtelo. Y luego, de alguna manera, me convencí de que no querrías saberlo.

—Que no querría… —Su voz se apagó mientras apretaba los labios.

—Lo siento —repetí, con un hilo de voz.

Las palabras parecían tan inadecuadas, pero era todo lo que tenía.

Asintió lentamente. —Entonces, ¿qué cambió?

—¿A qué te refieres?

—¿Por qué estás aquí de repente? —Entrecerró los ojos al mirarme—. ¿Está bien? ¿Necesitáis ayuda? ¿Dinero?

Negué con la cabeza. —Oh, no, no, estamos bien. Trabajo y gano lo suficiente para que las dos vivamos cómodamente. Me las he arreglado bastante bien, creo.

Y así era. Estaba orgullosa de cómo me las había arreglado sola. Con un poco de ayuda de mi madre haciendo de canguro, por supuesto.

—Entonces, ¿por qué estás aquí? —preguntó—. No es que no quiera que estés aquí, sí quiero. Ojalá hubieras vuelto enseguida. Pero ¿por qué ahora?

Tomé aire. —Tengo algunas preguntas sobre, bueno, sobre ti. ¿Te parece bien?

Noah alzó las cejas. —Sí, claro. Adelante.

¿Cómo le preguntabas a alguien sobre su linaje de manera respetuosa?

Cuando no se me ocurrieron las preguntas adecuadas, cambié de tema. —Tu pueblo ha cambiado bastante. ¿No había un muro enorme alrededor la última vez que estuve aquí?

Noah asintió, esbozando una sonrisa. —Sí, hasta hace unos seis meses. El nuevo Alfa… Quiero decir, eh, nuestro nuevo líder, decidió que era hora de abrir un poco el pueblo.

—¿Alfa?

—Así es como llamamos a nuestro líder, o como quieras llamarlo. Es el que manda aquí.

Apreté los labios. ¿Acababa de decir Alfa? ¿Era esto algún tipo de base militar? ¿Debería siquiera estar aquí?

Me puse de pie. —No debería haber venido sin avisar. Lo siento mucho. ¿Te gustaría venir al pueblo y quedar en otro sitio? Puedo darte mi número de móvil y nuestra dirección.

—¡No! —Se levantó de un salto—. No te vayas. No quiero que te marches cuando acabas de llegar.

—Pero probablemente este no sea el momento de hacerte preguntas personales sobre Trixie.

—¿Trixie?

—Sí. —Señalé a la pequeña sentada en el suelo, portándose de maravilla. Gracias a Dios era un buen día. Con una niña pequeña, era cuestión de suerte que se portara bien o fuera un poco más exigente—. Su nombre completo es Beatrix, pero la llamo Trixie.

Me agaché y tomé a mi hija en brazos, con la necesidad de aferrarme a ella. Había tenido a Trixie solo para mí durante toda su vida, y aunque sabía que Noah no era una amenaza, me costaba controlar mi instinto de protegerla.

Noah la miraba fijamente. —Tiene mis ojos.

—Sí, los tiene.

Trixie extendió los brazos hacia él, abriendo y cerrando las manitas mientras intentaba agarrarle la camiseta.

Me quedé boquiabierta, asombrada por cómo se estaba comportando. —Normalmente no va con nadie que no conozca.

Trixie gruñó e intentó lanzarse hacia él cuando no me moví lo bastante rápido.

—Eh, cariño. Espera.

—Yo la cojo —dijo Noah, apresurándose a tomarla en brazos.

Una extraña descarga me recorrió el cuerpo cuando Noah la acomodó contra su pecho, sosteniéndola con tanta facilidad como si lo hubiera hecho desde siempre. Se miraron con tal expresión de asombro y amor creciente que el corazón casi se me rompió por el tiempo que habían perdido.

Culpa mía. Los mantuve separados, ¿y para qué? ¿Porque tenía miedo? ¿Porque temía el rechazo? No solo por mí, sino por ella.

—Le caes bien —susurré.

Trixie extendió la mano hacia el rostro de Noah y le dio palmaditas en la mejilla.

—¿Qué le pasa, Amy? —susurró, como si no quisiera asustar a nuestra hija—. Parece tan sana… De hecho, parece perfecta.

Se me llenaron los ojos de lágrimas ante el asombro en su voz.

Luego añadió: —Pero has venido aquí por una razón. Y sé que es porque algo no va bien.

Tragué saliva y me obligué a seguir adelante con las preguntas que me daban vueltas en la cabeza. Había pasado por cosas mucho más difíciles en mi vida. Su nacimiento, sin ir más lejos. Eso casi me mata. Literalmente.

—Bueno, Trixie es un poco diferente a mi familia. No habla mucho, pero físicamente está muy desarrollada. Muy fuerte, con mucho músculo, y rápida.

Noah sonrió. —Eso viene de mi lado. No hablamos mucho hasta los tres años más o menos, pero los reflejos y la fuerza nos llegan pronto.

La alzó contra su pecho y la rodeó con ambos brazos, sujetándola con fuerza. Parecía un poco torpe, pero Trixie se acurrucó más, como si anhelara su abrazo.

—Hay algo más —dije en voz baja, mientras el miedo se apoderaba de mí. ¿Qué haría si no sabía de qué le estaba hablando?

Giró la cabeza para mirarme. —Dime.

—Anoche, estaba profundamente dormida, soñando, y empezó a hacer unos sonidos muy extraños.

—¿Qué tipo de sonidos?

—Bueno... —me pasé las manos por el pelo, tirando de los mechones enredados. No sabía muy bien cómo explicarlo—. Ladridos. Gruñidos. Mordiscos. Sonidos de perro, siendo sincera. Me dio un susto de muerte.

Noah abrió los ojos de par en par, pero no dijo nada más. El silencio se instaló entre nosotros.

Al ver que no decía nada, continué.

—Es que ella no ve perros. Yo no tengo ninguno, y mis padres tampoco. No sé cómo podría haber visto uno, salvo en libros o alguna película. Desde luego, no lo bastante como para imitarlo mientras duerme.

Trixie suspiró y apoyó la cabeza en su pecho. Después cerró los ojos.

Me llevé la mano a la boca. Juntos formaban la estampa más hermosa: Noah con toda su altura, su fuerza y su poder masculino, y Trixie con su carita dulce y sus rizos dorados, tan confiada en el hombre que la sostenía que se había quedado dormida sobre él.

—¿Qué hago? —preguntó él.

Me encogí de hombros, algo confusa, aunque mi sonrisa era sincera.

—Por ahora has terminado. Así que ponte cómodo. ¿En el sofá, quizá?

Me hizo caso y se acercó al sofá sigilosamente, se sentó despacio y se recostó.

Trixie trepó por su pecho y acomodó la cabeza en el hueco de su cuello.

Noah se quedó paralizado, con los ojos muy abiertos por la sorpresa. Mi expresión seguramente era un reflejo de la suya.

Pero conforme pasaban los minutos, Noah alzó sus fornidos brazos y estrechó a Trixie contra su pecho.

Una sensación de calma y felicidad se apoderó de mí mientras los observaba. De todos los primeros encuentros que había imaginado, este momento superaba incluso el mejor de mis escenarios.

—Sé por qué ladra y todo eso —susurró Noah, acariciando la espaldita de Trixie.

—¿Sí? —pregunté, sentándome en el borde del sofá—. ¡Gracias a Dios! Dime.

Seguro que había una explicación razonable para todas las cosas raras de Trixie que me preocupaban.

Levantó la vista para encontrarse con mi mirada. Sus ojos eran de un azul eléctrico, pero en ellos se arremolinaba una niebla plateada que normalmente no estaba ahí. ¡Maldita sea! ¡Sabía que no me lo había imaginado cuando eso mismo pasaba en los ojos de Trixie!

—Lo sé —dijo Noah—, pero vas a tener que mantener la mente abierta, porque tengo entendido que los humanos no se toman muy bien esta noticia.

Un momento. ¿Acababa de decir humanos?