Lealtad de la manada Capítulo 4
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Capítulo 4

Noah

Que Amy abriera la boca y los ojos como platos, nerviosa ante lo que iba a explicarle, no era precisamente alentador, pero sabía lo que tenía que decir. ¿Cómo reaccionaría? Bueno, eso escapaba a mi control.

—Eh, ¿acabas de decir... humano? —preguntó Amy—. ¿Eso significa que tú, eh, no lo eres?

Asentí mientras acariciaba la espalda de la pequeña que sostenía en brazos. Era tan ligera y suave, y sin embargo podía sentir la fuerza que Amy mencionaba. Sin duda tenía mis genes.

El orgullo me invadió.

—Será mejor que vaya directo al grano. ¿Te parece bien? —pregunté.

No sabía casi nada sobre la mujer que tenía delante.

Nada, salvo que nuestra atracción ardía con más fuerza que un incendio forestal y que mi lobo creía que ella era nuestra compañera.

Hasta qué punto era cierto, estaba por verse. Pero la prueba de nuestra hija, mitad humana, mitad cambiaformas, descansaba acurrucada en mis brazos.

¿Le gustaba que le hablaran sin rodeos? ¿O debería suavizarlo un poco? No estaba seguro. No la conocía lo suficiente para saberlo.

—Dímelo sin rodeos. Estoy lista. —Amy cerró los puños y los apoyó sobre los muslos. Estaba más delgada que la última vez que la vi. Probablemente por el estrés de tener que trabajar para mantenerlas a las dos.

Algo que decidí cambiar a partir de ese mismo momento.

—Soy un cambiaformas lobo —dije—. Todos en este pueblo lo son. Por eso vivimos aquí, en el bosque, alejados de la civilización. Necesitamos espacio y somos bastante reservados.

—Tú... —Amy sacudió la cabeza y me miró frunciendo el ceño—. ¿Puedes repetir eso?

Tenía un nudo en la garganta y acaricié la espalda de mi bebé para calmarnos a los dos, ante la repentina tensión que me recorría el cuerpo.

—Toda mi familia es cambiaformas. No es como en las películas.

No somos «hombres lobo» ni criaturas sin control sobre sí mismas.

Elegimos cuándo transformarnos en lobo y cuándo no.

Y cuando estamos en forma de lobo, podemos oír, ver y sentir igual que cuando somos humanos.

Así que nunca tienes que tenerme miedo, ni a nadie, si nos ves en nuestra forma lobuna.

Amy apretó las manos con fuerza sobre el regazo y empezó a mecerse un poco. ¿Qué estaría pensando? ¿Estaba a punto de entrarle el pánico?

—Joder —susurró—. No quiero creerte, pero sabía que había algo extraño en este pueblo. En ti. Algo... sobrenatural.

Asentí, sintiendo el calor recorrerme las venas solo con mirarla. Joder, era preciosa. Su piel y esos ojos oscuros me atraían como ninguna otra mujer lo había hecho jamás.

Pero reprimí mi deseo. Teníamos mucho que resolver antes de volver a eso.

Amy tragó saliva con dificultad, la garganta tensa.

—Entonces, ¿eso significa que Trixie es una... ya sabes... persona lobo?

Le sonreí.

—El término es cambiaformas. Y la verdad, no lo sé. Parece que ya está mostrando características de nuestra manada, pero no solemos tener hijos fuera de nuestra propia gente, así que tendría que preguntarle a alguien que sepa. A un anciano, quizá.

—Tener hijos —repitió Amy, sacudiendo la cabeza—. Suena tan raro.

—Para nosotros no. —Besé a Trixie en la coronilla y ella suspiró suavemente. La estreché con más fuerza, asombrado por todo el amor que ya sentía por esta pequeña—. No puedo creer que tenga una hija.

Amy se levantó y se abrazó a sí misma.

—Siento haberme mantenido alejada tanto tiempo.

—¿Por qué lo hiciste? —pregunté—. De verdad.

Se abrazó con más fuerza.

—Por muchas razones. Primero, porque me daba vergüenza haber tenido un rollo de una noche y haberme quedado embarazada de un tío al que ni siquiera conocía. Eso no es algo que suela hacer, ¿sabes?

Suavicé la mirada.

—Lo sé. Habría vuelto a verte, Amy. Te habría pedido que te mudaras aquí si lo hubiera sabido. Os habría cuidado, a ti y a ella.

—¿Y cómo iba a saberlo? —me espetó Amy, alzando los brazos—.

Ni siquiera sabía tu apellido. Todavía no lo sé.

Lo único que sabía era que teníamos una química brutal y una noche ardiente...

y luego nada. No tenía tu número de móvil ni nada.

¡Joder, me ha llevado tres días encontrar este sitio!

Y eso que ya había estado aquí antes. Cuando me fui, ¡desde luego no me fijé en cómo llegar!

Jadeaba, con los ojos encendidos de rabia.

Trixie gimoteó contra mi pecho.

—Shh... —Le froté la espalda y miré a Amy—. No la despiertes.

—¡No me des órdenes sobre mi propia hija!

Al cabo de un momento, su expresión se relajó y dejó escapar un suspiro. Se pasó las manos por el pelo, apartándoselo de la cara.

—Mira —comenzó, poniéndose las manos en las caderas—, tomé la decisión equivocada. Ahora está claro. Pero te prometo que la he cuidado muy bien yo sola. He trabajado duro, ahorrado dinero, conseguido que no nos faltara un techo...

Era evidente que había hecho un buen trabajo, y todo ella sola, pero no había tenido por qué sufrir tanto.

Me incorporé un poco, deseando poder abrazar a Amy pero sin querer soltar a Trixie.

—Amy, no pretendo hacerte sentir mal. Pero... me he arrepentido de aquella mañana durante los últimos dos años.

Amy abrió los ojos de par en par. —Oh. ¿Qué quieres decir?

Parecía dolida.

Me apresuré a corregir la idea equivocada que pudiera haberse hecho.

—Quiero decir que ojalá nunca te hubieras ido.

Ojalá me hubiera despertado y te hubiera impedido escabullirte.

No había nada de qué avergonzarse ni por qué disculparse.

Nuestra conexión es innegable, y espero que nos des, a mí y a nuestro pueblo, una segunda oportunidad para demostrártelo.

Volví a besar la cabeza de Trixie para tener una excusa para bajar la vista y evitar la intensa mirada de Amy.

La había echado de menos más de lo que quería admitir, y no pensaba decir nada más por ahora.

No cuando la única razón por la que había vuelto era porque necesitaba respuestas sobre la genética de Trixie.

Si nuestra hija no hubiera mostrado ningún signo del lobo, ¿estaría Amy aquí? Probablemente no.

Debía tener cuidado de no asustarla. Porque si eso volvía a suceder, quizá no las recuperara jamás.

Amy se dejó caer en la silla con un suspiro. —No tenía ni idea de que te sintieras así.

Quería reírme, pero me contuve. —Por supuesto que no. Apenas nos conocemos, como dijiste. Pero quiero que tú y Trixie estéis aquí, y haré lo que haga falta para demostrarte que soy digno de ser su padre.

—¿Quieres que esté aquí? —susurró Amy.

Maldita sea, no se le escapaba nada.

Asentí e intenté rectificar. —Sí. Claro que sí. Es lo correcto, por Trixie. ¿No crees?

—Bueno, no había pensado en lo de estar juntos tú y yo. —Amy apartó la mirada, con las mejillas encendidas.

Sonreí con suficiencia, sabiendo que acababa de mentirme, y luego borré la sonrisa. Mentía, pero no tenía sentido señalárselo. Ella no entendía lo de las parejas destinadas, pero yo sí. Ardía por ella, y ella ardería por mí. Me aseguraría de ello esta vez.

Pero si necesitaba tiempo y cercanía para reencontrarse con esos sentimientos, yo encantado de dárselos.

—Genial. Entonces tú y Trixie podéis mudaros aquí, y te pondré en contacto con la esposa del Alfa para que habléis y te informe sobre lo que le está pasando a Trixie.

—¿Qué? ¡No! No puedo mudarme aquí —dijo Amy, negando con la cabeza—. Tengo un trabajo y un apartamento. Mis padres me esperan a cenar esta noche.

La sola idea de dejar marchar a mi hija otra vez era como una puñalada en el corazón. No podía hacerlo.

¿Qué tenía que decir para que Amy se quedara?

Suspiré con pesadez mientras mi mente barajaba opciones.

¿Qué la retendría aquí, aunque fuera un poco más?

El tiempo suficiente para convencerla de que estábamos hechos el uno para el otro.

—Pero ¿qué pasa con sus características de lobo?

Pueden volverse más frecuentes y más evidentes.

¿De verdad quieres que esté cerca de humanos mientras desarrolla su fuerza?

Amy abrió los ojos de par en par, y sentí una punzada de arrepentimiento por haber exagerado. Aun así, me sentía justificado si esas palabras conseguían que Amy se quedara conmigo.

—¿De verdad crees que...?

—Creo que, ahora que Trixie está manifestando algunos signos, es mucho más seguro para las dos estar aquí, al menos un par de semanas. Hablaremos con los ancianos y con la manada vecina, a ver si alguno sabe algo que pueda ayudar.

Amy asintió, pero se le llenaron los ojos de lágrimas. ¿Estaba abrumada o se sentía impotente? No quería que sintiera ninguna de las dos.

Quería ayudarla, hacer su vida un poco más fácil y menos solitaria.

—Ve a abrir el cajón izquierdo del escritorio de allí. —Señalé con la cabeza el viejo escritorio de mi padre, arrimado a la pared cerca de la cocina.

No preguntó por qué, pero se levantó y fue hacia él.

—Abre el cajón y coge el sobre blanco.

Hizo lo que le pedí y volvió al sofá con el sobre.

—Tómalo y ve a pagar el alquiler, compra lo que necesites para Trixie, lo que quieras. ¿Una cuna, quizá? —No tenía ni idea de lo que mi hija necesitaba.

Amy abrió el sobre y ahogó un grito. —¡No puedo aceptar esto!

—¡Claro que puedes! Considéralo dos años de manutención.

No quiero que te preocupes por el trabajo, ni por las facturas, ni por nada de eso.

Así que vuelve al pueblo si lo necesitas, pero acepta el dinero.

Paga las facturas del próximo mes o así, y luego vuelve a pasar tiempo conmigo, aquí.

Te prometo que no te arrepentirás. Por favor, Amy. Quiero hacer esto por ti y por Trixie.

Dejarla marchar era una apuesta arriesgada. ¿Y si no volvía a encontrarla?

Amy asintió. —Supongo que podría pedir en el trabajo una excedencia por motivos familiares. Y ella necesitaría una cuna, pañales y algunas cosas para tu casa.

No la corregí cuando dijo «tu casa». Pronto, con suerte, sería nuestro hogar, y no necesitaría su apartamento.

Pero era paciente; podía esperar a que llegara ese día.

Amy respiró hondo. —Creo que puedo hacerlo, pero necesitaré hacer algunas llamadas. ¿Hay cobertura aquí? Porque la última vez que lo intenté, tuve que andar medio camino de vuelta al pueblo para pedir un Uber.

Me reí. —Claro que sí. Mira tu móvil.

Se levantó. —¿Te importa quedarte con ella mientras llamo al trabajo y a mis padres?

¿Que si me importaba tener a mi propia hija en brazos para que mi pareja pudiera contarle al mundo que iba a pasar tiempo conmigo? Una risa empezó a burbujear en mi pecho. La contuve a duras penas. ¿De verdad necesitaba preguntarlo?

Estreché a mi hija contra mí, aspirando su aroma. —Por supuesto.

Amy nos miró un momento, luego salió por la puerta principal y la cerró tras de sí.

No pude evitar que una enorme sonrisa se dibujara en mis labios. ¿Cómo era posible que en una sola mañana mi mundo entero hubiera dado un vuelco tan trascendental?

Esa mañana me había despertado con un agujero en el corazón y un dolor de estómago que nunca parecía desaparecer. Pero ahora Amy había vuelto, y había traído la mejor sorpresa que jamás había tenido.

Ahora solo tenía que encontrar la manera de quedarme con las dos.