Lealtad de la manada Capítulo 2
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Capítulo 2

Noah

El sol me abrasaba la nuca, y el pico en mis manos pesaba cada vez más a medida que pasaban las horas. Las sombras del bosque cercano me llamaban, pero aún faltaba un buen rato para poder salir a correr bajo el refrescante follaje y escapar de este calor incesante.

Todavía teníamos trabajo que hacer para nuestra aldea.

Me enderecé y estiré la espalda, luego me limpié el sudor de los ojos.

Les grité a los hombres que me rodeaban, todos aún trabajando pero, como yo, moviéndose más despacio que hacía unas horas.

—Está quedando genial, chicos. Sigamos adelante.

Dejé el pico y cogí otro pilar de cerca y mi pala.

Habíamos derribado los muros alrededor de nuestra manada hacía meses, pero reconstruir cercas de altura normal y más viviendas para acomodar a la manada era un proceso lento.

Ahora que había tierra disponible, todos querían más espacio.

Habíamos estado encerrados demasiado tiempo, y ahora, por fin, la manada Thornwood disfrutaba de su libertad.

—Oye, ¿estás bien, Noah? —preguntó Ronan, acercándose y lanzándome una botella de agua.

La atrapé y desenrosqué el tapón, luego me bebí el agua fría en unos tragos agradecidos. Me limpié la boca y le sonreí a mi Alfa.

—Sí. Aunque me hacía mucha falta. Gracias.

—No me refiero a ahora. Quiero decir... —Ronan hizo un ruido extraño, casi un gruñido, y cruzó los brazos sobre el pecho. Parecía molesto e incómodo, algo nada habitual en el tipo al que había conocido toda mi vida y que era el líder de nuestra manada.

Dejé la pala y lo miré con los ojos entrecerrados.

—¿Qué pasa, Ronan? ¿Necesitas algo? ¿O...?

—No. No soy yo. Es Kara. Quería saber si te apetecería venir a la cena de la manada mañana por la noche.

¿La cena de la manada? ¿Entre nosotros y la antigua manada de Kara? ¿Por qué iba a querer ir?

Fruncí el ceño.

—¿Cómo?

Ronan miró al cielo como si fuera la última conversación que quisiera tener en el mundo.

—Cree que quizá te gustaría conocer a algunas de las mujeres de la manada de Allara. Se le ha metido en la cabeza hacer de casamentera, y aunque creo que está loca, le prometí que te lo preguntaría.

Me reí; no pude evitarlo.

—Gracias, tío, pero estoy bien.

Me resultaba un poco hilarante que un tipo como Ronan se dejara influenciar tan fácilmente por su compañera.

Era evidente que una compañera predestinada te cambiaba, porque en el pasado, Ronan no habría hecho nada que no quisiera.

Todo lo contrario, de hecho. Nuestro líder de manada tenía una vena bastante terca.

Excepto, al parecer, cuando se trataba de Kara.

Ronan inclinó la cabeza hacia un lado.

—Entonces, ¿ya estás saliendo con alguien que no conocemos? Porque esa es la única respuesta que puedo darle a mi compañera y que la deje satisfecha. Eso, o que eres gay. Y creo que aun así querría emparejarte con alguien si fuera lo segundo.

Clavé la mirada en el suelo para evitar mirar a Ronan a los ojos mientras mentía.

—Dile a Kara que estoy saliendo con una humana del pueblo. No necesito que me busquen pareja. Pero gracias.

La mentira me revolvió el estómago y, por desgracia, Ronan no se fue.

Levanté la vista del suelo y vi a mi Alfa con el ceño fruncido.

—¿Qué?

Enarcó una ceja.

—¿Cómo que qué? Mentiré por ti, no hay problema. La obsesión de Kara por hacer feliz a todo el mundo en la manada me está volviendo medio loco, pero me alegré cuando quiso ayudarte. Eres un buen hombre, Noah, y un gran miembro de la manada. Ella y yo queremos que seas feliz.

Tragué saliva para deshacer el nudo en la garganta.

—Gracias, tío, pero estoy bien. ¿Cómo lleva Kara todo esto?

—¿Te refieres a que el bebé puede nacer en cualquier momento? Tiene náuseas y está de mal humor, pero ya sabes... —Ronan se encogió de hombros—. No querría a nadie más que a ella. Es buena para la manada. Y para mí.

Sonreí.

—Lo es. Todos nos alegramos mucho de que la encontraras.

De pronto había demasiada emoción en el ambiente.

Ronan y yo tosimos y nos aclaramos la garganta.

—Bien. Bueno. Tengo que volver a lo de la cerca —dije.

—Sí. Genial.

Ronan se fue y la incomodidad en el aire por fin se disipó cuando volví al trabajo.

Sorprendentemente, la visita del Alfa me había animado.

Él y su compañera se preocupaban por mi felicidad.

Poco más le importaba a un lobo Beta como yo.

Y sin embargo, la mentira que había soltado para quitármelos de encima se me quedó como un peso de plomo en el estómago.

Estoy bien. Estoy saliendo con una humana del pueblo.

Me sentía mal, no por haber mentido, sino porque deseaba que lo que había dicho fuera verdad.

Solo había una mujer a la que deseaba, y era la humana con la que había tenido una aventura de una noche hacía unos dos años.

Era patético seguir añorándola, y nunca lo admitiría en voz alta, pero ella era la única mujer con la que había estado que me había dejado saciado y feliz a un nivel casi milagroso.

El sexo había sido alucinante. Y dormir a su lado después, en mi cama, había sido una dicha.

Normalmente iba en contra de mi naturaleza llevar a alguien a mi propia casa, pero me había acurrucado junto a ella y mi alma había estado en paz de una manera que nunca había sentido antes, ni desde entonces.

Cuando me desperté y descubrí que se había ido, la busqué, primero por los terrenos de la manada, luego en el pueblo. Había vuelto al bar donde la había conocido todos los fines de semana durante seis meses. Ni rastro de ella. Nada.

Por desgracia, no tenía más que un nombre de pila y una descripción. Ni número de teléfono, ni apellido. Era como si se hubiera esfumado sin más.

Odiaba haberla perdido y, peor aún, odiaba saber que había huido deliberadamente de mí, cuando yo había pensado que aquella noche había sido la mejor de mi vida.

Había intentado olvidarla, pero ninguna mujer en mi cama ni ninguna botella de whisky en mi mano habían logrado borrar la sensación de su cuerpo envuelto alrededor del mío.

Perfección.

Sacudí la cabeza y volví al trabajo. Últimamente solo había una forma de conciliar el sueño: matarme trabajando durante el día.

Necesitaba quedar agotado físicamente para poder descansar; de lo contrario, mi mente se desbocaba y mi lobo aullaba, todo por una mujer con la que había pasado apenas unas horas y a la que probablemente nunca volvería a ver.

Mi obsesión con ella no tenía sentido, salvo por una desafortunada creencia. Mi cambiaformas creía haber encontrado a su compañera en la pequeña humana Amy, y luego yo la había perdido.

Que fuéramos o no compañeros predestinados no parecía preocuparle a mi lobo. Él estaba convencido, y por eso, en el fondo, yo también.

Al día siguiente, me desperté con el mismo dolor punzante en el estómago de siempre.

Soledad. La sensación era fría y pesada, y me daban ganas de taparme la cabeza con las sábanas y volver a quedarme dormido.

Pero la naturaleza llamaba y el sol de la mañana entraba en mi habitación.

Era otro día caluroso, con trabajo por hacer, y necesitaba espabilarme.

Amy se había ido, y tenía que encontrar la manera de seguir viviendo.

Era bastante obvio para mí, y seguramente también para los demás, que solo estaba existiendo, y nada más.

Me arrastré fuera de la cama, fui al baño y volví al dormitorio a vestirme. Draven, mi compañero de piso, ya estaba en la cocina preparando el desayuno, a juzgar por el olor a beicon quemado en la sartén.

—¡Se te está quemando el beicon! —le grité.

—¡Mierda!

Sacudí la cabeza al oír el estruendo de ollas y sartenes en la cocina. Era joven y un poco ingenuo, pero en general un buen chico. Comparado con algunos de los otros tipos con los que podría estar compartiendo piso, tenía suerte de tener a Draven.

Me puse unos vaqueros y una camiseta, y fui por el largo pasillo hacia la cocina.

—¿Quieres un café? —le pregunté, yendo directo a la cafetera para encenderla.

—No, estoy bien, gracias —dijo mientras sacaba platos y empezaba a servirnos el desayuno: tostadas, huevos revueltos y beicon crujiente. Mi favorito.

—Gracias —dije, cogiendo el plato que me ofrecía.

Comí sin disfrutarlo realmente, viendo la comida más como combustible para el cuerpo, y luego lavé los platos.

Draven cogió su cinturón de herramientas del sofá y se acercó a la ventana de delante, apartando las cortinas para mirar afuera.

Cogí mi bolsa y metí unas cuantas botellas de agua y unos plátanos. Iba a ser otro día abrasador. Mejor ir preparado.

—Oye, Noah —llamó Draven desde la ventana.

—¿Sí?

—¿Estás esperando a alguien?

Fruncí el ceño mirando al chico, que seguía asomado como un mirón. —No. ¿De qué hablas?

—Hay un coche delante de casa, y no reconozco a la chica del asiento del conductor. Pensé que a lo mejor estabas esperando a alguien.

El corazón me latió con fuerza en el pecho y se me secó la boca. Tranquilo, me dije. Después de tanto tiempo, no será ella. Pero no pude evitar tragar saliva antes de preguntar con fingida indiferencia: —¿Cómo es?

—Todavía está sentada en el coche, así que es difícil saberlo, pero creo que es rubia. Espera... está saliendo.

Si la mujer era rubia, cabía la posibilidad de que fuera Amy.

Corrí hacia la puerta y la abrí de golpe, incapaz de soportar el suspense.

Ahí estaba. La mujer de mis sueños, en carne y hueso. Salió del coche con el ceño fruncido mientras cerraba la puerta, y luego se giró para mirar hacia la casa. Hacia mí.

Parecía mayor, más cansada, pero tan hermosa como la recordaba, con su largo pelo rubio y ese rostro bonito en forma de corazón que nunca había olvidado.

Tuve que contener el impulso de bajar corriendo las escaleras y estrecharla entre mis brazos.

Mi lobo, tan aletargado últimamente, levantó la cabeza y aulló dentro de mí. La adrenalina me recorrió las venas y me estremecí ante la intensidad de todas las emociones que me invadieron.

Ella sonrió al reconocerme y levantó una mano para saludarme, aunque noté que la sonrisa no le llegaba a los ojos. —Hola, Noah.

Bajé los escalones corriendo y me planté a su altura, mirándola fijamente. Llevaba vaqueros azules, una camiseta negra de tirantes y una camisa de cuadros rojos por encima.

—Espera un momento... ¿esa es mi camisa? —Le quedaba enorme y se había remangado las mangas.

Esta vez su sonrisa fue más genuina y sus ojos marrones brillaron un poco. —Sí... la cogí la mañana que me fui porque tenía frío, y me la quedé. Lo siento.

Negué con la cabeza. —No lo sientas. Yo... eh... ¿Has venido a verme?

Debería mantener la calma. Debería parecer tranquilo, pero lo único que podía hacer era balbucear porque ella estaba aquí. ¡Estaba aquí!

¿Y si no había venido por mí? ¿Y si...?

Asintió, interrumpiendo mis pensamientos desbocados. —Sí. He venido a hablar. ¿Te parece bien?

¿Bien? —¡Claro! ¿De qué? —Las vallas podían esperar.

—No sé cómo decir esto. —Se mordió el labio, luego bajó la cabeza y clavó la mirada en el suelo.

—Sea lo que sea, puedes contármelo.

Draven bajó los escalones detrás de mí y dijo: —Tengo que irme a trabajar. ¿Nos vemos luego?

—Sí, claro.

Lo despedí con la mano.

Mientras se alejaba, Amy le dedicó media sonrisa antes de volverse hacia mí.

—¿Quién es?

—Mi compañero de piso. Como soy uno de los solteros del pueblo, de vez en cuando me endosan a los chicos más jóvenes. Es bastante majo.

Se le abrieron los ojos de par en par.

—¿Entonces sigues soltero?

Había una esperanza en su tono que me hizo desear tranquilizarla. La había esperado. ¿Me habría esperado ella también?

Se me encogió el corazón y mi lobo iba y venía inquieto, impaciente por volver a tener en mis brazos a la mujer que sentía como nuestra compañera.

—Sí. Muy soltero. ¿Y tú?

Asintió.

—Igual.

¡Gracias a los cielos!

—¿Quieres entrar? —pregunté, señalando la casa.

Se mordió el labio, dio unos pasos hacia atrás y agarró la manija de la puerta del coche.

—Sí, por favor. Pero tengo que coger algo, espera.

—Claro.

¡Había vuelto! Y estaba soltera y, muy posiblemente, ¡había venido por mí!

Tenía el estómago encogido y los músculos me temblaban de emoción.

Amy metió medio cuerpo en el coche, buscando lo que fuera que quisiera traer. ¿Una bolsa quizás? ¿Qué habría traído? ¿Algo para enseñarme?

Susurró algo que no llegué a oír, y cuando salió del coche, retrocedí un paso.

Qué demonios...

—Cariño, hora de despertarse —susurró Amy a la pequeña que llevaba en brazos, una niñita de pelo rubio rizado que se aferraba a un lobo gris de peluche.

—Mamá... —protestó la niña con un quejido, y luego abrió los ojos y me miró.

Allí estaban mis propios ojos, de un azul intenso, clavados en mí.

Fue entonces cuando la pieza más grande del rompecabezas de mi vida encajó en su lugar. Amy se había marchado y se había llevado a mi hija con ella.

Mi hija.

Joder.