Lealtad de la manada Capítulo 1
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Capítulo 1

Amy

La mañana en que la prueba dio positivo hace dos años, no celebré como otras futuras madres habrían hecho en la misma situación. Me di la vuelta y vomité en el inodoro, por tercera vez esa mañana.

Había estado enferma durante semanas, pero no le había dado mucha importancia, achacando las náuseas al estrés del trabajo o quizás a un virus estomacal. Pero cuando eché cuentas y me di cuenta de que llevaba tres semanas de retraso, supe que era hora de hacerme una prueba.

Embarazada. Convertirme en madre era lo último que esperaba a los veintitrés años y todavía soltera.

Aunque no podía culpar a nadie más que a mí misma.

Y por suerte, o por desgracia dependiendo de cómo se mirara, sabía exactamente quién era el padre.

Había caído, o más bien, me había tirado de cabeza a la cama con un tipo que conocí en un bar.

Un cliché total, pero así fue exactamente como pasó.

No era mi estilo, pero no había podido resistirme.

Noah.

No podía olvidarlo, aunque lo había intentado con todas mis fuerzas desde entonces. Más de dos años después y todavía soñaba con él casi todas las noches. Cuando miro a su hija, la hija que concebimos aquella noche, unos ojos idénticos a la penetrante mirada azul de Noah me devuelven la mirada.

Salí de mi ensoñación mientras subía los dos tramos de escaleras hasta mi diminuto apartamento. Era pequeño, pero tenía el alquiler regulado y estaba a un corto paseo de la casa de mis padres, lo cual era esencial, ya que mi madre se encargaba de cuidar a la niña mientras yo trabajaba.

Metí la llave en la cerradura y empujé la puerta.

—¡Hola!

—¡Hola, Amy! —dijo mamá mientras venía hacia mí con mi hija en brazos—. ¿Qué tal el día?

—Mamá. Mamá —dijo Trixie, inclinándose hacia delante y estirando las manitas regordetas hacia mí.

Dejé caer las bolsas y el agotamiento del día se esfumó mientras cogía a mi preciosa niña en brazos.

—Hola, cariño. ¿Te has portado bien con la abuela hoy? —Estreché a mi hija contra mí y le besé los rizos dorados—. Gracias por cuidarla, mamá.

—De nada —dijo mamá, cogiendo el bolso de la mesita junto a la puerta—. Te dejé sopa en el fuego y puse una lavadora. Deberías intentar acostarte temprano esta noche. Tienes ojeras.

Vaya, gracias.

Suspiré.

—Sí. Trixie no está durmiendo bien. Creo que le están saliendo los dientes otra vez.

Se le ponían las mejillas de un rojo intenso y lloraba durante horas con las manos metidas en la boca.

—Creo que tienes razón. Le vi los colmillos a punto de salir por las encías a ambos lados —dijo mamá, abriendo la puerta para irse—. Son los que más duelen de todos.

Maldita sea. Lo sabía. Seguro que nos espera otra noche en vela.

—Gracias, mamá. Hasta mañana. —Le di un beso en la mejilla y cerré la puerta tras ella.

Suspiré, apoyada contra la puerta, pensando en todo lo que aún tenía que hacer esa noche antes de poder disfrutar del lujo de meterme en la cama. Me invadió un cansancio que me calaba hasta los huesos. La vida de madre soltera no era fácil, y quien dijera lo contrario estaba completamente loco.

Trixie se retorció para que la bajara, y la dejé en el suelo con cuidado.

—¿Tienes hambre, cariño? Vamos a ver qué sopa nos ha hecho la abuela.

Trixie salió disparada hacia la cocina a una velocidad impropia de su edad. Tenía quince meses, pero llevaba casi seis andando.

—Oh... sopa de calabaza —aspiré el aroma al levantar la tapa de la olla—. ¡Casera! La abuela es la mejor.

Trixie me sonrió como dándome la razón.

Nos metimos en nuestra rutina de cada noche: cena, recoger, baño y a la cama.

—Qué niña tan grande y fuerte eres, ¿verdad? —dije mientras vestía a Trixie para dormir, fijándome, no por primera vez, en lo musculosa que era. Tenía los brazos gruesos y los bíceps definidos.

—Mamá —dijo Trixie, cogiendo el pañal que tenía al lado y dándomelo.

—Gracias, cariño.

Le puse el pijama y la metí en su saquito de dormir.

—A dormir, cariño.

La acosté en la cuna y le di el único juguete con el que le gustaba dormir, un lobo gris que mi padre le había regalado en Navidad el año anterior.

En su momento me había parecido un juguete extraño para una niña pequeña, pero papá dijo que Trixie lo había elegido entre todos los que le había enseñado en la tienda.

De hecho, se había empeñado tanto que mi padre no había conseguido que aceptara ningún otro.

Pero había acertado al dárselo. Lo adoraba. No iba a ninguna parte sin aquel peluche mugriento.

Me quedé mirándola mientras se acurrucaba con el lobo, aferrándolo con el puñito regordete, y cerraba los ojos.

Salí de puntillas de su habitación y suspiré al cerrar la puerta.

Era un ángel con la rutina. Tenía mucha suerte comparada con otras madres, por lo que había oído.

Pero las probabilidades de que durmiera toda la noche eran bajas, sobre todo si le estaban saliendo los dientes, así que pensé que más me valía acostarme pronto yo también.

Fui a la cocina y guardé el resto de la sopa, luego encendí la tele para relajarme un rato. Me merecía un poco de normalidad de adulta, ¿no?

Solo había dejado de trabajar los tres primeros meses de vida de Trixie, y no pensaba volver a hacerlo. Trixie y yo íbamos a salir adelante, con un poco de ayuda de mis padres pero poco más.

Mi hija se merecía lo mejor, y que yo fuera una madre joven y soltera no significaba que no pudiera darle todo lo que necesitaba. Todo lo contrario. El amor que sentía por mi hija me impulsaba como nada lo había hecho antes.

Me estaba quedando dormida en el segundo episodio de un drama sobrenatural en la tele cuando un extraño gruñido agudo llegó desde el dormitorio de Trixie.

Me levanté de un salto. —¿Qué demonios?

Corrí hacia su habitación. ¿Habría entrado algún animal salvaje? ¡Imposible! La ventana estaba cerrada. O al menos, creía haberla cerrado…

El corazón me latía con fuerza mientras abría la puerta de su dormitorio. Miré alrededor, entornando los ojos en la penumbra.

Se oyó otro gruñido y miré hacia donde venía. Hacia la cuna. Me acerqué sigilosamente, mientras un miedo gélido me recorría las venas. No, mi bebé no.

Miré dentro de la cuna, medio temiendo encontrar un mapache salvaje junto a ella, pero no pasaba nada anormal alrededor de mi hija. Nada en absoluto. Trixie estaba profundamente dormida, con su lobito de peluche bien apretado a su lado.

El gruñido se oyó de nuevo, seguido de un ladrido agudo. Miré horrorizada a mi hija mientras su pequeña boca se abría para emitir los ruidos que me habían despertado. Una y otra vez, ladraba y gruñía, con el rostro contorsionado en sueños, como si estuviera luchando contra alguna bestia feroz.

Dios mío. ¿Qué demonios le está pasando?

Me tapé la boca con ambas manos para no gritar y despertarla. Me quedé mirando incrédula mientras gruñía y chasqueaba los pequeños dientes como si mordiera algo con fuerza. Luego se relajó, el rostro libre de cualquier signo animal, y volvió a ser mi ángel, profundamente dormida.

Me quedé junto a la cuna, esperando otra muestra de ese extraño lado animal de mi hija, pero no volvió a aparecer.

Exhausta hasta lo indecible, me tambaleé hasta mi cama y me metí bajo las sábanas, mientras lágrimas de preocupación me resbalaban por las mejillas.

No tenía ni idea de qué acababa de pasar, pero era otra cosa más que añadir a la creciente lista de cosas que desconocía sobre mi bebé. Y por desgracia, sabía por qué no lo sabía.

Era porque muchos de sus rasgos presumiblemente venían de su padre, un hombre al que apenas conocía y con quien no tenía contacto.

Mamá me había contado que yo no caminé hasta los trece meses y que era muy parlanchina a la edad de Trixie.

Mamá describía mi físico como «el hombre Michelin». Blandita como masa.

Mi hija estaba muy avanzada físicamente, y sin embargo apenas hablaba. Era fuerte y ágil de una forma que no era normal en niños pequeños, y ahora ladraba como un animal mientras dormía.

También estaba convencida de que sus ojos cambiaban de color a veces.

Por lo general eran azules, un azul eléctrico y brillante que me recordaba a Noah, pero los había visto tornarse amarillos, o incluso plateados, de una manera que no parecía…

natural. Mi madre y el médico me habían dicho que estaba loca cuando por fin reuní el valor para mencionarlo, y nunca había conseguido una buena foto del cambio. Pero estaba ahí. Algo… extraño.

¿Tendría esa pequeña rareza algo que ver con su padre también?

¿Quién era Noah en realidad? ¿Y qué tenía que ver con todas esas cosas extrañas en el desarrollo de Trixie que no lograba explicar?

Cerré los ojos y lo imaginé. Medía un metro noventa, con un cuerpo por el que la mayoría de los modelos de ropa interior matarían. Tenía un abdomen tan definido que había podido pasar la lengua literalmente por cada músculo, por cada surco. Y recordaba cuánto le había gustado cuando lo hice.

La atracción animal y primitiva entre nosotros había sido tan intensa que me daba vergüenza admitir lo rápido que había dicho que sí y me había ido a su casa con él.

Nuestras miradas se habían cruzado en la pista de baile, y el calor me había inundado el cuerpo tan rápido que las piernas me habían temblado con una sola mirada. Sus ojos azules se habían oscurecido tanto que parecían negros cuando se plantó frente a mí.

Intercambiamos unas pocas palabras —para ser sincera, ni siquiera recuerdo qué nos dijimos en esos primeros segundos— y un minuto después me estaba besando, apretándome contra la pared y dejando claro ante toda la sala que me deseaba. Que yo era suya esa noche.

Yo no me había quedado atrás, agarrándole la camisa y atrayéndolo hacia mi cuerpo, que de pronto anhelaba el suyo. Lo había necesitado esa noche de una manera en que nunca había necesitado a nadie, ni antes ni después.

Me pidió que fuera a su casa, a una hora en coche adentrándose en el bosque.

Estaba aterrorizada, pero emocionada al mismo tiempo. A pesar de tener normalmente bastante sentido común, con esa necesidad intensa y palpitante arañándome el vientre, no había tenido elección. Ese sentimiento había acallado la voz de la razón que me decía «no vayas».

Me fui a su casa con él, para vergüenza mía después. Pero ¿en ese momento? ¡Qué noche fue aquella!

Llegamos a un pequeño pueblo del que nunca había oído hablar y, una vez pasados el enorme muro y las puertas que parecían diseñados para mantener a todo el mundo fuera, Noah aparcó frente a una cabaña de troncos que dijo que era suya. Llegamos hasta los escalones de la entrada, pero no más allá.

Me tomó contra la pared junto a la puerta principal porque ninguno de los dos había podido dar un paso más sin ceder al deseo.

Ni siquiera habíamos entrado cuando mi primer orgasmo me sacudió.

Pero fue el primero de muchos. Noah me hizo el amor toda la noche, con una resistencia y una delicadeza que nunca había experimentado en mi vida.

Mientras los recuerdos de aquella noche me inundaban, me estremecí en mi cama fría y solitaria, y las lágrimas empezaron a caer de verdad esta vez.

Noah me había asustado en lo más profundo.

Mi necesidad de él, y mi incapacidad para resistirme, eran las principales razones por las que me había mantenido alejada desde entonces.

Por no hablar de la vergüenza. Primero, porque había tenido sexo sin protección con un completo desconocido, y luego porque me había mantenido alejada tanto tiempo.

Y cuanto más esperaba para contarle la verdad sobre Trixie, más difícil se volvía dar el paso.

Incluso si lograra encontrarlo, después de aquella noche, ¿cómo demonios iba a decirle que ahora tenía una hija de dos años?

Nunca lo busqué después de aquella mañana. Al despertar al amanecer, caminé hasta la carretera más cercana, pedí un Uber y volví a la ciudad sin mirar atrás. Nunca regresé al club donde me había ligado. Nunca intenté encontrar aquel pueblo donde vivía.

Ahora no creía poder posponer lo inevitable por más tiempo. Algo iba mal con mi niña, y lo sabía en lo más hondo de mi ser: su padre biológico tendría las respuestas.

Me quedé dormida y soñé con Noah haciéndome el amor toda la noche. Al despertar, empecé a planear nuestro viaje para encontrarlo, y rogué a Dios poder localizar aquel pueblo que no aparecía en ningún mapa.