Lealtad de la manada Epílogo
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Epílogo

KARA

Ronan se incorporó y se sacudió las manos. Sonreía de oreja a oreja, y no pude evitar devolverle la sonrisa.

—Esta es la última —dijo, mirando el montón de madera a sus pies. Aquí y allá, trozos de alambre de púas brillaban, asomando entre la hierba alta—. Hora de preparar otra hoguera, diría yo.

Quería reprenderle por el alambre de púas (alguien iba a cortarse si no tenían cuidado), pero Ronan parecía tan feliz que no tuve corazón para aguarle la fiesta.

El proyecto había llevado un par de semanas. Al principio, el plan era derribarlo todo, pero luego se acordó que una de las torres de vigilancia se quedaría en pie.

Pero las vallas habían desaparecido, por fin.

El bosque abierto se extendía a nuestro alrededor. Los miembros de la manada pasaban junto a nosotros aturdidos, mirando como si no dieran crédito a sus ojos. Tras años de encierro, eran libres de recorrer todo el territorio de la manada a su antojo.

Era como había dicho Ronan al subir a la plataforma para hablar después de nuestra ceremonia de unión.

«No puedes proteger a los que amas del peligro escondiéndote del mundo. El peligro está ahí fuera, pero son nuestros lazos los que nos mantendrán a salvo. El bosque es nuestro hogar, nuestro territorio. No viviremos aislados de él nunca más».

El aplauso fue el más fuerte que había escuchado en mi vida. La manada había cerrado filas con Ronan en su decisión, justo como yo esperaba.

Allara vino a ponerse a mi lado. Sostenía una cerveza, y una leve sonrisa le bailaba en las comisuras de los labios. La madre de acogida de Reid estaba cuidando del bebé en honor a la ocasión. Era agradable ver a mi mejor amiga poder relajarse un poco.

—Gracias —dijo, alzando la botella hacia mí.

Parpadeé.

—¿De nada? —entrecerré los ojos mirándola—. ¿Qué hice exactamente?

—Exactamente lo que te pedí —dijo con voz suave—. Has ayudado a unir a los Clanes Bane y Thornwood. Gracias a ti, no tenemos que temerles. Tus hijos serán de nuestra sangre.

Abrí la boca y volví a cerrarla. Agaché la cabeza mientras el rubor me subía a las mejillas.

—No lo había visto así. Yo solo...

—Te enamoraste —completó Allara por mí, con una sonrisa de suficiencia.

—Cállate —le di un codazo—. Espera, ¿planeaste esto?

Allara resopló.

—No seas boba. ¡No podía haberlo sabido! No podía ir con Reid, y necesitaba a alguien que fuera en mi lugar. Así de simple —quizá fue un efecto de la luz, pero habría jurado que me guiñó un ojo—. Puede que esperara que encontraras pareja por el camino.

Allara la casamentera. Negué con la cabeza, atónita.

—En fin, todo salió bien al final —dijo alegremente—. Ahora solo nos queda conseguir que esos dos se comporten.

Señaló hacia Ronan y Reid, que arrastraban uno de los postes de la valla desde el borde del bosque. Era un tronco enorme, grueso como el tronco de un árbol. Los dos discutían acaloradamente sobre la mejor manera de cargarlo, pero rechazaban a cualquiera que intentara acercarse a echar una mano.

Suspiré.

—Creo que los prefería cuando andaban a la greña.

Allara casi se atraganta con la bebida.

—Totalmente. Son un peligro público así, te lo juro. Van a arrastrarse mutuamente a hacer trastadas.

—Bueno, pues tendremos que sacarlos de ahí, ¿no?

Se rio y me miró con respeto.

Nos quedamos mirando un rato, sin hacer nada.

Ronan se apartó el cabello cobrizo de los ojos con un gesto que se me había vuelto dolorosamente familiar.

El sol estaba bajo en el cielo, y sus ojos, siempre llamativos, brillaban con especial intensidad bajo la luz del atardecer.

Nuestras miradas se encontraron y sus rasgos se suavizaron.

El cambio fue apenas perceptible (nadie lo notó salvo yo), pero bastó para encenderme una chispa de calidez en el pecho.

El aire olía a otoño. Las hojas secas crujían bajo los pies, y los restos de las viejas vallas cubrían el suelo a nuestro alrededor. Una brisa fresca y limpia mecía las ramas de los árboles, y un humo azulado comenzó a elevarse detrás de los tejados frente a nosotros.

Allara me cogió del brazo y alzó su cerveza.

—Brindemos por... —ladeó la cabeza hacia mí—. ¿Por qué?

Sonreí al oír las risas a lo lejos. El sonido de la familia, del hogar. Mi mano bajó hasta mi vientre aún plano, donde crecía mi hijo. El próximo Alfa del Clan Thornwood.

Choqué mi botella de agua contra su cerveza.

—Por los comienzos.

FIN