Ronan #2
—Lo sé —le di un abrazo rápido—. Lo siento. Te veré pronto, ¿de acuerdo? A todos vosotros.
El rostro de Allara se iluminó con una sonrisa. Con cuidado de no despertar al bebé que dormía en sus brazos, me rodeó los hombros con un brazo y me estrechó.
—Puedes hacerlo —me susurró al oído—. Buena suerte.
Cuando se apartó, nos miramos un momento. No importaba cuántos años pasaran ni qué estuviera sucediendo en nuestras vidas: Allara siempre hacía aflorar a la adolescente tímida que llevaba dentro, esa que admiraba con asombro a su mejor amiga intrépida.
Nos encontrábamos al borde del bosque. Ya me había despedido de Jason y Tammy. Estaba lista para irme. Al fin y al cabo, apenas tenía más que la ropa que llevaba puesta.
La mayor parte de lo que necesito está en territorio Thornwood.
Mi corazón, para empezar. No podía ignorarlo ni un momento más. Tenía que encontrar a Ronan y decirle lo que sentía de verdad.
Se acabó el enfado y el miedo.
Con una última sonrisa para mis amigos, me di la vuelta y me adentré en el bosque. Me esperaba un día entero de caminata, pero quería hacerlo así. No quería presentarme con Reid o Allara. Por mucho que los quisiera, este viaje tenía que hacerlo sola.
El espeso dosel de árboles me protegía de la lluvia, que empezaba a repiquetear suave y ligera entre las hojas. Alcé la vista mientras caminaba, extrañamente reconfortada por aquel murmullo.
Pronto, el aguacero arreció con fuerza. El follaje aún me protegía de lo peor, pero cuando llegué al límite del territorio Bane, donde lindaba con las tierras Thornwood, tenía el pelo húmedo y rizado en las puntas, y estaba prácticamente calada hasta los huesos.
Una vez, Ronan me había dicho que no le importaba qué aspecto tuviera, que eso no cambiaba en absoluto lo que sentía por mí.
Supongo que ha llegado el momento de poner a prueba esa teoría.
A medida que me acercaba al arroyo que marcaba la frontera entre territorios, la inquietud se apoderó de mí. ¿Y si me equivocaba y él realmente no me quería de vuelta? ¿Y si, al dejarme llevar por la ira aquel día de nuestra pelea, había destruido lo nuestro para siempre?
Ya no había vuelta atrás.
No sabía qué me esperaba al otro lado del río.
¿Mi futuro, brillante y lleno de posibilidades? ¿O un desamor tan devastador que jamás me recuperaría?
Solo el tiempo lo diría.
Respiré hondo mientras los árboles a mi alrededor empezaban a escasear. Aquí no estaba tan oscuro; haces de luz se colaban entre las ramas e iluminaban el suelo del bosque a mis pies. La lluvia seguía cayendo, pero las nubes comenzaban a despejarse.
Salí de entre los árboles. Había llegado al arroyo.
Al otro lado, el territorio Thornwood se extendía kilómetros y kilómetros. Me estremecí. Una vez más, era una extraña en aquellas tierras.
No me hará daño. Pase lo que pase.
No físicamente, al menos. Si esto no funcionaba, mi corazón quedaría hecho añicos.
El arroyo estaba en su punto más ancho. Las aguas poco profundas se arremolinaban a la altura del tobillo, y grandes piedras se esparcían por el vado, formando un puente natural.
Salté a la primera piedra sin dificultad. Alcé la vista hacia la otra orilla, hacia mi destino. A través de la lluvia, todo cuanto alcanzaba a ver brillaba con la luz del sol refractada.
El corazón me dio un vuelco cuando una figura borrosa apareció a lo lejos.
Di otro paso sin apartar la mirada del hombre que se distinguía a lo lejos.
Las nubes se despejaron y un rayo de sol le iluminó el rostro. Casi dejé de respirar.
Ronan.
Su mirada era intensa, penetrante. Incluso desde aquella distancia, el brillo de sus ojos ámbar me dejó sin aliento.
Él avanzaba con soltura de roca en roca, como si lo hubiera hecho mil veces. Yo era menos grácil. Los nervios y la impaciencia me revolvían el estómago, y más de una vez resbalé sobre la piedra húmeda.
Cuando llegamos al centro del arroyo, temblaba de anticipación. Pisé en falso y casi caí de cabeza al río. Él me sujetó por la cintura.
—Kara —dijo, devorándome con la mirada—. ¿Qué haces aquí?
Me mordí el labio. Ahora que había llegado el momento, las palabras se me atragantaron. Cerré los ojos un instante y tragué saliva para calmarme.
—Quería...
Alcé la mano y enredé los dedos en su pelo. Una descarga eléctrica me recorrió el brazo. Apenas habían pasado dos días desde la última vez que lo vi, pero parecía toda una vida. Era increíblemente reconfortante poder volver a tocarlo.
—¿Por qué estás tú aquí? —pregunté.
Todavía me tenía pegada a él, y le rodeé los antebrazos con las manos. Me eché hacia atrás para mirarlo a los ojos.
—Venía a buscarte a ti —sus ojos relampaguearon. Podría haber sido la luz, pero por un instante me pareció ver a su lobo asomarse desde lo más hondo de su mirada—. He venido a llevarte a casa, Kara. Ven conmigo.
Hablaba con sencillez, como si le resultara tan fácil como respirar.
Me dejé llevar por su seductora promesa y cerré los ojos.
Una calidez me inundó el pecho y me olvidé de todo lo demás.
Nada importaba, solo el sol en mi espalda, la lluvia en mi rostro y los brazos de Ronan rodeándome, nuestros cuerpos pegados el uno al otro. Su corazón latía contra el mío.
—¿Estás seguro? —susurré.
No quería hacer esa pregunta. Al fin y al cabo, para eso estaba allí: para volver. Para volver a casa.