Capítulo 10
Kara
Ronan y yo seguimos en el sofá un rato más, hablando en voz baja de nada en particular. Tenía la cabeza apoyada en su pecho y me arrimé a la calidez de su camisa, escuchando el latido lento y acompasado de su corazón.
El nudo de ansiedad que tenía en el pecho empezó a deshacerse.
Estaba acostumbrada a estar sola. No me importaba la mayor parte del tiempo; a veces incluso valoraba la soledad y sacaba fuerzas de ella. Me había convencido de que mis pasiones creativas bastaban, y de que estaba contenta dejando pasar los días en la manada, viendo cómo los demás eran felices.
Conocer a Ronan lo había cambiado todo.
Por primera vez, me permití imaginar cómo sería: quedarme aquí, en la manada Thornwood. Un día antes, la idea me habría horrorizado.
Pero ahora…
Una vez que la idea tomó forma, no pude dejar de pensar en quedarme aquí, con Ronan. Seguí dándole vueltas mientras pasábamos del salón a la cocina, donde Ronan preparó un salteado sencillo pero delicioso tras negarse a que le ayudara en nada.
—¡Sigues siendo nuestra invitada, Kara! —dijo, y sacó cubiertos para dos.
Con Kit todavía fuera, aquello parecía un poco, bueno, una cita.
—Debería haberme arreglado más —bromeé mientras Ronan se sentaba frente a mí.
Había encontrado una vela en el fondo de uno de los armarios y la había puesto en un candelero en el centro de la mesa. Estaba un poco torcida —era evidente que llevaba años sin usarse— y a la luz de la llama lo pillé haciendo una mueca.
—No necesitas arreglarte. Estás preciosa siempre —dijo.
Cogió el tenedor y jugueteó con él distraídamente, mirándome con evidente interés. Logré sostenerle la mirada. Cada vez se me daba mejor aceptar la atención en lugar de rehuirla.
—Gracias —logré decir, aunque una parte de mí no le creía. Nadie me había mostrado tanto interés antes, o si lo habían hecho, nunca me había dado cuenta. Con Ronan, todo era diferente en ese sentido. Nuevo e indiscutiblemente emocionante.
—Todo lo demás es solo… superficial. Eres tú lo que quiero —dijo.
—¿Mi alma interior? —ladeé la cabeza hacia él, solo medio en broma.
Me dedicó una sonrisa torcida. No parecía ofendido, solo… curioso.
—Quizás —dijo.
Una chispa le iluminó los ojos.
—El lobo en mí quiere al lobo en ti.
—¿Eso es todo?
Ronan me miró fijamente durante un largo momento. Su mirada ardiente me hacía arder por dentro. Apreté los muslos bajo la mesa, deseando cosas a las que ni siquiera podía ponerles nombre.
—No, eso no es todo. Te quiero entera.
No dijo esa última parte en voz alta, pero casi podía oír las palabras suspendidas entre nosotros. Lo sabía porque esas mismas palabras también estaban en la punta de mi lengua.
Busqué un nuevo tema de conversación, algo que no acabara conmigo gateando sobre la mesa para sentarme en su regazo en ese mismo instante.
—Cuando llegué aquí, pensé que este lugar era muy diferente de casa —dije.
Apreté el tenedor. De pronto tenía la boca seca. Levanté la copa y di un sorbo de vino antes de continuar, dejando que su dulzura me inundara la lengua.
—La gente, las torres de vigilancia… todo. Pero ahora ya no estoy tan segura.
—¿Qué quieres decir?
Hice un gesto abarcando el espacio, y Ronan recorrió la cocina con la mirada, frunciendo el ceño.
—No estoy seguro de entenderte.
Dejé escapar un suspiro suave.
—Conozco esta casa, Ronan. Estas paredes. Yo también he vivido entre ellas, al menos metafóricamente. Desde que perdí a mis padres.
Mi voz era suave, pero había un trasfondo de tristeza que no podía ocultar. Daba igual cuánto tiempo hubiera pasado: sabía que la tristeza nunca desaparecería. No del todo.
—Durante mucho tiempo, mi hermano Jason y yo estuvimos solos. Teníamos a la manada, claro, pero…
Me mordí el labio.
—Hubo momentos en que parecía que solo nos teníamos el uno al otro. La casa en la que crecimos, la casa de nuestros padres, se convirtió en un memorial. Ya no era un lugar para vivir… solo un recordatorio de todo lo que habíamos perdido.
Recorrí la cocina con la mirada. Como en el resto de la casa, las paredes estaban vacías, sin decoración.
—Lo siento —murmuró Ronan.
Alargué la mano y cogí la suya por encima de la mesa.
—Solo digo que… lo entiendo.
—¿Qué cambió?
Una sonrisa me iluminó el rostro.
—Jason encontró a su compañera. Tammy. Una chica humana, nada menos.
Ronan arqueó las cejas.
—Vaya.
—Lo sé.
Mi sonrisa se desvaneció al pensar en ellos en aquella casa, felices con la nueva vida que acababan de traer al mundo, llenando el espacio de amor con nuevos recuerdos.
—Me alegro por él.
—¿Pero…?
Ladeé la cabeza, confundida.
—No hay ningún pero. Lo único que quiero es que las personas que quiero sean felices.
Ronan frunció el ceño.
—Por supuesto. Pero tú también mereces ser feliz, Kara. Mereces crear tus propios recuerdos.
—Soy bastante feliz —repliqué.
—Permíteme discrepar.
Quería poner fin a aquella conversación que había tomado un giro ridículo de repente. Estábamos debatiendo sobre mi felicidad, por alguna razón, cuando nunca había sido tan feliz como en ese momento, sentada frente a Ronan con solo un viejo candelabro abollado entre nosotros.
Abrí la boca para decir algo al respecto, pero antes de que pudiera pronunciar una palabra más, Ronan se levantó, rodeó la mesa y me levantó de la silla.
Jadeé y le eché los brazos al cuello para no perder el equilibrio. Quería protestar. Podía caminar sola, muchas gracias. Pero antes de que pudiera decir nada, me besó con urgencia, ardiente y exigente.
Era exactamente lo que había imaginado hacerle apenas unos minutos antes, y ahora que él había tomado la iniciativa, me abandoné a su abrazo.
Gemí cuando sus brazos se cerraron con más fuerza alrededor de mi cuerpo, disfrutando de aquella cercanía. Cuando se apartó, su mirada era decidida, aunque el deseo ardía en sus ojos.
—Te mereces todo —gruñó—. Todo.
Bueno, si lo ponía así… —Yo quiero todo —susurré, y jamás había dicho algo tan cierto. Atraje su rostro hacia el mío y nos besamos con una intensidad que me dejó temblando, deshecha por dentro.
En un movimiento que me dejó mareada, me levantó en vilo, invitándome a rodearle la cintura con las piernas, y me llevó escaleras arriba.
Esta vez no se mostró tan contenido. A juzgar por cómo se detenía una y otra vez para cubrirme de besos ardientes cada centímetro de piel que alcanzaba, le costaba contener su deseo.
Me estremecí al comprender que se estaba refrenando para no tomarme allí mismo, en el pasillo o en las escaleras.
A mí no me habría importado en absoluto. Era desvergonzada, desenfrenada. Necesitaba sentirlo, contra mí, rodeándome y dentro de mí, como nunca había necesitado nada en mi vida.
Le deslicé las manos por la espalda, apretando los muslos con más fuerza alrededor de su cintura mientras sentía sus músculos moverse bajo la camisa.
Cuando llegamos al rellano, me dejó en el suelo.
Me alcé de puntillas, arqueándome hacia él, pegando todo mi cuerpo al suyo.
Me aferré a su camisa y lo arrastré hacia atrás, hacia la puerta de su dormitorio.
Quería que no le quedara ninguna duda de que esto era lo que deseaba. A él, aquí y ahora.
El corazón me latía como un pájaro atrapado en el pecho. Estaba mareada de deseo, incapaz de controlar aquel anhelo profundo que me consumía.
La noche solo podía terminar de una manera.
Necesito sentirlo dentro de mí.
Atravesamos el umbral de la habitación y me fue empujando hacia la cama sin aminorar el paso.
No quedaba nada de la cautelosa contención de la noche anterior; ya no se refrenaba mientras se apretaba contra mí.
El colchón se hundió bajo nuestro peso y me moví, me retorcí contra él, respondiendo con la misma intensidad.
Se apartó de mi boca para mirarme. Tenía algo salvaje en el rostro; sus caderas empujaban contra las mías, como si no fuera consciente de lo que hacía. El cabello enmarañado le caía sobre la cara, y en la penumbra, era imposible no reconocer al lobo que había en él.
Bien. Lo quiero, lo quiero todo.
Gruñó cuando mis piernas se abrieron alrededor de sus caderas y mi boca se entreabrió en una invitación muda. Se inclinó sobre mí y me abrasó el cuello con un beso, saboreando mi pulso desbocado.
—Nadie te ha tocado antes que yo —murmuró—. ¿Verdad?
—Nadie —jadeé.
Deslizó los dedos hacia abajo y jugueteó con la cinturilla de mis vaqueros. Reprimí un gemido ansioso.
—Solo tú.
Sus hábiles dedos abrieron la cremallera y se deslizaron hacia abajo, rozando el borde de mi sexo hasta que me tuvo jadeando de frustración.
Al poco, ambos nos impacientamos, cansados de las provocaciones.
Me quité los vaqueros y trasteé con los botones de mi camisa, pero Ronan ya no aguantaba más.
La tela se rasgó entre sus puños y los jirones cayeron sobre la cama a nuestro alrededor.
Mi sujetador corrió la misma suerte, y enseguida estuve desnuda bajo su pecho ardiente que subía y bajaba, bajo sus ojos salvajes.
La noche anterior, Ronan había sido la personificación del autocontrol. No había parecido preocupado por su propio placer; se había conformado con llevarme al orgasmo y retirarse abajo el resto de la noche.
Esto era diferente.
Esta vez, los dos estábamos atrapados en lo mismo: ese hambre enloquecida que se apoderaba de todos los cambiantes cuando encontraban a su verdadera pareja.
Liberé una mano y le tiré de la camiseta. Se la quitó, captando el mensaje. Mis manos recorrieron su pecho mientras me miraba fijamente. Cuando fui a desabrocharle los vaqueros, me sujetó las muñecas y me las inmovilizó contra la cama.
Quería gritar. Rogar y suplicar, si hacía falta.
En el estado en que me encontraba, habría hecho o dicho casi cualquier cosa con tal de que me tocara.
—Nunca te han tomado así —la voz de Ronan me vibró en el pecho—. ¿Verdad?
—Nunca —la palabra casi se me escapó como un desgarro—. Por favor, te necesito. No puedo...
Mis caderas se arquearon hacia las suyas. Estaba tan mojada que me habría avergonzado de no ser por la dureza de su polla marcándose contra los vaqueros. A pesar de mis movimientos impacientes, parecía dudar. Sus ojos me escrutaron el rostro, buscando algo.
—¿Qué pasa? Te deseo, Ronan. Te necesito. No pares.
Evidentemente, mi permiso era lo que estaba esperando. Mis palabras lo espolearon. Me soltó las muñecas y se levantó de un salto para quitarse la ropa y liberar su erección antes de volver a la cama conmigo. Ambos gemimos cuando se movió hacia delante y la punta de su polla me rozó el clítoris.
—Ronan —me retorcí mientras se apretaba contra mí, con la boca hundida en mi cuello, dientes y lengua recorriendo mi piel ardiente—. Por favor.
Cuando por fin se deslizó dentro de mí, estaba tan mojada y preparada que apenas hubo resistencia.
Se detuvo, luego empujó un poco más fuerte, y la barrera virginal cedió.
Me llenó por completo; el calor y la intensidad de ser poseída así eran casi insoportables.
Abrí las piernas todo lo que pude, sin pudor alguno, y me arqueé hacia él.
Me rodeó la cintura con las manos y me atrajo hacia él. Luego una de sus manos subió hasta mi cabeza y sus dedos se enredaron en mi pelo. Enterré el rostro en su cuello ardiente mientras él comenzaba a embestirme.
Se echó hacia atrás y me obligó a mirarlo. Quería sonrojarme, apartar la vista, pero no podía escapar de sus ojos.
Esos malditos ojos. Después de esta noche, nunca podría mirarlos de la misma manera.
—Mía —dijo—. Eres mía, Kara. Mía, y voy a reclamarte.
—Tuya —conseguí jadear.
En ese momento, supe que era verdad. En cuerpo y alma, me tenía.
Sus embestidas fueron lentas al principio, tanteando, considerando que era mi primera vez, pero cuando mis gemidos y jadeos demostraron que lo estaba disfrutando tanto como él, aceleró el ritmo y comenzó a penetrarme con un movimiento constante e implacable.
Estaba abierta de brazos y piernas contra el colchón, inmovilizada por la fuerza de su posesión, indefensa ante mi orgasmo inminente.
Me arrolló, ola tras ola de placer recorriendo mi cuerpo mientras Ronan seguía follándome sin parar.
Sollozaba, encantada con la sensación de tenerlo rodeándome por todos lados.
Una de sus manos bajó para frotar mi clítoris y quise apartarme —era demasiado, demasiado intenso— pero no había adónde ir.
Solo pude arquearme contra su caricia mientras él cambiaba ligeramente el ángulo, y con otra embestida profunda, un segundo orgasmo me atravesó.
Después de lo que pareció un mar interminable de placer, Ronan se enterró profundamente y se derramó dentro de mí con un gemido.
Me echó la cabeza hacia atrás y me besó con la boca abierta.
Tragué el sonido de sus gritos orgásmicos, bebiéndolo con la misma avidez con que mi cuerpo se contraía alrededor de su polla.
Un escalofrío me recorrió la espalda al darme cuenta de algo.
No habíamos usado protección.
Cabía la posibilidad de que me hubiera reclamado de más de una manera.
Sentí un dolor cuando salió lentamente de mí.
No había sido demasiado brusco, que yo supiera, pero lo desconocido del acto me dejó exhausta, física y emocionalmente.
Se desplomó a mi lado y me acogió en sus brazos, girándome hacia él y depositando un beso en la parte de atrás de mi hombro.
Me apoyé contra él. Estábamos tumbados entre un revoltijo de sábanas calientes y húmedas y los restos de mi camisa, pero no me importaba.
El largo día, con todos sus altibajos emocionales, por fin me había pasado factura.
A mi lado, la respiración de Ronan se calmó. Murmuró algo contra mi pelo mientras se quedaba dormido, pero no lo entendí.
Me quedé quieta durante unos minutos, tratando de procesar lo que acababa de suceder, incapaz de contener la enorme sonrisa que se dibujó en mis labios. Poco después, me quedé dormida yo también.