Lealtad de la manada Ronan
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Ronan

Me desperté con el cuello dolorido, la entrepierna dolorida y palpitante, y una enorme carga de culpa.

Gruñendo, me revolví en la cama, tratando de encontrar una parte menos abultada del viejo colchón. Al final me di por vencido y me incorporé, apartándome el pelo de los ojos.

Me palpitaba la cabeza e hice una mueca, llevándome una mano a la sien.

Maldición. Ni siquiera bebí tanto anoche.

Lo achaqué al estrés de estar en forma humana, después de pasar tanto tiempo como lobo. Mi cuerpo todavía se estaba adaptando, reajustándose al entorno.

Y, por supuesto, a la necesidad primitiva que me había recorrido durante media noche, cada vez que revivía los gemidos entrecortados de Kara mientras llegaba al clímax bajo mi boca. El recuerdo de esos gemidos me impidió conciliar el sueño hasta la madrugada.

Me levanté de la cama, me puse unos vaqueros viejos y una camiseta, y fui tambaleándome hacia la cocina. Al pasar por el salón, vi algo en el suelo, lo recogí y mis dedos se cerraron alrededor del montón de tela arrugada. Lo alcé para verlo a la luz.

El jersey de Kara. Se le debió de caer anoche, mientras estábamos…

Cerré los ojos y dejé que el jersey cayera de nuevo al suelo. Su aroma flotaba en el aire a mi alrededor; mi polla se agitó una vez más al recordarla en este mismo lugar la noche anterior, y después en mi dormitorio…

Ahora sabía exactamente qué aspecto tenía cuando llegaba al orgasmo. Alcé la vista hacia el techo. Mi habitación estaba justo encima del salón, y agucé el oído en busca de cualquier señal de vida.

La casa estaba en completo silencio. Parecía que era el primero en levantarse.

En más de un sentido.

Gemí en voz alta antes de ponerme en pie y escabullirme hacia una ducha fría.

Aproveché el madrugón para preparar el desayuno. Para cuando oí señales de vida en el piso de arriba, ya tenía una pila de tortitas listas en la mesa y estaba cortando fresas mientras esperaba a que se hiciera la última.

Kit entró primero, con un bostezo enorme. Verlo me pilló por sorpresa. Casi había olvidado que vivía aquí. Había estado tan absorto en Kara y en lo que casi habíamos hecho anoche.

—Hola, tío.

—Hola. —Le apunté con la espátula a modo de advertencia cuando fue a coger una tortita—. Usa un plato. Y deja algunas para nuestra invitada.

Si lo dejaba a su aire, Kit se metería la tortita entera en la boca y luego iría a por más. Pero teníamos compañía esta mañana, y quería causar buena impresión.

Eso si no había desperdiciado ya la oportunidad.

Como si hubiera oído mis pensamientos, Kara apareció en la puerta. Nos miró con timidez, y le dediqué una sonrisa alentadora.

—¿Tienes hambre?

Asintió, se sentó frente a Kit y se sirvió una tortita. Le hice un gesto a Kit mientras la observábamos rellenar la tortita con fresas y enrollarla con cuidado.

—¿Ves? —Volví a los fogones y deslicé la última tortita en un plato vacío, luego me acerqué a la mesa y me senté junto a ella—. Modales.

—Lo que sea. —Kit me sacó la lengua—. Por cierto, ¿qué hicisteis vosotros dos anoche? Os perdí totalmente la pista, y para cuando volví aquí, estaba todo en silencio.

Miré a Kara, y ella me miró a mí. Los dos empezamos a hablar a la vez.

—Solo estábamos—

—Decidimos dar un paseo y—

—Mirando las estrellas. —La voz de Kara sonó firme y segura—. Estábamos mirando las estrellas.

—Ah. —Kit cogió otra tortita y la embadurnó con una cantidad obscena de sirope de arce—. Guay.

—Guay —repetí, cruzando una mirada con Kara y dedicándole una sonrisa cómplice.

Justo cuando estábamos terminando el desayuno, nos interrumpió una ráfaga de golpes en la puerta principal. Me levanté de la mesa y fui a abrir, solo para encontrarme a Noah, Jake y Zac esperándome con expresiones idénticas de emoción.

Los miré a los tres.

—¿Qué pasa, chicos?

—¡La temporada de caza es lo que pasa, tío! —Noah se acercó y me dio un golpe en el hombro—. Venga, vamos al bosque a patrullar. Pensábamos cazar algo a la vuelta. ¿Vienes o qué? Hace tiempo que no te unes a nosotros.

Miré hacia la cocina, donde Kit y Kara seguían sentados, terminando.

¿Patrullar y luego una cacería? ¿Cuánto tiempo llevaría eso?

Era lógico que mis amigos —hermanos de espíritu, si no de sangre— esperaran que cumpliera con mis deberes habituales como si nada hubiera cambiado. Pero la verdad era que todo había cambiado. Como había dicho Noah, llevaba fuera bastante tiempo, y…

El recuerdo del dulce rostro de Kara, la forma en que me había mirado anoche, bastó para reafirmar mi decisión.

—Estoy en medio de algo ahora mismo. —Empecé a cerrar la puerta, negando con la cabeza—. Lo siento. Ya me las apañaré con los Ancianos, ¿vale? No os preocupéis. Me apunto a la próxima.

Jake metió el pie en el hueco antes de que pudiera cerrar la puerta del todo.

—Ronan, venga ya. Llevas semanas desaparecido, y ahora ni siquiera quieres cazar. ¿Qué te pasa, tío?

Los tres me miraron a la vez con ojos desorbitados y abatidos. La culpa me punzó por dentro. Y ahí estaba yo, a punto de abandonar la guardia con mis compañeros de manada, después de todo lo que les había hecho pasar…

Una voz resonó en mi cabeza. La última voz que quería oír en ese momento: la de mi padre.

—Recuerda tu deber, Ronan.

¿Cuál demonios era mi deber? Todo se había vuelto tan confuso… Apreté el puño contra el marco de la puerta, con un pie en el umbral, dividido.

Oí unos pasos suaves a mi espalda, y Kara apareció junto a mí.

Les sonrió a los tres visitantes y luego me miró.

—¿Puedo hablar contigo un momento, Ronan?

—Claro.

Me aparté de la puerta y la dejé abierta. Por el rabillo del ojo, vi a Zac dejarse caer sobre la tarima. Los otros dos se apoyaron en el marco, visiblemente desanimados.

—Creo que deberías ir con ellos —susurró Kara cuando estuvimos en la otra habitación.

Me quedé boquiabierto.

—¿Qué? ¿Has oído todo eso?

La comisura de los labios de Kara se elevó.

—Tus amigos no es que estuvieran susurrando precisamente. Además…

Arqueó una ceja.

Cierto. Oído de cambiaformas.

Estaba tan acostumbrado a salir solo con mujeres humanas que seguía olvidando que Kara llevaba el lobo dentro.

Por muy dulce y frágil que pareciera, sabía que bajo ese exterior suave había un núcleo duro.

De vez en cuando lo dejaba entrever. Quizás esa aparente dulzura la hacía más fuerte que a muchos otros, y no más débil.

Era evidente que tenía controlado su lado cambiaformas.

—¿Estás segura?

Se me encogió algo en el pecho solo de pensar en dejarla aquí sin mí. ¿Y si le pasaba algo?

—Puedo decirles que se vayan.

—Tienes tu deber —dijo Kara, como si fuera tan sencillo—. Y yo tengo el mío. Ve. Seguiré aquí cuando vuelvas.

—Más te vale —refunfuñé.

—La ausencia aviva el cariño, ¿sabes?

—Hmm. Eso dicen.

Soltó una risita y se puso de puntillas para atraer mi cabeza hacia la suya.

El beso fue breve y casto, nada que ver con la pasión ardiente de la noche anterior. Aun así, el puro deseo me recorrió, ardiente y voraz, solo con ese breve contacto.

Cuando nos separamos, sus ojos brillaban con un desafío.

—Nos vemos luego.

Sus palabras destilaban intención.

Quería devorarla. Otra vez.

Con un hondo suspiro, me aparté de ella y me encaminé hacia la puerta.

Kara

Cuando Ronan se marchó, me quedé sin saber qué hacer.

Kit desapareció poco después. Era día laborable y dijo que tenía que estudiar con otros adolescentes de la manada. Tras pensármelo un momento, decidí salir y volver a la plaza del pueblo.

Al fin y al cabo, tenía una misión que cumplir. Un propósito, una razón para estar aquí.

Aparté de mi mente el recuerdo de la mirada intensa y hambrienta de Ronan. Por ahora, al menos, tenía que mantenerme alerta. Al fin y al cabo, estaba aquí como embajadora. Tenía sentido conocer a cuanta más gente pudiera y tratar de establecer vínculos dentro de la manada.

Solo pensarlo me desanimó. Era solitaria por naturaleza, mucho más a gusto con mis pinceles que charlando de banalidades.

Por suerte, me topé con una cara conocida casi de inmediato. Y no era Naomi, gracias a Dios.

A mitad del camino que llevaba a la casa de reuniones, había un pequeño huerto entre dos cabañas. El Anciano Frey me saludó con la mano; con una se apoyaba en la pala y con la otra se secaba la frente.

—¡Buenos días, Kara!

Su rostro se iluminó con una amplia sonrisa mientras me acercaba, y me hizo señas para que me aproximara.

—Pasa, pasa, no seas tímida.

Vacilante, abrí la cancela de madera y recorrí el estrecho sendero de grava que discurría entre los bancales elevados.

Las habas trepaban por tutores de madera inclinados, y una parra se enredaba en un enrejado contra la pared del fondo.

El Anciano Frey estaba en medio del huerto, arrancando malas hierbas de un bancal de frondosos tallos verdes.

Cuando me acerqué lo suficiente, me lanzó unos guantes de repuesto.

—Todo lo que parezca que no pinta nada aquí —dijo mientras arrancaba un diente de león y lo alzaba para mostrarme, antes de tirarlo a una carretilla cercana—, arráncalo de raíz.

Me calcé los guantes y me puse a trabajar a su lado. Estuvimos unos minutos en cómodo silencio hasta que él se sentó sobre los talones y se volvió hacia mí.

—Y bien, ¿te estás adaptando? Sé que llevas poco tiempo aquí, pero ¿estás a gusto?

Asentí.

—Sí, la verdad. Para mi sorpresa.

Miré alrededor del tranquilo jardín. A lo lejos se oían risas apagadas, y una suave brisa susurraba entre las plantas que nos rodeaban. Muchas cosas me recordaban a mi propio pueblo de la manada, las suficientes para no sentirme del todo fuera de lugar.

—Cuando llegué, todo me parecía tan… distinto. Pero creo que estaba dejando que los nervios me dominaran.

—El Clan Bane tiene su forma de hacer las cosas, desde luego, y nosotros la nuestra —asintió el Anciano Frey—.

Hay diferencias, por supuesto, es lo natural, pero también muchas cosas se mantienen parecidas en la mayoría de las comunidades de cambiaformas.

Espero que los hermanos Thornwood te estén haciendo sentir bienvenida en la casa del Alfa.

—Sí, son estupendos.

No pude evitar sonreír al recordar la mañana.

—Kit y Ronan… me recuerdan a mi hermano y a mí. Las pullitas cariñosas, pero en el fondo se quieren de verdad.

—¿Y tienes todo lo que necesitas?

Se podría decir que sí. No respondí, pero el rubor que sentía subirme a las mejillas lo decía todo sin que yo quisiera compartirlo.

—Kara…

El rostro del Anciano se ensombreció, adoptando una expresión pensativa, solemne.

—Considero mi deber decirte esto, y espero que aceptes mi consejo. Te aseguro que te hablo solo como amigo. Conocí muy bien al padre de tu Alfa, y sé que querría que velara por una de los suyos.

Aparté las manos del huerto y fruncí el ceño, confundida. —¿Decirme qué?

—Lo que pasó ayer, entre tú y Ronan.

Por un instante de locura, pensé que se refería a la noche que había pasado en la cama de Ronan. Luego caí en que hablaba de antes, en la casa de reuniones. Ah.

—No quise decir nada en ese momento. No me pareció que fuera asunto mío.

—¿Te refieres a... que parece que estamos predestinados? —Estaba totalmente desconcertada por lo que el Anciano pudiera estar a punto de decir.

¿Acaso estar predestinada a una pareja es algo malo? ¿Adónde quiere llegar con esto?

El Anciano Frey parecía arrepentido. Soltó un profundo suspiro, y por alguna razón el sonido me provocó un escalofrío que me recorrió la espalda. Fuera lo que fuese lo que estuviera a punto de decir, no estaba segura de querer escucharlo.

—¿A cuántos hombres has conocido, Kara? —Habló con amabilidad, pero sus palabras no me tranquilizaron—. A pocos, me atrevería a decir. Un puñado en tu propia manada, quizás. ¿Y Ronan es el único que ha despertado estos... sentimientos?

—Nadie se ha acercado ni de lejos. —Sentía que no era asunto suyo, pero aun así, necesitaba ser honesta.

Cualquier interés fugaz que hubiera sentido por otra persona no podía compararse con lo que sentía cerca de Ronan.

—Pero —insistió el Anciano—, dada tu... perdóname... falta de experiencia, ¿quién puede asegurar que no hay alguien más por ahí? Al fin y al cabo, ¿cómo vas a saberlo? Quizás estos sentimientos sean un simple enamoramiento. Uno que, con el tiempo, se desvanecerá.

—¿Por qué me dices esto? —espeté. No entendía qué pretendía. Me temblaban las manos y la ansiedad me nublaba los sentidos—. No quiero a nadie más. No...

—Kara. —La mano del Anciano Frey en mi hombro me calmó lo suficiente para respirar hondo varias veces, y sentí que el corazón se me sosegaba—. Lo siento mucho, querida. No pretendía disgustarte.

—Pues lo has conseguido —solté.

—Ya lo veo. —Había una nota de genuino arrepentimiento en su voz—.

Mira, el vínculo entre parejas predestinadas es un fenómeno misterioso.

Nadie entiende realmente cómo funciona. Solo tenemos la palabra de quienes lo experimentan.

Lo que los demás ven, la mayoría de las veces, son dos personas que se precipitan en un compromiso de por vida sin pensar en las consecuencias a largo plazo.

—Él no me ha prometido nada —dije, sorbiendo por la nariz—. Si eso es lo que te preocupa.

—Lo único que me preocupa eres tú.

¿Por qué solo le preocupo yo? ¿Y su Alfa? ¿No debería preocuparse por Ronan? ¿Hay algo de Ronan que no me está contando? ¿Algo que podría cambiar mi opinión sobre todo esto si me enterara?

—Ya te he dicho que estoy bien. —Me tembló la voz. No llores, maldita sea. No te atrevas a llorar. —Mira. Sé que esto es inesperado. Lo entiendo. Es tu futuro Alfa, y yo soy una extraña que apareció de la nada. Pero te prometo que lo último que quiero es interponerme entre él y su destino.

Me levanté temblando y me sacudí la tierra de los vaqueros. El Anciano Frey alzó la vista hacia mí. Con el sol del mediodía dándome en la cara, no pude descifrar su expresión.

—Solo piensa en lo que te he dicho, Kara. —Su voz suave ya no resultaba reconfortante. No quería escuchar ni pensar. Solo quería alejarme de allí lo antes posible—. Hay cosas que no sabes. Algunos cambiantes... simplemente no están destinados a tener pareja.

Ya había oído suficiente. Murmuré algo ininteligible y eché a correr por el jardín, dejando que la verja se cerrara de golpe a mi espalda.

No intentó detenerme.

Corrí hasta la casa de los Thornwood con las lágrimas nublándome los ojos.

Esperé a estar dentro, a salvo con la puerta cerrada a mi espalda, para dejarme llorar por fin.