Lealtad de la manada Ronan #2
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Ronan #2

Estaba lista y dispuesta, y yo no podía esperar a explorar más de su cuerpo.

El lobo en mí quería tomarla, aquí mismo, ahora mismo, bajo el cielo nocturno y las estrellas que brillaban sobre nosotros.

El hombre sabía contenerse. Ella merecía más que un polvo rápido. Kara merecía todo lo que yo tenía para dar, y más.

Pasé el brazo por detrás de ella y empujé la puerta, guiándola al interior de la casa a oscuras.

Kara

Entramos a trompicones y de alguna manera llegamos al salón, cubriendo de besos cada centímetro de piel que podíamos alcanzar.

Estaba oscuro, pero logramos llegar hasta el sofá, más por instinto que por otra cosa. Me dejé caer de espaldas sobre los cojines y Ronan cayó sobre mí como un hombre hambriento. Atrapó mi labio inferior entre sus dientes y jadeé.

El jadeo se convirtió en un gemido cuando sus manos se deslizaron sobre mi camisa, rozándome las costillas, ahuecándome los pechos. Su tacto era tan placentero. Necesitaba acercarme más.

Ronan se echó hacia atrás y me agarró los vaqueros, bajándomelos por las piernas hasta que no hubo nada entre nosotros excepto mis bragas húmedas y sus vaqueros, que apenas contenían su erección.

Y entonces volvió a besarme, robándome la razón. Pero tenía que decirle la verdad…

—Mentí —jadeé—. Nunca ha habido… Nunca he…

—¿Qué intentas decirme?

Me estremecí al oír su voz, mitad lobo, mitad hombre. El cambiaformas estaba ahí, justo bajo la superficie, y quería reclamar a su compañera.

Lo sabía porque la mía también estaba ahí, lista para saltar y reclamar a mi compañero.

Negué con la cabeza, gimiendo, abrumada por su tacto, y sobre todo por la sensación de su lengua deslizándose sobre mi piel.

Era casi imposible concentrarme. Su lengua recorría mi vientre desnudo, encendiendo mis terminaciones nerviosas como una centralita. Aun así, tenía que decirlo. Insistí, de alguna manera, entre jadeos y gemidos.

—Nunca he... nunca he hecho esto antes.

Ronan se quedó inmóvil.

Levantó la vista. Su rostro era indescifrable en la oscuridad, pero sus ojos brillaban de excitación.

Me estremecí, deseando su cuerpo sobre el mío pero sin saber cómo pedirlo.

Me conformé con retorcerme y arquear la espalda, intentando que su boca volviera a devorarme, pero él se apartó hasta que dejamos de tocarnos.

Contuve un gemido ante la pérdida.

—¿Qué quieres decir? —preguntó él.

Respiraba con dificultad, en jadeos cortos y entrecortados. ¿O era yo? Ya no podía distinguirlo. Ambos respirábamos con tanta fuerza que apenas podía oír otra cosa.

—Es que... nunca he... —volví el rostro hacia el cojín del sofá para evitar su mirada penetrante—. Ya sabes.

Se echó hacia atrás completamente, desplomándose contra el respaldo del sofá.

—Nunca has estado con un hombre antes.

Cerré los ojos con fuerza, asintiendo.

Guardó silencio. Me quedé allí tumbada en la oscuridad, inspirando y espirando, tratando de no entrar en pánico. ¿Por qué estaba tan callado de repente?

—Hora de ir a la cama —la suavidad de la voz de Ronan me sobresaltó, haciéndome volver en mí.

Levanté la cabeza de golpe. Sentía el pelo revuelto por todas partes, pero no me importaba. Estaba demasiado atónita.

—¿Qué?

—Es hora de ir a la cama —dijo Ronan lentamente, como si no lo hubiera oído la primera vez.

—¿Con... contigo?

—No.

—Pero... no estoy cansada —me incorporé y me deslicé por el sofá hasta quedar pegada a su costado.

No hizo ademán de tocarme, pero tampoco se apartó.

Bajé la cabeza y besé su hombro, el lateral de su cuello, deslizando los muslos hasta quedar a horcajadas sobre una de sus rodillas.

Volví a besar el lateral de su cuello, gimiendo y apretando los muslos alrededor de su pierna.

Un pequeño gemido escapó de sus labios, pero esa fue la única señal de que le afectaba nuestra cercanía tanto como a mí.

Con suavidad pero con firmeza, me tomó por los hombros y me apartó.

—Yo sí.

Por el sonido de su voz, cansado era lo último que estaba, pero tenía la mandíbula apretada. Intenté mecerme hacia delante sobre su regazo de nuevo. Sus brazos se tensaron a mi alrededor y, de repente, me encontré en el aire, acunada entre sus fuertes brazos.

—¡Ronan! —patalée en el aire, pero fue inútil. Me llevó a través de la habitación hacia las escaleras—. Ronan, bájame.

Me ignoró, subiendo las escaleras y dirigiéndose hacia su dormitorio. ¿Tal vez había cambiado de opinión?

El corazón empezó a latirme desbocado cuando llegamos al umbral, pero cuando me depositó en su cama, no se subió conmigo. Se quedó allí de pie, frotándose la nuca con una mano mientras me miraba.

—Puedes dormir aquí esta noche —su voz áspera, tan distinta de su tono cálido y relajado de antes, me dejó helada—. Yo dormiré en la habitación de invitados al final del pasillo.

Cruzó hacia la puerta.

—¡Ronan!

Al oír mi grito agudo y desesperado, giró la cabeza. Me senté en medio de la cama, jadeando.

Me sentía desvergonzada, pero daba igual. Se me entrecortó la respiración cuando algo parecido a un sollozo escapó de mis labios.

—Por favor...

Sosteniendo su mirada, dejé que mis piernas se abrieran. Lo miré con súplica.

No me dejes aquí así.

En un instante, estaba al pie de la cama.

Sus manos rodearon mis tobillos y me arrastraron hasta el borde del colchón.

Gemí ante la visión de su pelo revuelto entre mis muslos.

Mis vaqueros habían desaparecido hacía tiempo, abandonados en algún lugar.

Sus manos subieron por mis espinillas, sobre mis rodillas, mis muslos, recorriendo cada centímetro de piel.

Su aliento caliente y entrecortado acariciaba mi piel desnuda, y mi centro palpitaba de necesidad.

—¿Quieres esto? —gruñó, y gemí en voz alta, sintiendo la vibración de su voz más de lo que oí sus palabras.

—Sí —gemí—. No puedo...

—Shh —Ronan hundió el rostro en la parte suave de mi muslo, los dientes raspando la carne sensible y ardiente—. Te tengo.

Deslizó la boca más arriba, sobre mis bragas, y casi grité en voz alta cuando sentí el primer roce de su lengua sobre el centro de mi sexo. Incluso a través de la fina barrera de tela entre su boca y mi piel, era casi demasiado.

Mis caderas intentaron mecerse hacia delante, pero él me inmovilizó, sus manos anchas firmes a cada lado de mis caderas, manteniéndome abierta para él. Sollocé y me retorcí, pero él fue implacable en sus provocaciones, rodeando mi clítoris con la lengua hasta que me sacudí sin control.

Se apartó por un breve momento, dándome justo el tiempo suficiente para recuperar el aliento, antes de lanzarse hacia delante una vez más y tomarme en su boca.

Para cuando se apartó de nuevo, mi rostro ardía y estaba al borde de las lágrimas. Tomé una respiración entrecortada tras otra, tratando de recomponerme.

Sabía que, con una palabra mía, todo habría terminado.

Pero no quería eso. Quería que esta agonía continuara para siempre, si eso significaba que Ronan mantuviera sus manos sobre mí.

Deslizó mis bragas a un lado y me abrió con los dedos. Mis manos se aferraron a las sábanas, apretando y soltando. Ahora que había soltado su agarre sobre mí, era libre de moverme, de empujar las caderas hacia donde ansiaban estar.

Hice exactamente eso, moviéndome de un lado a otro sobre su lengua. Después de tantas provocaciones, aquello era el paraíso, un placer como nunca había conocido, y nada me impidió tomarlo todo para mí.

Cuando el clímax finalmente llegó, fue casi una conmoción; había estado al borde durante tanto tiempo que, cuando por fin caí al vacío, lo único que pude hacer fue dejarme llevar mientras Ronan me arrancaba oleada tras oleada de éxtasis.

Al fin me desplomé sobre las sábanas, completamente agotada.

Aturdida y sin fuerzas, extendí la mano hacia la silueta borrosa que era Ronan. Él se apartó de mí; esta vez, con suavidad, casi con reticencia.

Apenas estuve lo bastante consciente para verlo salir de la habitación, cerrando la puerta con suavidad tras de sí, antes de que el agotamiento se apoderara de mí y me sumiera en la inconsciencia.