Capítulo 1 #2
No podía simplemente ocupar su lugar junto a Reid y hacer bien el trabajo. No creía tanto en mí misma, y estaba segura de que nadie más lo haría tampoco. Era imposible que pudiera hacerlo.
—Kara. —Allara captó mi mirada y la sostuvo de esa manera instintiva e inquebrantable que solo un Alfa podía. Maldición. Cuando me clavaba esa mirada, sabía que no podría negarme—. Mírame —insistió—. Sé que puedes hacer esto. No te lo habría pedido de otra manera.
Abrí la boca y la cerré varias veces, descartando excusas que sabía que ella desecharía en cuanto las pronunciara en voz alta.
¿Y si la fastidiaba? Un movimiento en falso podría arruinar cualquier alianza que Allara quisiera construir y empeorar las cosas para ambos clanes.
Pero su expresión me decía que no podía discutir. Allara ya había tomado su decisión. Más que eso, difícilmente podía desobedecer una orden directa de mi Alfa.
—Bien. ¿Cuándo nos vamos? —murmuré.
El rostro de Allara se iluminó al instante. Se recostó en su silla, como si le hubieran quitado un peso de encima.
Al menos ella está segura. Una de las dos tiene que estarlo.
—Mañana.
¿Tan pronto? Casi se me escapó un chillido. Allara captó mi expresión de todos modos y me rodeó los hombros con un brazo, apretando fuerte.
—Serás perfecta, Kara. —Una suave sonrisa asomó en las comisuras de sus labios—. Ya lo verás.
Todavía estaba oscuro fuera cuando mi alarma empezó a sonar, mucho más fuerte de lo que esperaba.
Con un gemido, le di un par de golpes para apagarlo. Me di la vuelta, con todos los músculos del cuerpo en tensión, y contuve la respiración, atenta al llanto de un bebé. ¿Mi alarma habría despertado a Mae?
El resto de la casa permanecía en silencio. Dejé escapar un largo suspiro de alivio y me relajé contra las almohadas.
Tammy no me lo perdonaría jamás si despertaba a Mae con mi estúpida alarma.
En la silla bajo la ventana, la bolsa que había preparado ayer aguardaba. La fulminé con la mirada, pero no estalló en llamas. Siguió exactamente donde estaba, burlándose de mí. Lista para partir.
Suspiré con pesadez, consciente de que no podía retrasarlo más. Me levanté de la cama y me vestí. Había quedado con Reid fuera en media hora. Tenía el tiempo justo para comer unas tostadas y lavarme los dientes antes de que llegara.
No tenía sentido despertar a Jason y Tammy. Ya me había despedido de ellos ayer, y con Mae haciéndose notar como solo saben hacerlo los bebés, los agotados padres necesitaban descansar todo lo posible.
Tammy me había abrazado entre lágrimas y me había preguntado cuándo volveríamos.
No hacían falta los sentidos agudizados de un cambiaformas para captar la tensión en el ambiente.
Jason no había dicho nada, pero su lenguaje corporal al acercarse a abrazarme, y cómo me apretó tan fuerte que mis pies se despegaron del suelo, me revelaron lo preocupado que estaba por esta misión para Allara.
Jason era más que un hermano mayor para mí.
Desde que mamá y papá murieron, éramos toda la familia que nos quedaba.
Con la bolsa ya al hombro, miré por la ventana hacia la calle oscura. Distinguí a Reid acercándose a nuestra casa bajo la tenue luz de las farolas. Se le notaba la tensión en los anchos hombros.
No lo culpaba. Yo también tenía los hombros agarrotados por la aprensión. Sabía que esta misión tampoco era su primera opción. Preferiría estar con Allara y su hijo por nacer en ese momento. Como cualquier futuro padre, quería estar cerca por si Allara se ponía de parto antes de lo previsto.
A veces el deber hacia la manada tiene que ir primero.
Bajé las escaleras de puntillas y cerré la puerta principal con el mayor sigilo posible. Reid asintió cuando bajé los escalones del porche y me hizo un gesto para que lo siguiera.
—Buenos días, Kara. Vamos.
Se recolocó la bolsa al hombro mientras me ponía a su altura.
—La camioneta está cargada y lista.
Dejé mi bolsa en la parte trasera de su camioneta y subí al asiento del copiloto, intentando no sentirme incómoda. No era frecuente que Reid y yo estuviéramos a solas sin Allara. Esperaba que encontráramos temas de conversación por el camino y no pasáramos todo el viaje en un silencio tenso.
Si notó mi incomodidad, no lo demostró. Parecía estar a un millón de kilómetros mientras giraba la llave en el contacto y enfilábamos el camino que salía del pueblo. Tenía unas ojeras oscuras, como si no hubiera dormido en un mes.
Me miró de verdad una vez que estuvimos en la carretera principal.
—¿Todo bien?
Asentí.
—Claro.
Debí de sonar poco convincente, porque esbozó una breve sonrisa.
—Volveremos antes de que te des cuenta, Kara. Todo saldrá bien.
A juzgar por su expresión, quería creer eso tanto como yo. Este viaje era lo último que cualquiera de los dos deseaba hacer en ese momento. Pero las órdenes eran órdenes, fueras amigo de la Alfa o su pareja.
Los árboles pasaban veloces mientras conducíamos. El sol comenzaba a salir y la luz dorada salpicaba el capó del coche. Alcé la cabeza para mirar por el techo solar a los cuervos que trazaban círculos en lo alto.
—¿Cómo son? —pregunté al fin, rompiendo el agradable silencio.
—¿Quiénes? ¿Los cuervos? —alzó la vista siguiendo mi mirada y luego volvió a concentrarse en la carretera.
Puse los ojos en blanco y lo miré directamente.
—No. El Clan Thornwood, obviamente.
Reid tamborileó con los dedos en el volante.
—Ah, ya sabes.
—No, no lo sé.
Fruncí el ceño mirando la carretera que teníamos delante.
—Te lo pregunto en serio, Reid. Nunca he estado ni siquiera al otro lado del arroyo.
Reid arqueó las cejas, sorprendido.
—No tenía ni idea.
Vi que le daba vueltas a mi pregunta, buscando las palabras adecuadas.
—Son… reservados —dijo al fin—. Van a lo suyo, ¿sabes? Como cualquier manada de cambiaformas.
Vaya. Eso no me aclaraba gran cosa.
Nos quedamos en silencio durante unos kilómetros más, hasta que Reid volvió a hablar.
—Conoces a Naomi, ¿verdad? Es del Clan Thornwood. O lo era, al menos.
Se encogió de hombros.
—Quién sabe dónde andará ahora.
Arrugué la nariz. Por supuesto que conocía a Naomi, y he de admitir que no me caía nada bien.
La ex de mi hermano, siempre con esa relación de idas y venidas.
En los viejos tiempos, se quedaba el tiempo justo para marcar territorio y enganchar a Jason antes de largarse otra vez.
Me recordaba a una flor venenosa: preciosa, pero no querías acercarte demasiado.
Cuando Tammy apareció en escena, no fui la única del clan que respiró aliviada. Naomi se había esfumado en cuanto se dio cuenta de que Jason no volvería con ella. No sabía dónde estaba ahora, y francamente, me daba igual, mientras se mantuviera alejada de mi pequeña familia.
Reid vio mi cara de disgusto y se echó a reír.
—¡Venga ya! No puedes juzgar a todo un clan por un solo lobo, Kara.
Emití un gruñido evasivo y crucé los brazos.
—Vale. ¿Y qué hay de los demás? El antiguo Alfa tenía un hijo, ¿no? ¿Un hijo que ha desaparecido misteriosamente?
—Eh, sí.
Reid se removió en el asiento.
—Tenía dos, en realidad. Aunque solo he conocido al pequeño. Kit Thornwood.
—¿Cómo es? —insistí.
—Es majo.
Uf. Le sacaría mucho más a Allara.
El clan era reservado, y el hijo menor del antiguo Alfa se mostraba distante. No sabía si Reid me estaba ocultando algo por algún motivo o si de verdad no tenía más información que compartir.
Puede que no hubiera viajado mucho en mi vida, pero seguía siendo una cambiaformas, y mis sentidos estaban en alerta máxima. Cuanto más nos alejábamos de la aldea, más nerviosa me ponía. La loba que llevaba dentro desconfiaba de todo. Cada bache en la carretera me hacía dar un respingo.
Si voy a adentrarme en lo desconocido, prefiero hacerlo con los ojos bien abiertos.
Pero no me molesté en insistir más. Por la razón que fuera, estaba claro que Reid no tenía nada más que contarme. Tendría que esperar a llegar para descubrirlo por mí misma.