Lealtad de la manada Tammy
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Tammy

El día había empezado como cualquier otro.

Una mañana más que añadir a las incontables mañanas desde que dejé a Jason. Horas corrientes transcurriendo en mi vida corriente.

Como de costumbre, me levanté, desayuné y me puse mi nueva chaqueta entallada y pantalones de vestir. Me despedí de Leah con la mano y salí antes de las ocho. Me gustaba llegar un poco temprano para prepararme para las exigencias del día.

Me habían aceptado en mi curso de posgrado y trabajaba a tiempo parcial en la oficina de servicios sociales del barrio, compaginándolo con mis estudios. Solo contestaba el teléfono y concertaba citas, pero me encantaba la gente. Y era una experiencia estupenda para cuando me graduara.

Estaba justo donde quería estar.

Entonces, ¿por qué me sentía como un zombi?

Imágenes del futuro se colaron en mi cerebro sin previo aviso. Podía ver los próximos cinco o diez años trazados frente a mí con una claridad asombrosa.

Mi bebé llegaría a finales del verano. Me imaginé la habitación del bebé improvisada, las noches en vela.

Buscar un jardín de infancia, leer los informes del colegio, las clases de natación, empujar una bicicleta pequeña por el camino de entrada.

Verlo o verla soplar las velas de una tarta: dos, luego tres, luego cuatro.

Mientras conducía al trabajo, me imaginé contándole la noticia a Jason.

Ni siquiera podía imaginarlo. Aquel pueblecito en el bosque parecía tan lejano, casi como si no existiera.

El dolor de aquellos recuerdos afloró de golpe, agudo y ardiente, pero lo reprimí como pude.

Mi hijo no crecería con un padre que siempre tuviera un pie fuera de casa. Eso, al menos, podía garantizarlo. Mi bebé estaría rodeado de adultos que le darían amor y apoyo incondicionales. Personas cuyas lealtades no estuvieran divididas entre su manada y sus seres queridos.

No iba a conformarme más. Quería a alguien que luchara por mí. Que me amara con la misma fiereza con que yo amaba a la criatura que crecía dentro de mí. Y no aceptaría nada menos.

A partir de ahora elegiría mi propio camino, y contaría como amigos a quienes estuvieran a mi lado cuando más los necesitara.

Aparqué en el parking del edificio de oficinas donde trabajaba como recepcionista. Ya podía ver a los primeros clientes a través de la ventana. Una madre y su hija.

Salí del coche y entré.

—¡Hola, Julie!

Sonreí a la pequeña de las coletas, que se iluminó al verme y empezó a dar botes en su silla de plástico.

—¿Qué tal estás hoy?

Rosa, la madre de Julie, rodeó a su hija con el brazo y le apretó los hombros.

—Es pura energía, lo siento.

Me dedicó una sonrisa de disculpa.

—Oh, por favor, no te disculpes.

Negué con la cabeza enérgicamente.

—¡Me encanta! Ojalá yo tuviera esa energía por las mañanas.

No mentía. Me encantaba mi trabajo, y ver a niños como Julie.

Pero no era la pasión arrolladora que una vez pensé que sería. Era… simplemente correcto.

Y eso está bien, ¿no? Es más de lo que consigue la mayoría. Deberías estar agradecida.

Me alejé de ellas hacia el mostrador de entrada. Saqué la acreditación del bolso y me la colgué del cuello; entonces casi me estampo contra el tipo que esperaba delante de mí.

Levanté las manos, preparada para deshacerme en disculpas.

—Lo siento muchísimo, no vi...

Las palabras se me quedaron atragantadas cuando el hombre se giró y pude verle bien.

Era Jason.

El pelo y la barba le habían crecido un poco en las semanas que llevábamos separados, y tenía aspecto de haber pasado aún más tiempo a la intemperie de lo habitual.

Pero aparte de eso, era tal como lo recordaba.

Vaqueros gastados, botas recias y camisa de cuadros.

A años luz del entorno de oficina en el que nos encontrábamos.

Me alisé el borde de la blusa perfectamente planchada, de pronto cohibida.

La otra recepcionista, Stacy, asomó la cabeza por detrás de él y me miró.

—Tammy, ¿conoces a este tío? Entró hace un par de minutos diciendo que os conocéis.

Lo miró y luego articuló con los labios:

—¿Quieres que llame a seguridad?

—Tranquila, Stacy.

Respiré hondo. Mi mirada volvió a encontrarse con la de Jason, penetrante. Aquellos ojos —tanto en su versión avellana como en la plateada— me habían perseguido en sueños. En ese momento, eran como una daga clavándose en el corazón.

—Es...

Me quedé callada, sin saber cómo terminar. ¿Un amigo? ¿Mi ex? ¿Mi alma gemela?

—Lo conozco —dije al fin—. No pasa nada.

Al notar la carga de mis palabras, Stacy ladeó la cabeza y se encogió de hombros.

—Has llegado pronto, total. Tómate tu tiempo.

Quizá podría usar la sala de descanso para hablar con él un momento.

Mi mente buscaba frenéticamente posibles explicaciones de qué hacía allí, qué podía querer.

¿Respuestas? ¿Dinero para gasolina? ¿Un mapa? Estaba allí, en plena ciudad. A lo mejor se había perdido.

Seguro que quiere que le devuelvas la camisa. Ya sabes, la que guardas debajo de la almohada por las noches.

Luché contra el rubor que amenazaba con teñirme las mejillas e intenté controlar la situación. El simple hecho de que estuviera allí bastaba para hacerme tambalear.

Este era mi mundo. El mundo humano.

Parecía tan fuera de lugar allí como yo en lo profundo del bosque, entre la manada de lobos.

Allí no te sentías fuera de lugar, me recordó una voz traidora. Te sentiste como en casa.

A pesar de su evidente incomodidad, me miró directamente a los ojos.

No había nada arrogante ni prepotente en su actitud.

El tipo sarcástico que había conocido en la ceremonia de vinculación había desaparecido.

Parecía sereno, firme. A pesar de las circunstancias, había una franqueza en su expresión que no le había visto antes.

—Stacy, ¿te importa si uso la sala de descanso para hablar con Jason un momento?

La otra recepcionista asintió, señalando los archivos que tenía delante.

—Sí, por supuesto. Yo me encargo de esto.

—Por aquí —dije, señalando el pasillo que conducía a la sala de descanso.

No me molesté en preguntarle nada. Aquí fuera era demasiado público. Había demasiados ojos y oídos curiosos.

En silencio, me siguió. Mantuvo una distancia respetuosa entre nosotros, pero aun así me pareció sentir su calor contra mi espalda durante todo el trayecto por el pasillo.

Abrí la puerta y le indiqué que tomara asiento en el sofá junto a la nevera. Dudé si sentarme detrás, en la mesa. Parecía demasiado formal, demasiado defensivo. Al final, me senté con incomodidad en el borde de la mesa del comedor y aparté algunos archivos.

—Te has cortado el pelo —dijo Jason.

Su voz sonaba completamente neutral. No conseguía descifrar sus intenciones en absoluto.

«¿Le gusta? ¿Está contento de verme? ¿Triste? ¿Aburrido?»

Decidí hacer la pregunta obvia.

—¿Qué haces aquí?

Bajó la vista hacia sus manos y les dio la vuelta, como si intentara encontrar las respuestas en sus palmas.

Sentí una punzada de dolor. No deseaba nada más que deslizarme de la mesa, tomar esas grandes manos entre las mías y acercarlas a mí, sentir sus dedos acariciándome el rostro como lo habían hecho tan fácilmente, tan instintivamente, no hacía tanto tiempo.

Finalmente, levantó la vista.

—Necesitaba verte.

Luché contra las emociones que brotaron dentro de mí. Su mera presencia bastaba para acallar la voz de pánico enterrada en lo profundo de mi pecho, ese vacío que me mantenía despierta por las noches, preguntándome si él estaba bien.

—Tammy —dijo, y mi atención volvió al momento presente—. Quería darte espacio. Intenté mantenerme alejado de ti. Pensé que si volvíamos a nuestras vidas separadas, tal vez este sentimiento se desvanecería con el tiempo.

Respiró hondo.

—Ya no tengo fuerzas para mantenerme alejado de ti.

Me quedé paralizada.

Fuera lo que fuese lo que esperaba oír, no era eso.

—¿Qué estás diciendo? —susurré.

Se inclinó hacia delante en el sofá y me obligó a sostenerle la mirada. Aunque yo era la que estaba en la posición dominante, me sentí acorralada. Crucé una pierna sobre la otra, intentando aparentar un control sobre la situación que no sentía.

—Estoy diciendo que estar separado de ti no es una opción para mí.

Su voz grave retumbó en su pecho y me estremecí.

—No puedo. Así que, o me echas de aquí ahora mismo, o arreglamos esto.

Lo miré boquiabierta. Todos mis cuidadosos planes para los próximos años se estaban desmoronando ante mis ojos. No había contado con Jason.

Aunque, pensándolo bien, Jason siempre me había sorprendido.

«Es una de las cosas que amo de él».

Le di vueltas al pensamiento y me di cuenta de que era cierto. Aterrador, imposible, pero cierto. Lo amaba, total y absolutamente.

En cierto modo, todavía apenas lo conocía, pero no importaba. Lo amaba.

Sin querer, mi mano se deslizó sobre mi vientre. Los ojos de Jason siguieron el movimiento sin comprender.

—¿Qué tenías en mente? —pregunté con voz débil—. Mi trabajo... mi vida... está aquí, Jason. Soy feliz.

Sus cejas se juntaron y su cabeza cayó hacia delante, con los rizos cayéndole sobre la frente. Era una imagen tan familiar. Una que había echado tanto de menos.

—De acuerdo —dijo—. Entonces iré yo a donde estés, Tammy. Haré las maletas y me mudaré a la ciudad por ti. No me importa dónde viva, solo quiero que estemos juntos.

Pensé en los cambiaformas lobo. Cada manada era diferente, pero recordaba que Allara me había dicho que los habitantes del bosque lo pasaban especialmente mal en los centros urbanos. El ruido, todas las luces brillantes... enloquecían sus sentidos agudizados.

—¿Harías eso? —pregunté—. ¿Por mí?

Me costaba alzar la voz por encima de un susurro. Me preocupaba que si hablaba más alto, rompería el hechizo y esto tan frágil que había entre nosotros se quebraría como una ramita.

—Cualquier cosa, Tammy.

Jason extendió las manos y las puso sobre las mías. Cuando no me resistí, tiró de una de ellas hacia él y entrelazó nuestros dedos. El calor me inundó y el vacío que había llevado durante tanto tiempo se disipó.

—Haría cualquier cosa, iría a cualquier parte. No me importa, siempre que esté contigo.