Tammy #3
Una figura imponente se acercó a nosotros, flanqueada por varios más.
Identifiqué de inmediato al enorme hombre del centro como el Alfa de aquella manada.
Él y Allara intercambiaron un saludo cortés pero formal: inclinaron la cabeza el uno hacia el otro y se estrecharon los antebrazos en una muestra universal de respeto.
Al cabo de unos minutos, Allara se apartó para hablar con el Alfa a solas. Me indicó con un gesto que me quedara donde estaba, y obedecí, aunque una parte de mí se sentía frustrada.
Debería ir con ella. ¿Por qué me había traído aquí, si no era para protegerla?
Me dejé caer en el borde del grupo de juerguistas y me quedé mirando las llamas. Sentía cómo la tristeza volvía a apoderarse de mí. Aquella gente me era desconocida y no me ofrecía distracción alguna.
Al cabo de un momento, percibí una presencia menuda cerca de mi codo.
Bajé la vista. Una mujer menuda me sonreía. Rondaba la mediana edad, con ojos amables y risueños y expresión maternal. Me tendía un plato de magdalenas. Capté su aroma bajo el humo del fuego e inhalé profundamente. Olían deliciosas.
—¿Quieres una? —preguntó con una sonrisa.
Asentí agradecido, de repente consciente de lo hambriento que estaba.
—Tienen buena pinta. Gracias.
Iba por la mitad de la magdalena cuando algo extraño me llamó la atención. Dejé de masticar y volví a mirarla.
Me observaba con expresión satisfecha. Pero no fue eso lo que me hizo detenerme en seco.
Fueron sus ojos.
Eran claros y brillantes, de un verde perfectamente agradable. Reflejaban la luz del fuego…
Y eso era todo.
No había ningún destello sobrenatural de plata en torno a sus pupilas, ningún brillo depredador. Nada en ella la identificaba como loba. No tenía la mandíbula afilada ni la inclinación arrogante de la cabeza. Ninguna de esas pequeñas señales fáciles de detectar si sabías dónde mirar.
No es una cambiaformas.
La revelación fue como un disparo en el pecho. Sentí que el corazón se me encogía y luego latía con fuerza, y algo peligrosamente parecido a la esperanza me invadió por completo.
Es humana. Tan humana como Tammy. Y parece vivir aquí, con la manada.
—¿Puedo ayudarte? —preguntó alegremente.
Parecía divertida por mi reacción, tan evidente, pero no ofendida.
—Disculpe, señora —murmuré mientras me terminaba el pastelito y me sacudía las migas de las manos—. Soy Jason.
Le tendí la mano y ella la estrechó. Quería disculparme de nuevo por mi grosería.
Estaba totalmente desconcertado por la presencia de una humana en medio de una manada de lobos cambiaformas.
A pesar de los acontecimientos recientes, no conseguía encontrarle sentido.
Era como una gallina viviendo en una madriguera de zorros.
—Cecily —se presentó.
Me observaba con una mirada aguda y perspicaz.
—¿Y qué te trae por aquí, Jason?
—Estoy escoltando a mi Alfa —dije.
Me giré para intentar localizar a Allara entre la multitud, pero no se la veía por ninguna parte.
—Aunque no puedo decir que lo esté haciendo muy bien. Parece que la he perdido.
Me volví hacia ella con una sonrisa avergonzada, y se echó a reír, echando la cabeza hacia atrás.
—Sí, ya veo por qué les caes bien.
De algún modo había perdido el hilo de la conversación. Esta humana me estaba dando mil vueltas mientras yo iba a ciegas.
Siguen haciendo eso, ¿verdad?
Aparté esa voz interior crítica y volví a centrarme.
—¿Quiénes?
—Reid y Allara, por supuesto.
Sus ojos me miraron con un brillo pícaro.
—Tienes buen corazón. Sé percibir estas cosas.
No pude evitar que la señora me cayera bien. Aparte de lo de ser humana, en muchos sentidos me recordaba a mi madre.
Durante muchos años, solo habíamos estado Kara y yo. Había olvidado lo que era que alguien te reconfortara, aunque fuera de manera tan sencilla.
—¿Puedo preguntarte algo? —dije.
El fuego frente a nosotros se avivó y las chispas doradas salieron disparadas hacia el cielo oscuro.
—Pregunta lo que quieras, querido.
—Eres... humana.
Mi voz se perdió en el aire de la noche.
—Eso no es una pregunta.
Me miró con expresión cálida.
—Pero sí, lo soy.
Cruzó las manos y se quedó mirando las llamas.
—El Alfa de esta manada, Embry, es mi compañero.
Se me subieron las cejas hasta el nacimiento del pelo. No me molesté en ocultar mi asombro. ¿Un Alfa emparejado con una humana? Nunca había oído nada semejante.
¿Significa eso lo que creo que significa?
—Nos conocimos por casualidad —explicó Cecily con su voz suave y melodiosa—. Nos cruzamos a la salida de una estación de tren. Al principio pensé que estaba loco. No paraba de decirme que tenía que ir con él, que era importante. Casi salí corriendo en ese momento. Pero...
Extendió las manos y se encogió de hombros.
—Había algo en él. No podía quitármelo de la cabeza, por mucho que lo intentara.
—¿Estás vinculada a él?
Asintió.
—Nuestros hijos son cambiaformas, como él. Aunque me gusta pensar que sacaron algunos de sus mejores rasgos de mí.
Sus ojos volvieron a brillar con picardía.
—Cuando se ponen perdidos de barro jugando fuera, son hijos de él.
Una voz retumbante sonó a nuestras espaldas.
—Tiene razón. Sus mejores rasgos son sin duda de su madre.
Me levanté de un salto, girándome al hacerlo. Embry, el Alfa, depositó un beso en la coronilla de su compañera y me saludó con un breve gesto de cabeza. Me llevé la mano al pecho en señal de deferencia.
—Embry, te presento a Jason.
Cecily se levantó y le rodeó la cintura con el brazo. Incluso de pie, apenas le llegaba al hombro.
—Le estaba contando cómo nos conocimos tú y yo.
El rostro del Alfa se suavizó con ternura, una expresión sorprendente en un hombre tan corpulento y estoico.
—Supongo que fue algo fuera de lo común.
—Aunque está claro que os ha funcionado —señalé.
Ambos se echaron a reír.
—Ha tenido sus altibajos.
Cecily inclinó la cabeza y la apoyó en el brazo de Embry.
—Pero así es toda relación. Él es un cambiaformas, yo soy humana... pero estamos hechos el uno para el otro. Y a fin de cuentas, eso es lo que importa. ¿Todo lo demás? Son solo adornos.
No podía llevarle la contraria, especialmente al ver cómo Embry miraba a Cecily. Pocas veces había visto a dos personas tan claramente enamoradas como ellos.
Allara se acercó con una bebida en la mano. Cuando nuestras miradas se cruzaron, esbozó lo que parecía una sonrisa de satisfacción.
De pronto caí en la cuenta. Era totalmente obvio visto ahora. No podía creer que hubiera tardado tanto en darme cuenta.
¡Esto es una encerrona!
Allara me había traído aquí por una razón: para conocer a Embry y Cecily. No necesitaba mi protección. Había querido que viera que la situación en la que me encontraba, que parecía tan imposible de resolver, podía funcionar perfectamente si yo lo permitía.
Era posible que una humana viviera en medio de una manada de lobos.
No solo vivir, sino prosperar. Tener hijos, criarlos a salvo y convertirse en un miembro valioso y querido de la comunidad por derecho propio.
No podía creer que Allara me hubiera engañado así. Había usado mi lealtad en su beneficio, y yo había caído de lleno en la trampa.
Aun así, no podía enfadarme con ella. Era evidente que lo había hecho por el bien de Tammy y el mío. Y sabía tan bien como ella que, si me lo hubiera dicho abiertamente, nunca habría venido. Llevaba semanas encerrado en casa, regodeándome en mi propia autocompasión.
La esperanza empezó a despertar en algún lugar de mi interior. Ver con mis propios ojos que la relación de Cecily y Embry funcionaba lo cambiaba todo. Si ellos habían podido...
¿Por qué no Tammy y yo?
Con solo pensar en su nombre, algo se removía en lo más profundo de mí, una punzada de pérdida. Sabía que tenía que volver a verla, tocarla. Hacerla mía en todos los sentidos. Demostrarle que era ella a quien quería, ahora y siempre, y que podía hacerla feliz si me dejaba.
No me importaba que fuera humana. Nunca me había molestado, salvo porque a ella la hacía sentir que no encajaba.
Todas aquellas preocupaciones del principio —que no encajaría, que no encontraría su lugar con nosotros— habían resultado estar totalmente equivocadas. Sí que pertenecía a nuestro grupo y, mirando atrás, sabía que había sido feliz viviendo en la aldea.
¿Por qué la dejé marchar tan fácilmente? ¿Por qué no intenté convencerla de que se quedara?
Había sido yo el cobarde, el que no se atrevió a dejarla entrar del todo, a hacerle saber de verdad lo que sentía por ella.
Tenía que existir alguna posibilidad de que aún sintiera algo por mí.
No había terminado de luchar. Por ella. Por nosotros.
Por la vida que podríamos tener juntos.
Y si ella quería quedarse en la ciudad, yo me quedaría allí también. Ella era mi destino, mi futuro. No me importaba dónde acabáramos; solo sabía que la necesitaba a mi lado otra vez.
Sentí que un fuego se encendía dentro de mí. No había terminado. Todavía no.
Sabía exactamente lo que tenía que hacer.