Tammy #2
A Lyra podía aguantarla, e incluso las miradas cargadas de intención de Kara y sus intentos de sacarme de casa eran soportables, pero Allara y Reid no dejaban de observarme con suspicacia, y ellos sí me ponían nervioso.
¿Habían cambiado de opinión sobre dejarme quedarme en la manada?
¿Estaban cuestionando mi lealtad? ¿Acaso no la había demostrado ya cuando dejé que la única mujer que había deseado de verdad, con la que de verdad había imaginado un futuro, se me escapara de entre los dedos?
Todo estalló un día cuando Allara nos reunió en las escaleras frente al salón social para darnos un aviso informal.
—Voy a viajar unos días. Tengo que cumplir con ciertas obligaciones con una manada en Denver —ignorando los murmullos que siguieron a sus palabras, puso una mano sobre el hombro de Reid—. Mientras tanto, Reid está al mando. Si hay algún problema, acudid a él. ¿Entendido?
Hubo algunos murmullos de asentimiento y Allara asintió, satisfecha. La gente empezó a dispersarse y yo me volví para irme con ellos.
—¿Jason? —llamó Allara, y me giré de nuevo. Aparte de Kara y la joven Lyra, nadie me había dirigido la palabra en casi una semana. Todos me evitaban, como si fuera una bomba sin explotar que pudiera estallar en cualquier momento—. Necesitaré refuerzos en el viaje. Vienes conmigo.
No era una pregunta. Sostuve su mirada firme y levanté la barbilla, asintiendo brevemente.
Parece que voy a viajar con la mejor amiga de la mujer que me rompió el corazón. Genial.
Suspiré. Al menos me distraería de los pensamientos constantes sobre Tammy. Pasara lo que pasara, este viaje iba a ser interesante, sin duda.
Tammy
Pasé unos días apática e inquieta, deambulando por mi apartamento vacío como aturdida.
Y entonces hice lo que siempre hacía cuando la vida me ponía a prueba.
Me levanté, me sacudí el polvo y tracé un nuevo plan.
En primer lugar, iba a quedarme con el bebé. Sabía que no sería fácil, pero no podía ni imaginar la alternativa. Había perdido a Jason; no iba a perder la única parte de él que me quedaba.
No sabía cómo funcionaría, claro. El bebé de un cambiaformas lobo seguramente también lo sería. Como mínimo, probablemente tendría rasgos no humanos.
Aparqué todos esos miedos, decidida a preocuparme por ellos más adelante. Jason había dicho que las habilidades de transformación solo aparecían cerca de la pubertad, así que tenía al menos una década, con suerte, antes de tener que resolver nada.
Con un bebé en camino, no podría seguir pagando el alquiler de este apartamento.
Di el preaviso y me mudé con Leah, una vieja amiga de mamá que vivía en las afueras.
Sus hijos hacía tiempo que se habían independizado y su marido había muerto unos años atrás.
Sola en su casa grande, vivía con tres perros y tenía un montón de gallinas en el patio trasero.
Habíamos forjado una amistad peculiar después de que mamá muriera.
Siempre había cuidado de mí, especialmente en los momentos más bajos de mi vida.
Estaba embarazada, sola y pronto me quedaría sin techo. Según mis cálculos, eso era tocar fondo.
Cuando se enteró de que estaba buscando un lugar donde quedarme, me ofreció su habitación libre sin cobrarme nada. Creo que el arreglo nos convenía a las dos. Ella ganaba compañía y alguien que le cocinara, y yo conseguía un techo sin tener que preocuparme por cómo pagar el alquiler cada mes.
Dejé el trabajo del bar por completo y conseguí un empleo a media jornada en el restaurante de Penny. Para el resto, tiré de mis ahorros. Pasaba los fines de semana haciendo jardinería en el patio de Leah o sentada en mi sillón favorito, mirando por la ventana, pensando en todo y en nada.
El día que me aceptaron en el máster, Leah, Penny y yo compartimos una botella de espumoso sin alcohol para celebrarlo, muy a pesar de Penny. Nos sentamos alrededor de la mesa de la cocina y las escuché hablar de nombres para el bebé.
Por mucho que lo intentara, no podía quitarme de encima la sensación de que seguía... a la deriva.
Había pasado un mes entero desde que dejé la manada. Caminaba por las calles de la ciudad, iba al trabajo, cocinaba, hacía la colada, y durante todo ese tiempo me sentía como si estuviera bajo algún tipo de hechizo.
Este era el mundo al que pertenecía. Un mundo que tenía sentido para mí. Sí, sería difícil criar a un hijo sola. Pero ya había salido adelante en situaciones difíciles, y podía volver a hacerlo.
Mi tiempo en el bosque parecía un sueño bañado por el sol. Y los sueños... no están hechos para durar eternamente. Tarde o temprano, siempre iba a despertar.
Allara se había equivocado. Yo no era el alma gemela de Jason y él no era la mía. Solo éramos dos personas que se habían cruzado en el camino, desviándose momentáneamente de la ruta que debían seguir. Pero siempre estuvimos destinados a volver a nuestros propios caminos, cada uno por su lado.
Lo sabía con total seguridad.
Entonces, ¿por qué sentía que me faltaba una parte esencial de mí?
Jason
Llevábamos cerca de una hora de viaje y me zumbaba la cabeza.
Allara iba sentada en el asiento del copiloto, en silencio. Había tantas cosas que quería preguntarle, pero mantuve la boca cerrada, sin querer avivar la tensión que temía que arruinaría el viaje si no andaba con cuidado.
—Sé lo que quieres preguntarme —dijo Allara con voz serena.
—¿Ah, sí? —me removí en el asiento, incómodo. Era la Alfa. Probablemente lo sabía todo de todos en la manada, incluido yo.
—Quieres saber si he tenido noticias. De ella.
Guardé silencio. No necesitaba preguntar a qué ella se refería. Como siempre, Allara había dado en el clavo. Pero no quería darle la satisfacción de saberlo, así que solté un gruñido evasivo.
—Lo siento, Jason —dijo. Su tono era sorprendentemente suave—. Ojalá tuviera buenas noticias.
—Solo intento dejarlo atrás —murmuré. Mi voz apenas se elevó por encima del rugido del motor, pero Allara asintió levemente—. De todos modos, ella tenía razón. Es humana, y yo soy un cambiaformas. Nunca iba a funcionar. Ni siquiera tiene sentido.
Allara no respondió. Una expresión extraña se dibujó en su rostro. Miró por la ventana, y observé cómo la comisura de su boca se curvaba ligeramente hacia arriba.
Menuda reacción tan rara cuando alguien te cuenta que su vínculo de almas estaba condenado al fracaso.
Aunque, pensándolo bien, Allara siempre había sido un poco peculiar.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros, pero ya no resultaba incómodo. Me concentré en la carretera durante unos minutos.
—Sabes, le pregunté algo a Reid la otra noche. —Había un brillo en los ojos de Allara que solo le había visto en contadas ocasiones—. Y su respuesta me sorprendió.
—¿Ah, sí? —No pude disimular la curiosidad en mi voz.
—Le hice una pregunta sencilla. Si él fuera el Alfa, a quién elegiría como su Beta.
—A ti, seguramente, ¿no? —Me encogí de hombros, tamborileando los dedos contra el volante.
—Yo no estaba entre las opciones. —Allara me dedicó una sonrisa amable—. Es totalmente hipotético, claro, pero me dijo que, si tuviera que elegir, te habría elegido a ti.
Fruncí el ceño. Eso no tenía ningún sentido.
—¿Por qué?
Allara soltó una carcajada, sin duda ante mi expresión de asombro.
—¿Por qué no, Jason? Eres fuerte, inteligente, y has demostrado tu lealtad a esta manada una y otra vez. —Me lanzó una mirada seria y vi el espíritu del viejo Alfa —su padre— reflejado en sus ojos—. Eres un buen hombre.
Tuve que parpadear un par de veces y tosí una o dos. Algo debió de volar desde el parabrisas y metérseme en el ojo. Era la única explicación de por qué de repente me sentía con un nudo en la garganta.
—No sabía que vosotros, eh... —Flexioné las manos contra el volante, inseguro—. Confiabais tanto en mí.
Había estado al margen durante tanto tiempo, el tipo malo siempre a la defensiva. No sabía cómo ser otra cosa. La sinceridad, la ternura… no era un papel que supiera interpretar.
—He visto cómo te comportas con Tammy —dijo Allara—. Con eso me basta para confiar en ti.
Noté su uso del tiempo presente, pero no me atreví a corregir a mi Alfa. Era extrañamente reconfortante. Por un momento pude engañarme pensando que Tammy seguía siendo parte de mi vida.
Que, cuando volviera a casa, ella estaría esperándome.
—No sé qué decir —murmuré.
—Sé algo de lealtades divididas —dijo Allara con suavidad—. Por si te sirve de algo, me alegro de que te quedaras con nosotros —con nuestra manada— cuando pasó toda aquella mierda con Jaime. Y me alegro de que encontraras a Tammy.
Hecho un torbellino de emociones, logré asentir con la cabeza. Eso pareció bastarle. Pasamos el resto del viaje en silencio, pero sentí que algo fundamental había cambiado entre nosotros. Allara y Reid… y yo.
A pesar de lo sombrío que parecía todo lo demás, había un pequeño destello de esperanza en el horizonte por fin.
Estaba de vuelta en el redil. Bienvenido, con los brazos abiertos. Pertenecía.
Dejé que una leve sonrisa asomara a mis labios. «Parece que por fin he recuperado a mi familia».
Cuando llegamos a Denver, ya había anochecido.
Hacía frío en esta época del año. Pillé a Allara frotándose las manos, algo poco habitual, ya que los de nuestra especie no solíamos acusar el frío. Me subí el cuello de la chaqueta y la seguí hacia la entrada con verja del gran complejo donde habíamos aparcado.
La manada de Denver vivía, cosa bastante inusual entre los nuestros, en las afueras del centro urbano.
Como nosotros, habían levantado su asentamiento con materiales del entorno.
Chatarra, chapa ondulada y neumáticos viejos formaban los muros que cercaban la pequeña comunidad, y cada casa parecía construida de forma similar.
Seguimos el sonido de las carcajadas hasta una enorme hoguera. Se alzaba por encima de los miembros de la manada reunidos a su alrededor, con al menos dos metros de altura. En la luz del atardecer, crepitaba y ardía, alimentada con cajas, cajones y muebles viejos.