Lealtad de la manada Tammy
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Tammy

Al volver a mi apartamento de la ciudad después de todas las semanas que había estado fuera, esperaba sentir… no sé. Alivio, quizás. O consuelo.

Al fin y al cabo, estaba de vuelta donde pertenecía. En el mundo humano, donde conocía las reglas, mantenía un perfil bajo y nunca destacaba entre los demás.

Cerré la puerta principal, me apoyé contra ella y dejé escapar un suspiro profundo. Dejé caer la bolsa a mis pies.

Al cabo de un minuto, empecé a abrir cortinas y ventanas para que entrara algo de aire, y sacudí las sábanas.

Rebusqué en los armarios de la cocina buscando algo de comer, pero después de tanto tiempo no quedaba nada comestible, así que me rendí y pedí comida a domicilio, decidida a pasar la noche viendo telebasura.

Me negué, categóricamente, a dejar que la tristeza que sentía se apoderara de mí. Había hecho lo correcto.

Él se merece a alguien increíble. Alguien fuerte y atlética. Alguien por quien no tenga que preocuparse a cada momento.

Alguien tan guapo como él.

Ignoré el dolor punzante en mi interior y recogí los formularios de la universidad que seguían sobre la cómoda. Los llevé al salón y, con la ayuda del vino blanco que venía con la comida, me puse a rellenarlos.

Allara está equivocada.

Este es mi sueño. Estaba esperándome, justo aquí. Me distraje durante un tiempo, pero ahora estoy de vuelta donde realmente pertenezco.

Estoy en casa.

Me repetí el mantra una y otra vez mientras rellenaba los formularios. Lo dije tantas veces que, para cuando me metí en la cama de madrugada, casi me había convencido de que era verdad.

Jason

Pasé la mayor parte de la mañana siguiente completamente aturdido.

Cuando Kara me preguntó dónde había estado y dónde estaba Tammy, esquivé la pregunta. Le quité una tostada del plato, intentando actuar con normalidad para que no siguiera preguntando, ignoré sus protestas y salí sin mirar atrás.

Anduve de un lado a otro y hablé con la gente, como siempre. Incluso solté alguna broma, creo. Pero no estaba realmente allí. Me sentía vacío por dentro, como si me hubieran arrancado el alma y solo quedara un caparazón hueco.

Solo podía pensar en mi compañera.

La había dejado en la estación de autobuses, como me había pedido, y esperé a distancia hasta que llegó el autocar y ella subió a salvo, antes de volver al pueblo.

Una mano cayó con fuerza sobre mi hombro y me sobresalté, girándome y adoptando automáticamente una postura defensiva.

Reid levantó las manos para indicar que no era una amenaza.

—¡Eh, tranquilo, tío! Te he llamado como tres veces.

Parpadeé y me enderecé.

—Lo siento. Estaba…

Hice un gesto vago con la mano, incapaz de terminar. Reid pareció entenderme perfectamente.

—Sí, ya lo veo —me miró de arriba abajo, frunciendo el ceño—. Tienes una pinta horrible.

—Gracias —dije con sequedad.

Lo último que quería era meterme en esto con Reid ahora mismo. Todo era demasiado reciente, demasiado repentino. Había pasado media noche en vela y aún parecía una pesadilla. Seguro que pronto me despertaría de todo esto, ¿no?

—¿Dónde está Tammy? —preguntó Reid.

Mi expresión debió de alertarle, porque me llevó hasta el borde del bosque y me examinó de arriba abajo, con la preocupación creciendo en sus ojos.

Luego esperó, con las cejas enarcadas, sin decir nada. Era evidente que no iba a dejarlo correr como había hecho Kara. No podía escapar fácilmente del compañero de la Alfa.

Me erguí, por fin dispuesto a pronunciar la horrible verdad.

—Se volvió a la ciudad —dije secamente—. ¿Qué quieres que te diga? Supongo que el Destino no siempre acierta.

El deje de amargura en mi voz ocultaba la soledad y la pérdida que me consumían por dentro. No estaba acostumbrado a sentirme tan herido por una mujer.

—Dale tiempo, tío —dijo Reid. Sabía que estaba pensando en Allara—. Ya volverá.

Reid había esperado cinco años para recuperar a Allara. Yo no creía que pudiera aguantar tanto sin mi compañera a mi lado.

Ojalá tuviera su misma confianza. No eran solo los kilómetros lo que nos separaba. Se había abierto una brecha entre nosotros, y solo el tiempo diría si podría cerrarse.

Tammy

Me dejé caer en el borde de la bañera y sostuve la pequeña varita de plástico.

Recé en voz baja a todos los dioses y diosas que se me ocurrieron, rogando, implorando que aquello me demostrara que mis temores eran infundados.

Al cabo de un minuto, me quedé mirando el resultado. Dos líneas finas. Era curioso cómo algo tan pequeño podía hacerme sentir como si me hubieran atravesado el pecho.

No era posible. No era…

Habíamos tenido cuidado. ¿O no?

Salvo aquella primera vez, intervino la voz en el fondo de mi cabeza. Perdiste el control, ¿recuerdas? Te tomó allí mismo, en medio del bosque.

Gemí y me dejé caer al suelo, con las frías baldosas del baño contra el trasero. ¿Embarazarme la primera jodida vez que lo hacíamos? ¿Qué probabilidades había?

Quizás eso significaba que de verdad estábamos predestinados. Como si el vacío constante de tristeza en mi corazón no me hubiera convencido ya de ello.

Apoyé la cabeza en el borde de la bañera y pasé los dedos por esas temidas líneas.

En el fondo, ya sabía la verdad; no había necesitado ver el resultado del test para saber que estaba embarazada. Lo sabía desde hacía tiempo, si era honesta conmigo misma.

Me acurruqué allí mismo, en el suelo del baño, y evalué mi situación.

Estaba embarazada. El padre de mi hijo estaba a kilómetros de distancia, y probablemente ya andaba liado con otra mujer.

Sin duda, el tiempo que pasamos juntos no era más que un recuerdo para él.

Un capítulo más en su larga lista de conquistas.

Ese pensamiento me hizo cerrar los ojos y taparme la boca con la mano para contener las lágrimas que me resbalaban por las mejillas.

¿Cómo iba a tener un hijo aquí, ahora? ¿Cómo iba a ganar dinero, a mantenernos? Me llevé la mano al vientre y lo rodeé con gesto protector mientras pensaba en la pequeña chispa de vida que crecía allí dentro. Solo seríamos nosotros dos.

Y sin embargo, nunca me había sentido tan sola en mi vida. No tenía a nadie, nada. Todos los hombres a los que me había atrevido a amar habían desaparecido de mi vida, dispersos como polvo en el viento.

Si esto era cosa del destino... vaya sentido del humor más retorcido que tenía.

Jason

Llamaron a la puerta de mi dormitorio. Me di la vuelta y me tapé la cabeza con la almohada. Quería decirle a quien fuera que se largara. No quería hablar con nadie.

Al cabo de un momento, como no dije nada, la puerta se abrió con un crujido.

Gemí contra la almohada antes de apartarla y frotarme los ojos, mientras una oleada de cansancio me invadía.

—Kara, ya te lo dije. Déjame en paz, ¿quieres?

—Soy yo.

Abrí los ojos de golpe y giré la cabeza para mirar a la intrusa. Conocía esa voz demasiado bien.

Naomi.

Me incorporé a medias, apoyándome en los codos, y la observé con cautela mientras atravesaba la habitación y se sentaba en el borde de mi cama, cruzando las piernas.

Su actitud de dueña y señora me irritó. Decidí ir al grano.

—¿Qué quieres?

—Vaya, alguien está de mal humor.

Una sonrisa burlona le cruzó el rostro.

—Antes eras mucho más divertido, Jason. ¿Qué te ha pasado?

No respondí. Volví a tumbarme y me tapé la cara con el brazo, esperando que mi evidente desinterés bastara para que se largara.

No tuve tanta suerte. Su voz se convirtió en un ronroneo seductor, y se me erizó la piel de incomodidad mientras se acercaba.

—Sabes...

Los dedos de Naomi me rozaron la pierna, acariciándome suavemente la pantorrilla por encima de la colcha.

—Casi nos emparejamos, una vez. No es demasiado tarde, Jason. Aquí me tienes.

Se inclinó hacia mí hasta que sentí su aliento.

—Podría dártelo todo. Soy como tú, ya lo sabes. Nos entendemos.

Me aparté el brazo de los ojos y la observé.

Naomi era perfecta, objetivamente hablando. Tenía los rasgos afilados de nuestra especie: pómulos altos, barbilla puntiaguda. El pelo le brillaba y su cuerpo era esbelto y tonificado.

Todo esto lo sabía, objetivamente.

Pero nada de ello me afectaba físicamente en lo más mínimo.

Era un envoltorio bonito que escondía un regalo de mierda.

Con toda la delicadeza que pude, me incorporé y le aparté la mano. Me moví para poner distancia entre nosotros y me recosté contra el cabecero.

—Lo siento.

Negué con la cabeza mientras me frotaba la cara. Solo quería que se fuera para poder seguir regodeándome en mi miseria.

—Es que no siento eso por ti, Naomi. Puede que en su momento pareciera buena idea. Pero ahora... no. No va a pasar nunca.

Entrecerró los ojos.

—No me digas que es por esa mujer. Dios, Jason... Pensaba que tenías un mínimo de criterio. ¿Una humana?

Entrecerré los ojos. No tenía ningún derecho a entrar pavoneándose en mi dormitorio y faltarle el respeto a Tammy. Mi silencio pareció enfurecer a Naomi.

—Nunca iba a funcionar con ella, cariño.

Se echó la melena sobre un hombro y me clavó su mirada calculadora.

—Lo sabes. No es de nuestro mundo. A la larga serás más feliz, créeme.

Negué con la cabeza y señalé la puerta. Tras una larga pausa, resopló, se levantó y salió de la habitación, dejándome a solas con el silencio.

Esperaba poder pasar desapercibido para el Alfa durante un par de meses y rumiar mis penas en paz. Llevaba siendo un paria el tiempo suficiente como para que nadie me echara de menos.

Por desgracia, no tuve esa suerte.

Por alguna razón, Lyra había dejado de ponerse nerviosa conmigo.

Es más, había desarrollado el molesto hábito de seguirme a todas partes en las raras ocasiones en que me aventuraba fuera de casa.

Me bombardeaba con preguntas sin parar. ¿Dónde estaba Tammy?

¿Cuándo iba a volver? ¿Se había ido porque estaba enfadada?

¿La había obligado a marcharse? ¿Echaba de menos estar rodeada de otros humanos?

¿Sabía yo si ella echaba de menos a Lyra, ahora que estaba de vuelta en la ciudad?

No tenía respuestas para Lyra, pero eso no la detenía.