Tammy #2
—Y además, es... divertido —le lancé una mirada decidida. Pero su expresión escéptica no cambió, y al poco mis hombros se hundieron, derrotada—. Vale, de acuerdo. A veces es un asco. Pero...
—¿Quieres saber lo que pienso? —insistió Allara.
No... pero sospecho que me lo vas a decir de todos modos.
—Cuando acepté ese trabajo en el bar —dijo Allara—, estaba huyendo de algo.
Y creo que tú también estás huyendo, Tammy.
Puede que no de una manada de lobos locos, como yo —Allara esbozó una sonrisa—.
Pero tienes tus propios demonios, lo sé.
En la ciudad, yo estaba perdida. Y puede que tú también lo estuvieras.
Abrí la boca para protestar, pero no me salieron las palabras. Agaché la cabeza.
—Puede que no seas una cambiaformas, Tammy, pero encajas aquí. Todo el mundo lo ve. —Allara me puso una mano en el hombro, siempre la Alfa. Sorbí por la nariz, a punto de echarme a llorar—. Quizás sea hora de dejar de huir. Las cosas no siempre salen como una espera. —Soltó un bufido—. Créeme.
—¿Puedo quedarme? —susurré.
—¡Claro que puedes! —Allara me envolvió en un fuerte abrazo. Al cabo de un momento, se lo devolví—. Todo el tiempo que quieras.
Nos separamos y sonreímos.
A Allara se le ocurrió algo y soltó una risita.
—¿Qué? —pregunté.
—En realidad nos estarías haciendo un favor. —Me dedicó una amplia sonrisa—. Esos niños nos traían por la calle de la amargura. Te necesitamos, Tammy. Te necesitamos como nuestra domadora de críos.
Me reí entre dientes y sacudí la cabeza, pero no podía negarlo.
La idea me entusiasmaba. Significaba que tenía un propósito aquí, un lugar.
Quizás no importaba que no fuera exactamente como ellos.
Como había dicho Allara, a veces hasta los propios cambiaformas no encajaban en una manada.
¿Tan descabellado era que lo contrario también fuera cierto?
Quizás, por fin, he encontrado mi sueño. Un lugar al que llamar hogar de verdad.
Una semana se convirtió en dos, y luego en tres.
Antes de darme cuenta, había pasado un mes entero.
Un mes despertándome en la habitación de Jason.
De mañanas lentas y perezosas, de explorar el bosque y dar vueltas a niños entre risas cogiéndolos de las manos.
De hornear en la acogedora cocina de Rachel y charlar con Allara mientras tomábamos té de menta.
El único punto oscuro en mi felicidad eran las náuseas ocasionales que me asaltaban de vez en cuando y me arruinaban el día.
El té de hierbas solía ayudar, pero había días en los que estaba a punto de vomitar.
Una noche Jason me preparó pollo y me revolvió tanto el estómago que tuve que tumbarme en el sofá.
Un pensamiento descabellado me cruzó la mente. ¿Podría estar embarazada?
Parecía imposible. Después de aquella primera vez salvaje en el bosque, habíamos tenido mucho cuidado.
Era demasiado, demasiado rápido, demasiado pronto. Casi al instante aparté la idea de mi cabeza, negándome a darle más vueltas.
Una tarde me encontraba especialmente mal y me había tumbado en el sofá, intentando que se me pasaran las náuseas. Oí ruidos tenues en la cocina.
Creyendo que era Kara, llamé:
—Oye, Kara, ¿te importaría traerme un vaso de agua, por favor? No me encuentro muy bien.
Una voz me llegó desde la puerta abierta.
—Vaya, parece que ya te has instalado aquí.
El tono era cortante y rezumaba hostilidad apenas disimulada.
Estiré el cuello y me incorporé lo justo para mirar por encima del respaldo del sofá. Naomi estaba apoyada en el marco de la puerta, con los brazos cruzados, observándome con los ojos entrecerrados.
—Oh —dije, apartándome el pelo de la cara. Esperaba no tener tan mal aspecto como me sentía—. Lo siento. Creí que eras... da igual.
La oí bufar y sentí una punzada de irritación.
¿Qué mosca le había picado?
—¿Puedo ayudarte en algo? —Me senté lo más erguida posible, intentando aparentar una seguridad que no sentía.
—En absoluto —dijo, dedicándome una sonrisa dulce que no le llegaba a los ojos—. Te irás pronto de todos modos, ¿no?
—¿Qué se supone que significa eso? —susurré.
Fue como si hubiera pisado en falso en una escalera. Manoteaba en el aire a mi alrededor, pero sabía que iba a caer pasara lo que pasara.
No se movió del marco de la puerta, pero se inclinó hacia delante y me miró directamente a la cara. Vi al lobo en sus ojos, el depredador que acechaba justo bajo la superficie.
Podría hacerme pedazos si quisiera, física y mentalmente.
—Jason no sienta la cabeza —dijo con voz venenosa—. No cometas el error de pensar que va en serio contigo, humana.
—No sabes nada de nosotros —dije. Oí cómo me temblaba la voz, y una sonrisa lenta le cruzó el rostro. Oh, sí. Ella también lo había notado.
—Eres un juguete para él —continuó, y soltó una risa seca—. No eres más que un juego. Piénsalo. ¿Por qué iba a conformarse con alguien como tú?
Me quedé callada. La cabeza me iba a mil y las palmas de las manos empezaron a sudarme.
No debería escucharla, pero no podía evitarlo.
Todo lo que decía confirmaba mis peores temores.
No era lo bastante buena para Jason. No era una cambiaformas.
No era esbelta ni sexy. No tenía resistencia ni agilidad ni instinto asesino.
No tenía ninguna de las cualidades que se valoraban tanto entre los cambiaformas como entre los humanos.
—La verdad es que... —Se encogió de hombros y me recorrió de arriba abajo con una mirada calculadora antes de apartar la vista, como si no soportara mirarme—. Solo eres una humana gorda y del montón. No encajas aquí, y nunca encajarás.
Antes de que pudiera responder, giró sobre sus talones y salió pavoneándose, dejándome aturdida.
Jason
En cuanto entré en la casa, noté que algo iba mal.
Nada parecía fuera de lugar, al menos a simple vista. Los muebles seguían exactamente donde los había dejado esta mañana. Mi vieja camisa de franela descansaba doblada sobre el respaldo del sofá, y mis libros estaban apilados con igual esmero sobre la mesa de café.
Aun así, entrecerré los ojos.
Recorrí la casa asomándome a cada habitación. La cocina, mi dormitorio, el cuarto de Kara... No había nadie.
Qué raro. Tammy solía haber vuelto ya a estas horas.
Quizá se había entretenido en la escuela o algo así.
Aun así, algo no encajaba, aunque no sabía decir qué. Repasé mentalmente la mañana, intentando recordar si algo me había parecido fuera de lo normal.
Nada. Los últimos días habían sido estupendos.
Tan buenos, de hecho, que había estado armándome de valor para pedirle que se viniera a vivir conmigo definitivamente. Había pensado que podríamos hacer una escapada de fin de semana a la ciudad para recoger el resto de sus cosas. Quizá pasar a ver a algunos de sus amigos de paso.
Volví a mi dormitorio y me di cuenta de que las pocas cosas suyas que antes estaban desperdigadas sobre mi mesita de noche habían desaparecido.
El desconcierto empezó a convertirse en pánico. Me acerqué a la ventana y observé las camionetas y motos de cross desperdigadas por el césped.
Mi camioneta seguía allí, pero...
Bajé las escaleras a toda prisa y salí por la puerta principal, arrancando el trozo de papel que revoloteaba en mi parabrisas.
Jason,
Lo siento. Necesitaba irme de aquí. He vuelto a la ciudad. Solo dame tiempo para aclararme.
Por favor, no me sigas.
Tammy
Solté un gruñido de frustración y arrugué la nota en el puño. La sangre me hervía, y la preocupación me invadió al imaginarla sola en el bosque.
¿Qué pretende? ¿Hacer dedo a algún desconocido?
Si había ido a pie —y mis instintos me decían que sí—, debía de estar dirigiéndose a la carretera principal, a un par de kilómetros del pueblo. No sabía cuánta ventaja me llevaba, pero calculé que podría alcanzarla.
Todo mi cuerpo me gritaba que me transformara en lobo. Así sería más rápido. Podría rastrearla con todos mis sentidos.
Con esfuerzo, logré contenerme.
Es evidente que algo la ha alterado. No le va a sentar bien que un lobo gigante salga del bosque y se transforme en un hombre desnudo delante de ella.
Salté a la camioneta y arranqué. Varias personas me lanzaron miradas curiosas mientras avanzaba por el camino de tierra hacia la carretera, pero nadie me detuvo. Me vi en el retrovisor y entendí su curiosidad. Parecía un loco, con el pelo de punta y los ojos reluciendo en un tono plateado.
¡Cálmate!
Imposible. Tammy estaba ahí fuera, en algún lugar, sola. Pronto oscurecería. Con sus sentidos humanos le sería imposible orientarse en aquel terreno accidentado.
Me lancé por la carretera pisando el acelerador a fondo hasta que la camioneta volaba. Los árboles en sombras pasaban a toda velocidad a ambos lados, y golpeé el salpicadero con una mano, como si pudiera obligar al vehículo a ir aún más rápido.
Empecé a preguntarme si me había equivocado. Quizá no había ido a pie hacia la carretera principal. Quizá había convencido a Allara o a Reid de que la llevaran de vuelta a la ciudad, o se había adentrado en el bosque...
Pero algo en mis entrañas me decía que iba por buen camino. Estaba en algún punto de esa carretera, lo sabía.
Tomé la siguiente curva y vi una figura solitaria caminando junto a la carretera. Los frenos chirriaron y la figura se giró de golpe.
Tammy.
Tenía el rostro pálido y los ojos ensombrecidos y enrojecidos, como si hubiera estado llorando. Se le abrieron de par en par al verme, y apretó los labios en una fina línea, como si intentara contener las lágrimas.
Una extraña sensación me atravesó al ver su angustia, como si una cuchilla se me clavara entre las costillas.
Salí de la camioneta y corrí hacia ella, tomándole el rostro entre las manos.
—¡Tammy! ¿Qué...?
—¡Me has seguido! —exclamó. Para mi creciente desconcierto, me fulminó con la mirada—. ¡Te dije que no lo hicieras, Jason!
¿Por qué estaba enfadada? ¿Qué esperaba, que la dejara huir sin más y no la siguiera? ¿Que no hiciera lo que fuera necesario para convencer a mi pareja de que volviera adonde pertenecía?