Lealtad de la manada Tammy
38%

Tammy

La siguiente semana con la manada pasó volando. Allara había enviado a alguien a la ciudad a recoger algunas de mis cosas, así que ahora tenía más ropa y pertenencias propias, lo que resultaba más cómodo que andar pidiendo prestado.

Conseguí hablar un par de veces con Mick y Penny desde el viejo teléfono fijo de Rachel, entre interferencias, solo para que supieran que estaba bien. Por su tono de voz, enseguida me di cuenta de que Penny sabía que Allara era una cambiaformas loba y que era la Alfa de la manada.

Puse los ojos en blanco cuando dijo:

—¡Dios mío, qué envidia me das! ¡No me puedo creer que te estés acostando con uno de ellos! ¿A que es supersexy?

A ver si se ponía en mi pellejo un momento.

No podía negar que lo mío con Jason iba genial, mucho más fácil de lo que esperaba, la verdad, pero no conseguía quitarme de encima esas dudas que me roían por dentro. ¿Cuándo caería en la cuenta de que yo no pintaba nada aquí?

Me quedaba despierta hasta tarde, dejándome envolver por el calor de los brazos de Jason. Me costaba creer que pudiera ser siempre así. Los dos, aquí, una humana y un cambiaformas lobo. Juntos. Para siempre.

Ya era bastante difícil hacer que una relación funcionara cuando los dos eran de la misma especie. Pero salvo por esas dos llamadas, estaba completamente aislada del mundo exterior. Y lo curioso era que no me importaba lo más mínimo.

Nadie puso pegas a que me hiciera cargo de la escuela y diera clase a los niños. A los pocos días, descubrí que a los niños cambiaformas lobos de verdad no les gustaba estar encerrados en un aula todo el día.

A partir de entonces, intenté que las clases fueran lo más al aire libre posible: recogíamos renacuajos en frascos, dibujábamos distintos tipos de hojas sentados en el campo, y los dejaba correr y quemar parte de esa energía inagotable entre lección y lección.

Algunos adultos seguían mirándome con recelo de vez en cuando, pero cada vez menos a medida que pasaban los días, sobre todo cuando vieron que los niños disfrutaban de las clases y volvían cada día a por más.

La verdad es que los adultos de la manada parecían aliviados de tener a los críos entretenidos en lugar de dando guerra o correteando como salvajes.

Que yo fuera humana era, al parecer, algo que estaban dispuestos a pasar por alto.

Eso sí, había una mujer que nunca parecía quererme cerca.

Era la mejor amiga de Kara, que había vuelto de visita. Naomi.

Era alta, esbelta y tonificada, como todas las mujeres cambiaformas, con una larga melena ondulada color miel. Nunca me dirigía la palabra, pero yo veía cómo le relampagueaban los ojos cada vez que entraba en una habitación. Sus labios perfectos se torcían, como si hubiera olido algo desagradable.

Intenté que no me afectara, pero era difícil. Su desprecio hacia mí era demasiado evidente. Y a mí no me resultaba fácil ignorar a mujeres guapas. Hacía falta una seguridad en una misma que yo no tenía.

Había algo más en esa mujer que me molestaba. No me gustaba cómo le hablaba a Jason, con la mano apoyada en su codo como quien no quiere la cosa, inclinándose hacia él.

Estaba claro que había confianza entre ellos. Confianza íntima. Y se aseguraba de que yo me enterara.

Cada vez que estaban juntos, era como si estuviera marcando territorio. Diciéndome sin palabras que había algo entre ellos. Y yo no podía hacer nada, solo mirar cómo sus manos se paseaban por los brazos de él con total naturalidad.

Lo peor era que yo no podía hacer lo mismo.

No sabía cómo tocarlo de esa manera. No estaba segura de tener derecho a hacerlo.

Racionalmente, sabía que mis inseguridades estaban distorsionando las cosas entre nosotros. Jason me abrazaba con tanta fuerza, noche tras noche, adorando mi cuerpo como ningún hombre antes, susurrándome palabras de adoración mientras yo gemía de placer y nos enredábamos el uno en el otro.

Pero cuando Naomi andaba cerca, me venían a la cabeza un montón de malos recuerdos. Había intentado olvidarlos, pero seguían aflorando de la nada, alterando mi tranquilidad.

Recuerdos de Johnny. Y de su otra mujer, Christine.

Él también me había querido en su día. O eso decía. Hasta que lo pillé en la cama, en brazos de la mujer que me había jurado mil veces que era solo una amiga.

No era justo para Jason, lo sabía. Él y Johnny eran polos opuestos en muchos sentidos. Johnny había sido profesional e impecable, siempre de camisa y corbata. Era difícil saber qué pensaba. Agradable con todos, pero distante.

Jason, en cambio, era basto y directo a más no poder.

Desde la ceremonia de unión de almas entre Allara y Reid, no lo había visto con nada que se pareciera a ropa formal.

Le iba la franela de cuadros, los vaqueros y las botas recias, como a todos los demás aquí.

Solía llevar barba de varios días, y sentir esa aspereza contra mi piel me volvía loca de deseo.

No era de los que usaban colonia, pero a mí siempre me olía de maravilla. El jabón con el que se duchaba se mezclaba con el aroma del follaje del bosque y un toque de algo que, según Allara, eran sus feromonas de cambiaformas, que al parecer encajaban a la perfección con mi organismo.

No eres una cambiaformas loba —me explicó—. Pero él te huele tan bien porque os habéis vinculado. A él le pasará lo mismo cada vez que estés cerca.

Me puse colorada, pero decidí tomármelo con calma. Desde luego, ahora entendía mejor por qué quería abalanzarme sobre Naomi cada vez que se atrevía a mirar a Jason.

Quería que apartara sus manos codiciosas de mi hombre.

Supongo que eso de ser posesivos como los lobos funciona en ambas direcciones.

Todo aquello me sacaba de quicio, y esa maldita mujer lo sabía. Me lo restregaba por las narices como si fuera un trofeo, y yo no podía hacer nada salvo mirar y rabiar por dentro.

—¿Qué le pasa a esa? —le pregunté a Allara horas después.

Levantó la vista de la taza, donde había estado dando vueltas al té, absorta en sus pensamientos.

Estábamos sentadas en su porche, el lugar donde pasaba muchas tardes cuando Jason estaba fuera por trabajo.

Empezaba a anochecer y el cielo se teñía de un violeta pálido sobre nosotras.

Se oía el chirrido de los saltamontes entre la maleza.

—¿Quién? —preguntó Allara tras un momento. A veces perdía el hilo de nuestras conversaciones, absorta en los asuntos de la manada.

—Naomi —susurré—. Parece que me odia.

—Oh —resopló Allara—. Naomi.

El nombre en su boca parecía cargado de significado. Arqueé una ceja y ella suspiró hondo.

—Naomi creció al otro lado del arroyo. Oficialmente, sigue siendo parte de la manada Thornwood, pero lleva unos años viviendo como nómada —al ver mi expresión, se encogió de hombros—. No todos los cambiantes quieren echar raíces, Tammy. Naomi... es diferente.

Llevaba poco tiempo viviendo con la manada, así que me costaba imaginar otro tipo de vida. ¿Qué podía haber mejor que tener una familia a tu alrededor, que te apoyara? ¿Que te protegiera?

—¿Qué es lo que no me estás contando? —la desafié.

Torció la boca, pero parecía divertida. Creo que disfrutaba de mi compañía: una humana sin vínculos de sangre ni lealtades, y que además no le tenía miedo.

—Jason conoció a Naomi cuando éramos niños —dijo Allara. Titubeó un poco y jugueteó con el asa de la taza—. Tuvieron algo intermitente durante un tiempo. Puede que Jason llegara a plantearse vincularse con ella, no lo sé. Pero Naomi...

Esperé un momento antes de darle un toquecito con el pie. Se encogió de hombros.

—La cuestión es que no creo que ninguno de los dos se lo tomara en serio. Jason nunca se había tomado en serio a nadie —me dedicó una sonrisa cálida—. Hasta que llegaste tú.

Se me encogió el pecho. Durante los últimos días, había sentido cómo las paredes que había construido con tanto cuidado alrededor de mi corazón empezaban a agrietarse. Las grietas se abrían paso y la luz se colaba por primera vez en lo que parecía una eternidad.

Había empezado a permitirme creer que Jason de verdad se preocupaba por mí.

Era peligroso y vertiginoso, pero no podía evitarlo. Me llegaba como nadie lo había hecho antes. La verdad es que era adicta.

—¿Cómo puedo saber lo que siente de verdad, Allara? —me oí preguntar—. Solo llevamos un par de semanas conociéndonos. ¿Y si se cansa y pasa página?

Odiaba mostrarme tan vulnerable, pero Allara era una buena amiga. Sabía que lo entendería.

—Supongo que nunca puedes saberlo con certeza —dijo Allara—. Pero para los de nuestra especie, el vínculo del alma solo ocurre una vez en la vida. Es imposible ignorarlo, Tammy. Significa que vosotros dos estáis destinados.

Tenía que admitir que tanta charla sobre el destino y las almas me hacía un lío. Suspiré y asentí a regañadientes. Quizá lo entendía todo lo que iba a entenderlo.

—Además... —Allara se inclinó hacia delante y me lanzó una mirada cómplice—. Olvídate de él por un momento. ¿Qué quieres tú, Tammy?

—¿Qué quieres decir?

—¿Te gusta vivir aquí con nosotros? —preguntó Allara—. ¿Eres feliz?

—¡Por supuesto! —me pregunté cómo alguien podía no ser feliz aquí—. Es... casi como estar en... casa.

Susurré la palabra, oyendo el anhelo en mi propia voz. Aquí sentía una paz, una seguridad y una plenitud abrumadoras. Algunas mañanas me despertaba preguntándome cómo había podido vivir sin esto durante tanto tiempo.

Era como si hubiera estado caminando con un vacío dentro de mí. Y aquí, con Jason, con la manada... me sentía completa.

—¿Y tu vida en la ciudad? —preguntó Allara. Levanté la cabeza de golpe—. ¿Qué hay de tu máster en trabajo social? ¿Ya has enviado la solicitud? Me dijiste que estabas con ello hace un tiempo.

—Eh... —vacilé—. Supongo que aún no la he... terminado del todo.

Era una mentira descarada. Sabía perfectamente que esos formularios llevaban meses encima de mi cómoda, intactos.

Arqueó una ceja y alcé las manos en gesto defensivo. —Venga, ¡sabes que me gusta trabajar de camarera! Las propinas son buenas...

—No lo son tanto... —me cortó Allara.