Jason
Cuando desperté, me sentí totalmente renovado, como no me había sentido en mucho tiempo, quizá nunca. Abrí los ojos y estiré los brazos por encima de la cabeza. La ventana estaba abierta y las cortinas blancas se hinchaban hacia fuera, inundando la habitación de aire fresco.
Fuera se oían voces apagadas. La comunidad despertaba, lista para empezar el día.
Yo, sin embargo, no. Todavía no. Solo quería quedarme en aquel pequeño capullo un rato más.
Me di la vuelta y extendí el brazo, pero solo encontré una almohada vacía. El espacio a mi lado estaba vacío; ahora solo quedaban las sábanas arrugadas. Me incorporé.
—¿Tammy? —llamé.
Se asomó a la habitación. Llevaba una bata bien ceñida y parecía extrañamente tímida. Fruncí el ceño.
Qué raro. Creía que había disfrutado de la noche anterior. ¿Habré malinterpretado algo?
—¿Vuelves a la cama? —aparté las mantas con gesto invitador.
Se sonrojó y se mordió el labio mientras se ajustaba el cinturón de la bata. Se sentó en el borde del colchón, con cuidado de no pisarme los pies.
—Podrías probar a meterte bajo el edredón —bromeé, y ella me devolvió una sonrisa titubeante.
No entendía su repentina reticencia, pero decidí seguir adelante de todos modos.
Aparté las mantas de un tirón y mis pies tocaron el suelo.
—¿Desayunamos, entonces?
Si no puedes con el enemigo, únete a él, ¿no?
Una sonrisa cálida le iluminó el rostro. Con una mano acariciaba la tela de la bata, de un lado a otro, como si tuviera un tic nervioso.
—Claro.
Me mordí el labio y la recorrí con la mirada al darme cuenta de que la bata era mía. Verla con mi ropa me provocó una excitación nueva, desconocida.
Su mirada se encontró con la mía. Me había pillado mirándola. Le sonreí sin el menor remordimiento.
—No tengo ropa —explicó, algo avergonzada—. No contaba con quedarme tanto tiempo.
Vaya. No había pensado en eso.
Tras rebuscar en el armario, encontré una vieja camisa de franela y unos pantalones de chándal que le quedaban bastante bien. Me hizo salir de la habitación mientras se cambiaba, lo que solo aumentó mi desconcierto.
¿Qué estaba pasando? ¿Me estaba dando calabazas?
Desanimado, bajé las escaleras y me puse a preparar unas torrijas. Era lo único elaborado que sabía preparar para desayunar y, joder, quería impresionarla, aunque fuera un poco.
Quizá para ella solo había sido un poco de diversión. Estar con un hombre lobo, la novedad... Quizá, ahora que me había tenido, se largaría.
Follar y largarse. Ese era mi estilo, ¿no? Tendría su ironía que me pagaran con la misma moneda.
Sobre todo si lo hacía la única mujer que de verdad había querido que se quedara.
La oí bajar las escaleras y aparté aquellos pensamientos sombríos, obligándome a sonreír. Aceptó el plato agradecida y nos acurrucamos juntos en el sofá.
—¿Qué sueles hacer por las mañanas aquí? —preguntó Tammy.
Me encogí de hombros.
—Depende. En temporada de tala, paso días enteros en el bosque. A veces salgo a cazar.
Aquí llevábamos una vida rural. No podía adornarle la realidad: era un mundo completamente distinto al que ella estaba acostumbrada.
—¿Con qué frecuencia...? —se interrumpió y me dedicó una de sus sonrisas tímidas tan adorables—. O sea, ¿con qué frecuencia te transformas?
Me reí.
—Conviene transformarse al menos un par de veces al mes, si no mi lobo se pone nervioso, pero la mayoría de las veces simplemente pasa, ¿sabes? Correr a dos patas acaba siendo aburrido.
Se rio.
—Tiene sentido.
—Depende de cada uno, supongo. Por lo visto, Allara no se transformó en lobo durante años y aun así casi le patea el culo a Reid —solté una risita—. Según mi hermana, al menos.
—¿Puedo conocerla? —dijo Tammy—. Se llama Kara, ¿verdad?
Se me encogió el estómago. Debí de parecer inseguro o algo así, porque la expresión de Tammy se apagó al instante.
—Ay, Dios, lo siento. He sido muy atrevida.
—¡No! —me apresuré a decir—. No, la conocerás luego, te lo prometo. Es que no sé dónde está ahora mismo. Se ha ido por ahí, seguramente con...
Naomi.
Dios, esto se iba a complicar si no jugaba bien mis cartas.
Que Naomi apareciera justo después de que llegara Tammy y me vinculara con ella era como una broma cósmica de mal gusto.
—Da igual —concluí sin convicción—. Pero podemos pasar el día juntos.
Tuve que contenerme para no añadir «si te apetece», como un adolescente inseguro. No podía evitarlo. Tammy me hacía sentir torpe, como si estuviera ligando con alguien por primera vez y lo estuviera haciendo fatal.
—Me gustaría —dijo Tammy en voz baja. Busqué su mano sobre los cojines del sofá y entrelacé mis dedos con los suyos, apretando con fuerza—. Mucho —añadió, y la calidez de su voz disipó mi torpeza.
Tammy
La camisa de cuadros de Jason me quedaba un poco larga de mangas, pero por lo demás me sentaba bien. La tela era suave, y no podía dejar de acariciarla mientras hablábamos.
Llevar su ropa me distraía. Estar envuelta en su olor era el paraíso.
Se me aceleraba el corazón cuando veía sus ojos demorarse sobre mi figura, devorándome con la mirada. Me hacía sentir especial. Deseada.
A pesar de eso, no había sido capaz de cambiarme delante de él esta mañana.
«Estás siendo ridícula. Os habéis acostado juntos, ¿qué tienes que ocultar?»
Pero había estado muy oscuro en el bosque la noche anterior. Y no estaba segura de estar lista para que me viera entera a la fría luz del día.
Por mucho que pareciera desearme, no podía confiar plenamente en esto del vínculo de Compañeros Predestinados, todavía no.
Suspiré para mis adentros. Mis inseguridades sobre mi cuerpo siempre me habían impedido sentirme cómoda en mi relación anterior.
El sexo con mi ex siempre era con las luces apagadas, sin excepción, y él siempre había dejado claro que quería que perdiera unos cuantos kilos.
El cuerpo espectacular de Jason no ayudaba precisamente. Él nunca entendería la inseguridad de no ser demasiado atractiva, y tampoco esperaba que lo hiciera.
Todo era tan cálido y reconfortante entre nosotros esta mañana. Él estaba tan guapo, con su expresión abierta y feliz mientras hablábamos.
No quería estropear las cosas, pero lo peor de todo era que sabía que lo haría.
Siempre lo hacía. Era inevitable. Ahora y siempre.
Solo que esta vez, cuando las cosas terminaran con Jason, tenía la sensación de que dolería mucho más que cualquier cosa que hubiera experimentado jamás. Ser la Compañera Predestinada de alguien tenía sus ventajas y sus inconvenientes.
—Otra vez estás haciendo eso.
Extendió la mano y me colocó un mechón de pelo detrás de la oreja. Mi piel hormigueó con su contacto, y la sensación perduró mucho después de que retirara la mano.
—¿En qué estás pensando?
—¿El qué? —eludí, recogiendo los pies debajo de mí.
—Como en la ceremonia de vinculación —explicó—. Parecías... no sé. Triste. Arrepentida.
Por dentro me estremecí ante su perspicacia, pero me aseguré de que mi expresión no delatara mi incomodidad.
—Ya te lo dije, estaba feliz por mi amiga.
Él guardó silencio, esperando a que dijera más.
—¿Acaso no tiene todo el mundo sus heridas, Jason? —dije finalmente, y dejé escapar un suspiro profundo—. Es... complicado.
Frunció el ceño. Noté que su preocupación iba en aumento, como si estuviera tratando de descifrarme sin conseguirlo del todo.
—Inténtalo.
Me mordí el labio, vacilante.
—Es una historia larga.
Deslizó el brazo por el respaldo del sofá y me rozó la nuca con los dedos. Aquella caricia sugerente hizo que me derritiera aún más contra él, y me lanzó una sonrisa torcida, claramente complacido por la reacción que había provocado.
—Tengo tiempo —dijo simplemente.
—De acuerdo.
Hice una pausa para ordenar mis pensamientos.
—Bueno, supongo que debería empezar por el principio. Tenía dieciséis años cuando empecé a salir con Johnny.
Me quedé mirando al vacío mientras los recuerdos me inundaban.
—Éramos novios del instituto.
Busqué la mirada de Jason, y él asintió. Estaba escuchando con esa intensidad única suya de cambiaformas lobo, prestándome toda su atención.
—Nadie pensó que duraría, pero salimos durante todo el instituto y luego la universidad.
Resoplé.
—Creía que había encontrado al hombre con el que me casaría. Hablábamos de ello constantemente... dónde celebraríamos la boda, qué tipo de tarta tendríamos, todas esas cosas.
Dejé escapar una risa, estremeciéndome un poco al oír lo quebrada que sonaba.
—Parece tan estúpido ahora, al decirlo en voz alta. Entonces, la noche antes de mi graduación universitaria, llegué a casa y lo encontré en la cama con otra mujer.
Alcé la vista para comprobar la reacción de Jason a mis palabras. Su rostro permanecía impasible, pero había una furia acerada en sus ojos que me hizo estremecer. Aparté la mirada de nuevo.
—Un cliché, ¿verdad?
Me encogí de hombros, tratando de ocultar mi dolor.
—Resulta que había estado viéndose con Christine, una mujer de su oficina, a mis espaldas durante más de seis meses —dije con amargura—. Lo peor de todo fue cómo me gritó después de pillarlos. Como si de alguna manera fuera culpa mía haberlo pillado tirándose a otra. En nuestra cama.
—Menudo imbécil —gruñó Jason, y yo solté una risita forzada.
—Dijo que iba a decírmelo después de que me graduara. Al parecer, no quería distraerme de mis estudios.
No pude evitar el tono amargo de mi voz.
—Después de eso, me dijo que habíamos terminado. Que me dejaba.
—Menos mal.
Los ojos de Jason eran duros, encendidos con su intensidad habitual.
—Al menos la basura se sacó sola.
Sentí una calidez en el pecho ante su actitud protectora, que disipó parte del rencor que me había dejado la traición de Johnny. Sacudí la cabeza, jugueteando con el dobladillo de la camisa.
—Supongo. Aunque en ese momento no lo sentí así.
«Todavía no».
—Así que... la relación perfecta de Reid y Allara, y su ceremonia de vinculación...
Se interrumpió, esperando a que yo completara la frase.
—Sí, me dolió un poco, aunque estaba muy feliz por ambos.
Lo miré a los ojos, orgullosa de que mi voz se mantuviera firme.
—Todos mis sueños de futuro, la vida que había construido con el hombre con el que pensaba pasar el resto de mi vida, desaparecieron, sin más.
Jason asintió, como si comprendiera. Su dedo índice trazaba patrones aleatorios sobre el dorso de mi mano. Me concentré en la caricia reconfortante, dejando que me calmara antes de continuar.
—Mientras tanto, el amor de infancia de Allara aparece de la nada para conquistarla. Tienen una ceremonia preciosa, son perfectos el uno para el otro en todos los sentidos…
—Entiendo que eso sería difícil de presenciar —murmuró Jason—. Es normal sentir lo que sentiste, después de lo que te pasó.
—Y aun así, me sentí como una idiota —dije con ligereza, esbozando una sonrisa de arrepentimiento—. Allara encontró a su persona destinada justo delante de sus narices. Imagina tener tanta suerte.
—Eh, ¿hola? Aquí tienes a tu Compañero Predestinado.
Agitó las manos y arqueó las cejas, y de repente sentí que el corazón se me aligeraba.
Solté una risita, pero enseguida me puse seria.
—Lo nuestro no es exactamente lo mismo, ¿verdad?
Allara y Reid eran del mismo mundo, un Alfa y una Beta, destinados a estar juntos en todo.
Jason y yo estábamos a mundos de distancia, literalmente. Y en el fondo sabía que lo nuestro solo podía ser algo temporal.
—Bueno… a veces las cosas no salen como uno espera —señaló Jason con un brillo en los ojos—. Eso no significa que debas cerrarte al mundo para siempre.
—¿Seguimos hablando de mí?
Incliné la cabeza y observé cómo su expresión pasaba del desconcierto a la actitud defensiva.
—¿A qué te refieres?
—Puede que tengas razón —dije—. Un tipo me hizo daño y no he podido olvidarlo. Pero tú también cargas con algo, Jason.
Me incliné hacia él.
—Lo noto. Tú también llevas una tristeza dentro. ¿Qué pasó con Jaime?
Agachó la cabeza y el cabello le cayó sobre el rostro. Se lo aparté y le levanté la barbilla para mirarlo a los ojos.
—No puedes cambiar el pasado —dije—. Ninguno de los dos puede. Tenemos que seguir adelante.
Se abalanzó hacia mí y me besó. Le rodeé el cuello con los brazos y lo atraje hacia mí.
Mientras lo besaba sentía una desesperación dentro de mí, y notaba la misma desesperación en él.
Me pregunté si alguna vez me cansaría de esto: la emoción de que un tipo tan atractivo me deseara tanto como yo a él.
Me sentía embriagada. Aceptaría lo que él me diera, el tiempo que durara.
«Hay algo más, ¿verdad?», dijo una vocecita desde algún rincón de mi mente.
No quieres admitírtelo, pero es verdad. Te estás enamorando de él. Perdidamente. Aunque apenas os acabáis de conocer.