Lealtad de la manada Tammy
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Tammy

Allara chilló de alegría y se inclinó para darme un fuerte abrazo. —Gracias a Dios, qué alivio.

Volvió a lo que estaba cocinando, como si le hubieran quitado un peso de encima.

Entrelacé las manos y jugueteé con la pulsera. —Entonces, ¿qué pasa con Jason?

—¿A qué te refieres? —preguntó Allara. De pronto su voz sonó evasiva, deliberadamente casual.

—¿Cómo es él?

Allara se encogió de hombros. —Conozco mejor a su hermana, Kara, que a él.

—Debéis de haberos criado todos juntos —insistí. Algo en cómo evadía el tema me pareció… extraño—. Vamos, Allara. ¡Soy yo, Tammy!

—Sí, nos criamos juntos. —Allara dobló un paño de cocina y lo alisó. Empezó a retorcerlo una y otra vez entre las manos, perdida en sus pensamientos—. Éramos inseparables de niños, la verdad. Los cuatro: Reid, Jason, Kara y yo.

Percibí la nostalgia en su voz. —Entonces, ¿qué pasó?

Allara abrió la boca y volvió a cerrarla. Parecía no saber qué decir.

—No digas que no pasó nada. —Levanté una mano para detenerla—. Percibo una tristeza en Jason, un arrepentimiento que intenta ocultar. Y ahora noto lo mismo contigo. Si él es mi compañero predestinado, merezco saberlo. ¿No crees?

Allara suspiró hondo. —Cuando volví aquí... —Su voz era queda, un marcado contraste con su tono seguro de siempre—. Reid me trajo de vuelta. Al principio, no quería regresar.

Con voz entrecortada, me contó la noche en que Reid la encontró en el bar y le dijo que su padre estaba enfermo. Muriéndose.

Pobre Allara. No podía imaginar lo sola que debió de sentirse.

Tal como sospechaba, había más en la historia. Escuché su relato y me hizo estremecer. Era un mundo de rabia y venganza, de batallas sangrientas y conquistas territoriales. El destino de Allara podría haber sido muy diferente si las cosas hubieran salido de otra manera.

—Entonces, este Jaime —dije cuando Allara terminó su historia—. ¿Dónde está ahora?

—No lo sé —dijo Allara sin más—. Reid está bastante seguro de que volveremos a verlo. Y estoy de acuerdo. Un lobo no se rinde así como así. Y un lobo loco como Jaime solo parará cuando esté muerto.

—¿Qué tiene que ver todo esto con Jason? —pregunté.

—¿Jason? —Allara parpadeó, sorprendida—. ¿No mencioné esa parte? Jason era el mejor amigo de Jaime. Habría sido su Beta si Jaime me hubiera derrotado y se hubiera convertido en Alfa.

Se me cayó el alma a los pies. —¿Qué?

Justo cuando creo que empiezo a entender este lugar, algo me vuelve a tirar por tierra.

Así que por eso Lyra desapareció en cuanto apareció Jason. Por eso Jason siempre parecía estar al margen, como un extraño en su propia casa, aunque este lugar y su gente eran todo lo que había conocido.

—Desde el día en que desterré a Jaime, Jason se ha...

mantenido apartado —explicó Allara—. Hubo quienes creyeron que debería haber expulsado a los dos.

—Su rostro se endureció—. Pero no es la clase de Alfa que quiero ser, Tammy.

¿Dónde trazo la línea? ¿Destierro a todos los que podrían haber apoyado a Jaime si se hubiera convertido en Alfa?

Negué con la cabeza, impotente. —No lo sé.

Me alegro de no tener que tomar ese tipo de decisiones.

—Me niego a castigar a alguien que no ha cometido ningún crimen contra esta manada —dijo Allara—. Y, pasara lo que pasara en el pasado, Jason es leal a su familia. Confío en Kara, así que confío en Jason.

Vacilé, pensando en cada encuentro que había tenido con él. Tras la bravuconería arrogante, había un trasfondo de algo cálido. Tierno, incluso. Quizás detrás de esos ojos avellana brillantes latía un corazón bondadoso.

Debió de sentirse muy solo durante mucho tiempo.

—Jason fue la mano derecha de Jaime durante años. —Allara deslizó un humeante plato de pasta frente a mí, e inhalé los deliciosos aromas con gratitud—. Si Jaime fuera Alfa ahora, Jason sería el Beta de la manada. Pero las cosas no salieron así.

Vaya, eso era duro. Esperar que tu vida tome cierto rumbo, solo para quedarte al margen por circunstancias ajenas a tu control.

Sabía bien lo que era eso.

Aparté mis pensamientos oscuros, tomé un bocado de pasta y mastiqué mientras le daba vueltas al asunto. —¿Jason estaba de acuerdo con los planes de Jaime para la manada? ¿Habría seguido adelante con todo lo que Jaime había planeado?

Derramamiento de sangre, brutalidad y dominación. Cualesquiera que fueran las diferencias culturales entre nosotros, había ciertas líneas que no estaba dispuesta a cruzar.

Allara suspiró hondo y se sentó frente a mí con su propio plato. —¿Quién sabe? Es complicado. Los de nuestra especie... Me temo que está en nuestra naturaleza ser leales a quienes tenemos cerca. Aunque solo nos traigan dolor.

Miré hacia el bosque. Sentía un dolor agudo en el pecho.

Quizás los humanos y los cambiaformas lobo no éramos tan diferentes, después de todo. Y eso no era necesariamente algo bueno.

Pasé la tarde deambulando sin rumbo por el pueblo. La conversación con Allara me había aclarado muchas cosas, pero me quedé con la sensación de que, una vez más, estaba contemplando este mundo desde fuera.

Un grupo de niños pequeños encabezados por Lyra me sacó de mis pensamientos al interceptarme en el camino de grava del centro del pueblo.

—¡Hola, Tammy! —Lyra se acercó dando saltitos y me tomó de la mano como si fuéramos viejas amigas. Se me enterneció el corazón mientras la dejaba arrastrarme—. ¡Ven a conocer a todos!

Poco después, se hicieron las presentaciones.

Conocí a Sage, la hermana mayor de Lyra, una niña de unos diez años que parecía haber adoptado el hábito adolescente de poner los ojos en blanco un par de años antes de tiempo.

JJ y Ethan eran gemelos idénticos con el mismo hueco entre los dientes.

Eva, una cosita tímida con largas trenzas que hablaba en voz suave y susurrante, y Teddy, que tenía aún más preguntas para mí que Lyra.

Antes de darme cuenta, estaba sentada con todos ellos en círculo sobre la hierba alta, preguntándoles sobre todo lo que se me pasaba por la cabeza.

Si algo había aprendido en la universidad, era que los niños eran como pequeñas esponjas. Lo absorbían todo a esta edad, y estaba claro que estos niños en particular estaban ávidos de conocer el mundo exterior.

—¿No tenéis clase? —pregunté, desconcertada.

En realidad, no veía cómo podían ir a una escuela normal en un lugar tan aislado como este.

—Teníamos a la señorita Jackson —me informó Teddy con solemnidad—.

Pero se fue hace un par de meses. Ahora vive con otra manada, aunque prometió visitarnos.

A veces alguno de los adultos nos enseña cosas, pero…

—Se encogió de hombros, y por sus respuestas quedaba claro que la educación de estos niños había sido bastante improvisada.

—Aunque sí tenemos una escuela —intervino Lyra—. ¿Quieres verla?

—¡Por supuesto!

Tal como habían dicho los niños, estaba claro que la escuela llevaba tiempo sin usarse con regularidad.

Con esfuerzo, logré abrir las puertas. Un vistazo rápido a las instalaciones bastó para ver que aquel lugar necesitaba una buena puesta a punto. Los alféizares estaban llenos de telarañas y una de las bombillas estaba fundida.

Unas cuantas filas de pupitres formaban un pequeño semicírculo, con un gran escritorio de profesor frente a una pizarra en el otro extremo de la sala. En el alféizar de la ventana había varias macetas en fila, y las paredes estaban cubiertas de trabajos manuales y otros proyectos.

En conjunto, era anticuado pero funcional. Bajo todo aquel polvo, me imaginé un lugar luminoso y alegre.

Ya que estaba aquí, razoné, bien podía aprovechar para hacer algo útil.

Con esa idea en la cabeza, me puse a ordenar la sala. Exploré un poco y encontré una bombilla de repuesto en una caja bajo el escritorio del profesor. Les enseñé a los niños a quitar las telarañas de los alféizares y los pupitres con un plumero.

Me enfrascé tanto en mi tarea autoimpuesta que ni siquiera oí los golpes en la puerta hasta que JJ me tiró de la manga y señaló hacia la puerta abierta.

—¡Rachel! —Lyra corrió hacia ella y se lanzó a los brazos de una mujer que recordaba de la ceremonia del día anterior. Rachel. Debía de ser la mujer en cuya casa me había alojado la noche anterior. No estaba en casa cuando Allara me dejó allí y me enseñó la habitación—. ¡He hecho una amiga nueva!

Rachel se rio, abrazó a la niña con fuerza y la dejó en el suelo antes de mirarme. Tenía una mirada amable y le devolví la sonrisa sin esfuerzo.

—Tú debes de ser Tammy —dijo, y me tendió la mano para estrechármela con calidez—. Anoche dormiste en mi habitación de invitados.

—Sí. —Rebusqué frenéticamente en mi memoria, con la esperanza de haber dejado la habitación en un estado decente—. ¡Muchas gracias! Era encantadora.

—No te preocupes —se rio Rachel—. ¡Ha sido un placer! He tenido huéspedes mucho más desordenados, créeme.

—Crié a Reid desde que era así de pequeño.

—Con suavidad, atrajo a Teddy hacia ella y le revolvió el pelo.

Teddy se rio e intentó esquivarla—. Y créeme, cuando Reid llegó a la adolescencia...

bueno, no hay nada como un adolescente para sembrar el caos.

—Besó a Teddy en la coronilla y el niño arrugó la cara.

Debí de parecer desconcertada, porque me dio unas palmaditas en el brazo como para tranquilizarme.

—¡Rachel! ¡Ya no soy pequeño! —Teddy me miró con los ojos muy abiertos—. Tengo casi nueve años.

—Vaya —dije, asintiendo para demostrar lo impresionada que estaba—. ¡Casi en los dos dígitos!

Aparentemente satisfecho con mi respuesta, Teddy corrió a unirse al juego de los demás. Habían abandonado los plumeros y ahora se perseguían alrededor de los pupitres entre gritos y risas.

Sonreí mientras los observaba un momento.

—Sí, Reid era medio salvaje a esa edad —murmuró Rachel, sonriendo para sus adentros—. Él, Allara, Jason... todos.

—¿Jason? —Intenté que no se me notara el interés en la voz. A juzgar por el brillo en sus ojos, algo me decía que no lo había conseguido.

—Ah, sí —dijo Rachel—. Fueron los mejores amigos, en otro tiempo.

Vaya.

Las cosas parecían haberse enfriado bastante desde entonces. Aunque, claro, los niños no son niños para siempre. La vida se complica a veces. Yo debería saberlo.

—¿Tienes hijos? —preguntó Rachel de pronto.

Negué con la cabeza.

—No. Siempre los he querido, pero nunca encontré al hombre adecuado.

Me detuve al darme cuenta de lo insensible que había sonado aquello. Esa mujer acababa de decirme que había criado a Reid. ¿Significaba eso que lo había hecho sola?

—Lo siento mucho —me mordí el labio—. Me ha salido mal. No quería decir que...

—Cariño —Rachel me puso una mano en el hombro, silenciándome con suavidad—. No pasa nada. Es maravilloso poder compartir estas cosas con alguien. Pero tengo clarísimo que eres más que capaz de hacerlo sola, si es lo que quieres.

—¿De verdad?

—¡Por supuesto! —Rachel sonrió—. Has tenido a este grupo entretenido casi toda la tarde, ¿no?

Son niños cambiantes, Tammy, con una energía inagotable.

Conseguir que se concentren tanto rato no es moco de pavo.

¿Cómo crees que te encontré? Me extrañaba que de repente hubiera tanta calma en el pueblo.

Solté una carcajada, y ella me siguió.

Qué extraño. Me siento feliz, de verdad.

Todo el dolor que había sentido en los últimos meses... quizás escondía algo más profundo.

No sabía cómo explicarlo, pero era como si perteneciera a este lugar. Casi como si...

Parpadeé un par de veces cuando me asaltaron esos pensamientos, sin atreverme apenas a creerlo. Parecía imposible, ridículo. Y sin embargo...

Es como si por fin hubiera llegado a casa.