Tammy
—Vale, ya puedes abrir los ojos.
La voz de Jason era suave y envolvente, tan cerca que sus labios casi me rozaban la oreja.
Me estremecí por su repentina cercanía y obedecí.
—Oh —dije, boquiabierta.
Estábamos junto a un pequeño arroyo, en una orilla tapizada de musgo y largos helechos colgantes.
Cerca de la orilla había algunas rocas dispersas entre el follaje, creando ese tipo de rincón natural que solo había visto en películas.
La luz del sol salpicaba el agua de reflejos y la brisa me echaba el pelo hacia atrás.
—Es precioso —dije con un suspiro, contemplando aquella paz.
Cuando me giré, Jason me estaba mirando a mí en vez de al paisaje.
Aparté los ojos de su mirada intensa, sintiéndome de pronto cohibida.
—¿Qué?
—Nada —dijo, pero por el rabillo del ojo vi cómo se le escapaba una amplia sonrisa.
Nos sentamos junto al agua en silencio, y me dejé llevar por el murmullo del arroyo, el trino de los pájaros y el susurro de las hojas sobre nosotros. Tan diferente de los ruidos de la ciudad, y mucho más acorde con lo que mi alma anhelaba en lo más profundo.
Solo que no lo había sabido hasta ahora.
Nunca había estado en un lugar que me transmitiera tanta calma.
También era sorprendentemente cómodo estar aquí con Jason, a pesar de lo poco que lo conocía. Era como si nos conociéramos desde hacía años y acabáramos de volver a un lugar especial que solo nosotros dos conocíamos.
Nunca antes me había sentido tan cerca de nadie.
Ni siquiera con…
No. No vamos a pensar en él. Ni hoy. Ni nunca.
—Nadie más de la manada conoce este lugar —dijo Jason. Su voz era baja, confidencial, como si me estuviera revelando un secreto. Que, supongo, era exactamente lo que hacía.
—¿Nadie?
Negó con la cabeza.
—No se lo he enseñado a nadie más. Es un buen sitio para pensar.
Me clavó una de esas miradas suyas, intensa y penetrante.
Me sentí honrada de que, por alguna razón, hubiera decidido compartir su lugar secreto conmigo. No tenía muy claro por qué. Al fin y al cabo, no era que los hombres guapos me llevaran constantemente a sus escondites secretos.
Reprimí una risa burlona hacia mí misma. Tantos chicos guapos. Apenas puedo seguirles el rastro a todos.
—No se lo diré a nadie. Te lo prometo.
Sonreí.
—Gracias por compartirlo conmigo.
Me miró intrigado durante un largo momento, hasta que tuve que apartar la vista. Jugueteé con la manga de mi chaqueta, sin saber qué decir.
—Haces eso mucho, ¿eh? —dijo.
—¿El qué? —pregunté.
Respondió despacio, con cuidado. Noté un deje de curiosidad en su voz.
—Apartar la mirada. ¿Te pongo nerviosa?
¡Mucho!
El corazón me latía fuerte pero acompasado. Inspiré hondo, con un leve temblor. Me sentía segura aquí, con Jason.
—Un poco.
Se rio. Una risa relajada y despreocupada, sorprendentemente melodiosa.
—No estés nerviosa. No muerdo.
¡Ja! Eso dijo el lobo a Caperucita Roja.
—Preguntas —solté, con las mejillas ardiendo. Tenía que reconducir la conversación antes de que se me fuera de las manos—. Yo… todavía tengo preguntas.
—Dispara.
Apoyó una mano en el suelo, se echó hacia atrás e inclinó la cabeza para mirar al cielo.
—Allara —dije—. He notado que parece tener la última palabra en todo. Anoche fue ella quien tomó las decisiones. ¿A qué se debe?
Se encogió de hombros.
—Allara es nuestra Alfa.
Lo dijo de forma tajante. Caso cerrado. Ella es la Alfa. Como si no hubiera nada más que añadir.
Lo medité un momento.
—Eso significa que es como… la líder de aquí, ¿no?
—Es más complicado que eso —dijo Jason—. Ella cuida de nosotros. Es responsable de las grandes decisiones de la manada, aunque se deja aconsejar por otros.
Capté la implicación en su voz.
—¿Pero?
—Pero.
Me lanzó una sonrisa torcida.
—Es más profundo que eso. Cuando un licántropo se convierte en el Alfa de una manada, los miembros de esa manada quedan… vinculados al Alfa. Vosotros los humanos tenéis vuestros líderes, claro, pero esos lazos pueden romperse con bastante facilidad, ¿no?
—¿Me estás diciendo que tienes que hacer lo que Allara diga?
Ni siquiera podía imaginar lo que sería tener semejante poder sobre otra persona.
—En cierto modo. Mi biología quiere que lo haga.
Jason torció el gesto. Parecía estar eligiendo las palabras con cuidado.
—Podría ir en contra de sus deseos, pero sería ir contra todos mis instintos.
—Vaya.
Silbé.
—Eso es una pasada.
—No si eres como nosotros —dijo, divertido por mi tono—. Es totalmente normal para los cambiantes lobo. Ella tiene la última palabra, pero no es ninguna dictadora. Reid es su Beta. Ayuda a tomar decisiones e intenta mantenernos a raya al resto. Ya sabes, esas cosas.
—Es un arreglo un poco loco para un matrimonio —señalé—. Dirigir una manada juntos... Me imagino que eso puede complicar una relación.
Me lanzó una mirada extraña.
—Reid y Allara son Compañeros Predestinados, Tammy. Están destinados a estar juntos. Lo llevan literalmente en la sangre. Son... la pareja perfecta, por decirlo de alguna manera. Unidos por el Destino.
Había algo extraño bajo sus palabras, una tensión que no logré descifrar. Guardé ese detalle para más tarde, ya lo analizaría después. Tenía preguntas más urgentes.
Me quedé callada un momento.
—¿Cómo saben que están destinados a estar juntos?
Ahora le tocaba a él mostrarse cohibido. Se pasó una mano por la boca y dirigió la mirada hacia el agua, aunque sospeché que en realidad no estaba mirando el arroyo.
—Simplemente... lo sabes —su voz era tan baja, tan queda, que tuve que inclinarme hacia delante para oírlo bien—.
Es como... oír tu propio nombre por primera vez en boca de un desconocido, y suena tan bien en sus labios.
O resolver un puzle del que ni siquiera sabías que era un puzle.
Uno que llevas toda la vida intentando resolver, y de repente, todo encaja y las respuestas aparecen ante ti.
—Suena bastante bien —dije con un hilo de voz.
—Es diferente para cada persona —continuó Jason—. Reid y Allara se conocen de toda la vida. Desde que éramos críos. Simplemente encajan, ¿sabes? Estuvieron separados unos años, sí, pero no estaban completos hasta que volvieron a encontrarse.
Pensé en la expresión de Allara la noche que Reid apareció en el bar. Debió de sentirse tan sola, sin su compañero, durante todos esos años.
—Sí —dije—. Me lo imagino.
—A veces es como un flechazo —Jason recogió una piedrecita y la hizo girar entre el pulgar y el índice.
Sus manos eran como el resto de él: bronceadas y angulosas, con uñas lisas y redondeadas—.
Eso te sacude entero, o eso he oído —me miró a los ojos—.
A veces reconoces a tu pareja por su olor.
Y a veces... —se pasó una mano por el pelo, apartándoselo de la frente—.
A veces sabes que has encontrado a tu Compañero Predestinado en cuanto os tocáis.
Se me erizó la piel al recordar sus manos sobre mi cuerpo.
«No seas ridícula, Tammy. ¡No eres una cambiante lobo! Y no eres lo bastante especial como para ser la Compañera Predestinada de nadie».
Lo que sentí ayer no fue más que la excitación del momento, alimentada por haber estado a punto de morir. Tenía que ser eso, y nada más.
—Es como... como electricidad, supongo —Jason soltó una risa nerviosa—. Tammy, venga. No hace falta que te lo explique. Creo que los dos sabemos lo que se siente.
«Ahh... ¿qué?»
Una avalancha de emociones me recorrió mientras me miraba fijamente. Actuaba como si yo debiera saber de qué hablaba. Pero no podía ir en serio. Yo no era la Compañera Predestinada de nadie. No tenía sentido. ¿En qué demonios estaba pensando?
No sé qué habría esperado Jason de su maldita alma gemela, pero no podía ser yo.
—No estarás diciendo que...
Jason me sonrió, como si le alegrara que por fin lo hubiera pillado.
—¿Que somos Compañeros Predestinados? Sí. ¿No lo sentiste?
Lo miré parpadeando.
—Bueno, sentí algo. Pero... ¿cómo es eso siquiera posible? —me froté el entrecejo, donde notaba que empezaba a dolerme la cabeza del estrés—. No soy como tú, Jason. No soy una cambiante, solo soy...
«Yo. Gorda... del montón... humana... yo».
—Pasa —Jason frunció el ceño mientras me observaba. Curiosamente, sus ojos reflejaban la misma incertidumbre—. Es raro, pero pasa. Lo siento, Tammy. Esto... —señaló a nuestro alrededor, el bosque, los árboles—. Sé que este no es tu mundo. No pediste nada de esto. Y yo te he atrapado aquí conmigo.
Podría haberme reído en su cara, pero me mordí el labio. Era de locos que un tío como él pudiera sentirse mal por mí.
«Actúa como si fuera Hades, arrastrándome al Inframundo».
Solo que lo tenía al revés. La historia estaba del todo equivocada.
—Podrías estar equivocado, ¿sabes? —dije—. Quizá esto sea solo una especie de... ¿fallo?
Porque si lo que insinuaba era cierto, todos creerían que yo era quien lo había atrapado a él. Este tío guapo, sexy y divertido pertenecía a un mundo de peligro y aventura.
De mujeres sexis y cuerpos perfectos. Yo no le llegaba ni a la suela del zapato, y pasaría el resto de mi vida sabiendo que se había conformado conmigo cuando podría haber tenido mucho más.
Alguien mejor. Alguien más emocionante, más sexy... más de todo.
Y si él aún no lo sabía, bueno... yo sabía que solo era cuestión de tiempo antes de que se diera cuenta.
Pero era incapaz de levantarme e irme. Para bien o para mal, quería quedarme cerca de Jason todo el tiempo que me dejaran.