Jason #3
—Aunque yo prefiero mil veces la paz y la tranquilidad de aquí —admití, y ella se rio.
—Yo no —dijo Lyra—. ¡Seguro que a mí me encantaría el ruido y el bullicio!
Le sonreí, preguntándome si cambiaría de opinión cuando creciera.
Para mí, la vida aquí en el bosque era como un escape idílico de todo el caos y la miseria que había dejado atrás. Pero entendía que, para una niña como Lyra, el mundo más allá del bosque debía de parecer un cuento de hadas exótico.
Omití todas las partes que no encajaban en un cuento de hadas. No necesitaba saberlas.
Que la niña crea que el mundo es bueno y amable mientras aún pueda. No seré yo quien le quite esa fantasía.
Estaba explicándole qué era un bar de karaoke cuando una sombra cayó sobre el escalón donde estaba sentada, tapando la luz del sol matutino.
—¿Haciendo amigos?
Esa voz se había vuelto tan distintiva, tan familiar para mí en tan poco tiempo. Me sobresaltó, y no pude evitar alzar la vista con inquietud. ¿Había imaginado lo de anoche? ¿Estaba todo en mi cabeza?
—Lyra me estaba poniendo al día de cómo funcionan las cosas por aquí —dije, haciéndome visera con la mano para distinguir mejor la silueta de Jason a contraluz. El corazón me dio un vuelco—. Ha sido muy…
Me volví, pero la niña no estaba por ninguna parte. El sitio donde había estado sentada hacía apenas un momento estaba vacío.
—Servicial —terminé, desconcertada.
—No eres tú —dijo Jason, y me tendió la mano. La tomé por instinto y dejé que me ayudara a ponerme de pie. Aquel contacto casto no debería haberme afectado tanto, pero no pude evitar fijarme en la calidez de su mano y en cómo me provocaba un cosquilleo de placer en el estómago.
Era la segunda vez que nos tocábamos.
La verdadera pregunta es... ¿por qué llevo la cuenta?
Parpadeé y me di cuenta de que aún le sujetaba la mano. La solté de golpe y di un paso atrás, con las mejillas encendidas.
Está esperando a que respondas. ¿Qué ha dicho? Mi cerebro embotado por fin reaccionó.
—¿Qué no soy yo? —pregunté con cara de tonta, y él se rio.
Genial, ahora pensará que soy idiota.
—No se fue por tu culpa —dijo Jason. Se metió las manos en los bolsillos hasta el fondo y se balanceó sobre los talones. A pesar de su postura despreocupada, noté que ocultaba algo. Algo que lo incomodaba y lo entristecía levemente.
No sabría explicar cómo lo sabía, pero era como si percibiera sus emociones casi con la misma claridad que las mías.
Luego añadió: —Soy yo, no tú. Por si te lo estabas preguntando. No soy precisamente el más popular por aquí últimamente.
—¿Y eso? —pregunté en voz baja.
Me miró con expresión inescrutable y agachó la cabeza. Debíamos de tener más o menos la misma edad, pero había algo aniñado en él que resultaba tan frustrante como atractivo.
No respondió a mi pregunta, sino que cambió de tema enseguida. No me engañó, pero lo dejé correr. De momento.
—¿Quedaste satisfecha? —preguntó Jason.
Exhalé con un temblor mientras mi mente regresaba a la noche anterior.
Su cuerpo había estado tan cerca del mío, su calor traspasándome la ropa. Sus brazos rodeándome, sujetándome con firmeza. Si los demás no hubieran llegado, no sé qué habría pasado. Las posibilidades parecían infinitas, y yo me había mostrado extrañamente dispuesta a explorarlas.
¿Satisfecha? Ni de lejos.
Me dedicó una sonrisa torcida, con los ojos brillantes, como si pudiera leerme el pensamiento.
¡Dios mío, espero que leer la mente no sea uno de sus superpoderes!
Se aclaró la garganta. —Solo quería decir... ¿Lyra respondió a todas tus preguntas sobre la vida aquí en el pueblo?
—Oh —dije. ¿Alguna vez dejaría de sonrojarme delante de este tío?—. Bueno... no. Todavía tengo un montón de preguntas —confesé—. Pero nos desviamos hablando de cosas de humanos.
—¿Ah, sí?
—Supongo que esas sombrillitas de cóctel suenan muy emocionantes cuando tienes siete años —dije, arrugando la nariz, y él se rio—. Aunque sí que tengo más preguntas que no llegamos a tratar. Quiero decir, lo de anoche fue bastante impactante, la verdad.
Ya estaba. Lo había dicho. Más o menos. Al menos le había pasado la pelota respecto a lo que hubiera pasado entre nosotros.
Lo miré desafiante y él me sostuvo la mirada.
Al cabo de un momento, se inclinó y me ofreció el codo.
El gesto fue tan inesperado y algo anticuado que me dieron ganas de reír, pero me mordí el interior de las mejillas para contener la risa y le tomé el brazo.
El cuero suave de su chaqueta estaba cálido bajo las yemas de mis dedos.
Ahora que llevaba lo que supuse que era su ropa de siempre, parecía mucho más cómodo que con el atuendo formal de ayer.
—Ven conmigo —murmuró.
—¿Adónde vamos? —pregunté al captar su tono ligero y travieso. Era como si estuviéramos haciendo novillos o algo así.
Sonrió. —Es una sorpresa.
—Ya he tenido unas cuantas en las últimas veinticuatro horas —murmuré.
Se rio, lo que no me esperaba. —Esta es una sorpresa buena. Te lo prometo. ¿Confías en mí?
Y, sorprendentemente, sí que confiaba. Sentí el corazón un poco más ligero mientras me guiaba fuera del pueblo.