Lealtad de la manada Jason #2
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Jason #2

Incluso ahora, sentada en la pequeña cocina de Rachel con una taza de café entre las manos, podía repasar cada detalle de la noche anterior con perfecta claridad.

La sensación de la piel de Jason contra la mía, su aliento cálido en mi rostro.

Cómo sus ojos habían ardido clavados en los míos, incluso en la tenue luz del bosque.

El calor de su cuerpo, atrayéndome irremediablemente hacia él.

Sentí un cosquilleo en el bajo vientre y entre las piernas que no había sentido en mucho tiempo. Pero la conexión era más que eso; más que lujuria. Simplemente no sabía qué era.

Todavía era demasiado temprano para volver al vehículo, pero no podía quedarme quieta por más tiempo. Quería salir al aire libre y disfrutar de la belleza de aquel lugar mientras tuviera la oportunidad.

No sabía por qué, pero algo en aquella extraña comunidad del bosque despejaba las telarañas de todos los rincones oscuros de mi mente y me hacía sentir más ligera de lo que me había sentido en meses.

Salí por la puerta principal y la cerré tras de mí con el mayor sigilo posible para no molestar a mi amable anfitriona. Fuera, la hierba estaba húmeda de rocío, y gotas de humedad se adhirieron a mis zapatos mientras caminaba.

Hacía fresco esa mañana, y me arrebujé en la chaqueta mientras tomaba unas cuantas bocanadas de aire vigorizante.

Qué tranquilidad había aquí, tan distinta del bullicio de la ciudad.

No se veía ni un alma, y eso me venía de perlas. Siempre me había bastado mi propia compañía, y quería más tiempo para asimilar todo antes de enfrentarme a toda la…

Manada.

Qué ajena me resultaba esa palabra.

Allara tenía una manada. Y más que eso, parecía llevar la voz cantante. Anoche había quedado claro que Reid y Jason se plegaban a su criterio. Ella decidía si los tres de la ciudad nos quedábamos a pasar la noche.

Miré a mi alrededor, sorprendida de que mis pies me hubieran llevado de vuelta al salón social. Con todo cerrado a la luz de la mañana, parecía más adormilado que el día anterior.

Mi mirada se clavó en los escalones que subían hacia la amplia entrada.

—¿Cómo te llamas? —era la voz de una niña de unos siete años, sentada con las piernas cruzadas en el escalón de arriba, mirándome con fascinación sin disimular. Me pareció reconocerla del día anterior. Había estado entre el grupo de niños que nos saludaron con tanto entusiasmo al llegar.

Me pregunté cómo serían los niños cambiantes. ¿Se transformaban en lobos como los adultos, o eso solo ocurría en la adolescencia o la edad adulta? Había tanto de la vida de Allara —de la vida de Jason— que desconocía.

—Soy Tammy —respondí, sentándome en el escalón de abajo y juntando las manos en el regazo—. ¿Y tú cómo te llamas?

La niña parpadeó y se enrolló una larga trenza en el dedo.

—Lyra.

—Qué bonito.

—¿De dónde eres? —preguntó Lyra—. No te había visto nunca.

—Soy amiga de Allara —le expliqué—. Trabajaba con ella cuando vivía en la ciudad.

—La ciudad —susurró Lyra, como para sí misma. Sonreí al ver el asombro en sus ojos—. Nunca he estado en la ciudad. ¿Allara tenía su propia manada allí? ¿Tú estabas en ella?

Me reí al captar lo que suponía.

—¡Qué va! No estábamos en ninguna manada —hice una pausa antes de continuar—. No soy como tú, Lyra. No soy una cambiante de lobo.

A Lyra se le abrieron los ojos como platos.

—Vaya —susurró—. ¡Eso mismo dijo Sage, pero no me lo creí!

—¿Sage? —ladeé la cabeza con curiosidad.

—Mi hermana —Lyra se mordió el labio y frunció el ceño—. Nunca había conocido a una humana normal. ¿Cómo es?

Volví a reírme, sin poder evitarlo. Hacía tiempo que no trataba con niños de la edad de Lyra, y había olvidado cuánto me gustaban su franqueza y su honestidad.

Es un alivio. Todos los demás por aquí parecen hablar con medias palabras.

—¿Ser humana? Seguramente no sea tan interesante como ser cambiante —confesé, y vi cómo se le iluminaban los ojos—. ¿Cómo es eso?

—¡Es lo mejor! —Lyra sonrió de oreja a oreja, dejando ver el hueco de dos dientes de delante—. Bueno, supongo —hizo un puchero—. Todavía no puedo correr rápido ni trepar al árbol más alto. Mamá dice que es porque soy muy pequeña.

—Bueno, seguro que aun así me ganarías —dije, y la vi animarse con la idea.

Esperaba con todas mis fuerzas que no me tomara la palabra.

¿Echar una carrera con una niña que probablemente me daría mil vueltas? No era precisamente lo que tenía pensado para esta mañana.

Por suerte, Lyra parecía más interesada en interrogarme sobre la vida en la ciudad que en retarme a una carrera.

Durante la siguiente media hora, le hablé de mi vida.

De las bebidas elegantes con sombrillitas que preparaba para los clientes del bar, de la pizza de masa gruesa de mi pizzería favorita a la vuelta de la esquina, de los tres perros ruidosos de mi vecino de arriba que ladraban en mitad de la noche sin motivo alguno.

Le hablé del ruido, del tráfico, del ajetreo y el bullicio de la vida en la ciudad.

Ella lo escuchó todo con asombro, bebiendo mis palabras como si las estuviera grabando en la memoria.