Jason
Sus palabras me golpearon como gasolina encendida. La sangre me ardió y el calor me recorrió de la cabeza a los pies.
Observé a Tammy alejarse con una extraña sensación en la boca del estómago. Sentía unas ganas enormes de alcanzarla antes de que desapareciera entre la multitud, lo cual era inusual. Las mujeres me perseguían a mí, no al revés.
Estaba tan perdido en mis pensamientos que no me di cuenta de que Reid se acercaba hasta que habló.
—Eh.
Reid metió las manos en los bolsillos y me miró, ladeando la cabeza.
—Ya casi es hora de la carrera junto al arroyo. ¿Todavía vienes, o qué?
Le dediqué una sonrisa tensa.
—No me la perdería, tío.
Me devolvió la sonrisa, visiblemente aliviado, y se alejó silbando.
Reid y yo habíamos mantenido algunas conversaciones breves pero cordiales durante los últimos días.
Nuestra incomodidad tenía mucho que ver con la ausencia de Jaime.
Como nuevo Beta de la manada, Reid quería integrar a todos y asegurarse de que quienes habían estado más cerca de Jaime estuvieran contentos.
Y vigilarnos, por supuesto.
Las manadas de cambiantes eran chapadas a la antigua en cuanto a lealtad. En nuestras mentes, uno estaba con nosotros o contra nosotros. No había término medio. No había Suiza.
Lo que me ponía en una situación de mierda.
Hace muchos años, Reid y yo habíamos sido como hermanos. Cuando todo era simple. Cuando éramos niños, no importaba que Reid no fuera de nuestra sangre, que algún día pudiera desafiar a uno de nosotros por el control de la manada.
Era obvio —para quienes se lo admitían a sí mismos, al menos— que Reid era de sangre fuerte. Solo su tamaño indicaba que al menos había nacido de un lobo Beta. Más probablemente de un Alfa.
Pero ¿qué clase de Alfa renunciaría a su hijo? Ninguno de nosotros lo sabía.
Jaime era inestable; siempre lo había sido. Si se le hubiera permitido liderar, habría conducido a la manada al abismo si pensaba que eso lo beneficiaría en su búsqueda de dominación.
La forma en que despotricaba y deliraba sobre Reid era repugnante.
Allara, mientras tanto, no era más que un obstáculo para él, alguien a quien usar o destruir según le conviniera.
Como lugarteniente preferido de Jaime, me había encontrado en una situación cada vez más insostenible, y sin embargo no sabía muy bien cómo salir de ella.
Cuanto más parecía perder el control Jaime, más sentía que no podía abandonarlo sin empeorar de alguna manera la situación.
Allara había mostrado una misericordia inesperada hacia Jaime el día que lo dejó libre. Era una misericordia que él no le habría mostrado a ella si sus papeles se hubieran invertido.
No habíamos visto lo último de él.
También sabía que, como el Beta propuesto de Jaime, fácilmente podrían haberme dejado tirado junto con él el día que perdió el desafío para convertirse en Alfa.
Había sido leal a él durante demasiado tiempo, y la lealtad de un lobo no se rompía fácilmente.
Habría sido más simple a los ojos de todos si me hubieran desterrado. Más seguro, también.
Pero Allara y Reid no eran así. Nunca desterrarían a uno de los suyos, no sin una buena razón para hacerlo.
El único problema era que estaba claro para todos en la manada —y especialmente para mí— que ninguno de los dos confiaba en mí.
¿Y qué es un lobo sin la confianza de su Alfa?
Miré a lo lejos. El aislamiento me caló hasta los huesos mientras observaba la alegría de los juerguistas, que gritaban de risa celebrando la unión de su Alfa con su compañero. Sin quererlo, Allara y Reid me habían condenado a un purgatorio del que no podía escapar.
Aunque era un purgatorio de mi propia creación, fruto de mis propias acciones, aún dolía.
Estaba con mi familia, con las personas que más amaba en el mundo. Y sin embargo, no pertenecía. Ya no.
Quería volver a formar parte de la manada. Del futuro que la nueva Alfa estaba construyendo. Recuperar la confianza de mi antiguo amigo.
Pero este era mi nuevo destino. Existir en la periferia. Siempre fuera, mirando hacia dentro.
Siempre me habían considerado un chico malo en lo que a mujeres se refiere. Así que, si ahora iba a ser el lobo solitario y el malo de la manada, que así fuera.
Tammy
Ya caía la tarde cuando por fin convencí a Mick y a Penny de que era hora de volver a casa.
—Si nos perdemos en la oscuridad, en esos bosques…
Dejé la frase en el aire, mirándolos a ambos con expresión suplicante.
—No hay cobertura de móvil aquí, ni gasolineras, nada. Quedaremos tirados.
—¿Y qué? ¡Nos quedamos aquí a pasar la noche!
Penny abrió los brazos de par en par, tambaleándose hacia un lado, mientras Mick casi se caía en el asiento trasero del vehículo.
Era evidente que ambos habían bebido con bastante generosidad. Menos mal que yo no había caído en la tentación.
Penny se había quitado los tacones, que colgaban precariamente de un dedo de uñas perfectas.
—Hay más de una cama caliente en la que meterse —se rio, con hipo—. Si me entiendes.
Luché por ahuyentar los ojos color avellana que me vinieron a la mente con sus palabras.
¡No! Olvídate de él, maldita sea.
Penny soltó una carcajada al ver mi expresión.
—¡Te estás sonrojando! ¿Era ese tipo con el que estabas hablando antes? Estaba para comérselo. Le pediste su número, ¿verdad?
—No tiene sentido pedir su número —murmuré—. No hay cobertura de móvil, ¿recuerdas?
Pero no me escuchaba, ya recorría la multitud con la mirada como si buscara a alguno de los otros chicos guapos.
Me di la vuelta, intentando que mis mejillas ardientes se calmaran, y fingí comprobar cómo estaba Mick. Estaba tumbado en el asiento trasero del todoterreno. De vez en cuando soltaba un ligero ronquido.
Bueno, al menos uno ya está resuelto.
El brazo de Penny me cayó sobre los hombros como una losa mientras se colgaba de mí, ladeándose un poco hasta que extendí el brazo para estabilizarnos a las dos.
—¡Oye, oye! Tammy, te dije que...
—No —corté a Penny mientras la acomodaba con cuidado en el asiento del copiloto—. No conseguí el número de nadie.
Las mujeres como yo no le pedimos el número a tipos como él.
De pronto me di cuenta de que no había ni rastro de mi bolso. Revisé el suelo del coche y el maletero mientras repasaba frenéticamente mis pasos.
¡Maldita sea, debo de haberlo dejado en algún sitio de la recepción!
Solté un suspiro de frustración, me di la vuelta y volví hacia el salón social. Aceleré el paso al oír las risas lejanas de algunos aldeanos. Parecía que se estaban moviendo. Si los alcanzaba, quizás alguien hubiera visto mi bolso por ahí.
Para mi sorpresa, cuando llegué al césped, la zona estaba casi desierta. Solo me recibió el susurro del viento, que agitaba las hojas de los árboles sobre mi cabeza.
Intenté ignorar la ansiedad repentina que me aceleraba el corazón y busqué el bolso. No encontré nada.
Mierda. Quizás debería irme. Va a oscurecer enseguida.
Total, Allara me lo mandaría por correo. No había nada dentro que no pudiera esperar unos días.
Estaba dándole vueltas a mis opciones, con la mirada fija en la línea de árboles donde el césped se encontraba con el bosque, cuando una luz extraña me llamó la atención.
Una luz se convirtió en dos, y luego en cuatro. Entrecerré los ojos. Había unas seis, todas balanceándose y serpenteando entre los árboles como luciérnagas.
¿Qué demonios?
Entonces até cabos. Eran los farolillos de antes. Los habían descolgado de los postes y los llevaban hacia el bosque.
La fiesta no había desaparecido, después de todo. Se estaba adentrando en el bosque.
Miré hacia atrás, por donde había venido. Debería volver. Teníamos un largo viaje por delante. No debería seguir esas luces. No debería...
Penny y Mick me están esperando. Tengo que llevarlos a casa. Vamos, Tammy. Es hora de irse. Aléjate. Date la vuelta...
Se me erizó el vello de la nuca y se me puso la piel de gallina en los antebrazos.
Algo me llamaba desde el bosque, y no tenía ni idea de qué era.
Mis pies echaron a andar sin mi permiso. Crucé el césped siguiendo las luces, que parpadeaban como faros entre el follaje oscuro.
—Voy a arrepentirme de esto —dije en voz alta, aunque estaba sola. No podía dejar de seguirlas.
¿Qué están haciendo? ¿Adónde van?
Mantuve la distancia con los rezagados del grupo, guiándome por el sonido de las conversaciones y los gritos lejanos de la fiesta que iba delante.
Me dije que era invitada de Allara. Era su celebración de boda, ¿no? Era su día, y nos habían invitado, después de todo. Quería estar ahí para ella. No me reprocharía mi curiosidad.
Los árboles empezaban a escasear, más pequeños y espaciados. Me acercaba a un pequeño claro. Mantuve una distancia prudente y me encogí cuando una ramita crujió bajo mi tacón con un chasquido seco. Por suerte, los más cercanos parecían demasiado absortos en lo que estaba pasando como para oír nada.
Una voz masculina me llegó en fragmentos, arrastrada por el viento:
—Las reglas... simples... tres vueltas desde... hasta el barranco... sin atajos, ¿vale?
Me acerqué sigilosamente y me atreví a asomarme entre las hojas para ver qué pasaba.
La mayoría de los adultos de la fiesta estaban reunidos alrededor del claro, en pequeños corrillos. Había un hueco en un extremo, y alguien arrastraba una rama por el suelo, trazando una línea tosca.
Había unas diez personas en el centro del círculo. Distinguí a Reid y Allara entre ellas, junto con Jason y algunos de los chicos de antes. Formaron un corrillo y luego se separaron entre gritos y empujones juguetones mientras se dirigían a la línea marcada.
Parece que van a echar una carrera. Pero ¿por qué tan lejos?
Desde donde estaba, el follaje parecía demasiado denso para correr. Las ramas les engancharían la ropa y se la destrozarían.
Vi a Jason tirar la chaqueta al suelo, quitarse la corbata y arremangarse.
Bueno, quizás que él se quitara la ropa no sería tan malo.
Todos se agacharon, como si fueran a tomar la salida o algo así.
Entonces sucedió algo extrañísimo. Con la luz menguante, parecía que los ojos de todos brillaban, arremolinándose con un resplandor plateado.
Y entonces los del centro del círculo... cambiaron. Se transformaron en algo no humano, justo delante de mis ojos.
Contuve el aliento, paralizada por lo que estaba viendo.
Algunos humanos permanecieron en los bordes del círculo, pero todos los del centro habían desaparecido. Allara había desaparecido, y Reid. En su lugar había una manada de lobos enormes.
El más pequeño podría haberme mirado a los ojos sin esfuerzo, aun a cuatro patas. Tenía fácilmente mi altura. El más grande empequeñecía a los espectadores cercanos, con patas más grandes que fuentes de servir.
Dios mío. Son licántropos.
Y de repente, todo empezó a encajar.
La desaparición repentina de Allara. Esta pequeña comunidad, tan aislada, en medio del bosque. El extraño ritual que había presenciado esa tarde, y las miradas raras que recibimos al llegar.
Las palabras de Jason volvieron a resonar en mi cabeza.
Quizás no la conoces tan bien como creías.
Mierda.
Clavé los dedos en la corteza de un árbol cercano, aferrándome a él como si me fuera la vida en ello. Necesitaba agarrarme a algo real, algo concreto, mientras todo lo que había creído sobre mi compañera de trabajo y amiga se desmoronaba.
Renuncié a ordenar mis pensamientos y me concentré en respirar, en calmar los latidos desbocados de mi corazón. Fue inútil.
Intenté recordar frenéticamente todo lo que había aprendido sobre los cambiaformas lobo en películas y libros.
Eran mucho más fuertes que una persona normal. Más rápidos también. Todos sus sentidos estaban agudizados. Tenían instintos certeros y sabían cómo usarlos.
También son ferozmente territoriales y no les gusta que los forasteros se metan en sus dominios.
Claro. Eso explicaría la frialdad con la que nos habían recibido al llegar. Menos mal que no éramos cambiaformas, o la cosa se habría puesto fea enseguida.
Un aullido rasgó el aire y di un respingo, sobresaltada, saliendo bruscamente de mi ensimismamiento.
Varios más se unieron, hasta que el aire se llenó de aquel sonido. Debería haber sido aterrador, y lo era. Pero también resultaba sobrecogedoramente hermoso, casi como música, y me estremecí de emoción y de miedo mientras escuchaba.
¿Cuántos humanos habrían oído algo así en su vida?
Oí un par de gritos que sonaban humanos y me di cuenta de que la carrera había comenzado. Los lobos echaron a correr a una velocidad imposible, internándose entre los árboles y fundiéndose con el bosque como sombras.
Mi estremecimiento de emoción se mezcló con una nueva inquietud.
No debería estar aquí. Esto no era para ojos humanos.
Estaba a punto de darme la vuelta e intentar abrirme paso a tientas entre los árboles, hacia la relativa seguridad del pueblo, cuando me quedé helada. Acababa de caer en algo.
Una manada de lobos sobrehumanos andaba suelta por algún lugar de aquel bosque, y yo era, muy posiblemente, su presa ideal.
Allara no me comería. De eso estaba segura. Pero no conocía a los demás lo suficiente como para tener la misma certeza. ¿Serían todos tan buenos y amables como mi amiga? ¿Jason conservaría su humanidad cuando recorriera el bosque en su forma de lobo?
Estaba a punto de salir a ciegas, en la oscuridad. Directa hacia ellos.
A un lado, el claro estaba lleno de miembros de la manada en forma humana, hablando y riendo entre ellos. Si me movía en esa dirección, pronto me descubrirían.
Al otro lado estaba el bosque, donde andaban los lobos. Si empezaba a volver por donde había venido, mis sentidos humanos de mierda no serían rival para un cambiaformas suelto.
¡Están en una boda, Tammy! Solo se están divirtiendo.
Aun así... ¿a qué se dedicaban los cambiaformas lobo para divertirse, aparte de competir entre ellos? Quizás la fiesta de antes solo había sido el aperitivo.
Tragué saliva.
Quizás estuviera a punto de convertirme en el postre.