Lealtad de la manada Tammy
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Tammy

Una hoja crujió cerca y cerré los ojos, con el corazón desbocado.

Allara no dejaría que me hicieran daño. Siempre había velado por mí. Cada vez que algún baboso nos acosaba en el bar, lo ponía de patitas en la calle.

Allara no puede protegerte para siempre, dijo una voz en mi cabeza. Estás completamente sola. Siempre lo estarás.

Deja de ser tan cría y aprende a defenderte sola.

Apreté los dientes y me obligué a concentrarme.

Solo había una opción. Tenía que salir al claro y dejarme ver por los miembros de la manada que se habían quedado en forma humana. Con suerte, se apiadarían de mí y me llevarían de vuelta al pueblo.

Pensé con nostalgia en el todoterreno, donde había dejado a Penny y Mick esperando, y me maldije por mi imprudencia.

Te lo tienes merecido, por meterte en el bosque así, sin pensar.

Vale, tenía un plan. Pero por desgracia, mis pies no se daban por enterados de que era hora de moverse. Se quedaron clavados en el sitio, tozudos. La frustración y el miedo volvieron a apoderarse de mí, y temblé. Hazlo de una vez. Da un paso adelante y que sepan que estás aquí.

Pum.

El ruido vino de algún lugar detrás de mí. Era un sonido sordo, como algo pesado cayendo al suelo. O…

O el que haría una pata gigantesca al posarse en el suelo del bosque. El de un depredador avanzando hacia su presa, despacio, con cautela, para no asustarla ni hacerla huir.

Se me encogió el corazón y casi gemí en voz alta. Muy, muy despacio, giré la cabeza.

Por el rabillo del ojo, vi al lobo.

Era uno de los más grandes. Su pelaje hirsuto era negro, con algunas manchas grises aquí y allá. Sus ojos eran astillas de plata, y tenía las encías retraídas, los dientes completamente expuestos en un gruñido silencioso.

Debió de captar mi olor mientras corría con los demás.

Pero estaba claro que yo era una presa más interesante.

El corazón me martilleaba en el pecho a la velocidad de un motor de alto rendimiento, disparando adrenalina por mis venas.

No tenía sentido correr ni gritar pidiendo ayuda. Por su mirada supe que todo habría terminado antes de que nadie pudiera alcanzarme. Con la suerte que tengo, solo conseguiría atraer más atención no deseada.

El enorme lobo se agazapó y retrocedió unos pasos, preparándose para saltar.

Cerré los ojos y esperé el final.

Por favor, Dios, que sea rápido.

Pero el golpe mortal nunca llegó. En su lugar, oí un gruñido, después un gemido agudo y un golpe seco, como un cuerpo estrellándose contra el tronco de un árbol.

Todavía paralizada por el miedo, entreabrí un ojo para echar un vistazo a mi alrededor.

Mi atacante yacía de costado, inmóvil, junto a un árbol cercano.

Pero qué demonios…

Un segundo lobo ocupaba el lugar donde había estado la criatura caída, jadeando con fuerza. También era grande, de pelaje oscuro.

Había escapado ilesa. Por ahora.

Quizá este segundo lobo no quería compartir su comida, sin más.

De Guatemala a Guatepeor.

Pero el lobo que me había salvado era… diferente del otro.

Su postura era erguida, no agazapada. No parecía estar acechándome como el otro, aunque me gruñía. Un gruñido bajo y retumbante que me atravesó el pecho y me llegó hasta los dedos de los pies.

Había un marcado contraste entre este gruñido y el del otro lobo.

El primer lobo había estado listo para matar. Había leído la muerte en sus ojos, y su gruñido había sido pura agresión salvaje, escalofriante.

Este casi sonaba como… una advertencia.

Como si el lobo estuviera enfadado conmigo, pero no quisiera hacerme daño. En mi cabeza oí una voz humana, más asustada que otra cosa.

¿Qué demonios haces aquí sola? ¡No estás a salvo!

Hice una mueca. Definitivamente estaba perdiendo la cabeza. Oía voces en mi mente que no eran mías.

El recién llegado avanzó hacia mí. Contuve el aliento. El miedo me tenía todos los sentidos en alerta y no pude mover un músculo. Probablemente era mi imaginación, pero mientras lo miraba fijamente a los ojos, incapaz de apartar la vista… juro que lo reconocí.

¿Jason?

Y aún más extraño, vi un destello de reconocimiento en sus ojos.

Retrocedí hasta quedar aplastada contra el tronco del árbol mientras el lobo se cernía sobre mí.

Me tenía acorralada. Estaba tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su pelaje.

Contrastaba con el aire frío de la noche, y me estremecí, luchando contra un impulso repentino de acercarme y refugiarme en su calidez.

Mi propia reacción me asustaba tanto como todo lo demás.

Y entonces, todo se detuvo.

El frío del viento y la aspereza de la corteza clavándose en mi espalda desaparecieron. Los árboles dejaron de susurrar y el gemido apagado del otro lobo, tendido en algún lugar cercano, se desvaneció en la nada.

Lo único que registré fue la presión de un cuerpo muy humano contra el mío. Sus ojos aún brillaban plateados, antes de apagarse unos segundos después y volverse de un familiar color avellana.

Jason volvía a ser humano, con los ojos muy abiertos por el asombro.

Me sumergí de cabeza en esos ojos cautivadores y sentí que nunca podría volver a salir. Me miró fijamente, reflejando el mismo asombro que yo sentía mientras mi cuerpo se inundaba de algo que nunca había experimentado.

—Vaya —susurró Jason—. Hola.

Su rostro estaba tan cerca del mío que nuestras bocas quedaban a escasos centímetros, y su torso desnudo me presionaba contra el árbol con insistencia, como si ni siquiera fuera consciente de sus propios movimientos.

Sus brazos enmarcaban mi cabeza a ambos lados, sólidos y fuertes.

Mi mirada se desvió hacia ellos, observando cómo los tendones se movían bajo su piel.

Tragué saliva con dificultad.

—¿Ibas a matarme? —susurré.

—¿Qué? —Sonaba aturdido.

Me sentía como si me hubieran golpeado en la cabeza con un mazo. Él también sonaba así.

¿Qué estaba pasando entre nosotros?

—Tu colega casi me arranca la garganta —logré decir—. ¿No te sentiste tentado?

Era difícil concentrarse estando tan cerca, con su cuerpo aún pegado al mío. Visto desde fuera, no sabría decir si parecía que me estaba protegiendo o haciéndome el amor. Aun así, su cercanía hacía que el pulso se me acelerara.

—No —la sorpresa le cruzó el rostro—. No, por supuesto que no. Yo...

—¡Jason!

La voz de Allara sonó cortante desde algún lugar cercano, sobresaltándonos a ambos.

Por fin bajó los brazos, permitiéndome liberarme de aquella posición.

Qué curioso: había una parte de mí que no quería alejarse del calor de su abrazo.

Ese pensamiento me hizo sonrojar, y agaché la cabeza, intentando recuperar el equilibrio.

Cuando él retrocedió, me di cuenta de que estaba completamente desnudo.

Vaya.

Se me encendió aún más la cara y aparté la mirada de su cuerpo. Dudaba que fuera humanamente posible ruborizarme más a estas alturas.

—Ahí estás —Allara irrumpió entre la maleza, respirando con dificultad mientras se abotonaba la camisa sin mucho cuidado.

Reid apareció justo detrás de ella, con cara de preocupación—.

¡Dios mío, Tammy! —mi nombre salió casi como un chillido.

Era evidente que estaba sorprendida de verme—.

¿Qué haces aquí? ¡Pensé que te habías ido hace siglos!

—Yo... —todos se volvieron a mirarme, y las palabras se me atragantaron. Tragué saliva e intenté de nuevo—. Perdí el bolso y vi... a todos dirigiéndose hacia aquí. Los seguí sin pensar. No sabía... Lo siento mucho.

Me abracé a mí misma, intentando contener los nervios.

Los hermosos rasgos de Allara se suavizaron al mirarme. Me puso una mano en el brazo y suspiró profundamente.

Dios, debo de tener un aspecto desastroso ahora mismo.

—Todo esto es culpa mía —dijo, para mi sorpresa—. Debería haberte contado la verdad sobre nosotros. Pensé que sería más fácil para todos si no lo hacía. Y ahora te he puesto en peligro. Yo soy quien debería disculparse, Tammy.

—¿Estás herida? —murmuró Reid, acercándose para ponerse al lado de Allara.

—No —dijo Jason, antes de que yo pudiera responder—. Paul solo se dejó llevar un poco, eso es todo.

Todos miramos a Jason. Estaba sentado al pie del árbol contra el que me había tenido acorralada apenas unos momentos antes. Aún tenía la mirada aturdida y no podía mirar a nadie a los ojos.

—¿Qué ha pasado? —exigió saber Allara con voz autoritaria. Reid le pasó un brazo por la cintura y ella se relajó visiblemente, pero su tono seguía siendo firme, y el acero en su mirada no se desvaneció ni un ápice.

Entonces, ¿ella está al mando?

Hmm. Interesante.

—Acabábamos de tomar la curva junto a... a la cascada —dijo Jason con voz entrecortada—. Íbamos por delante de algunos de los otros, solos. Yo iba pisándole los talones a Paul, picándolo un poco, ¿sabes? Buscando la manera de adelantarlo.

Allara asintió y Jason suspiró, pasándose una mano por la cara antes de continuar.

—Entonces vi a Paul girar, solo un poco. Levantó la cabeza, olfateó la brisa y cambió de rumbo de inmediato —Jason tragó saliva—. Entonces la olí... a ella.

Inclinó la cabeza hacia mí, sin mirarme aún a los ojos. Me obligué a no estremecerme.

Me pregunto a qué huelo para ellos. Para él.

¿Atractiva? ¿En plan sexual? ¿O... como la cena?

—Paul salió disparado por el bosque, a toda velocidad —dijo Jason—. Como si el diablo le pisara los talones. Ya sabes cómo se pone a veces. La niebla desciende... solo estaba actuando por instinto. Pero yo sabía que ella... sabía que no estaría a salvo si él la alcanzaba. Así que salí tras él.

A unos metros, alguien gimió débilmente.

Paul.

—Efectivamente, estaba a punto de abalanzarse —dijo Jason. Por una fracción de segundo, no hubo nada más que pura furia en sus ojos. Me alegré de que no pareciera ir dirigida a mí—. Así que me interpuse antes de que pudiera inmovilizarla. Y eso es todo.

Allara guardó silencio durante unos momentos, procesando la información. Intercambió una mirada indescifrable con Reid antes de volverse hacia mí.

—¿Tammy? —su voz era suave—. ¿Pasó algo más?

Sí. Pero no podría explicar qué fue lo que pasó entre Jason y yo. Ni por todo el oro del mundo.

—No —murmuré—. Eso es... eso es todo.

—Puedo llevaros a casa —dijo Reid—. Os habéis llevado un buen susto y probablemente no deberíais conducir.

—Oh, no, no hace falta que...

—Deberíais quedaros —interrumpió Jason. Me volví hacia él, sorprendida de encontrar que me estaba mirando fijamente—. Solo por una noche.

Me había perdido en sus ojos otra vez. Maldición. Nadie que pasara el tiempo suficiente entre esta gente podría confundirlos con humanos normales. Los ojos de Jason ardían incluso en la oscuridad. Emitían su propia luz, de un poder casi hipnótico.

—Por supuesto —me oí decir—. No podría molestarte, Reid. Es tu...

Estaba a punto de decir noche de bodas, pero no era del todo correcto.

Dios, no sabía qué era lo correcto. No tenía ni la más remota idea.

—La noche de vuestra ceremonia de vinculación —terminé con torpeza—. Solo pasa una vez en la vida, ¿no? Estaremos bien aquí hasta mañana. Los demás seguramente ya estén dormidos.

Con suerte, Penny y Mick seguirían inconscientes en el todoterreno hasta mañana.

—Puedes quedarte, por supuesto —sonrió Allara—. Es lo menos que podemos hacer.

Enlazó su brazo con el mío mientras volvíamos entre los árboles. Las luces lejanas del pueblo pronto empezaron a titilar entre la maleza, y el nudo en mi pecho se aflojó ante la perspectiva de una cama caliente.

Había sido uno de los días más largos y confusos de mi vida, y lo único que quería era apoyar la cabeza en una almohada y olvidarme de todo durante unas horas benditas.

—Gracias —le dije a Allara, mirando hacia atrás. Esperaba ver a Reid o a Jason siguiéndonos, pero solo había follaje oscuro.

—No seas tonta —Allara me dedicó una sonrisa extraña—. Me alegra tenerte aquí un poco más —sus palabras eran amistosas, pero miraba a lo lejos, como perdida en sus pensamientos—. Además... no soy la única.

Se me revolvió el estómago al pensar en lo que implicaban sus palabras. Sabía a quién se refería, y no sabía cómo responder.

Quería contarle la verdad sobre lo que había pasado en el bosque. Sabía que podía confiar en ella.

Pero ¿cuál era la verdad? Sinceramente, no lo sabía. Pero una cosa sí era cierta.

A la mañana siguiente, tenía que encontrar a Jason. Necesitábamos hablar.