Lealtad de la manada Jason #2
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Jason #2

Busqué entre el grupo ese par cautivador de ojos color avellana del interior del salón, pero no los encontré por ninguna parte.

No sabía si sentirme aliviada o decepcionada.

El estremecimiento que me había recorrido la columna al cruzar mi mirada con la suya había sido más que un poco desconcertante.

Una voz baja y suave llegó hasta mí desde algún lugar por encima de mi hombro izquierdo.

—¿No te apetece unirte a la fiesta?

Levanté la vista lentamente, y el corazón me dio un vuelco cuando me di cuenta de a quién pertenecía la voz.

Ojos color avellana. Cabello negro. La cantidad justa de barba incipiente.

Dios mío. Me está hablando a mí.

El hombre se había aflojado la corbata y desabrochado los primeros botones de la camisa, dejando entrever su pecho de forma tentadora. No estaba segura de si había buscado deliberadamente resaltar su impresionante físico, pero desde luego estaba surtiendo efecto conmigo.

—Oh, no conozco este baile —dije con cautela, señalando a la masa de asistentes, que ahora se entrelazaban en parejas y hacían girar a sus compañeros de baile con entusiasmo—. Ni ninguno de los bailes, para ser sincera. Me conformo con sentarme aquí y ver cómo se divierten.

Para mi sorpresa, se sentó a mi lado en los escalones. Estaba a una distancia perfectamente respetable, pero aun así me recorrió un escalofrío.

—¿De verdad te conformas con quedarte aquí mirando? No parece ser el caso de tu amiga —dijo el tipo, apoyando los codos en las rodillas de manera despreocupada y señalando hacia Penny.

Efectivamente, ella estaba disfrutando de la música. De vez en cuando perdía un paso o pisaba a alguien, pero se reía y seguía adelante como si nada.

—Esa es Penny —dije, sintiendo la necesidad de explicar—. Tiene una seguridad en sí misma tremenda. Se lo está inventando sobre la marcha, por lo que parece.

—¿Y tú no puedes hacer eso? —me volví para encontrarme con esos ojos devastadores. Me estaba estudiando con una expresión intensa que no lograba descifrar del todo—. ¿Improvisar sobre la marcha?

—Definitivamente no —murmuré, sintiéndome inadecuada como siempre—. La espontaneidad no es precisamente mi fuerte.

—Quizás solo necesitas conocer al hombre adecuado para que te guíe en los pasos —me lanzó una sonrisa engreída. Dios, su sonrisa era tan seductora—. No dejes que la vida pase de largo, Roja. Nunca sabes lo que podría estar esperándote a la vuelta de la esquina.

Roja. Se me encendieron las mejillas al captar la referencia al color de mi pelo.

Qué original.

—Ya probé lo de los hombres y no me fue precisamente bien —solté. Me miró de reojo y suspiré—. Perdona. Mi fe en los tíos no está en su mejor momento.

Chasqueó la lengua y se pasó una mano por el pelo. —Así que ese es tu problema —dijo con voz pausada—. Me lo estaba preguntando. Ahí dentro —señaló con el pulgar hacia las puertas que daban al salón social—. Parecías...

Se quedó a medias. Decidí presionar, notando cómo la irritación crecía a pesar de mí misma. —¿Parecía qué?

—No sé... ¿en conflicto? —me miró fijamente, entornando los ojos—. A lo mejor simplemente odias las ceremonias de unión. Pero hay algo más, ¿verdad? Lo noté con solo mirarte.

Espero que nadie más se haya dado cuenta. Sobre todo Allara y Reid.

Me levanté y me alisé la falda, intentando contener la oleada de vergüenza e irritación que me invadió.

¿Por qué todos los tíos buenos tienen que ser unos imbéciles?

¿Y por qué me estaba hablando a mí, de todas formas?

Un tipo como él podría tener a cualquier mujer que quisiera, seguramente con solo chasquear los dedos o lanzarles una mirada insinuante.

Mujeres con cuerpos espectaculares, mujeres que se reirían de sus chistes, mujeres que no serían demasiado tímidas para levantarse a bailar delante de desconocidos...

Mujeres como Penny. Nunca mujeres como yo.

—No soy un rompecabezas que puedas desmontar para tu propia diversión —conseguí decir, tras una pausa incómoda—. Allara es muy buena amiga mía y estoy encantada de que ella y Reid estén casados... o al menos, unidos.

Me observó con una sonrisa irónica. —Es lo mismo en nuestro mundo. Y nunca dije que no estuvieras contenta por tu amiga.

No se había movido de su sitio, cómodamente repantigado en el escalón. Por alguna razón, esa pose despreocupada y arrogante solo sirvió para enfurecerme más.

—Sí que estoy contenta por ella —dije. Al fin y al cabo, era verdad—. Quería estar aquí con ella el día de su boda. Fin de la historia.

No necesitaba saber nada más. Ya le había dado demasiada munición.

Y desde luego no necesita saber que dio en el clavo sin siquiera intentarlo. Diana. Cincuenta puntos para el imbécil arrogante de los ojos hipnóticos.

—Si te refieres a lo que acaba de pasar ahí dentro —dijo despacio—, puede que no la conozcas tan bien como creías.

¿Qué significa eso siquiera?

Me levanté y empecé a alejarme, sin ganas de aguantar más sus tonterías crípticas.

Tenía un plan a medias de rescatar a Mick, que parecía haberse quedado acorralado contra la mesa del bufé por un par de maridos enfadados. Hice una mueca. Conociendo a Mick, seguro que había estado coqueteando con un montón de mujeres.

Penny seguía por ahí en alguna parte, dándolo todo en la pista de baile.

Intenté concentrarme en mis amigos, logré sacar al tío arrogante de mi cabeza y asumí el papel de cuidadora, que me salía solo.

Vaya, parece que me toca ser la conductora designada. Menos mal que soy responsable.

Lo bastante responsable como para alejarme de tipos con corbatas flojas y sonrisas fáciles, eso seguro.

—No pillé tu nombre —oí desde algún lugar detrás de mí.

Miré por encima del hombro. Otra vez él.

Dudé si ignorarlo, pero la cortesía innata ganó. —Tammy.

Sus ojos color avellana brillaron y, a pesar de mis sentimientos contradictorios, fue como la primera vez que cruzamos miradas. Se me cortó la respiración y el corazón me latió con fuerza.

—Jason —respondió. No alzó la voz en absoluto, pero me llegó igualmente, clara como una campana.

—Encantada de conocerte, Jason.

Dios, estoy perdiendo la cabeza. ¿De verdad acabo de decir eso con ese tono ronco de «ven aquí»?

Cuanto antes salga de aquí y vuelva a la ciudad, mejor.