Lealtad de la manada Tammy #2
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Tammy #2

—¡Me pido al guapo! —susurró entre risitas.

¿Cuál es el guapo?

La verdad era que todos eran igual de atractivos. No sabía a cuál se refería.

Aunque estaban sentados, se notaba que eran inusualmente altos. También eran corpulentos, y la anchura de sus espaldas hacía que las chaquetas les quedaran algo tirantes en los hombros.

Todos tenían una presencia imponente, con mandíbulas marcadas y dientes blancos que complementaban sonrisas fáciles y perfectas. Estaba claro que la vida en el campo les sentaba de maravilla.

Durante un breve instante que me paró el corazón, unos ojos color avellana se cruzaron con los míos.

Se me encendieron las mejillas y aparté la mirada rápidamente, con el corazón desbocado. Me sequé las palmas disimuladamente en la falda y clavé la vista en la invitación que tenía en el regazo.

Dios, qué calor hace aquí.

Me dije que debía de estar equivocada. No había razón para que ninguno de ellos me mirara a mí. Seguramente estaban mirando a Penny, que era guapa y vivaz por naturaleza, y yo simplemente me había interpuesto mientras la repasaban con la mirada.

Estaba demasiado nerviosa para comprobar si tenía razón.

Así que decidí no mirar más hacia allí. Al fin y al cabo, había muchas otras cosas en las que fijarme.

Al frente, un grupo de músicos interpretaba una pieza con un par de enormes tambores.

Aunque desde donde estaba no veía mucho, me intrigaban las trenzas de las mujeres que tocaban y las largas túnicas ondulantes del anciano que presidía el salón.

—Hay un bufé después, ¿verdad? —le murmuró Mick a Penny, quien lo mandó callar cuando la música cesó de golpe y un silencio inquietante llenó la sala.

Las puertas dobles se abrieron con un crujido y un hombre entró por ellas, solo.

Reid… el exnovio de Allara, ahora su prometido. El hombre que nos había invitado hoy para apoyarla.

Apenas lo recordaba de aquellos breves instantes en que apareció en la puerta de nuestro bar oscuro y lleno de humo, después de que Allara le diera un puñetazo a aquel imbécil que intentó ligar conmigo y no aceptaba un no por respuesta.

Solo lo había visto fugazmente aquella noche, pero las dos cosas que más me llamaron la atención fueron su altura y la chaqueta de cuero gastada y curtida que llevaba.

Igual que esos otros chicos al otro lado del pasillo.

Igual que el de los ojos color avellana.

Me obligué a centrar la atención en el novio —si es que así se le llamaba en una ceremonia de unión—.

Iba mucho mejor vestido de lo que recordaba.

Para empezar, llevaba el pelo peinado, y vestía pantalones de vestir y una camisa que resaltaba el color de sus ojos, tan penetrantes como los del chico de ojos color avellana.

Reid avanzó por el pasillo central y se detuvo en la plataforma, justo frente al anciano. El hombre mayor parecía una especie de oficiante religioso, pero no reconocí a qué confesión pertenecía. Sus túnicas no se parecían a ninguna que hubiera visto antes.

Los tambores volvieron a sonar y pronto el sonido llenó toda la sala.

Sentía la vibración bajo los pies y mi cuerpo empezó a moverse sin darme cuenta al compás de la música.

Tardé varios segundos en percatarme, y cuando lo hice, seguí.

Los que nos rodeaban también se balanceaban y golpeaban el suelo con los pies al ritmo.

Las puertas se abrieron de nuevo y Allara entró, acompañada de varias mujeres que también iban elegantísimas, aunque ninguna le llegaba a la suela del zapato.

Mi amiga estaba absolutamente radiante. Su largo cabello oscuro estaba recogido en un elaborado peinado, sujeto en la nuca. Alguien debía de habérselo arreglado, porque la Allara que yo conocía jamás habría tenido paciencia para hacerse algo así.

Su vestido largo era hermoso en su sencillez. El único adorno era el bordado que brillaba en las mangas y el dobladillo.

Cuando pasó junto a nosotros, me di cuenta de que el diseño emulaba el follaje que rodeaba aquel lugar. El bosque también se reflejaba en su tocado: la delicada diadema de plata estaba adornada con piezas de ámbar. Su tono dorado destacaba contra su cabello oscuro y le daba un aire regio.

Cuando llegó junto a Reid, se giró para mirarlo. La expresión de su rostro al verla bastó para que me recorriera un escalofrío de envidia.

Suspiré, preguntándome qué se sentiría si alguien me mirara a mí así.

No era que no me alegrara por Allara. Me alegraba. Muchísimo. Sabía que lo había pasado mal, y parecía que por fin había vuelto a encontrar su lugar en el mundo. Había regresado adonde pertenecía, con los suyos, con su familia.

Y tenía a su lado a aquel chico guapísimo que claramente la adoraba. Saltaba a la vista que haría cualquier cosa por ella.

Los observé mientras se murmuraban sus extraños votos. Sonaban arcanos, casi místicos. Como nada que hubiera oído antes. Él se inclinó hacia ella para susurrarle algo, y vi cómo sus labios se curvaban en una sonrisa mientras lo miraba con adoración.

No podía reprocharle a Allara su felicidad.

Y sin embargo, una pequeña parte de mí se consumía de anhelo.

Los dos eran igual de guapos y se los veía plenamente felices juntos. Dos mitades de un todo perfecto.

La hermosa ceremonia que se desarrollaba ante mí solo exacerbaba mi sensación de soledad.

Estaba convencida hasta lo más hondo de mi ser de que nadie me miraría jamás a mí de esa manera.

Nadie me acariciaría el rostro como si fuera algo precioso e irremplazable para él.

Nadie me besaría como si no pudiera saciarse de mis labios.

Nadie me abrazaría como si no existiera nadie más en la habitación.

El cuerpo esbelto de Allara se amoldó al de Reid. Era tan grácil y femenina, con el vestido cayéndole sobre el cuerpo como agua. No pude evitar preguntarme cómo sería tener su aspecto.

Junto a mujeres como Allara y Penny, siempre me sentía desaliñada y torpe. Sabía que nunca sería menuda como ellas. Mi peso siempre me había acomplejado, pero en momentos como aquel, se hacía más patente que nunca.

Por encima de todo, envidiaba a Allara porque se la veía completamente segura. Le envidiaba la certeza del amor de Reid, aun mientras me alegraba por ella.

Sabía que el hombre al que amaba nunca la abandonaría ni miraría a otra mujer. Sabía que su pareja le correspondía plenamente, y tenía a toda su comunidad allí para celebrar aquel día.

Era una vida que nunca conocería, y tenía la humildad suficiente para admitir que reconocerlo me destrozaba un poco por dentro.

Aun así, mantuve la barbilla en alto, con una amplia sonrisa, y aplaudí con todos los demás cuando Reid y Allara se pusieron de pie con los brazos entrelazados, sonrojados y resplandecientes de felicidad.

Era un día perfecto, y no iba a permitir que mi tristeza lo arruinara para nadie.

Ni hablar.