Tammy
El bosque al otro lado de mi ventanilla se desdibujaba a toda velocidad mientras avanzábamos. El paisaje era impresionante tan lejos de la ciudad, pero no estaba de humor para apreciar la belleza natural que nos rodeaba.
Delante, Mick y Penny charlaban... no, cotilleaban. Solo hablaban de una cosa: el misterioso desconocido con el que Allara se había fugado hacía un par de semanas.
—Solo digo que es una locura que se fuera con él así como así —dijo Penny.
Se giró en su asiento para buscar mi mirada, y asentí sin mucho entusiasmo. Pareció bastarle, porque se volvió hacia Mick y siguió con la conversación.
—Si alguno de mis exnovios apareciera, desde luego no saldría con ellos, eso seguro.
Sus largos pendientes se balanceaban de un lado a otro mientras hablaba. Penny era guapa, menuda y vivaz. Un auténtico torbellino. De vez en cuando había tenido que quitarse de encima a algún que otro tío.
—Qué va —dijo Mick. Podía ver su perfil en el espejo retrovisor, con los labios apretados—. Vi cómo la miraba. Aquello era más profundo que un simple lío del pasado, te lo apuesto.
—Allara dijo que él la dejó a ella —reflexionó Penny—. ¿Qué? —Se rio al ver que Mick enarcaba una ceja—. ¡Vale, escuché un poco a escondidas! Pasaba de medianoche y no había más clientes en el restaurante. No me digas que tú no habrías hecho lo mismo.
Mick se limitó a resoplar y me miró por el espejo.
—Mira el mapa, ¿quieres? Este sitio debe de estar en el quinto pino.
Suspiré, abrí el mapa y lo extendí sobre mis rodillas, recorriendo con el dedo la ruta que habíamos marcado.
De todos los viajes por carretera que había hecho, este tenía que ser el más raro.
Para empezar, la carretera por la que íbamos era estrecha y serpenteante, con empinados terraplenes excavados en la roca a ambos lados.
No aparecía en el mapa, así que básicamente seguíamos una serie de cruces que Reid había dibujado para nosotros, rezando por ir en la dirección correcta.
Estábamos en territorio remoto, y si nos perdíamos, ninguno tenía cobertura en el móvil para pedir ayuda.
Tampoco podía pedirle consejo a Allara, aunque hubiéramos tenido señal.
Reid nos había invitado como sorpresa para ella, así que no sabía que íbamos.
Además, Allara había desaparecido de nuestras vidas prácticamente de la noche a la mañana. Solo sabíamos que estaba bien por una breve nota que le había dejado a Mick, donde decía que se encontraba bien y que tenía que ocuparse de unas cosas en casa. Que solo estaría fuera unos días.
Y por último, en lugar de reaparecer pasados unos días, habíamos recibido una invitación de Reid, su chico guaperas, a su boda en el pueblo natal de Allara. Por aquí, en algún lugar en medio de la nada.
Solo que él no lo llamaba boda. Lo llamaba ceremonia de vinculación.
Tenía que admitir que el término me intrigaba un poco. No me imaginaba a Allara metida en todo ese rollo New Age de sanación con cristales.
—Parece que vamos bien —dije, mirando la carretera que teníamos delante—. Pasamos esa especie de cueva a la izquierda hace un par de kilómetros, ¿no?
—Creo que sí —dijo Penny, sin sonar muy convencida.
Mick y ella retomaron la conversación y yo desconecté, dejando que el sonido de sus voces me arrullara mientras volvía a perderme en mis pensamientos.
A decir verdad, no conocía a Allara desde hacía mucho. Era una buena compañera de trabajo y me encantaba trabajar con ella, pero siempre había sabido que el curro en el bar era solo algo temporal para ella. Una forma de llegar a fin de mes, igual que para mí.
Acababa de terminar la universidad; por fin había completado mi último semestre y conseguido los créditos suficientes para obtener mi título en desarrollo infantil. Allara y Mick me habían dado una sorpresa presentándose en mi ceremonia de graduación, lo cual fue un detalle precioso.
Todos mis amigos y familiares querían saber cuándo empezaría el posgrado para hacerme trabajadora social. Había sido mi objetivo desde que empecé la carrera, y todos lo sabían.
Les di largas a todos y mantuve mis respuestas vagas y evasivas. Ya habría tiempo para eso más adelante. Estaba agotada y, siendo honesta, estaba bien donde estaba. Preparar copas no era precisamente la forma ideal de pasar los fines de semana, pero pagaba las facturas.
Además, tampoco era como si tuviera a alguien con quien pasarlos.
Ya no.
Aparté los pensamientos oscuros y me centré en Allara. Al fin y al cabo, este iba a ser su día.
Sabía que los otros dos también sentían curiosidad por presenciar la misteriosa ceremonia de vinculación. Reid no había descrito realmente lo que pasaría, pero tenía la sensación de que no se parecía a nada que hubiera visto antes. Yo también debería estar emocionada.
Pero no podía quitarme de encima la tristeza tan fácilmente. Había hundido sus garras en mí hacía un mes y no iba a soltarme pronto.
El tiempo lo cura todo.
Ojalá pudiera creerlo, pero el consejo que había escuchado de todos los que me rodeaban era hueco y vacío. Estaba sola, y eso era innegable. No había forma de llenar mi vida de luz y color. Los años se extendían ante mí, áridos como un desierto.
Daba igual cómo lo mirara: el dolor seguía siendo tan profundo como aquella noche.
La noche que lo había cambiado todo y había puesto mi mundo patas arriba.
Ya nada tenía sentido. No sabía cuándo las cosas volverían a su sitio, cuándo las piezas de mi vida encajarían de nuevo como antes.
En el fondo, sospechaba que nunca lo harían.
Era mediodía cuando enfilamos el estrecho camino y llegamos al pueblo natal de Allara.
Había camionetas aparcadas a un lado de la carretera, con los guardabarros cubiertos de barro. No habíamos visto señales de vida desde que salimos de la autopista, así que fue un alivio encontrar indicios de civilización tan adentrados en el bosque.
Los árboles eran tal como Allara los había descrito las pocas veces que habló de su hogar.
Sus troncos eran gruesos; algunos más anchos que nuestro coche, y tan altos que tuve que echar la cabeza hacia atrás para ver las copas.
Las ramas se elevaban tanto que parecían sostener el cielo sobre nosotros.
Mick aparcó en un pequeño claro de hierba lleno de motos de cross y otros coches, y apagó el motor. Nuestra llegada no había pasado desapercibida. Varias personas nos observaban desde fuera de una casa cercana, y bastantes se habían quedado parados en seco.
Algunos niños nos miraban con curiosidad, intentando vernos mejor. Saludé con la mano a una niña pequeña con el pelo largo y trenzado, y ella me sonrió antes de esconder la cara en la falda de su madre.
—Bueno —dijo Penny, segura de sí misma como siempre—. Supongo que deberíamos averiguar adónde ir. No queremos perdernos la diversión.
Dicho esto, abrió la puerta y salió por el lado del copiloto, aterrizando con delicadeza de puntillas para que los tacones no se le hundieran en la hierba.
Yo había optado por unos zapatos planos sencillos para la ocasión, tal como sugería la invitación. El suelo estaba firme bajo los pies, y al inhalar, la primera bocanada de aire fresco del bosque me despejó la cabeza, dejándome una calma que no había sentido en semanas.
—Estamos aquí para la... eh... ¿ceremonia de unión? —oí que Mick le decía a alguien que había cerca.
—Tenemos nuestra invitación —añadió Penny, ofreciéndole al desconocido una tarjeta idéntica a la que yo había recibido—. ¿Por dónde queda el ayuntamiento, por favor?
—Salón social —la corrigió un hombre con tono brusco. Tenía los ojos entrecerrados y estaba encorvado, con las manos en los bolsillos. Otro hombre se acercó y le puso una mano en el brazo. El primero retrocedió de inmediato.
Qué raro.
—Disculpadlo —se dirigió a nosotros el segundo hombre con una sonrisa cálida, y nos acercamos al rostro amigable. Nos estrechó la mano a cada uno mientras hablaba—. Soy Terry. El salón está justo por aquí. Os acompaño, que iba para allá de todos modos.
—Gracias —sonrió Penny mientras caminábamos a su lado—. No somos precisamente de por aquí.
Terry echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.
—¡No me digas! Aquí todos nos conocemos; así son las cosas. A algunos no les gustan las caras nuevas, pero ya se les pasará.
—Somos amigos de Allara —explicó Mick—. ¿De la ciudad?
Algo brilló fugaz en los ojos de Terry, pero aparte de eso, su expresión no cambió.
—Claro, por supuesto. Nuestra Allara siempre ha sido muy aventurera.
Le encantan las experiencias nuevas, conocer todo tipo de gente.
Aquí estamos —señaló un edificio, algo más grande que los de alrededor, con un tejado bajo a dos aguas—.
Este es el salón social. El centro de nuestra pequeña comunidad.
Subimos los escalones y nos encontramos en una sala con un techo abovedado hecho de troncos cortados toscamente, algunos enormes. Del techo colgaba una lámpara hecha de astas, y los bancos de madera estaban bellamente tallados con salmones saltando, pumas al acecho y águilas en pleno vuelo.
Era rústico, pero hermoso. Como estar en casa.
Lo cual era, lo admito, una sensación extraña para mí. Nunca había estado en un lugar así. Desde luego, no se parecía en nada a lo que siempre había considerado mi hogar.
La sala ya estaba abarrotada. Prácticamente todo el pueblo debía de estar allí.
Nos miramos y, sin necesidad de palabras, elegimos un banco al fondo de la sala y nos sentamos.
—Oye —murmuró Penny, acercándose a mí—. Mira qué bombones.
Miré hacia donde señalaba.
Al otro lado del pasillo había un grupo de chicos jóvenes, desparramados en los bancos de atrás y charlando con desgana entre ellos.
A pesar de su actitud despreocupada, había algo alerta en la forma en que no dejaban de mirar hacia las puertas de entrada, como si estuvieran vigilando lo que ocurría.
Casi como si estuvieran custodiando el lugar.
Pero... ¿de qué?
Al fin y al cabo, era una boda. ¿Esperaban que alguien montara un numerito?
No me dio tiempo a preguntarme qué pasaba antes de que Penny me diera un codazo en el costado.