Lealtad de la manada Capítulo 13
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Capítulo 13

Reid

Pero Rachel se limitó a poner una manta tejida en mis brazos y darme un suave empujón.

—Ve con ella.

Le dediqué una sonrisa de disculpa y murmuré un gracias. Le agradecía su previsión, aunque cada célula de mi cuerpo me gritaba que fuera con Allara ahora mismo.

Levanté la manta.

—Trajiste esto para ella. ¿Sabías que iba a ganar?

—Tenía un presentimiento.

Me dio unas palmaditas en el brazo con una sonrisa cariñosa.

—Ahora ve.

Sin pensarlo, recogí del suelo la chaqueta de cuero de Allara, de donde la había dejado caer, y caminé hacia el claro. No pude evitar echar a trotar los últimos metros hasta llegar a su figura agachada. Había vuelto a su forma humana y estaba desnuda.

Me daba la espalda, y aun desde donde me acercaba podía notar que jadeaba con fuerza.

—Allara.

Parecía no oírme.

—Allara —repetí, con la voz más tranquilizadora que pude—. Estoy aquí.

Entonces giró la cabeza, pero apenas. Si estuviera en forma de loba, seguramente tendría las orejas moviéndose de un lado a otro.

Me moví despacio y le coloqué la manta sobre los hombros, cubriéndole la piel desnuda. Al cabo de un momento, levantó las manos y se envolvió en ella.

Entonces se puso de pie, dejando ver a su adversario caído. Jaime yacía despatarrado a sus pies, mirándola con expresión de odio. El anciano había declarado ganadora a Allara. Ya no había forma de que Jaime ganara la pelea, ni aunque hiciera trampa y la atacara a traición, estando en forma humana.

Toda la manada lo repudiaría, y yo lo mataría.

Allara se acomodó la manta para que le cayera bien sobre los hombros. Sus movimientos gráciles hacían que pareciera llevar un vestido de coronación en lugar de una vieja manta de lana.

—La manada lo ha declarado —dije en voz baja—. De una vez por todas. Eres su Alfa, Allara.

Por fin me miró. Le brillaban los ojos azules. Nunca la había visto tan hermosa.

—¿No te digo siempre que confíes en mí? —dijo, regalándome una suave sonrisa.

Me reí entre dientes.

—Quizá debería empezar a hacerte caso.

Se acercó más a mí y apoyó la frente contra la mía, suspirando. El sol brillaba entre los árboles y el viento me inundaba los sentidos con su aroma embriagador. Era un momento perfecto.

Bueno, lo habría sido, de no ser porque…

Me aparté y le pasé el pulgar por la sien, gruñendo al encontrar sangre.

—Te ha hecho daño.

Su rostro se ensombreció y bajó la mirada hacia la figura silenciosa tendida a nuestros pies.

—Parece peor de lo que es —dijo, llevándose la mano a un lado de la cabeza con cuidado—. Reid… esta no es tu pelea.

—Tu pelea es mi pelea —respondí sin más.

Jaime me miró con desprecio y un destello plateado le brilló en los ojos. Tuve que apartar la mirada antes de hacer alguna estupidez.

Allara tiró de la chaqueta que yo tenía en las manos, distrayéndome.

—Has traído mi chaqueta —dijo, riéndose.

Era un poco absurdo, dada la situación. Pero me parecía bien que la tuviera mientras se enfrentaba a la manada por primera vez como su líder.

Con cuidado de no zarandearla, le coloqué la chaqueta sobre la manta y le aparté del rostro los mechones de pelo sueltos.

Ahora que el corazón me había dejado de latir desbocado, reparé en cada rasguño y moretón de su piel.

Los tenía esparcidos por toda la cara y la mandíbula, y le bajaban por las clavículas hasta la parte del pecho que quedaba al descubierto.

Mi mirada se deslizó hacia el monstruo que tenía a los pies.

—Reid —dijo con firmeza. Mis ojos volvieron a encontrarse con los suyos—. Es mi decisión.

Incliné la cabeza.

—Sí, Alfa.

El calor de mi mirada contrastaba con mi tono deferente, pero no fui capaz de cambiarlo.

Si yo estuviera en su lugar, mataría a Jaime sin remordimiento.

Ya había hecho bastante daño, a nosotros y a la manada, y si se salía con la suya, haría todavía más, destruyendo a cualquiera que osara interponerse en su camino.

No haría falta mucho. Ya había vuelto a su forma humana y estaba al borde del precipicio, la viva imagen de la sumisión. Un empujón y desaparecería de nuestras vidas para siempre.

Allara parecía estar dándole vueltas a lo mismo. Alzó la vista al cielo y cerró los ojos, quedándose perfectamente inmóvil durante lo que pareció una eternidad.

Luego los abrió.

—No —se volvió hacia mí, y supe que había tomado una decisión—. Jaime vivirá.

Negué con la cabeza, preparándome para rebatirla con todo lo que tenía.

—Era una pelea a muerte. Tienes que hacerlo.

—No pienso hacerlo.

Tropezó un poco y se llevó la mano al costado con un gemido.

Me lancé hacia delante para sujetarla, pero se negó a apoyarse en mí. Tan terca.

—No puedo permitir que mi primer acto como Alfa de nuestra manada sea derramar sangre, Reid.

—Allara...

—Lo sabía —escupió Jaime—. No tiene agallas para esto. Igual que su querido papá.

Se recostó sobre los codos y nos fulminó con la mirada. Me hervía la sangre, pero sabía lo que aquella derrota significaba para él. Algunos lo consideraban un destino peor que la muerte. Humillado delante de todos.

Se oían murmullos a nuestras espaldas, y al levantar la vista descubrí que el resto de la manada se había acercado. Permanecían agrupados a unos pasos de distancia, observando y esperando.

—James Fletcher —Allara alzó la voz para que todos pudieran oírla—. Como vencedora, yo decido tu castigo.

Lo miró con frialdad y porte regio.

—No te mataré. Te destierro de esta manada. Desde hoy hasta el día de tu muerte, no podrás regresar aquí. Cuando mueras, tus huesos no descansarán junto a los de tus ancestros.

Eché un vistazo a la manada, preguntándome qué pensarían de todo aquello. ¿Estarían aliviados por el resultado de la batalla o enfurecidos?

Era imposible saberlo. Solo me llamó la atención el rostro de Terry; estaba blanco como la cera.

Un largo silencio siguió a las palabras de Allara.

Lentamente, Jaime se puso de pie con un gruñido de dolor. Sentí cierta satisfacción al ver que Allara le había dado su merecido. Para llevar tanto tiempo sin transformarse, le había dado una buena paliza.

Se irguió y la miró directamente a la cara. No mostraba la menor deferencia hacia su estatus. Tenía los ojos fríos como el hielo.

—Te arrepentirás de tu debilidad —dijo en una voz baja que temblaba de rabia—. Muy pronto. Te lo prometo. Tú y tu compañero mestizo.

Un gruñido brotó de mi garganta. Allara entrelazó su brazo con el mío y me alejó de Jaime, que quedó solo al borde del precipicio.

—Déjalo —murmuró—. Sabe que se acabó.

Sin apartar la mirada, Jaime nos rodeó y retrocedió con las manos en alto en un gesto burlón de inocencia.

Al llegar al borde del claro, se detuvo, se volvió y gritó:

—Cuando llegue el momento y estéis todos hartos de esta niñata y su chucho, no os preocupéis. Estaré ahí para ocupar su lugar. ¡Ella os dio la espalda, pero yo jamás lo haré!

Sin esperar respuesta, echó a correr y desapareció entre la maleza.

Me quedé mirando el punto entre los árboles donde había desaparecido, conteniendo el impulso de seguirlo y acabar con él. Sabía que sus amenazas no eran vanas; no sería la última vez que viéramos a Jaime.

Allara entrelazó sus dedos con los míos, y sonreí al ocurrírseme algo.

Puede que tuviéramos que andarnos con cuidado, pero él también. Allara era de armas tomar. Y me tendría a su lado de ahora en adelante.

Al recorrer la multitud con la mirada, noté que Jason observaba a Allara con expresión indescifrable. Apartó la vista cuando nuestras miradas se cruzaron.

Kara le murmuró algo al oído y él asintió.

Paul estaba a su lado, con aspecto desolado. Me dije que no significaba nada. Al fin y al cabo, acababa de perder a su mejor amigo.

Terry me preocupaba mucho más.

Permanecía algo apartado de los demás, con la mirada perdida en el valle y el rostro inexpresivo.

Como Beta del antiguo líder de la manada, siempre tendría un lugar en el consejo y la atención de todos.

No era la primera vez que me preguntaba si habría sabido de los planes de Jaime. Siempre había sido un hombre reflexivo, todo lo contrario que su impulsivo hijo.

Terry había sido consejero del padre de Allara durante décadas. Esperaba fervientemente que comprendiera la situación en la que la habían puesto.

Entonces comprendí la lógica de perdonarle la vida a Jaime, y también la compasión. La nueva Alfa de la manada se habría ganado un enemigo poderoso si hubiera matado al hijo de Terry.

Rachel me sonrió con alivio y esperanza en los ojos, y le devolví la sonrisa. Le debía tanto. No tenía nada cuando me acogió...

Nada que mereciera la pena conservar, al menos.

—Parece que al final se cumplió tu deseo —Allara tiró de mi mano y la miré.

—¿Cuál?

A pesar del cansancio y las heridas, su rostro resplandecía.

—Te has quedado atrapado conmigo. Ya no puedo volver a la ciudad, ¿verdad?

Dejándome llevar por el impulso, la levanté en brazos. Soltó un grito de sorpresa antes de echarse a reír.

—Seguro que encontramos algo que puedas hacer aquí —respondí, hundiendo el rostro en su pelo y besándole la cabeza antes de dejarla en el suelo con cuidado—. Alfa Bane.

Me dedicó una sonrisa pícara.

—A tu servicio.