Lealtad de la manada Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

Jaime mantenía a Allara en el suelo, justo en el borde mismo del saliente. Un movimiento en falso y la haría caer hacia las rocas dentadas de abajo.

Allara emitió un suave gemido. Aunque la sangre aún me hervía y sentía que estaba a punto de explotar, aquel sonido hizo que un recuerdo centelleara en el fondo de mi mente.

«Allara no suena así».

Aunque el pánico me inundaba el cuerpo, contuve la respiración unos segundos y pensé en aquel sonido.

Había luchado con ella cientos de veces. Cuando estábamos enfadados el uno con el otro, cuando queríamos resolver una discusión, cuando estábamos felices, tristes, aburridos, o por cualquier razón.

Nunca la había oído gemir así.

Excepto... una vez.

Había sido hacía años, cuando éramos adolescentes y nos escapábamos de las largas y aburridas reuniones de la manada para ir a entrenar al bosque durante horas.

Me levanté de un salto tras volver a la forma humana y pateé el polvo con mal humor, con la mirada perdida en la nada mientras Allara recogía una manta y se envolvía en ella, muerta de risa.

—¡Pareces tan enfadado! —dijo ella, encantada.

—Sí —dije, con tono beligerante—. ¡Me engañaste!

—¡No es verdad!

—¡Sí lo hiciste! —Agarré los vaqueros y me los subí rápidamente. La conversación sería mucho más embarazosa si los dos seguíamos desnudos—. Fingiste que tenías miedo. Me hiciste dudar. Si no, te habría inmovilizado.

—Bueno... —Se rio al ver mi cara—. Funcionó, ¿no?

Refunfuñé, la tomé de la mano y la atraje hacia mí.

—No seré tan idiota la próxima vez.

—Quizás no me subestimes la próxima vez —me dio un golpecito en la oreja con la punta del dedo, y no pude evitar sonreírle. Le rodeé los hombros con el brazo mientras volvíamos por el bosque hacia el pueblo.

Mi visión se aclaró.

Jaime no estaba jugando con Allara.

Allara estaba jugando con Jaime.

Estaba haciendo exactamente lo que debía: aprovecharse de su arrogancia, de su chulería. Sabía que él quería dar un gran espectáculo para la manada y eliminar a su competencia con una demostración pública de dominio.

Sabía que él daría por segura su victoria en cuanto ella pareciera ceder.

Aunque estaba concentrado en lo que sucedía aquí y ahora, parte de mí reconsideró nuestra pelea en la ciudad.

¿También había salido como ella quería?

Pensé en lo que había sucedido después de que la inmovilicé. Quizás, después de todo eso... ella había querido mi victoria tanto como yo.

Quizás había querido volver a casa, pero había sido demasiado terca para admitirlo en voz alta.

Sentí una ligereza en el corazón. Quería volver. Conmigo.

Entonces entrecerré los ojos y los observé. Nada estaba garantizado. Ella todavía corría un gran peligro.

Después de todo, aún no había terminado.

Me calmé lo suficiente para no transformarme en lobo, pero ver a Allara tan cerca del borde del precipicio todavía me tenía al borde del pánico.

Me había dicho que confiara en ella.

Y confiaba, hasta la médula.

Jaime todavía tenía a Allara inmovilizada en el suelo. Una pata le descansaba sobre el pecho, como si no le mereciera la pena sujetarla del todo. Se le irguieron las orejas y paseó la mirada por la manada, contemplando la escena.

Dejando que todos contemplaran su superioridad.

La hija del Alfa... derrotada. A punto de ser silenciada para siempre, junto con cualquier recuerdo del legado de su padre.

Con un movimiento tan rápido que todos los presentes dejaron escapar un grito colectivo, Allara se escabulló de debajo de la pata que la sujetaba y saltó. El movimiento le barrió las patas delanteras a Jaime, que soltó un gañido de sorpresa.

Se tambaleó un momento, pillado a contrapié, antes de caer de lado y forcejear. No conseguía agarrarse y fue resbalando hacia el borde rocoso del barranco.

Antes de que pudiera caer, Allara le clavó las patas delanteras contra el suelo, sujetándolo con firmeza.

Para que no cayera al vacío, comprendí. Igual que todos los presentes.

Un silencio se apoderó de la manada.

Entonces, en medio del silencio, Allara echó la cabeza hacia atrás y aulló.

El sonido reverberó por el bosque y me recorrió la columna como un escalofrío. Los rostros de quienes me rodeaban estaban tensos.

El único que permanecía sereno era el Anciano Mason, cerca del centro de la multitud, observando la escena con su mirada nublada, medio ciega.

—Así está decretado —declaró con su extraña voz. Se deslizó hasta el frente de la multitud; su bastón resonaba contra el suelo a cada paso—. La hija del Alfa ocupará su lugar como legítima heredera.

Un escalofrío recorrió la manada mientras asimilaban el resultado de la pelea. Entonces, moviéndose al unísono, cada miembro del consejo bajó la mirada al suelo y levantó la mano derecha, colocándola sobre el corazón.

—¡Allara Bane! —gritaron, y las manos volaron hacia arriba como si ofrecieran su nombre al cielo.

Toc. Toc. El bastón de madera golpeó el suelo.

Estaba hecho.

Allara era la nueva Alfa.

Su nombre resonó entre los árboles una vez más mientras la manada la proclamaba su líder legítima.

Me lancé hacia ella, pero Rachel extendió una mano y me detuvo en seco.

—Espera.

Me volví hacia ella con un pequeño gruñido. Había esperado lo suficiente.

¿Y ahora qué?