Capítulo 12
Reid
Esa noche volvimos a dormir en casa de su padre, aunque lo de dormir es un decir, al menos en mi caso. Apenas pude pegar ojo, por mucho que lo intentara.
Me quedé tumbado con los brazos alrededor de Allara, viendo cómo el amanecer se asomaba por el horizonte mientras escuchaba a los pájaros revolotear entre los árboles.
Cientos de pensamientos se agolpaban en mi cabeza.
No podía quitarme de encima el temor constante de que Allara resultara herida.
No me permitía contemplar la posibilidad de perderla.
Para siempre esta vez.
Tenía un resquicio de esperanza a mi favor.
Sabía que si Allara se enfrentaba a la muerte a manos de Jaime, podría intervenir y ofrecerme como su campeón. Yo me enfrentaría a la ejecución, y ella estaría a salvo.
Puede que no fuera el resultado ideal para ella, pero era mucho mejor que la alternativa.
Ella nunca aceptaría la idea si se la planteaba antes de la batalla. En su mente, tenía que ser ella quien venciera a Jaime en su desafío, para que la manada la aceptara como líder.
Entendía la situación en la que se encontraba, pero eso no significaba que tuviera que gustarme. Y desde luego no iba a aceptar su muerte bajo ningún concepto.
Murmuró algo en sueños y mis brazos se tensaron alrededor de su cuerpo.
Era tan fuerte, tan decidida a hacer lo correcto.
Pero la realidad era que llevaba tiempo sin transformarse.
Por muy rápida e inteligente que fuera, Jaime tenía años de entrenamiento a sus espaldas, una crueldad sin límites y algo que demostrar.
Y si llegaba el momento, iría gustoso a la muerte con tal de protegerla.
Para cualquiera que la observara desde fuera, probablemente parecería segura de sí misma, incluso relajada.
Yo la conocía demasiado bien. Mientras se preparaba, le temblaban ligeramente las manos al recogerse el largo cabello en una trenza, y tardó demasiado en decidir qué ponerse, sacando cada prenda que había traído consigo y todo lo que había dejado atrás, y extendiéndolo sobre la cama.
Nunca había sido de vestidos elegantes. Como yo, solía ir sencilla: camisetas básicas y vaqueros gastados, rematados con botas de combate. Perfectas para caminar por el terreno accidentado del bosque.
—¿Qué más da? —dije—. Vas a estar en forma de lobo, a nadie le va a importar lo que lleves puesto antes.
Me lanzó una mirada con el ceño fruncido.
—Importa, ¿vale? ¡No puedo salir ahí pareciendo la misma Allie de siempre! Si estoy destinada a ser la Alfa, Reid, tengo que estar a la altura.
Levanté las manos en señal de rendición.
—¡Vale, vale! Tú mandas.
—Tengo que salir ahí como si… como si ya supiera quién soy.
Irguió la cabeza y se estiró los hombros.
Para mí, daba igual lo que llevara puesto. Ser Alfa era algo innato, no dependía de nada externo. Allara ya era una Alfa a mis ojos.
Al final, se decidió por unas botas hasta media pantorrilla sobre los vaqueros y su jersey favorito. Su mirada se posó en su vieja chaqueta de cuero, que llevaba colgada en la parte de atrás de la puerta de su dormitorio desde que yo tenía memoria.
Su dormitorio estaba exactamente como lo había dejado. Su padre no había movido nada. No estaba seguro de cómo se sentía Allara al respecto. Cuando lo vio por primera vez, se quedó parada en el umbral durante un buen rato. Se le humedecieron los ojos, pero no dijo nada.
—¿Reid? —dijo, sacándome de mi ensimismamiento.
Se acercó a la puerta, descolgó la chaqueta y me la trajo para enseñármela.
De cerca, me di cuenta de que era una chaqueta vieja mía.
Me la había robado hacía toda una vida.
A mí me había quedado pequeña hacía mucho, pero a ella le sentaba perfecta. El cuello estaba torcido y los codos habían sido remendados en innumerables ocasiones. Me recordaba a tiempos más felices, cuando nuestro único problema era que no nos pillaran escapándonos al bosque por la noche.
Se puso la chaqueta, se ajustó la trenza y me miró. La imagen cambió: de repente, ya no era la adolescente despreocupada que había conocido.
Era una mujer.
Una Alfa fuerte.
«Es mía», pensé, y reprimí a mi lobo interior antes de que pudiera emerger. No era el momento ni el lugar para reclamarla.
Hasta ese momento, no me había dado cuenta de lo desconectada que había estado de la manada cuando volvió a nosotros con su atuendo de ciudad. De lo incómoda que había parecido con su rígida ropa de funeral.
Ahora sí sentía que volvía a formar parte de la manada. La chaqueta de cuero desgastada, con sus herrajes tintineantes, era toda la armadura que necesitaba para la batalla.
—¿Qué te parece?
Me miró desafiante, con las comisuras de los labios curvándose hacia arriba.
—Perfecta —dije—. ¿Lista?
Asintió.
—Vamos allá.
Como Jaime había sido quien retó a Allara, fue él quien eligió el escenario para la pelea.
Había elegido un claro a cosa de un kilómetro y medio del pueblo, rodeado de árboles frondosos a un lado y un saliente rocoso que se precipitaba hacia el barranco por el otro.
Hice todo lo posible por disimular mi irritación.
Típico de Jaime ponerse tan dramático.
Era un teatrero de la peor calaña, y estaba claro que quería darle a la manada algo que recordar.
Quería derrotar al último símbolo del antiguo linaje. Quería ser el héroe de una historia que se contaría alrededor de innumerables fogatas durante años.
Toda la manada se congregó en el linde del bosque, lista para presenciar el combate.
Ya no podía ver a Allara; había saludado a todos con serena confianza al llegar, y después se había alejado, seguramente para prepararse mentalmente para lo que estaba por ocurrir.
Había algunos árboles antiguos arrancados de raíz que hacían las veces de bancos, y varios huecos en la roca donde los ancianos se habían acomodado, susurrando entre sí. Al mirar más de cerca, me di cuenta de que esos espacios tallados eran artificiales.
Alguien se había molestado en tallar asientos, como si el lugar ya se hubiera usado antes para reuniones.
Batallas, supuse. O... rituales. Recorrí con los dedos las hendiduras de la roca, y se me erizó el vello de la nuca.
Sentí un roce ligero en el hombro, acompañado de una voz suave y familiar.
—Este lugar es famoso —dijo Rachel—. Aquí se habrán resuelto cientos de disputas. Existe desde antes de la época del abuelo de Allara.
Me obligué a aparentar calma. Me volví y le dediqué una sonrisa forzada.
—Demasiado teatral para mi gusto —dije.
Se rio por lo bajo y me envolvió en un abrazo. La estreché con fuerza mientras me susurraba al oído con voz baja y urgente.
—Allie te necesita. Ve con ella.
Se apartó y me examinó, sacudiéndome los hombros de la chaqueta.
—Pase lo que pase ahí fuera... mantén la calma, ¿de acuerdo? Prométemelo, Reid.
La miré. Aunque apenas me llegaba al pecho, siempre había tenido el don de hacerme sentir como el niño que un día apareció en la puerta de la manada con lo puesto.
Hacía ya toda una vida de aquello. Pero, en muchos sentidos, era la única madre que había conocido.
Incapaz de sostenerle la mirada, aparté la vista.
—Sabes que no puedo prometerte eso. Si está en peligro...
Por el rabillo del ojo, vi cómo la tristeza le inundaba el rostro. Cuando habló, lo hizo con comprensión.
—Lo sé.
Me posó la mano en la mejilla con un suspiro.
—Harías cualquier cosa por ella. Pero tenía que preguntártelo. Estoy orgullosa de ti, Reid. Pase lo que pase, recuérdalo.
Asentí.
—Gracias por todo, Rachel.
Me alejé de ella con un peso en el pecho y caminé entre los árboles en la dirección que Rachel había señalado, hasta dar con Allara.
Estaba sentada sobre una roca, con la mirada perdida. No debió de oírme llegar, porque cuando alzó la vista, su expresión era de sorpresa.
Me arrodillé frente a ella y le tomé el rostro entre las manos, clavando mis ojos en los suyos.
—Puedes con esto —dije, más para convencerme a mí mismo que a ella.
—Jaime tiene ventaja.
Bajó la cabeza. La trenza se balanceó hacia mí y tiré de ella con suavidad.
—Es fuerte. Está preparado para esto.
—Es arrogante. Cree que lo tiene en el bolsillo.
Le tendí la mano para ayudarla a levantarse.
—Puedes usar esa arrogancia y volverla en su contra. Además, eres más rápida que él. Eres más lista. Recuerda todo eso, Allie.
Asintió, pero la duda aún titilaba en sus ojos. Se me heló el pecho.
No puede dudar de sí misma. No ahora.
Yo podía luchar en su lugar, pero ella era capaz de plantarle cara a Jaime, al menos durante un rato.
Tenía que hacerlo.
—Reid.
Sonrió con dulzura.
—Yo...
Antes de que pudiera terminar, un aullido rasgó el bosque. Una bandada de pájaros alzó el vuelo desde un árbol cercano, con el aleteo agitando la maleza.
—Lo sé.
Le besé la frente por última vez.
—Lo sé. Yo también.
No era momento de volver a declararnos nuestro amor, ni de desear que las cosas fueran distintas. Tenía que concentrarse.
Asintió, alzó la barbilla y se alejó de mí.
Sin apartar los ojos de los míos, se quitó la chaqueta de cuero y la dejó sobre un tronco cercano. Después el jersey, luego las botas y los vaqueros.
Finalmente, quedó desnuda ante mí. Enmarcada así por la vegetación, parecía etérea, como una diosa del bosque.
—Creo en ti, Alfa —dije, y en ese momento me invadió la esperanza.
Podía hacerlo. Podía salvar a nuestra manada.
Sus ojos destellaron plateados y todo mi cuerpo se estremeció. Tuve que retroceder antes de transformarme en lobo junto a ella.
Todavía no.
Sin saber muy bien por qué, recogí su chaqueta y la estreché contra el pecho.
Me lanzó una última mirada indescifrable antes de darse la vuelta y adentrarse entre los árboles. La seguí por el bosque, de vuelta al claro donde Jaime y los demás esperaban.
Froté el viejo cuero entre los dedos. Era una tontería, pero quería tener algo suyo a lo que aferrarme mientras me veía obligado a observar...
No. Ni lo pienses.
Allara sobreviviría.
Confiaba en ella, y confiaba en mí para apoyarla.
Haría lo que hiciera falta para asegurarme de que sobreviviera.
La alternativa era impensable.
Rachel estaba en el límite del grupo. Cuando me acerqué, me hizo señas para que me pusiera a su lado.