Lealtad de la manada Allara
18%

Allara

Miré a Reid, sin atreverme apenas a creer que habíamos vuelto a este lugar, donde todo era posible. Donde quizá tendríamos nuestra segunda oportunidad.

Tenía las manos cálidas sobre mi rostro. La mirada que me lanzó era ardiente, y me calentó hasta la punta de los pies.

Giré ligeramente la cabeza hacia un lado, deslicé la mano para cubrir la suya y le besé la palma con suavidad.

—Salgamos de aquí —suspiró.

Arqueé una ceja, y él añadió:

—Solo un rato. No para siempre.

Se me dibujó una sonrisa en el rostro al captar lo que quería decir. Nuestro lugar especial.

Mi loba emergió, lista para liberarse.

Con una sonrisa seductora, me escabullí de sus brazos y me dirigí hacia la puerta trasera de la cocina. La abrí y salí descalza a la luz del sol.

Agarrada al marco de la puerta, arqueé una ceja con aire desafiante.

—¿Echamos una carrera?

Durante un segundo, se quedó allí plantado en la cocina, mirándome fijamente, como si no pudiera creer lo que veía. Al cabo de un momento, frunció el ceño, su expresión se ensombreció y un nuevo tipo de hambre asomó a su mirada.

Bastó para que se me encendieran las mejillas y un rubor me trepara desde el cuello.

Sin previo aviso, soltó un gruñido juguetón y se lanzó tras de mí.

Había momentos en que sus cualidades lobinas afloraban sin más, incluso en forma humana. Siempre me había parecido particularmente salvaje, incluso comparado con otros de nuestra especie.

Sus cualidades indómitas me aceleraban el pulso y llamaban a la cambiante que había en mí.

El corazón me latía en el pecho como un pájaro atrapado mientras echaba a correr entre los árboles, con sus pisadas resonando a mi alrededor.

Mientras corría, me quité el sombrío vestido negro y lo dejé caer al suelo del bosque, antes de sacudirme la melena suelta sobre los hombros. Jadeaba mientras la adrenalina empezaba a inundarme.

Esto era la libertad. Y hacía tanto tiempo que no la saboreaba.

Me transformé en loba.

A diferencia del otro día, esta vez el cambio fue tan fácil como respirar. A cuatro patas podía correr mucho más rápido que a dos, y salté por los aires con la pura exaltación de la persecución.

A pesar de todo, qué bien se sentía estar de vuelta.

En casa.

Parecía haber pasado una eternidad desde la última vez que había sentido el sol en la espalda así, o había tenido tiempo de pararme a escuchar los sonidos de la naturaleza a mi alrededor.

Para una loba, la vida en la ciudad podía resultar abrumadora.

Los primeros meses habían sido un infierno. Cada alarma de coche, cada sirena de policía, cada pelea de borrachos bajo la ventana de mi dormitorio me sobresaltaba, y mis sentidos hipersensibles se alteraban tanto que apenas dormía.

Pero me había acostumbrado.

Al final, había conseguido guardar mis recuerdos del bosque —recuerdos de este lugar— en la misma caja profundamente enterrada en mi mente donde guardaba todo lo demás que dolía demasiado recordar.

Mientras corría, oí a un ciervo masticando el follaje a casi un kilómetro de distancia.

En algún lugar cercano, un pájaro carpintero martilleaba la corteza de un árbol.

Llegaban voces distantes desde el pueblo.

El velorio de mi padre aún no había terminado, aunque la mayoría de la tribu se había trasladado a la casa de reuniones.

Notaba la presencia de Reid en algún lugar justo detrás de mi hombro derecho. Me estaba alcanzando, y rápido.

Siempre había sido más pequeña y ágil que él.

Hoy aproveché esa ventaja: me agaché bajo una rama caída, serpenteé entre espacios estrechos y me alejé a toda velocidad antes de que pudiera atraparme.

Nuestro destino brillaba entre los árboles más adelante, y una oleada de anticipación me recorrió. Aceleré el paso.

Atravesé la línea de árboles al borde del lago y me zambullí sin dudarlo.

El agua estaba agradablemente fría, y nadé hacia las profundidades, admirando los destellos plateados de los peces que se deslizaban entre los juncos oscuros a mi alrededor.

Reid se lanzó al agua tras de mí.

Su zambullida fue bastante menos elegante que la mía. Los peces que quedaban huyeron despavoridos mientras las ondas expansivas se propagaban por el agua a nuestro alrededor.

Cuando salí a la superficie y emergí a la luz del sol, me di cuenta de que había vuelto a transformarme en humana.

La transición había sido tan fluida, tan natural, que ni siquiera me había dado cuenta.

Solté una carcajada cuando Reid me siguió: emergió de las profundidades aún en forma de lobo, se sacudió el pelaje y se convirtió en hombre de nuevo ante mis ojos.

Sonreía de oreja a oreja.

—Tramposa —se rio—. ¡Habría ganado si no hubieras cogido ese atajo!

—Si eso es lo que necesitas creer.

Le salpiqué juguetona, y chillé cuando me devolvió la salpicadura. Me agarró por la cintura y me hundió bajo el agua.

Me retorcí para escapar y volví a la superficie, jadeando y escupiendo agua entre risas.

Su mirada brillaba de pura alegría. Me recorrió el torso, fijándose en cómo el pelo mojado se me pegaba al pecho desnudo, acentuándome las curvas.

Sonreí.

Solo pensaba en una cosa.

Podía admitirlo, yo no era mucho mejor. La forma en que sus abdominales mojados relucían a la luz del sol me daban ganas de hacerle cosas.

Cosas maravillosas e inconfesables.

Era asombroso pensar que, aunque habíamos pasado tantos años juntos antes de que nos separaran, mi deseo por Reid no se había apagado ni un ápice.

Si acaso, nuestra separación de cinco años solo había intensificado mi necesidad, porque recordaba exactamente lo que me había estado perdiendo.

Quería beberlo entero, tenerlo todo para mí. Y esta vez, no quería dejarlo escapar jamás.

Le recorrí con la mirada los brazos, los hombros, apreciando cómo el pelo se le había pegado hacia atrás con el agua y la luz del sol brillaba sobre los planos duros de su cuerpo. Aún jadeaba un poco, por la carrera, y por algo más.

Deseo.

Me volvía codiciosa. Podía beber y beber de él, tomar todo lo que me diera, y nunca, nunca sería suficiente.

En ese momento, al ver la necesidad grabada en su rostro y luego el endurecimiento de su cuerpo bajo la superficie del agua cristalina, supe que me deseaba tanto como yo a él.

Se acabó la espera...

Me atrajo hacia él, arrastrándome por el agua. Sus manos grandes se posaron en mis caderas. El movimiento fue suave, pero firme en su intención. Me acomodé contra él sin resistencia y le rodeé el cuello con los brazos.

—No tienes ni idea de lo que me haces —murmuró.

—Oh, claro que sí.

Me froté contra él y gimió.

Una de sus manos subió a acariciarme el pecho y me mordí el labio al sentir el contacto, dejando escapar un gemido.

—Cuando estoy cerca de ti...

Esbozó una sonrisa ladeada.

—Es como si no pudiera pensar con claridad.

Le hundí una mano en el pelo y cerré el puño, echándole la cabeza hacia atrás para morderle suavemente la mandíbula y el cuello.

—¿Ah, sí?

Su respiración se volvió más pesada cuando mis labios descendieron por su pecho. Sentía los latidos de su corazón contra mi boca y sonreí ante la sensación mientras la lengua me asomaba para saborear su piel.

—Reid.

Alcé la vista y me encontré con su mirada cargada de deseo.

—En el restaurante. Me preguntaste si... si vivía sola. Sé lo que querías decir. Querías saber si... si había alguien más.

Una sombra le cruzó el rostro. Sus brazos se tensaron a mi alrededor.

—Así es.

Dejé caer la frente contra su pecho.

—Nunca hubo nadie más —susurré—. Lo pensé una o dos veces, pero simplemente no pude. No me parecía bien. Solo exististe tú.

Su cuerpo tembló contra el mío. Sus brazos me apretaron con más fuerza, alzándome, estrechándome contra él. Le puse las manos en los hombros y dejé que me llevara torpemente por el agua hasta la orilla.

Me llevó hasta el borde del lago y me depositó en la orilla cubierta de hierba.

Antes había parecido retraído, casi reacio a tocarme con la firmeza y la confianza que yo recordaba, después de que nos besáramos por primera vez en cinco años. Aquella noche había parecido conforme con dejarme llevar la iniciativa.

Se había estado conteniendo.

Ahora no había vacilación en la forma en que se deslizó entre mis piernas y me enganchó las rodillas sobre sus anchos hombros. Sus movimientos fueron rápidos e instintivos, y me transportaron a otra época.

En ese momento me recordó al adolescente que había sido, siempre dispuesto en aquellos breves momentos robados en los que teníamos la oportunidad de escaparnos de todos y quedarnos a solas.

Dejé caer la cabeza hacia un lado y arqueé el cuerpo hacia él, pero su mano se deslizó sobre mis caderas para mantenerme quieta. Me besó la cara interna de los muslos hasta que se me encogieron los dedos de los pies y busqué a tientas su mano para entrelazar sus dedos con los míos.

Ver su cabeza entre mis muslos me provocó una oleada de calor aún más intensa, y alcé la vista hacia las hojas sobre mi cabeza, moteadas de luz dorada, mientras me preguntaba cómo había tenido tanta suerte de conseguir esta segunda oportunidad de ser feliz.

Me lamió y me succionó el clítoris hasta que me retorcí en la orilla y le supliqué que viniera a mí. No podía soportar más provocaciones.

Lo quería cerca. Lo quería dentro de mí. Quería correrme a su alrededor mientras él derramaba su semilla caliente en mi interior.

Le agarré un puñado de pelo y lo arrastré hacia arriba por mi cuerpo para besarlo profundamente. Gemí al sentir su pecho firme contra el mío y le rodeé el torso con los brazos, aferrándome a él sin pudor.

Sus labios me rozaron el contorno de la oreja y me retorcí y arqueé mientras él balanceaba las caderas y me penetraba.

—Tan hermosa —gimió contra mi cuello, y respondí sin dudar, rodeándole la cintura con las piernas y hundiéndolo aún más en mí—. Tan preciosa. Eres tan...

Una oleada de dicha me burbujeó en el pecho al oír su voz grave, su necesidad de mí. Le aparté el pelo de la cara y contemplé aquellos ojos increíbles, nublados de deseo.

—Allara. Yo...

Se estremeció. El pelo se le escapó de entre mis dedos y le cayó sobre el rostro, y un destello plateado le cruzó la mirada.

—Te quiero.

—Yo también te quiero —logré decir, momentos antes de que comenzara a embestirme con firme determinación, una y otra vez.

Cualquier otro pensamiento se esfumó de mi mente hasta que lo único que sentí fue a él. Dentro de mí. Sobre mí. Poseyéndome. Consumiéndome.

Reid era mi amor. Mi compañero.

Mi único amor verdadero.

Y mientras gritábamos juntos, llegando al clímax a la vez, supe que nunca podría volver a vivir sin él.

Nos quedamos tumbados en la orilla del lago hasta que la luz empezó a desvanecerse. Reid tenía los párpados entornados y parecía a punto de quedarse dormido, pero yo sabía que seguía alerta a nuestro alrededor.

Si hubiera estado en forma de lobo, sus orejas se habrían movido al menor susurro de una hoja, al crujido de cada ramita. Habría tenido el pelaje erizado.

Le deslicé la mano por la piel desnuda y se le puso la carne de gallina por donde habían pasado mis dedos.

Gimió. Entreabrió un ojo y me miró. Ojos grises, enmarcados por pestañas oscuras. Sin rastro de plata, ahora que estaba saciado.

Los ojos de Reid cambiaban como el tiempo. Cuando estaba enfadado, se arremolinaban como una tormenta, y se volvían pálidos y quietos cuando estaba triste o sumido en sus pensamientos. En ese momento estaban tranquilos. Del color del humo de leña.

Me encantaban sus ojos. Me encantaba todo de él.

Sonrió, enseñándome los dientes blancos, antes de dejarse caer de espaldas.

—No sabes lo que me haces —dijo, y silbó por lo bajo—.

Es que tengo un plan, y entonces llegas tú y todo se va al traste. Ha sido así desde que nos conocimos, Allie.

—¿Ah, sí?

Envalentonada, le di un beso en el hombro, y luego otro. Poco a poco, mi boca fue descendiendo por su bíceps.

—No sabía que fuera una distracción tan grande.

—Allara —murmuró, poniéndome la mano en la nuca para obligarme a mirarlo a los ojos.

Su expresión se volvió seria.

—Hace cinco años...

Me tensé.

Vaya forma de arruinar el momento.

—¿Qué? —Mi tono era deliberadamente neutro.

—Yo... tomé la decisión equivocada. No debería haber escuchado a tu padre.

Apoyó su frente contra la mía.

—Era un crío estúpido. La manada nunca debería haberse interpuesto entre nosotros. Debería haber encontrado la forma de estar juntos, costara lo que costara.

—¿Sí? —susurré, sin apenas atreverme a creer que estuviera admitiendo algo así.

Su boca se encontró con la mía durante un instante vertiginoso, y luego se apartó, enredando los dedos en mi pelo.

—Perdóname. No te defendí. No defendí lo nuestro. Me arrepiento cada día.

¿Lo hacía?

Intenté ocultar el torrente de emociones que me invadió.

—Estabas obedeciendo a tu Alfa —dije—. No tenías elección.

—Siempre hay elección —dijo Reid con sencillez—. Y para mí, siempre vas a ser tú.

El corazón me dio un vuelco.

—¿Ah, sí?

—Sí, señora.

Su sonrisa era amplia, absolutamente deslumbrante.

Cerré los ojos y me permití creer que podría tenerlo así para siempre, aunque el mañana no estuviera garantizado.