Lealtad de la manada Allara
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Allara

Tenía siete años cuando Reid llegó a nuestro pueblo.

Mi padre se había agachado para subirme a sus hombros. Mi madre caminaba a su lado, hablándole en voz baja y con urgencia.

Habían encontrado a Reid en los escalones de la casa de reuniones, a primera hora de la mañana.

Era un niño abandonado, desaliñado y flaco, de unos ocho o nueve años. Tenía el pelo castaño oscuro y los ojos de un gris claro.

Aunque era muy pequeña, lo que mejor recordaba eran sus ojos. Estaban muy abiertos, llenos de miedo.

Al principio, lanzaba miradas asesinas a todos los que se atrevían a acercarse. Parecía medio salvaje; un cachorro abandonado en la guarida por quién sabe quién.

No habló en absoluto durante los primeros días, aunque devoraba todo lo que le ponían delante con un hambre voraz.

Nadie parecía saber de dónde venía ni cómo había llegado hasta el centro de nuestro pueblo.

No podía —o no quería— responder a ninguna de las preguntas que le hacían los ancianos de la manada, ni siquiera después de que empezara a hablar.

La única información concreta que lograron sacarle fue que se llamaba Reid.

Finalmente, el consejo acordó acogerlo y cuidarlo hasta que se confirmara su identidad o hasta que la manada a la que pertenecía viniera a reclamarlo.

Se decidió que viviría con Rachel, que no tenía hijos, disponía de una habitación libre y era de trato amable. Empezó a ir a la escuela con los demás niños y, pasados unos meses, era como si siempre hubiera estado allí.

Aunque mi padre envió docenas de solicitudes de información, nadie se presentó para llevárselo de vuelta a dondequiera que hubiera venido. Ni un susurro de las manadas vecinas, ni indicio alguno de que alguien estuviera echando de menos a un hijo.

Una única pista llegó un día, tres años después de que Reid viniera a nosotros. Venía en un sobre sin remitente y contenía un mensaje escrito a mano que simplemente decía:

Está a salvo aquí.

En cuanto al propio Reid, la extrañeza de su llegada fue solo el comienzo.

Se convirtió en un chico tranquilo, mucho más interesado en trepar a los árboles y construir fortalezas por su cuenta que en las peleas de juego con Jaime y los otros chicos de su edad.

Incluso de niño, para la manada estaba claro que era un cambiaformas. Su fuerza y velocidad no tenían comparación con las de un niño humano. Si su agilidad no hubiera sido indicio suficiente, la forma en que sus ojos se veteaban de plata unas semanas después de cumplir los doce años lo dejó claro.

Poco después, tuvo lugar su primera transformación.

A diferencia de la mayoría de la manada, cuyo pelaje variaba entre el gris plateado y un marrón arenoso claro, el suyo era intenso y oscuro, de un marrón profundo como su cabello.

Tanto en forma de lobo como humana, era un poco más alto que los otros chicos, y su pelaje también era más grueso y desgreñado.

Yo experimenté mi propia transformación unos meses después.

En mi forma de lobo, era rápida y ágil, y para mi deleite era con diferencia la mejor a la hora de trepar por riberas empinadas y colarme por grietas diminutas.

El bosque que nos rodeaba era como un inmenso patio de recreo, y lo disfrutábamos a más no poder.

Los chicos siempre eran más fuertes que yo, pero mucho más torpes, con sus patas demasiado grandes.

Además, tenían poco respeto por el peligro, y su imprudencia les pasaba factura con frecuencia.

No pude evitar sonreír ante los recuerdos que este lugar guardaba para mí.

Reid era apreciado por la mayoría y se convirtió en un hombre fuerte y de fiar, un valor para una manada de nuestro tamaño, aunque la incógnita de su origen seguía persiguiéndonos.

Aunque nunca habló de su vida antes de llegar a nuestra manada, ni siquiera conmigo, yo sabía que en el fondo le atormentaba. Los miembros adultos de la manada lo aceptaban como uno de nosotros por orden expresa de mi padre, pero sabía que en muchos sentidos siempre lo verían como un forastero.

Su prejuicio era, en cierto modo, instintivo. A veces los cables se cruzaban en la parte lobuna de nuestro cerebro; Reid no era un enemigo para ellos, pero tampoco era de su sangre. Siempre lo trataban con respeto, pero a menudo mantenían las distancias.

Nadie tenía que decirme que mi padre jamás habría considerado a Reid una pareja adecuada para mí.

La hija del Alfa nunca sería emparejada con un cachorro abandonado venido de quién sabe dónde.

A mí no me importaba, ni a Reid tampoco. Prácticamente desde el momento en que llegó, habíamos sido inseparables.

—¿Allie?

Me sobresalté y me di cuenta de que había estado tan absorta en mis pensamientos que había caminado hasta el borde del pueblo. Había llegado al pequeño arroyo que discurría por esta parte del bosque y proporcionaba agua fresca a nuestro pueblo, directamente de las montañas.

Kara estaba agachada junto al arroyo, enjuagando un hermoso trozo de tela del mismo color que las hojas de secuoya que había detrás.

También tenía los brazos verdes hasta los codos, como si llevara guantes.

Al cabo de un momento, me di cuenta de que estaba tiñendo la tela.

Siempre había sido una artista; la mitad de las mantas del pueblo las había tejido ella.

Me miraba fijamente, esperando una respuesta.

—Oh —me sonrojé—. Hola, Kara.

—Cuánto tiempo sin verte —dijo con tono neutro, sacando la tela del agua y escurriéndola—. Reid me dijo que te habías mudado a la ciudad.

Eso era quedarse muy corta.

Asentí con la cabeza.

—Sí, he estado fuera bastante tiempo, ¿no?

Se limitó a asentir. Su expresión era indescifrable.

—Lo de tu padre... lo siento. ¿Cómo está?

—Gracias —una oleada de tristeza me invadió al recordar el motivo de mi regreso—. Está animado, pero... creo que está preocupado.

Algo brilló en los ojos de Kara. Tuve la sensación de que entendía perfectamente lo que quería decir.

Así que... eso debe de significar que las cosas han cambiado por aquí.

—Debe de ser difícil para él.

Sacó la tela del agua con esfuerzo, la extendió sobre la roca de al lado y se echó hacia atrás apoyándose en las manos.

—Supongo que todos hacemos lo que creemos correcto en el momento.

Estaba hablando de la sucesión. De que Jaime hubiera sido nombrado heredero de mi padre, por delante de mí.

Aunque el tema me incomodaba, sabía que debía tantear el terreno con ella.

Kara era la persona ideal para hablar de esto.

Siempre daba buenos consejos, y confiaba en su criterio más que en el de casi nadie.

Me apoyé en un árbol cercano y aproveché la oportunidad.

—¿Jason te ha contado algo? ¿Sobre…?

No necesitaba terminar la frase. Jaime y Jason eran uña y carne desde hacía años; donde fuera Jaime, Jason iba detrás seguro.

Resopló de repente.

—No. Cualquiera pensaría que se sincera con su hermana gemela, ¿no? Pero qué va. Últimamente siempre está con Jaime y Paul. Apenas lo veo.

Eso coincidía bastante con lo que Reid me había contado. Aun así, no podía evitar preguntarme si había algo más detrás de todo aquello.

—Pero siempre han sido los mejores amigos, ¿no? —insistí.

Negó con la cabeza.

—No es eso. No sé cómo explicarlo, pero… algo ha cambiado aquí, Allara. Desde que…

Se interrumpió.

Claro. Desde que dejé la manada.

Ojalá la gente dejara de recordármelo.

—Ahora que lo pienso —dijo Kara de repente—, hubo una noche. Hace un par de meses, bajé a la cocina a por un vaso de agua. Oí algo… raro.

Se me aceleró el corazón, pero me obligué a mantener la voz serena.

—¿Jaime estaba allí?

—No —dijo Kara—. Reid, nada menos. Estaba hablando con mi hermano… y no es que estuvieran hablando bajo precisamente. Sonaba a discusión, la verdad.

—¿Qué oíste? —pregunté, demasiado intrigada para andarme con sutilezas.

Se encogió de hombros y me lanzó una mirada curiosa.

—No logré entenderlo todo. Reid dijo algo de que Jaime era… peligroso, creo. Luego Jason dijo… ah…

Se le sonrojaron las mejillas.

—Algo sobre ti, en realidad.

—¿Sobre mí?

—Primero, le dijo a Reid que no se metiera en sus asuntos —Kara hizo una mueca—. Que no era de su incumbencia. Y que solo estaba celoso de Jaime porque, eh, tu padre quería que él estuviera contigo, y no Reid.

No respondí. Estaba demasiado ocupada pensando en lo que mi padre había dicho antes.

Como hija del Alfa, tenías ciertas responsabilidades.

—Reid se fue poco después —dijo Kara—. Creo que Jason pudo haber dicho otras cosas, sobre que Reid había venido aquí, quizá. Sobre que era un expósito y que no tenía familia. Cosas así. Pero no capté mucho de esa parte.

Fruncí el ceño, pensativa.

No podía contarle a Kara lo que Jaime planeaba hacer cuando se convirtiera en Alfa. Solo la pondría en peligro, y además, Jason era su hermano gemelo. No quería que ninguna de mis sospechas llegara a oídos equivocados.

Jason siempre me había parecido una persona decente. Era amable y considerado, igual que su hermana.

—¿Jason piensa eso de verdad? —pregunté—. ¿Sobre Reid?

Al fin y al cabo, habían sido amigos, ¿no? En otro tiempo.

Me resultaba difícil conciliar esta versión de Jason con mis vagos recuerdos de los dos juntos.

En aquel entonces, todo era sencillo. El sol siempre brillaba y éramos felices.

Pero ahora éramos mayores. Supuestamente más sabios, aunque no sabía cuánto había de cierto en eso.

Todo era mucho más complicado.

—¿Que si está celoso de Jaime? Probablemente.

Pero lo del origen de Reid no —Kara pasó la mano por el agua y me miró—.

No. Eso no es propio de él, Allara. Eso es Jaime de cabo a rabo.

Es como si las palabras salieran de la boca de Jason, pero fuera Jaime quien las dijera.

Le ha comido la cabeza a mi hermano de alguna manera.

Jason está bajo su influencia ahora… y sea lo que sea lo que traman, no puede ser nada bueno. Estoy segura.