Lealtad de la manada Allara #2
11%

Allara #2

¿Y ahora Jaime quería destruir nuestra manada? ¿Destruir todo lo que mi padre había construido en una búsqueda de poder descabellada y sanguinaria?

—¿Cómo sabes todo esto? —pregunté.

No me imaginaba a Jaime revelando sus planes por voluntad propia, y menos a Reid, precisamente.

Nunca se habían llevado bien. Como hijo del Beta de la manada, Jaime era un macho de alto rango en la jerarquía. Reid era un elemento desconocido, un forastero que, a ojos de algunos, había alterado el orden natural de las cosas cuando apareció tan campante y empezó a salir con la hija del Alfa.

De jóvenes, Reid había sido más fuerte y rápido que los demás, y todos lo sabían. Al ser expósito, nadie conocía su verdadero linaje, pero yo siempre supuse que venía de una línea Alfa. Era enorme en forma de lobo, y protector a más no poder. Y leal, también.

Jaime lo había retado a más de una pelea a lo largo de los años, casi siempre por alguna tontería. Reid siempre había tenido el buen juicio de no aceptar.

La idea de que Reid estuviera al tanto de los planes de Jaime parecía absurda.

Aunque, ¿qué sabía yo? A lo mejor ahora eran los mejores amigos.

Quizás Jaime planeaba convertir a Reid en su Beta. Al fin y al cabo, yo había estado fuera mucho tiempo.

Casi me eché a reír de lo ridícula que era la imagen. Las cosas podían haber cambiado, pero no tanto.

—Hará cosa de un mes, oí a Jason hablando con Paul —dijo Reid—. Sobre Jaime y sus planes. Por lo visto, los dos habían intentado hacerle ver que era una locura, pero no quiso escuchar.

Eso tenía más sentido. Jason era el mejor amigo de Jaime. Paul era un par de años más joven, pero los había seguido como un cachorro desde que yo tenía memoria.

No siempre había sido así. Hubo un tiempo en que Jason y Reid fueron como hermanos.

Reid, Jason, Kara y yo.

De niños, éramos solo nosotros cuatro... nuestra pequeña manada.

Eso fue hace mucho tiempo.

Ahora las cosas eran muy diferentes.

—Los Thornwood tomarían represalias —dije—. Irían al norte, pedirían ayuda a una de las manadas más grandes. Quizás incluso al Capítulo Estatal.

Intenté que no se me notara el pánico en la voz, pero aun así lo oía.

—Todos los tratados de paz quedarían en nada. ¡Nos aniquilarían!

—Allara.

Reid soltó una mano del volante, me cogió la mano y me la apretó.

—Escúchame. Lo sé. Por eso he venido a buscarte. Me doy cuenta... me doy cuenta de que esto no es lo que quieres. Te habría dejado tranquila si hubiera podido. Pero la manada te necesita ahora mismo.

Te necesito.

Las palabras que no había dicho resonaron en mi cabeza y suspiré frustrada. ¿Por qué me hacía sentir así, como si supiera lo que pensaba y sentía tan bien como yo misma?

Igual que anoche, estaba malinterpretando las cosas otra vez. Rellenando huecos, atribuyéndole motivaciones que quizás ni siquiera fueran ciertas.

—¿Papá lo sabe? —pregunté.

Reid torció la boca. Tamborileó con los dedos en el volante y evitó mirarme a los ojos.

—No.

Caí en algo. A medida que encajaba las piezas, la desesperación iba creciendo.

—Lleva enfermo un tiempo, ¿verdad?

Suspiró.

—Sí. Lo siento.

Sabía que enterarse de la verdad sobre Jaime le rompería el corazón a mi padre.

Por lo visto, Reid le había ocultado esa dolorosa noticia. Para bien o para mal.

—Gracias por no contárselo a papá.

Reid asintió y me volví hacia la ventana.

Tenía que pensar rápido. No tardaríamos en llegar. Los árboles que dejábamos atrás eran cada vez más altos y frondosos, y el aire había adquirido esa cualidad familiar, tenue y brumosa. Rayos de sol se colaban entre las ramas e iluminaban retazos de maleza mientras traqueteábamos por el camino.

—¿La manada apoyaría a Jaime? —pregunté—. Puede que algunos estén de acuerdo con él.

Reid frunció el ceño y negó con la cabeza.

—No lo sé. Algunos, quizás. Pero la mayoría se daría cuenta de que es una locura.

Solté el aire con un temblor. Por primera vez desde que habíamos subido a la camioneta, Reid volvió la cabeza y me miró directamente a los ojos.

—Allara, tú y yo sabemos que no tendremos elección. En cuanto Jaime se convierta en Alfa, podrá imponer su voluntad a la manada. Tendrán que hacer lo que él diga, aunque...

—Los mate —terminé.

Así funcionaba. Nunca me había dado cuenta de lo aterrador que era esa perspectiva, ni de lo fácil que era abusar del poder.

Quizás porque papá, con todos sus defectos, jamás se le ocurriría poner a su manada en peligro. Cada decisión que tomaba ponía la seguridad y la felicidad de la manada por encima de todo.

Tragué saliva. Excepto cuando se trata de mí, supongo.

Reid guardó silencio el resto del viaje. Cuando el camino torció a la izquierda, apartándose de la carretera principal, me miró.

—¿Estás lista?

—Sí —mentí.

Los primeros tejados empezaron a asomar entre los árboles. Pasamos junto a camionetas aparcadas a ambos lados del camino, y el asfalto dio paso a la tierra.

Intenté, sin mucho éxito, calmar el revoloteo de nervios en el estómago.

Reid se detuvo frente a su casa y giró la llave para apagar el motor.

De pronto, la camioneta me pareció demasiado quieta y silenciosa.

Aunque me moría por estirar las piernas después del largo viaje, me tomé mi tiempo para abrir la puerta del copiloto y bajar.

Nuestra llegada no había pasado desapercibida. La gente salía de la casa de reuniones, al otro lado de la calle, y se paraba en seco para mirarnos.

¿A quién quería engañar?

Me miraban a mí.

Sentía sus ojos clavados en mi nuca mientras cerraba la puerta de la camioneta de Reid con más fuerza de la necesaria. Llevaba la cabeza casi siempre gacha, pero aun así reconocí algunas caras familiares entre la multitud que se congregaba.

En el amplio porche de la casa de los Briar, Jason estaba de pie observándonos, con su hermana Kara a su lado.

Se me torció la boca al ver que sus caras reflejaban exactamente la misma expresión de asombro.

No pude evitar sentir algo al ver a Kara. Un atisbo de algo parecido al arrepentimiento.

Había sido mi amiga más cercana de la infancia. Yo era hija única, la solitaria hija del lobo Alfa. La mayoría de los otros niños me habían tratado con respeto, pero nunca olvidaban quién era yo ni lo que estaba destinada a ser. No eran fríos conmigo, pero tampoco cálidos.

Excepto Kara. De niñas habíamos sido casi como hermanas, inseparables.

Entonces llegó Reid, y los cuatro anduvimos juntos durante un tiempo. Reid, Jason, Kara y yo, haciendo fuertes en el bosque, gastando bromas a los otros niños y metiéndonos en todo tipo de líos.

Y entonces mamá murió.

Me había alejado de Kara, como de prácticamente todo y todos los demás.

Vi a Luke, que era un crío la última vez que lo vi. Ahora era un adolescente larguirucho. Me recordó un poco a Reid a esa edad, con esa postura desgarbada de quien todavía no sabe qué hacer con sus brazos y piernas.

Uno a uno, todos los que estaban cerca fueron guardando silencio. Todas las miradas se volvieron hacia mí.

Observando. Esperando, sin duda, a ver qué hacía yo a continuación.

¿Huir? ¿Otra vez?

Parecía la opción más atractiva, aunque muy poco práctica en ese momento.

En cambio, levanté la cabeza bien alta y erguí la espalda, mientras la voz de mi padre emergía en mi mente desde algún recuerdo olvidado hacía mucho.

Los lobos alfa no se inclinan ante nadie, Allara.

Tenía que afrontar la situación. Actuar como si me diera igual el revuelo que había causado mi aparición.

Más fácil decirlo que hacerlo.

Una mano cálida se posó sobre mis hombros, una presión firme y constante que alivió un poco la tensión.

Reid.

Era una presencia sólida a mi lado. Me hizo girar ligeramente, cubriéndome de las miradas curiosas con su cuerpo.

—¡Se acabó el espectáculo, amigos! —gritó, haciendo un gesto con la mano hacia el público que habíamos congregado.

Unas cuantas miradas curiosas más se posaron en mí, y luego la multitud empezó a dispersarse entre murmullos.

Al cabo de un par de minutos, estábamos solos en el camino de tierra que atravesaba el centro del pequeño pueblo.

Nuestro pequeño pueblo.

Me aparté de Reid, y su mano cayó de nuevo a un lado.

Su expresión también se ensombreció.

—¿Te veo luego? —dije, antes de poder contenerme.

Se animó y me dedicó una sonrisa ladeada.

—Sin falta.

Mi antigua casa quedaba al final de la calle, justo a la vuelta de la esquina. Se encontraba un poco apartada de las demás, al fondo de un pequeño camino de grava.

Cuando llegué a la casa, las largas vigas de madera que sostenían el porche cubierto, y el columpio donde solía sentarme con Reid... todo parecía exactamente igual.

Como si nunca me hubiera marchado.

Había una luz en la pequeña ventana de la parte alta de la casa. El ático, donde estaba el estudio de mi padre. ¿Seguiría siendo su estudio? ¿O estaría demasiado enfermo para trabajar allí?

Siempre había dejado una lámpara encendida allí durante toda la noche. Una vez le pregunté por qué. Era muy pequeña y quería que siguiera hablándome para no tener que irme a dormir.

—Porque, Allie —dijo mientras me arropaba hasta la barbilla y alisaba las sábanas con las manos—. A veces hasta papá tiene que dormir. Y así, mi lámpara puede vigilar a toda la manada y mantener a todos a salvo.

—¿Como un faro? —pregunté.

—Como un faro. —Me besó la frente—. Exactamente. Mi trabajo es proteger a todos en esta manada, cariño. Y algún día será el tuyo.

Me acurruqué bajo las sábanas.

—Buenas noches, papi.

—Buenas noches, Allara. Que sueñes con los angelitos.

El recuerdo se desvaneció, y mi alegría ante la vista familiar se mezcló con el temor a lo que encontraría en aquella habitación del ático.