Allara #3
—Yo... —fruncí el ceño, intentando pensar—. Volveré, claro. A ver a papá. Pero no pienso quedarme.
Reid frunció el ceño también. —Sabes que no me refiero a eso, Allara.
—Bueno, ¿a qué te refieres entonces? Sé claro.
Algo rebelde en mi interior me empujó a presionarlo hasta que reconociera la amenaza implícita que su presencia suponía para mi cómoda vida actual.
Me fulminó con la mirada y yo se la devolví, olvidando por un momento mi tristeza.
Ese era el problema entre nosotros, lo que a todos les encantaba señalar en el pasado. Habíamos sido una pareja impulsiva. Yo necesitaba a alguien tranquilo, como un profesor de yoga. Un tipo que pudiera equilibrarme y templar el fuego que llevaba en la sangre.
—La manada te está esperando, Allara. Es hora de reclamar lo que te corresponde por nacimiento.
Lo miré fijamente, atónita.
No me esperaba eso.
—Yo... —me costaba hilar un pensamiento coherente. Esto no puede estar pasando. —Tú... ¿De qué estás hablando? ¡Papá lleva preparando a Jaime para sucederle desde... siempre!
Jaime era el hijo de Terry, el brazo derecho de mi padre. Era un beta como su padre, pero ferozmente ambicioso. Nunca me había llevado bien con él, pero siempre lo había achacado a mis propios celos; él y mi padre habían estado muy unidos.
Especialmente después de que mamá muriera.
Jaime se había convertido en el hijo que mi padre nunca tuvo: fuerte, astuto y, lo más importante, varón. Me resultaba difícil verlos juntos, así que me había acostumbrado a mantener las distancias con Jaime.
Recordé aquella época. Aproximadamente una semana antes de que Reid me rompiera el corazón, papá había reunido a toda la manada para un gran festín. Había hecho subir a Jaime a su lado, rodeándole los hombros con el brazo en un gesto afectuoso mientras hacía un brindis.
Allí mismo declaró que, cuando llegara el momento de que la manada tuviera un nuevo Alfa, Jaime sería su sucesor.
No me había sorprendido. A ninguno de nosotros nos sorprendió. Ese anuncio llevaba años gestándose.
Sin embargo, nunca había pensado realmente en la coincidencia de fechas. Anunciaron a Jaime como heredero de mi padre, y Reid terminó nuestra relación unos días después.
Pensándolo bien, me parecía un poco extraño.
No obstante, lo hecho, hecho estaba. Había intentado cerrar ese capítulo de mi vida por una razón. Reexaminar esos recuerdos era como hurgar en una vieja herida. No me daría la paz que buscaba.
Solo reavivaría el dolor.
—Sé que no es lo que quieres oír.
Bajó la mirada hacia la mesa por un momento.
Maldición. Tuve que contenerme para no alargar la mano y pasar los dedos por su cabello, inclinar su rostro hacia el mío y besarlo en los labios.
Cuánto había echado de menos besar a Reid.
Parpadeé y volví a centrarme en el asunto mientras Reid hablaba.
—No debería ser así, Allara. Tú eres la heredera de tu padre. Su sangre.
Me encogí de hombros, desechando sus palabras y mis impulsos traidores.
—Esto es lo que mi padre quería. Tu Alfa. Eligió a Jaime.
Entrecerré los ojos.
—Y luego tú me dejaste, ¿recuerdas? No quedaba nada. Así que sí, me fui.
Ahora me tocaba a mí clavar la mirada en la veta de la madera de la mesa. La ira me invadió el pecho al volver a levantar la vista.
—¿Ha cambiado algo? No, claro que no.
Reid se quedó muy quieto, como si hubiera caído en una trampa que no había visto.
—Allara...
Levantó la cabeza y me fulminó con la mirada.
Como si él tuviera algún derecho a enfadarse.
—Jaime no es el hombre que tu padre cree. No se puede confiar en él. Y ya no queda nadie que pueda plantarle cara como es debido.
Se inclinó hacia delante y me clavó la mirada.
—Nadie excepto tú.
Sus ojos eran hipnóticos. Durante un instante en que el corazón me dio un vuelco, sentí que haría cualquier cosa que me pidiera, incluso lanzarme desde lo alto de un acantilado si me lo sugiriera.
Un plato de tarta aterrizó pesadamente frente a mí, seguido de una taza humeante de té. Salí de mi embrujo amoroso y le di las gracias a Penny con una sonrisa aturdida. Su sonrisa en respuesta era demasiado perspicaz para mi gusto.
Con el primer sorbo de té, recuperé la lucidez. ¿Reid estaba hablando en serio?
—Lamento tener que decirte esto —dije, sin lamentarlo en absoluto—, pero tu viaje ha sido en vano. Come, recupera fuerzas y vuelve a casa. No pienso volver contigo. No ahora.
A menos que papá esté realmente tan enfermo...
Tuvo el descaro de parecer confundido.
—¿Por qué no?
Estaba a punto de dar el primer bocado de tarta. Pero dejé caer el tenedor, que golpeó el borde del plato con un tintineo.
—¿Por qué no? Tengo una vida aquí, por si no te has dado cuenta. Amigos, un apartamento. ¡Mañana tengo que trabajar, por el amor de Dios! Y no pienso renunciar a nada de eso, Reid. Si papá está tan enfermo, buscaré la manera de ir a visitarlo. Pero no para quedarme. Eso nunca.
Recogí el tenedor y lo apunté con él.
—Por nadie.
—Pero...
Las palabras se me escaparon antes de que pudiera detenerlas, impulsadas por una oleada de antiguo desamor y pérdida.
—Y desde luego no por ti.