Allara
Reid era la última persona en el mundo que esperaba ver aquella noche.
La última persona que quería ver, aquella noche o cualquier otra, ya puestos.
Era el chico —el único chico— que me había destrozado el corazón.
Siempre había conseguido afectarme como nadie, incluso cuando éramos niños. Me entendía de formas que ni yo misma me entendía. Y entonces, un día, lo destrozó todo como si lo nuestro no significara nada.
Era el amor que dejé escapar. Solo que, al final, fui yo quien escapó. De él y de todo lo que había conocido, de todo aquello con lo que había crecido.
Mientras empezaba a guardar los vasos, los recuerdos me asaltaron y crearon un caleidoscopio de imágenes que desfilaban ante mí, una tras otra.
El día que lo vi por primera vez. Éramos niños entonces, desconocidos por completo. Demasiado jóvenes para transformarnos, nos perseguíamos entre los árboles con palos, aullábamos como gatos salvajes todo el verano y corríamos descalzos por el suelo del bosque.
La imagen cambió. Los dos en la incómoda adolescencia, intentando lidiar con el torrente de la pubertad y nuestra primera transformación. Reid se había retraído, me evitó durante semanas, perturbado por aquellos nuevos sentimientos que las hormonas desataban en él.
Después, Reid y yo en la cama. Nuestra primera vez juntos.
Mi primera vez… y punto.
Había sido tan delicado, dejando que yo marcara el ritmo.
Recordaba sus anchos hombros bajo las yemas de mis dedos, cálidos y fuertes, la sensación sedosa de su pelo, que siempre parecía caerle sobre los ojos hiciera lo que hiciera.
La forma de su boca, con la comisura levantada, justo antes de besarme.
Todos los pequeños detalles seguían ahí en mi mente al evocar aquella noche.
Con el paso de los años, nuestra conexión no hizo más que profundizarse. Las parejas a nuestro alrededor rompían y volvían, encontraban a otros que iban y venían con el cambio de las estaciones.
Pero nosotros no. Nuestro enamoramiento adolescente se transformó en un vínculo verdadero y duradero. Estaba loca por él. Era todo lo que yo creía que debía ser un buen hombre: fuerte, cariñoso, divertido. Era parte de mi manada.
Una parte de mí.
Habría hecho cualquier cosa por él, y en aquel entonces creía de verdad que él haría lo mismo por mí.
Esa esperanza se extinguió la noche en que Reid rompió conmigo.
Había actuado de forma tan extraña aquella noche; estaba distraído. Lo único que decía era que no estaba bien que estuviéramos juntos. Que sabía que era difícil, pero que algún día lo entendería.
Hago esto por ti, dijo. Porque me importas.
No me había dado ninguna otra razón. Se limitó a quedarse ahí plantado, con el rostro impasible, mientras yo le gritaba entre lágrimas y le suplicaba que cambiara de opinión.
No recordaba casi nada de lo que había dicho después. Solo sabía que nunca podría retirar ninguna de aquellas palabras.
Había metido algunas cosas en una maleta pequeña y me marché a la mañana siguiente.
Vi cómo todo lo que había conocido se alejaba por la ventanilla trasera del taxi mientras este avanzaba entre los árboles.
Mi manada, mi gente, mis amigos, mi familia.
Y ahora, aquí estaba. La persona de mi antigua vida que más me había esforzado por olvidar.
Solo había una razón por la que me buscaría después de tanto tiempo, y sabía que no tenía nada que ver con echar de menos a un antiguo amor.
Algo debía de ir mal con la manada.
O con mi padre.
Esa era la única razón por la que no le había dicho de inmediato que se largara.
Terminé mi turno: guardé el último vaso y eché un vistazo alrededor para asegurarme de que no quedaba nada por hacer. Me acerqué a mi jefe, que estaba contando el dinero de la caja, y le devolví el delantal con una mueca.
—Tienes que contratar más seguridad. Podríamos habernos metido en un buen lío esta noche si no le hubiera dado una paliza a ese tipo.
Mick me dedicó una sonrisa mientras cogía el delantal. Una chica lo esperaba al otro extremo de la barra y lo miraba con ojos de corderito.
Así que ahí era donde había estado toda la noche.
—Para eso te tengo a ti, pequeña.
Me revolvió el pelo y me aparté.
Soltó una risita.
—Eres toda la seguridad que necesito.
—Sabes que hago el trabajo de dos camareras, ¿verdad? —Le saqué la lengua—. No puedes contar conmigo también para la seguridad. No es justo.
—Oye. —Mientras me entregaba la paga, sacó un billete de cincuenta extra de la caja y me lo puso en la mano con un guiño—. Gracias por lo de esta noche, cielo.
Tammy salió de la cocina, envuelta en su jersey de lana y abrazándose el cuerpo con fuerza. Era evidente que la experiencia la había afectado.
—Sí, Allara. Te debo una.
Ese era mi problema, pensé con un suspiro. Mi famosa vena protectora.
No podía dar la espalda a quienes me necesitaban, y todo el mundo lo sabía.
Incluso quienes me habían pisoteado el corazón sin motivo alguno y luego aparecían cinco años después como si nada hubiera pasado.
Maldita sea.
Intenté controlar el pulso, que se me aceleraba solo de pensar en Reid esperándome en la cafetería de la esquina.
—Nos vemos mañana por la noche, ¿vale? —Conseguí esbozar una sonrisa para Tammy y Mick, y levanté la mano a modo de despedida.
Con suerte, la noche del domingo sería más tranquila y mucho menos movida.
Me puse el largo abrigo de lana, me solté el pelo de la coleta y salí al aire fresco de la noche.
Olí a Reid de inmediato. La intensidad de sus feromonas de licántropo se mezclaba con su colonia y un aroma de fondo que no había cambiado en absoluto en los cinco años desde que lo había visto. Aquel olor evocador borró los años de golpe y tuve que contener el gemido que me brotó del pecho.
Nunca me cansaría de ese aroma. Jamás lo olvidaría.
—Pensé en acompañarte —dijo, y su voz surgió de la oscuridad.
Me sobresalté y miré hacia la derecha, donde estaba apoyado contra una pared de ladrillo, con la cabeza ladeada en un ángulo sexy, como un modelo de ropa interior a punto de quitársela.
—Vale —me encogí de hombros, como si me diera igual, aunque el corazón me latía con fuerza bajo la ropa de abrigo—. No hay problema.
Metí las manos en los bolsillos del abrigo y eché a andar.
Me encantaba lo oscuras que se volvían las noches en esta época del año. El frío mantenía las calles tranquilas y desiertas, pero la luz de las estrellas que brillaban sobre nosotros bastaba para orientarnos.
Era una pena estar rodeados de tantas farolas. Sin ellas, habríamos podido apreciar mucho más la luz natural.
Aun así, a esta hora de la noche, después de mis turnos, era lo más cerca que mi jungla de hormigón llegaba a las vastas constelaciones centelleantes que solía contemplar de niña.
Reid y yo habíamos contemplado esas mismas constelaciones una vez. Les habíamos puesto nombres inventados, y yo iba señalando las estrellas más brillantes, una por una.
—Las convertiré en un collar, Allie. Solo para ti.
—¡Reid! —me reí—. No puedes convertir las estrellas en collares.
—Puedo —me besó en la coronilla—. Por ti, puedo. Te lo prometo.
Cuando miré en su dirección, tenía la cabeza inclinada hacia el cielo.
Me miró, y nuestros ojos se encontraron. ¿Estaría él también recordando aquellos tiempos?
Parecía que había pasado una eternidad.
El restaurante estaba más adelante, justo al doblar la esquina. Seguimos caminando en silencio.
¿Estaría él tan desconcertado por todo esto como yo?
No se me ocurría nada útil que decir. Tenía un millón de preguntas dando vueltas en la cabeza, pero la mente se me quedaba en blanco cada vez que intentaba formular alguna.
Su sola presencia era embriagadora. Caminábamos tan cerca que podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo, y nuestras manos estaban a escasos centímetros al llegar al final de la manzana.
Intenté convencerme de que no importaba lo sexy que fuera, ni cuánto calor emanara, tentando a mis manos a tocarlo y explorarlo. Reid, y todo lo que alguna vez había amado de él, pertenecía a mi pasado. Y ahí debía quedarse.
Mi cuerpo no hacía caso.
El calor se acumulaba en el bajo vientre, y la piel me hormigueaba. El corazón me latía con fuerza y la sangre me palpitaba en los oídos.
—Es... —empecé, pero me trabé cuando me miró a los ojos—. Eh. Es justo aquí.
La campanilla tintineó cuando abrí la puerta.
Inclinó la cabeza para indicarme que pasara primero.
—Después de ti.
Una sonrisa reacia me torció los labios.
¿Qué podía decir? El tipo era todo un caballero. Era exactamente como lo recordaba, y sabía que nos quedaríamos allí toda la noche mientras él insistiera en hacer lo correcto.
Siempre lo había hecho.
Por eso nuestra ruptura me había parecido una traición tan grande.
El pensamiento me revolvió el estómago, y la sonrisa se me desvaneció mientras entraba en el restaurante.
—Hola, Penny —llamé a la camarera que estaba detrás de la caja registradora—. ¿Tienes sitio para dos más?
Conocía a Penny desde hacía cinco años, desde que empecé a trabajar para Mick. Era dura, como yo, y me había ayudado a salir de algunos apuros cuando llegué a la ciudad.
—¡Allara, hola! —la mirada de Penny recorrió el restaurante vacío y se rio—. Sí, creo que puedo haceros un hueco.
Me dirigí hacia mi reservado favorito en la parte delantera del local.
Arqueó una ceja, como si reparara en Reid por primera vez y le gustara lo que veía.
Abrió mucho los ojos y me hizo un gesto cómplice con las cejas.
—¿Queréis cartas? ¿Quizás una vela?
Le lancé una mirada de reproche, intentando cortar de raíz lo que obviamente estaba pensando.
—Carta, sí —dije, deslizándome en el reservado—. Vela, definitivamente no.
Reid se sentó frente a mí y tamborileó con las manos sobre la mesa.
—¿Vienes mucho por aquí?
—Sí, es prácticamente el único sitio decente abierto cuando salgo del trabajo —dije—. Normalmente estoy nerviosa y hambrienta, así que necesito un sitio donde relajarme antes de irme a casa.
Después de no poder hablar en absoluto, ahora estaba hablando demasiado, demasiado rápido. Intentaba llenar el vacío entre nosotros con palabras.