Capítulo 2
Reid
Me llevó más de dos semanas dar con ella. Había peinado cada rincón de la ciudad sin encontrar nada. Tuve que revisar las redes sociales en mi habitación de motel cutre y rondar por bares de mala muerte con la esperanza de que alguien la hubiera visto.
Y aun así, nada.
Hasta esta mañana, cuando pillé a unos tipos fuera de una cafetería hablando de una tía buena que habían visto la otra noche, una metamorfa de pelo oscuro que trabajaba los fines de semana en el local de Mick.
Aquello me llamó la atención, y el golpe de suerte me trajo hasta aquí, a un bar en el centro de la ciudad. Llevaba toda la noche observando a Allara trabajar. Verla era un alivio para los ojos, incluso después de tanto tiempo.
Su precioso cabello oscuro y espeso se balanceaba en una coleta alta mientras tomaba pedidos.
Los ojos azules se le mantenían cálidos, daba igual con quién tratara, y el hermoso rostro le resplandecía de buena salud.
Los brazos, fuertes y esbeltos, se le movían con gracia mientras se reía con los clientes.
Y eso era solo lo físico.
Según mis datos, ahora tenía dos trabajos.
Llevaba cinco años viviendo sola aquí, manteniéndose ella sola.
Que viviera fuera de la protección de la manada era raro para una mujer metamorfa, incluso hoy en día.
Pero estaba claro que se las apañaba de maravilla. Tenía buen aspecto. No parecía infeliz.
Joder, qué bien volver a verla.
Me mantuve en las sombras toda la noche, despatarrado en un reservado del fondo. No sabía por qué, pero me resistía a llamar su atención. Dar con ella había sido una cosa, pero ¿plantarme delante y soltarle todo lo que tenía que decirle? Eso ya era harina de otro costal.
Así que pasé desapercibido y la observé trabajar. Servía copas, cobraba y le tiraban los tejos. Una y otra vez. Lo llevaba todo con soltura, mejor que la mayoría.
Pero la conocía bien. Todas esas pequeñas señales del pasado seguían ahí. Ese leve pliegue entre las cejas cuando atendió al tipo del traje me dijo que estaba cabreada de verdad.
Y con razón. El imbécil no paraba. Toda la noche lo vi rondando la barra como una mosca cojonera imposible de espantar.
Conseguí mantener la calma, incluso cuando los demás clientes empezaron a irse y el idiota acorraló a la amiga de Allara, la otra camarera. Aunque un momento más y habría intervenido.
Curiosamente, no hizo falta.
El fuego en los ojos de Allara se encendió cuando se acercó hecha una furia y por fin se encaró con el imbécil que la había estado acosando toda la noche.
En ese momento había algo de su padre en ella.
Siempre habían sido tal para cual, con el pelo y los ojos oscuros, el temperamento ardiente y las ganas de proteger a los demás.
Cuando el tipo se estampó contra la columna, el golpe llegó hasta mi reservado. Sonreí con satisfacción mirando la mesa al oír el puñetazo acertar de lleno en su estúpida cara. Esa es mi chica.
Zorra estúpida, murmuró el tipo para sí mientras se alejaba tambaleándose. Seguro que es una puta.
Ya había oído bastante. No iba a dejar que se fuera de rositas después de faltarle así el respeto. Estaba harto de quedarme ahí sentado tragándome sus gilipolleces. De verlo usar la fuerza para abusar y controlar a las mujeres de la barra.
Hora de dar la cara.
Me moví rápido para pillarlo antes de que desapareciera en la noche y le bloqueé la salida con la mano en el marco de la puerta para que no pudiera escabullirse.
—Qué coño, tío —murmuró el tipo. Allara lo había dejado hecho polvo; entre el alcohol y los golpes, apenas se tenía en pie.
Me acerqué.
—Tus tácticas de ligue necesitan pulirse un poco.
Parpadeó y torció el labio.
—Que te jodan...
Me lanzó un puñetazo, y eso fue todo el permiso que necesitaba.
Le solté un puñetazo. Fuerte. Fue uno de los puñetazos más satisfactorios que he dado en mi vida.
Se desplomó como un saco de patatas.
Lo empujé con el pie y lo giré de costado. Estaba inconsciente. Vaya. El traje caro se le arrastró un poco y recogió mierda del suelo del bar.
Ups. No era mi intención darle tan fuerte. Se me olvidaba siempre que los humanos son más frágiles que nosotros.
Un lobo habría encajado ese puñetazo y habría vuelto a por más.
Me aparté el pelo de la cara y levanté la vista, esforzándome por controlar el pulso.
Allara, el amor de mi vida, mi cielo, la que había dejado escapar... estaba allí con los brazos cruzados, mirándome fijamente. No conseguía descifrar su expresión, pero me hacía una idea de lo que sentía.
Incredulidad. Sorpresa. ¿Arrepentimiento, quizá?
Igual que yo.
Me sostuvo la mirada. Su expresión se definió y quedó en irritada.
Con los brazos cruzados así, le quedaban geniales los pechos. Altos. Llenos. Voluptuosos. Tal como los recordaba. Aparté los ojos a la fuerza de aquel escote de infarto.
—Lo tenía controlado, Reid —dijo, sin molestarse en saludar.
No ha cambiado. Siempre fue directa al grano.
—Lo sé —le sonreí—. Pero se lo merecía.
Nos quedamos allí un momento. Viéndola de nuevo, hablando con ella, me costaba recordar a qué había venido.
—Eh... —me balanceé sobre los pies, echando un vistazo al bar vacío—. ¿Podemos hablar?
Se le relajaron los brazos y le cayeron a los lados. Movió los hombros un poco, como preparándose para la batalla.
—¿Tengo elección?
Siempre, quise decirle.
Y la tenía. Podía alejarse de mí ahora mismo, volver a desaparecer como había hecho hacía cinco años.
Había abandonado la manada, a su padre, todas sus responsabilidades como hija del Alfa.
Me dejó a mí. Aunque había tenido buenas razones para hacerlo.
Aparté ese pensamiento. Esto era más grande que lo que había ocurrido entre nosotros; más grande que nosotros. Ella necesitaba saber lo que había estado pasando con la manada desde que se marchó.
Su manada. Nuestra manada.
La necesitábamos ahora. Era lo único que se interponía entre nosotros y Jaime.
—Sabes que tienes elección —dije en voz baja y persuasiva—. Pero si tienes un minuto, te lo agradecería.
Me miró fijamente, evaluándome con intensidad como solía hacer. Y por un momento inquietante, pensé que iba a darse la vuelta, decirme que me largara y la dejara en paz. El pensamiento me heló.
Entonces sus hombros se relajaron un poco, y me di cuenta de que ambos habíamos estado conteniendo la respiración. Asintió una vez.
—Bien —dijo—. Termino en una hora, ¿vale? Puedo hablar contigo entonces. O mañana. Es súper tarde.
No podía esperar más para hablar con ella. Había estado esperando toda la noche. Más que eso, en realidad. Cinco años enteros.
No estaba cansado. Todo lo contrario. Observarla toda la noche, hablar con ella ahora, estar tan cerca… bastaba para que el lobo en mi interior aflorara a la superficie.
Podía sentir las feromonas recorriéndome el cuerpo, instándome a transformarme.
Pero tenía que ignorar cómo me hervía la sangre en su presencia.
Ignorar el aroma tentador que me inundaba cada vez que se movía.
Compañera.
Pero no lo era. Ella había tomado esa decisión cuando huyó.
Lo que significaba que no podía dejarse llevar por esos impulsos ahora, por muy fuertes que fueran.
Mi deseo por ella estaba prohibido.
Por desgracia, respondía a un poder superior a mi libido.
Con esfuerzo, reprimí los sentimientos que me distraían y volví a centrarme. Al fin y al cabo, tenía un trabajo que hacer.
—Puedo esperar. —Miré alrededor y señalé un reservado vacío—. ¿Podemos hablar allí?
Arrugó la nariz.
—He estado aquí toda la noche. Hay una cafetería abierta las veinticuatro horas justo al final de la calle. Nos vemos allí, ¿vale?
—Claro.
Allara se dio la vuelta, volvió a la barra y cogió una bandeja.
Fin de la conversación.
Era más o menos lo que me merecía, de todos modos.
Bajé la mirada hacia el tipo inconsciente a mis pies, preguntándome si debería arrastrarlo fuera.
Un portero apareció por la puerta abierta detrás de mí y chasqueó la lengua al verlo, negando con la cabeza.
—¿Amigo tuyo?
Resoplé.
—Qué va.
Con una última mirada anhelante hacia Allara, me dirigí hacia la puerta, dejando al idiota y su futuro destino en manos del portero.
Debió de captar algo en mi expresión, porque me dio una palmada en el hombro al pasar y señaló con el pulgar hacia la barra. Allara se había puesto a trajinar con la caja registradora: por lo visto, había decidido ignorar mi presencia por completo.
—¿Conoces a Allara, entonces? —preguntó el portero.
—Yo… —Abrí la boca y la cerré de nuevo.
Esperó.
—La conocía —murmuré finalmente, agachando la cabeza al ver la sonrisa cómplice del tipo y su ceja enarcada. Era evidente que la protegía, pero debía de conocerla lo bastante bien como para no intentar intervenir por ella.
Mientras salía a la noche, empecé a darme cuenta. Esta misión iba a ser mucho más difícil de lo que había pensado.
Allara tenía una vida aquí, una de la que yo no sabía nada. Amigos. Tal vez incluso un novio. Solo pensarlo me revolvió el estómago.
Después de todos mis esfuerzos, encontrarla de nuevo había resultado ser la parte fácil.
¿Convencerla de que renunciara a su vida aquí en la ciudad? Eso iba a ser harina de otro costal.