Allara #2
Forcé una sonrisa. —No pasa nada.
Al fin y al cabo, mi trabajo era limpiar lo que dejaban los niñatos como él. Me agaché, recogí los trozos grandes de cristal con cuidado y los fui poniendo en la bandeja. Después barrí todo lo que pude y lo amontoné.
Maldita sea. El cristal se había esparcido por todas partes.
Iba a necesitar la aspiradora.
Cogí la bandeja y me giré hacia el capullo. —¿Puedes evitar que se acerque alguien a esta zona? Vuelvo enseguida con la aspiradora.
—Claro que sí —dijo, con una sonrisita de mierda.
Me di la vuelta para irme y me dio una palmada en el culo. Fuerte.
Me mordí la lengua mientras un gruñido me subía por la garganta.
Tragué saliva. Qué raro. Mi loba solía estar aletargada dentro de mí.
Me sacudí y seguí andando. Encontré la aspiradora en el fondo del almacén y me permití soltar un «joder» en voz alta en aquel espacio oscuro y vacío, antes de volver directa al bar.
Ese desgraciado no me daba miedo. Ni de lejos. Me había enfrentado a cosas mucho peores.
Al final, el partido de fútbol terminó. La mayoría de los clientes habían dado la noche por terminada y se iban a casa o se apiñaban en los taxis que aguardaban.
Todos, excepto el desgraciado.
Lo había estado vigilando desde el incidente de la cerveza, pero se mantuvo discreto casi toda la noche.
Como una tonta, bajé la guardia y decidí que no merecía la pena estresarme.
Si quería quedarse bebiendo su cerveza en un bar vacío, allá él.
No era asunto mío; de todos modos, pronto podría echarlo.
Al final, solo quedaban dos clientes. El desgraciado y un tipo desplomado en un reservado del fondo.
Ya casi.
Mientras limpiaba la barra, vi al desgraciado que acosaba a Tammy junto a la cabina del DJ. Ella había salido a recoger los vasos vacíos. Él la tenía acorralada contra un pilar y tiraba de la bandeja que llevaba en las manos.
Ah, mierda.
El corazón me empezó a latir más rápido. Más fuerte.
Tammy no era ninguna flor delicada, pero tampoco era una loba cambiaformas oculta.
—¡Eh, Mick! —grité, pero no aparecía por ningún lado. Asomé la cabeza por la puerta de la cocina—. Louise, ¿has visto a Mick?
—Mmm, no desde hace un rato —Louise frunció el ceño mientras apilaba platos en el escurridor—. ¿En el baño, quizás?
—¿Te importa vigilar la barra? Tammy necesita ayuda.
Louise entrecerró los ojos, captando mi tono. —Claro.
Salió de la cocina conmigo mientras yo volvía al bar y cruzaba la sala a paso firme. El desgraciado había conseguido quitarle la bandeja a Tammy y se cernía sobre ella con una mueca lasciva, pegando la cara a la suya.
Seguro que su aliento olía fatal.
—Por favor —suplicaba Tammy—. ¡Para!
Se encogió contra el pilar, intentando apartarse de sus manos, que la manoseaban.
Mi loba se alzó al instante, al percibir el peligro que corría un miembro de mi familia adoptiva. La tranquilicé lo suficiente para que se calmara, aunque a regañadientes.
Puedo con esto, le dije a mi loba. Es solo otro desgraciado que necesita irse a casa a que se le pase la borrachera y la estupidez.
—¡Eh! —Le di un golpe seco en el hombro con el dedo—. Ya basta.
—Lárgate —me fulminó con la mirada; tenía los ojos vidriosos e inyectados en sangre. Apestaba a alcohol—. Tuviste tu oportunidad. Me voy a casa con esta.
Por encima de su hombro, crucé la mirada con Tammy. La expresión de horror en su rostro hizo que el corazón me latiera con fuerza y que mi loba volviera disparada a la superficie.
Ni de coña.
—Eso no va a pasar —lo agarré del brazo y lo aparté de un tirón, para que Tammy pudiera escabullirse—. Te voy a llamar un taxi. Venga, vámonos.
Eché un vistazo rápido a la sala. Maldita sea, ¿dónde se había metido Mick? Patrick, nuestro guardia de seguridad, tampoco estaba. Seguramente andaba fuera asegurándose de que los clientes borrachos subieran a los taxis en vez de irse hacia sus coches aparcados.
—¡Zorra!
Mi atención volvió de golpe al problema que tenía delante. Al borracho, irritante e imbécil problema que me miraba con expresión furiosa.
—La dejaste escapar.
—¿Escapar? —Me quedé boquiabierta—. No es un puto conejo, tío. No estás de caza.
Se le hincharon las venas del cuello mientras apretaba los dientes. Quería pegarme. Bueno... bien. ¡Inténtalo! Por favor. Dame una excusa para partirte los dientes.
No me moví ni un centímetro. —Te sugiero que te largues ya, antes de que llame a la policía.
Me di la vuelta, pero no llegué muy lejos. Unas manos enormes me agarraron y me arrastraron hacia atrás. Sentía su barriga blanda contra mi espalda. Su aliento a cerveza me rozó la mejilla.
—¿Estás celosa, guapa? ¿Es eso?
Intenté apartarme, pero me sujetó con fuerza. Sentí algo húmedo y caliente que se deslizaba por mi mejilla y serpenteaba detrás de mi oreja.
Puaj. Tenía la lengua en mi cara.
Eso fue la gota que colmó el vaso.
Me aparté de él empujando con todas mis fuerzas y me giré para enfrentarlo. Se tambaleó hacia atrás con cara de sorpresa. De estúpida sorpresa que se convirtió casi al instante en rabia. Cuando cerró los puños y vino hacia mí, le solté una patada giratoria en el estómago.
Salió volando hacia atrás, chocó contra el pilar y se agarró el estómago.
—¿Qué coño? —jadeó. Bien—. Estás loca, zorra.
Se puso de pie a duras penas y avanzó tambaleándose, con los ojos oscuros llenos de odio.
Cerró el puño y lanzó lo que parecía un potente derechazo hacia mi cabeza.
No deberías cantar los golpes así.
Me agaché esquivándolo y le lancé un uppercut rápido a la mandíbula, oyendo el crujido satisfactorio de mi puño contra el hueso.
Por desgracia, no le había dado con suficiente fuerza. No cayó como yo pretendía. Solo se tambaleó hacia un lado, perdió el equilibrio y buscó a tientas un taburete al que agarrarse.
—¿Quién coño te crees que eres? —siseó—. Estúpida zorra.
Mi fuerza no era precisamente la de una mujer humana normal, y menos una de mi tamaño. Estaba claro que iba demasiado borracho para darse cuenta de lo que yo era en realidad.
Sonreí; ese fue su mayor error.
Se puso de pie, se ajustó la chaqueta del traje y se alejó tambaleándose, esquivando los taburetes dispersos. Iba murmurando para sí, pero no me molesté en prestar atención a lo que decía.
En cambio, volví con cautela detrás de la barra, sin perderlo de vista.
Para mi alivio, fue directo hacia la salida y soltó una maldición mientras abría la puerta de un tirón, con más fuerza de la necesaria.
Sin embargo, antes de que pudiera salir a la oscuridad de la noche, alguien le cortó el paso.
Habíamos bajado las luces del bar hacía horas, y al principio solo pude distinguir la silueta del hombre recortada contra la oscuridad.
Eso sí, se notaba que el tipo era grande. Mucho más grande que el imbécil, con un pecho y unos hombros anchos.
Fue entonces cuando reconocí su camisa de franela. ¡El tipo del reservado!
Vaya. Con las prisas por ayudar a Tammy, me había olvidado de que seguía aquí.
Ya no estaba desplomado en su reservado. Tampoco se tambaleaba como el imbécil. Al contrario, se movía con la precisión de alguien completamente sobrio.
Se inclinó hacia delante y le dijo algo al imbécil en voz baja. La luz le iluminó el rostro, y por fin pude verlo bien.
Maldita sea.
—Tú —susurré. El corazón se me aceleró al ver a alguien a quien nunca pensé que volvería a ver.
Antes de que pudiera procesar mis pensamientos o emociones, el imbécil le lanzó un puñetazo al recién llegado.
Madre mía. Error aún mayor.
El tipo de la camisa de franela se movió con tanta parsimonia que casi parecía a cámara lenta. Le asestó un solo golpe brutal en la cara, y el idiota se desplomó como un saco de patatas.