Lealtad de la manada
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Allara
Fruncí el ceño al mirar el reloj del salpicadero mientras aparcaba frente al bar donde llevaba trabajando todos los fines de semana los últimos cinco años.
Tarde como siempre. Esta vez Mick me va a matar de verdad.
Salté del coche y cerré de un portazo. El viejo cacharro oxidado era fiable y me llevaba adonde necesitaba, aunque la estética dejara bastante que desear.
Entré corriendo por la puerta de atrás, me quité el abrigo de lana y dejé el bolso en el pequeño armario de empleados mientras forcejeaba con las llaves.
El bar no era uno de esos antros con solo dos bombillas funcionando, pero tampoco era un local elegante de dos plantas con un menú carísimo.
Era cálido y acogedor, con un menú asequible. Los lugareños lo consideraban el sitio perfecto para pasar el rato después del trabajo o los fines de semana.
—Allara. Llegas tarde. Otra vez —me gritó Mick, con un tono cargado de sarcasmo—. ¡Tienes suerte de que te quiera!
Tenía suerte.
De verdad me quería, y como loba cambiante sin manada… necesitaba una familia. Mick era la única figura paterna que tenía en mi vida últimamente.
Le dediqué una sonrisa agradecida.
—Sabes que recuperaré el tiempo al final de la noche.
Me lanzó un delantal de cocina y lo atrapé con una mano, conteniendo un quejido. Le gustaba que los usáramos en las noches en que se derramaba más cerveza de la que se bebía.
Final de fútbol americano.
¡Eso era esta noche! Mierda.
—El local ya está medio lleno, así que…
Me dio una palmada en el hombro con su manaza.
—Mejor que salgas ahí fuera.
Me até el delantal a la cintura, tapando mis vaqueros nuevos. Parecía un desperdicio llevarlos al trabajo, sobre todo porque nadie podía verme de cintura para abajo detrás de la barra. Pero… vaqueros nuevos. No pude resistirme a estrenarlos.
—Gracias, Mick.
Atravesé la cocina, saludé rápidamente a Louise, nuestra chef, y salí a paso firme a ocupar mi puesto detrás de la barra.
El corazón todavía me latía con fuerza por las prisas, pero mi cuerpo empezaba a vibrar agradablemente y mis caderas se balanceaban al ritmo de la música que sonaba por los altavoces.
Podía quejarme y lamentarme de tener que trabajar los fines de semana, pero casi todo era puro teatro.
En realidad no había nada que prefiriera hacer.
Este lugar, y la gente que trabajaba aquí, se habían convertido en mi hogar.
Disfrutaba de mis noches aquí y, sin duda, había trabajos peores.
Incluso en noches como esta, con la ruidosa multitud futbolera dando más trabajo y más jaleo.
Cogí una goma de la muñeca y me recogí la melena en una coleta alta. En las noches de fútbol, el local se ponía como un horno y la gente no paraba de entrar hasta la madrugada. Trabajar en la barra un sábado ajetreado era básicamente como un entrenamiento gratis en el gimnasio.
—¡Hola, Tammy! —llamé a la otra camarera, que estaba agitando una coctelera y sirviendo lo que parecía un cóctel de capuchino en dos copas.
Oooh, qué elegante.
—Hola, Allara —me devolvió el saludo con una amplia sonrisa—. ¿Qué tal todo?
Tammy era una chica maja, la compañera de barra ideal para este tipo de local.
Trabajábamos duro, probablemente demasiado, pero creo que ella disfrutaba del subidón tanto como yo.
El bar tenía trabajo suficiente para justificar un tercer camarero, pero como Tammy y yo podíamos aguantar un turno de ocho horas de pie, Mick no necesitaba a nadie más.
Ser una loba cambiante significaba que tenía un metabolismo rápido y más fuerza que un humano no paranormal.
Podía currar duro sin apenas notarlo físicamente.
Tammy funcionaba a base de pura energía.
No había nada paranormal en ella, pero aun así trabajaba como una bestia, supuse que simplemente porque podía. Era increíble.
—Oye, ¿me pones dos cervezas? —gritó un tipo, sacándome de mis pensamientos.
Tiró un billete de veinte sobre la barra.
Contuve un suspiro justo antes de ponerme educadamente mi «cara de trabajo».
No hay descanso para los malvados, o eso dice el refrán.
—¡Claro! ¿Te pongo algo más? —pregunté, lanzándome al trabajo.
No paré en horas. La gente no dejaba de entrar y yo seguía corriendo, sirviendo vaso tras vaso. Cervezas y vinos y más cervezas, y algún que otro cóctel para alguna chica de despedida de soltera lo bastante despistada como para acabar en el bar en una noche de fútbol.
Apenas podías oírte pensar con el rugido de los hombres en el bar. Como había predicho, aquí dentro hacía un calor sofocante; cogí la botella de agua de debajo de la barra y me la bebí de un trago antes de secarme el sudor de la frente.
—¿Quién va ganando? —le grité a Tammy en un momento dado, agarrándola del codo cuando pasó volando a mi lado.
Puso los ojos en blanco y se rio.
—¿No te das cuenta?
Le guiñé un ojo con una sonrisa y la dejé desaparecer de nuevo entre la multitud.
Sabía que yo no era futbolera ni por asomo, pero vivir en Nebraska significaba que tenías que seguir a un equipo y conocer las reglas lo bastante bien como para enterarte de lo que pasaba.
—Hola, preciosa. ¿No vas vestida como un ángel esta noche? —dijo un hombre inclinado sobre la barra, con un tono tan empalagoso que atraería a más de una incauta.
Pero esa no era yo.
Reprimí las ganas de poner los ojos en blanco ante su frase cursi de ligue. Eso habría ido en contra de la política de Mick de «no molestar a los clientes». En su lugar, le dediqué una sonrisa al tipo.
—Gracias. La verdad es que pillé esta camiseta en rebajas.
Me estiré la camiseta en cuestión. Mostraba mi generoso escote, cierto. Pero era de algodón transpirable, perfecta para correr como una loca durante ocho horas seguidas sirviendo cervezas a tipos como este.
—¿Qué te pongo?
—¿Qué haces después del trabajo esta noche? —insistió, ignorando mi educada evasiva.
La sonrisa que me había plantado en la cara amenazaba con esfumarse. La obligué a quedarse donde estaba.
Este tipo no era un cliente habitual. Nunca lo había visto antes. Una pena, la verdad. Si lo hubiera sido, habría sabido que yo no salgo con nadie.
Casi nunca, vamos.
Y aunque lo hiciera, no elegiría a un cuarentón que se ponía traje para ir a un bar un sábado por la noche. ¿A quién pretendía impresionar?
Si hubiera sido viernes, habría tenido un pase. Entendía el rollo corporativo entonces; algunos hombres venían directamente del trabajo, al fin y al cabo, así que tenían excusa para ir trajeados. Pero este imbécil había decidido ponerse traje para venir a beber cerveza y ver el fútbol.
—Eh... ¿qué hago después del trabajo? —Me costaba pensar en algo breve e inocuo—. Seguramente irme a casa y desplomarme en la cama. No salgo hasta las cuatro de la mañana.
Se le iluminaron los ojos y esta vez no pude disimular el escalofrío.
¡Joder! Error de novata. Mierda.
Se ve que había perdido práctica.
—Bueno, seguro que puedo hacerte acabar para las cuatro y media. —Se relamió los labios—. ¿En tu casa o en la mía?
Se me revolvió el estómago. Dios, este tipo.
No puedo decir que no estuviera acostumbrada. Prácticamente todos los del local lo habían intentado al menos una vez. Después de cinco años trabajando de camarera, había aceptado que estas cosas formaban parte del trabajo.
La mayoría lo aceptaba cuando les decía que no.
Si supieran que podía convertirme en loba y arrancarles la cara de un mordisco...
No sabía si era el calor o lo tarde que era, pero algo de este tipo me daba ganas de partirle la cara de engreído.
Levanté las manos y me encogí de hombros. —Mira, solo estoy aquí para servir copas. ¿Quieres algo?
—Eh, sí. Tres cervezas y tu número de teléfono.
Me di la vuelta para sacar tres cervezas de la nevera, las caras. No había especificado, al fin y al cabo. Problema suyo.
—¿Están bien estas?
Abrió los ojos un poco al ver las botellas que dejé en la barra entre nosotros.
—Oh, perdona. ¿Demasiado caras para ti? —pregunté, intentando sonar lo más confundida e inocente posible.
—Qué va, para nada. Toma, cóbramelo. —Me tendió una tarjeta de crédito azul normalita y me mordí la lengua.
¿Qué? ¿Ninguna AMEX negra?
Le cobré con el contactless poniendo una sonrisa insulsa y me escabullí hacia el otro extremo de la barra, intentando calmar el temblor de rabia que me recorría las venas.
No puedes pegar a nada ni a nadie aquí. Tranquila.
Ese tipo había conseguido sacarme de mis casillas. No sabía muy bien por qué. Normalmente se me daba bastante bien ignorar las gilipolleces de la gente.
Joder, esta noche estaba que echaba chispas. Tenía que ser el calor. Necesitaba un té de menta y unas catorce horas de sueño para calmarme. En ese orden.
—Hola, ¿qué te pongo? —le pregunté a la chica que esperaba pacientemente mi atención. Era una pelirroja menuda, recién salida de la universidad por su aspecto.
—Eh, un vino blanco, por favor. El de la casa me vale.
Asentí con una sonrisa amable y me giré para abrir la vinoteca.
Universidad y vino. Lujos que no me había podido permitir a su edad.
Bah, me iba bien sin ninguna de las dos cosas.
—Aquí tienes. —Deslicé la copa por la barra.
Justo me estaba girando para atender al tipo de su izquierda cuando un estruendo brutal retumbó por toda la sala.
La masa de clientes alborotados se apartó a trompicones y dejó a la vista al mismo imbécil que había estado intentando ligar conmigo antes.
Se le habían caído las tres botellas de cerveza contra el suelo de madera. Había cristales por todas partes y la cerveza formaba un charco a sus pies.
Mierda.
Miré alrededor buscando a Mick. Estaba en la otra punta de la sala, ocupado con el DJ y su equipo de sonido.
—¡Allara! —me llamó Mick, señalando el desastre del suelo y haciendo el gesto de barrer. Me levantó el pulgar antes de darse la vuelta otra vez.
Estaba oficialmente harta de esta noche. Solo quería irme a casa y meterme en la cama.
Vale. Cogí una bandeja, pillé una escoba y me lancé al campo de batalla.
El tipo estaba apoyado en una columna cercana, con una expresión extrañamente pagada de sí misma.
—Oye, lo siento —dijo, sin sonar nada arrepentido.