34 Cass
CASS
St. James en Madison es una de esas iglesias tan hermosas que te hacen sentir insignificante. Como si fueras una mancha en el exterior de una bola de nieve que alguien debería limpiar.
Arcos de piedra que se elevan hacia el cielo.
Vidrieras que derraman charcos de rojos y azules sobre el suelo de mármol.
Velas en altos candelabros de latón que parpadean pacientemente.
Me siento a cuatro filas del fondo, con los guantes apretados en el regazo y el sombrero goteando nieve derretida sobre mi muslo.
El asiento de Raymond, a mi lado, está vacío.
Me dijo que nos veríamos aquí, pero cuanto más tiempo permanece vacío ese asiento, más empiezo a preguntarme si alguna vez tuvo intención de venir, o si nos veremos allí era la forma que tenía Raymond de decir tengo un cadáver del que deshacerme y me ocuparé de ti cuando me ocupe de ti.
La iglesia está a reventar. Los socios y colaboradores de Snyder me convertí en Cassandra Snyder, un robot asesino con una única misión: matar al hombre que me arrebató a Giana.
Bastó con un solo soplo de lirios Stargazer para echar por tierra todo ese trabajo.
Ahora soy un desastre empapado, por dentro y por fuera.
Lloro por Giana. Lloro también por Bill, que murió de forma horrible e inmerecida, y por Susan, que está viva pero inconsciente, y que podría saber algo terrible si alguna vez vuelve a abrir los ojos.
Lloro por la pobre Caroline. Lloro por mí misma, por el bebé que llevo en mi vientre y por el hombre que está a punto de pasar el resto de su vida fingiendo que nunca existí tan pronto como termine el trabajo.
Lloro tan fuerte que no le oigo acercarse.
Solo noto cómo se mueve el aire y, de repente, un abrigo, cálido, seco por dentro, con olor a lluvia sobre pinos, se posa sobre mis hombros. Unas manos me llevan hasta un banco cercano y un brazo me acurruca contra su costado.
—Estoy aquí.
—No deberías estar aquí —jadeo—. Mat, no puedes, hay gente, nos verán…
—Como si me importara una mierda. —Me acerca aún más a él, y el lento calor que me invade empieza a disipar el dolor—. Además, si alguien entra por esa puerta, solo soy un tipo que ha encontrado a la mujer de un compañero llorando sola bajo la lluvia. Eso es todo.
Nada es nunca tan sencillo.
Pero, de todos modos, apoyo la cara en su hombro. Su traje ya se está oscureciendo con el agua de la lluvia. No intenta callarme. Simplemente me abraza todo el tiempo que yo le dejo.
Cuando por fin levanto la cabeza para respirar, mi rímel es una mancha negra en su cuello y tengo el pelo pegado a la frente.
—Los lirios —digo con voz ronca—. Fueron los lirios.
Me mira, frunciendo el ceño. —¿Lirios?