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MAT
Llevo toda la semana pensando en Cass. Desde que la dejé delante de su ático, sentí como si la estuviera abandonando, maldita sea. Es un pensamiento absurdo: no es como si pudiera meterla de nuevo en el coche y llevármela conmigo para siempre.
A menos que…
A menos que lo hiciera.
¿Y si...? ¿Y si nos llevara directamente al JFK, abandonara el coche en el aparcamiento y nos subiera a un vuelo a cualquier sitio?
Lisboa, Buenos Aires, algún rincón polvoriento de Croacia donde a nadie se le ocurriría buscarnos…
Me da igual. Dejaremos toda esta mierda atrás.
Tendré una pistola escondida bajo las tablas del suelo de cualquier nido de amor que encontremos para llamar nuestro, porque solo se puede huir del pasado hasta cierto punto, pero, aparte de eso, será un nuevo comienzo.
Su cara nunca volverá a tener moratones.
He imaginado esa fantasía cientos de veces esta semana. Cada vez se vuelve más vívida. Puedo ver la ventana de la cocina. Puedo verla de pie bajo el sol que se cuela por el cristal, con la barriga redondeada, sonriéndome como un ángel.
Es imperdonable que un hombre como yo desee algo así.
No sabía que fuera capaz de ello. Siempre había pensado que la parte de mí que deseaba cosas se había cauterizado a los quince años, cuando Afon me sacó sangrando de un callejón y a mi padre no lo sacaron en absoluto. Me convertí en un hombre que no necesitaba una mierda.
Trajes. Whisky. Mujeres de las que me olvidaba al amanecer. Eso era todo lo que necesitaba para seguir adelante.
Entonces, una potra salvaje entró en el Khaza y todo se puso patas arriba.
Niego con la cabeza y me concentro mientras aparco el coche, salgo y me subo el cuello del abrigo para protegerme del gélido frío de enero. El frío que viene del océano aquí, en Brighton Beach, es una bestia diferente al de Manhattan. Es más húmedo, más desagradable y mucho más penetrante.
Agachando la cabeza, paso junto a un trío de ancianos con gorros de piel que discuten en un banco del parque. La basura se arremolina a mis pies mientras cruzo Brighton Beach Avenue hacia el Café Volna.
Volna es el tipo de sitio al que los turistas que se han pasado de parada por error en el metro nunca se atreverían a entrar para pedir ayuda.
Las ventanas están tintadas. El menú de la entrada está escrito a mano en ruso, sin traducción alguna.
El hombre de la puerta no es un recepcionista; es un tipo llamado Volodya con un cuello tan grueso como la cintura de una mujer, más feo que el pecado, sin el más mínimo concepto de modales ni amabilidad humana.
Volodya levanta la vista de su móvil y me gruñe.
—¿Está ahí atrás? —pregunto.
Señala con la barbilla hacia la puerta batiente que hay detrás de la barra. —En la cocina. No toques los pelmeni. Son para la comida.
—Ni se me ocurriría.
Paso junto a él y atravieso el comedor, que está vacío salvo por dos abuelas que comparten un plato de syrniki junto al radiador.
Ninguna de las dos levanta la vista. Han visto a muchos hombres atravesar esta sala hacia esa puerta batiente, y saben perfectamente lo imprudente que sería prestar demasiada atención.
En la sofocante cocina, una mujer regordeta con redecilla en el pelo está extendiendo masa en la mesa de preparación. Ella tampoco me mira. No mirar es lo más inteligente que se puede hacer en un antro como este.
Empujo una segunda puerta al fondo y entro en una sala más pequeña con una única mesa de acero y un calendario de una funeraria rusa clavado en la pared.
Afon, como era de esperar, se me ha adelantado.
Está sentado de espaldas a la pared, con un vasito de té delante y el abrigo doblado sobre la silla.
Sus Sobranies están sobre la mesa. También un platillo con terrones de azúcar.
—Llegas tarde —dice.
—Demándame.
Me siento mientras él me empuja un segundo vaso de té por encima de la mesa. Está ardiendo. Lo agarro con la mano y dejo que me queme un poco la palma.
Se enciende un cigarrillo y me mira entrecerrando los ojos a través del humo que se arremolina. —¿Has dormido algo esta semana?
—¿Tú lo has hecho?
Se ríe entre dientes y coge un terrón de azúcar. Lo echa en el té, observa cómo se hunde y luego lo remueve con la cucharita. El tintineo del metal contra el cristal es el único sonido que se oye en la habitación durante un largo rato.
—Bueno —dice—. Oglethorpe. ¿Hay alguien interesante a quien señalar?
—Tengo algunas ideas —respondo—. Pero nada a lo que me atrevería a dar mi nombre todavía.
Asiente lentamente. —Yo también tengo ideas. Lukas tiene ideas. Todo el mundo tiene ideas. El problema de las ideas es que se multiplican —Me señala con el cigarrillo—. ¿Crees que fue Raymond?
Giro el vaso de té un cuarto de vuelta. —Creo que Raymond se marchó del retiro a toda prisa tras recibir una llamada, y doce horas después, uno de sus socios principales estaba en la camilla. Y no creo en las coincidencias.
—Yo tampoco.
—Pero…
—¿Pero…? —pregunta.
Exhalo. —Bill me llevó aparte al bosque aquella mañana.
Parecía muerto de miedo. Me dijo que Raymond no era un buen hombre, con esas mismas palabras.
Cree que Raymond tiene expedientes sobre los socios principales.
Cosas que han firmado, de las que han hecho la vista gorda.
Dijo que Raymond había estado recurriendo a esos expedientes últimamente.
Entonces Raymond se acercó tranquilamente y Bill cambió de tema tan rápido que casi se hace un esguince cervical.
La cucharilla de Afon deja de moverse en el vaso. —Así que Bill tenía miedo de Raymond y te lo confesó —resume—. Y ahora Bill está muerto. Eso concuerda con la historia sencilla. Y, sin embargo, no pareces convencido.
—Es solo que… —Muevo la mandíbula mientras expreso las cosas que me han estado preocupando desde el momento en que aquellas luces rojas y azules iluminaron por primera vez el interior de la habitación donde tenía a Cass tendida debajo de mí—.
Bill era útil. ¿Por qué cortar ese hilo ahora?
Matar a Bill no debió de ser ni fácil ni barato.
Desde luego que no fue nada discreto. Entonces, ¿cuál es el plan a largo plazo aquí?
Afon se encoge de hombros. —Los hombres toman decisiones estúpidas cuando se ven acorralados.
—O cuando alguien más toma las decisiones por ellos.
Mi tío levanta la mirada hacia mí. Son ojos cansados. Llevan así desde que yo tenía quince años. Detrás de ellos hay un hombre que sigue siendo, de alguna forma irremediable, el hermano pequeño de mi padre, y que lleva quince años pagando una deuda en mi nombre.
—Explícate —dice.
Me inclino hacia delante y bajo la voz, aunque no haya nadie más en esta habitación aparte de nosotros. —¿Y si Raymond no fuera el jefe del Sindicato?
Me hace un gesto para que continúe.
—¿Y si Raymond es solo la fachada? —insisto—.
¿No lo ves? El estadounidense de aspecto legítimo con traje de Brioni, con un despacho en una esquina de Midtown, un ático en Park Slope y una mujer guapísima del brazo en el club de campo.
¿Y si el Sindicato Vainakh lo está utilizando exactamente de la misma forma en que Raymond utilizó a Bill?
Piénsalo: él puede hacer tantas cosas que esos cabrones de Europa del Este aún no son capaces de hacer por sí mismos.
Pasa dinero por la aduana. Se encarga del papeleo.
Pero no es él quien llama a los peces gordos; lo hace otra persona.
¿Y si a Raymond no le gustaba eso… y Bill sabía que a Raymond no le gustaba eso…
y Bill decidió que le saldría mejor unir su suerte con, literalmente, cualquier otra persona?
Afon da una larga calada y luego exhala el humo hacia el techo. —Llevas un rato pensando en esto —supone.
—Sí. Toda la puta semana.
—También lo habías estado pensando antes de eso —me acusa—. Pero no lo dijiste.
—Quizá. ¿A quién le importa?
—Matvei. Escúchame, plemyannik. Voy a decirte algo que quiero que oigas. ¿Me estás escuchando? Porque esto es importante —Golpeando su Zippo contra la mesa con cada palabra, dice—: No. Importa. En. Absoluto.
Me resisto. —Tío…
—No importa —repite—. Si Raymond es el jefe, o la cara visible, o la puta corbata, eso no cambia nada.
Si fue él quien decidió que Bill muriera, o quien delegó esa decisión…
Si Vainakh tiene un jefe o doce… Nada de eso es lo que nos ocupa.
La cuestión que se nos plantea es si tú y yo, los hombres Satyrin, vamos a liberarnos de nuestra obligación para con Lukas Lazarev, o si vamos a morir trabajando para él.
Esa es la cuestión. No hay nada más que valga la pena preguntarse.
Sacude la ceniza sobre el platillo mientras la brasa de su cigarrillo brilla.
—Entiendo lo que quieres decir —murmuro.
—¿De verdad? —La pequeña taza de té que sostiene entre las manos le echa vapor a la cara, empañando los cristales inferiores de sus gafas de lectura—.
Porque llevo diez minutos escuchándote soltar teorías infundadas sobre la relación de Raymond con esta organización, y ni un solo segundo sobre cómo le metemos una bala.
—Una cosa lleva a la otra.
—Dos cosas pueden estar relacionadas sin tener absolutamente nada que ver la una con la otra, Mat.
—Apaga el Sobranie en el platillo. Ya tiene otro en la boca antes de que el primero haya dejado de arder—.
Déjame explicártelo como se lo explicaría a un sobrino más tonto, porque parece que a mi sobrino listo hoy le cuesta entenderme.
Le hago un gesto de disgusto con la mano. —Por supuesto. Tienes la palabra.
—Nos separan tres días de la libertad. Podemos deshacernos de nuestras deudas y largarnos de aquí de una vez.
Lo único que tienes que hacer es acabar con la vida de un miserable cabrón que se lo merece con creces.
Nada podría ser más sencillo ni más importante.
Así que lo que quiero que hagas es esto —concluye—: dime el puto plan.
Doy un sorbo lento al té. Me quema la lengua, pero agradezco el dolor porque me da algo que hacer aparte de mirarlo.
Dejo la taza sobre la mesa. —La boda de los DeMaris es el sábado por la noche en el Plaza.
Raymond estará bebiendo y necesitará ir al baño cada cuarenta minutos, como un reloj.
Cuando salga, lo desviaré hacia el pasillo de servicio que hay detrás de la cocina.
No hay cámaras en el muelle de carga. Usaré un arma de pequeño calibre con silenciador para meterle dos en el pecho y una en la cabeza.
Un disparo chapucero para que nadie sospeche de la intervención de un profesional.
Limpiaré la empuñadura y luego me aseguraré de que el arma acabe en el bolso de Cass…
eh, en el bolso de su mujer. Cuando la policía compruebe el número de serie, descubrirán que está registrada a nombre de ella. Un golazo de manual.
Me siento mal mientras hablo. Cuando termino de explicarlo todo, Afon apoya su cigarrillo, que aún arde, en el borde del platillo y empieza a aplaudir, lentamente y con sarcasmo.
—¿Ves? Sencillo. ¿Tan difícil era?
La mujer. Mierda, solo llamarla así ya me revuelve el estómago. Hace mucho tiempo que dejó de ser la mujer. Es Cass, mi potrilla salvaje, mi dikarka.
Afon me mira entrecerrando los ojos, como si hubiera adivinado exactamente adónde se han ido mis pensamientos. —¿Qué pasa? —pregunta.
—¿Qué pasa con qué?
—La expresión de tu cara.
—No tengo ninguna expresión en la cara, tío.
Asiente. —Bien. Sigue así. Recuerda lo que te dije, Matvei: guarda tu corazón en una caja en una estantería. En nuestro mundo no tiene importancia. Es mejor mantenerlo fuera de tu alcance.
Alzo la vista. Está sentado frente a mí, al otro lado de la mesa de acero: el hermano menor de mi padre, el hombre que una vez me lavó la sangre de otra persona del pelo en el baño de una gasolinera a las afueras de Newark y después me compró una Coca-Cola para luego no decir ni una palabra al respecto durante quince años.
—Está en la estantería —repito aturdido—. No lo voy a bajar —Me levanto bruscamente, el taburete chirría al retroceder, y me pongo la chaqueta de mi traje oscuro—. Tengo que irme ya. Hoy es el funeral de Bill Oglethorpe.
Afon inclina la cabeza a modo de despedida. —Que Dios te acompañe, sobrino. Nos veremos al otro lado.