Latidos en la ciudad eterna Capítulo 18
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Capítulo 18

Roma decide

A la mañana siguiente todo parece un poco distinto. El hotel, nosotras, el aire. Roma ha aprovechado la noche para hacer su trabajo en silencio, y cada una amanece siendo un poco más de lo que era ayer, una versión ligeramente más despierta de sí misma. El tiempo no espera y Roma, mucho menos.

Lola es la primera en desaparecer.

—Tengo que bajar —dice, con una urgencia que no intenta disimular—. Hoy el desayuno importa más de lo habitual.

—¿Por qué?

—Porque el desayuno puede decidir cosas.

Y antes de que pueda preguntarle qué cosas exactamente, ya ha cerrado la puerta.

María tampoco se queda. Su móvil vibra y lo mira con esa media sonrisa que ya empiezo a reconocer demasiado bien.

—Mi taxista se ha perdido con una pareja alemana —dice, sin apartar los ojos de la pantalla—. Las calles de Roma no perdonan.

—Claro —respondo.

—Eso también es amor, ¿no? —añade, más para sí misma que para mí.

Se arregla rápido, me lanza un beso en el aire y desaparece con la misma prisa con la que llegó.

Y de repente la habitación del hotel se me queda demasiado grande.

Demasiado silenciosa.

Demasiado mía.

Me tomo un momento sentada en el borde de la cama, mirando la habitación vacía con las camas revueltas y el rastro de las dos todavía visible en las maletas abiertas y las toallas mal dobladas.

Hay un poso extrañamente melancólico en los restos de un día que fue demasiado para procesarlo de una sentada, y sin embargo ahí están, prueba de que ocurrió, de que esto es real y no un sueño con subtítulos italianos.

Me tomo mi tiempo para arreglarme, porque el aire de la habitación no termina de colocarse del todo, una especie de calma falsa que no me creo ni yo, y aun así bajo de todas formas.

El ascensor tarda más de lo normal, o quizá soy yo la que va más despacio de lo habitual.

Cuando llego al vestíbulo, el mundo sigue en su sitio, pero no del todo.

Óscar está en recepción conversando con Elena, demasiado cerca para ser casualidad y demasiado tranquilos para que yo no lo note. Sin motivo claro, el pulso se me acelera, y me quedo un instante sin saber si echar a correr hacia ellos o quedarme aquí, a distancia prudencial, a ver qué pasa.

Abro la puerta del salón de desayunos y entonces el mundo se detiene. No del todo. No de una vez.

Pero sí lo suficiente para que me pare en seco.

Porque hay algo raro en el ambiente.

Algo que no debería estar ahí.

Algo…

—¡SORPRESA!

El grito rompe todo lo anterior.

Lola está en una esquina del salón, riéndose, con Marco a su lado. Fuera de su cocina parece diferente, más relajado, más vivo.

María aparece detrás de una columna, despeinada y feliz, con Enzo apoyado a su lado, como si a los dos les bastara con eso: una excusa más para mirarse.

Y yo me quedo quieta.

El alivio llega primero. Después la risa. Después una emoción que todavía no sé nombrar.

Voy hacia ellas sin más, y cuando las alcanzo el caos ya está instalado: las tres hablando a la vez, riendo, interrumpiéndonos, contando sin orden lo que ha pasado antes de este momento.

Y en medio de todo me acuerdo de ayer, de las calles sin rumbo, de la panceta del Trastevere, del banco donde nos quedamos sin decir nada y sin necesitar decirlo, de las confesiones de anoche y de la fuga de esta mañana, todo convertido en una sola cosa desordenada que solo nosotras entendemos.

Nos sentamos a desayunar. Me dejo llevar por las voces cruzadas, las risas y el calor del momento. Pero en algún momento todo empieza a alejarse sin moverse del sitio, hasta convertirse en apenas un susurro.

No sé cuándo dejo de escuchar a Lola, ni cuándo pierdo el hilo de María entre su energía y ese entusiasmo que la arrastra de un lado a otro. Solo sé que en algún momento me quedo quieta, con la taza entre las manos, mirando sin mirar.

Y entonces lo noto.

No es una entrada de película, ni nada que anuncie su llegada con ruido. Es más bien un cambio en el aire, casi incómodo de reconocer porque llega en silencio.

Me giro despacio, sin saber muy bien por qué, y ahí está.

Enrico.

Quieto, sin apresurarse. No sé cuánto tiempo lleva ahí, ni desde cuándo ha ocupado ese punto exacto donde el salón deja de ser solo un lugar lleno de gente para convertirse en otra cosa.

—¿Cómo…? —es lo único que me sale.

No termino la frase. Me quedo suspendida en un segundo que no sé si es sorpresa o algo bastante más peligroso.

El pulso se me dispara, casi ridículo por lo simple que es todo alrededor, y sin embargo no me muevo.

Él tampoco.

Elena aparece detrás de él con esa sonrisa suya que no pide permiso para existir y levanta las manos. Se miran un instante con una complicidad breve, y después vuelve a mí.

—Volvió anoche —dice ella—. Y te dejó su número conmigo.

Miro a Enrico. Él no aparta la vista.

—Te vi la primera noche, al llegar —añade Elena, más suave ahora—. Estabas en una nube, pero tu felicidad no te llegaba a los ojos.

Óscar asiente desde un lado.

—Sí —dice—. Se te notaba… pero no del todo.

Elena se encoge de hombros.

—Así que esta mañana, cuando las he visto a ellas dos tan felices, le he preguntado a María, he atado cabos… y bueno. ¡Tachán!

Todo explota en risas. No sé quién se mueve primero, pero me descubro abrazando a Elena sin pensarlo, riéndome contra su hombro, murmurándole que no sabe lo que ha hecho, que ahora no me la voy a quitar de encima.

—Eso espero —responde ella, apretando el abrazo un segundo más.

Enrico se acerca entonces, con esa forma suya de estar que no necesita imponerse para ocuparlo todo, y cuando lo tengo delante todo lo demás deja de importar.

—No me iba a ir sin verte otra vez —dice.

No digo nada. Porque no quiero estropearlo.

Él sonríe, más cerca ahora.

—Te dije que Roma cambia a la gente —murmura.

—No —respondo al fin—. Roma no ha sido.

Se queda callado un segundo. Y entonces baja un poco la voz.

—Entonces fuiste tú.

No sé qué decir. Solo lo miro. Y él también.

—El otro día… —empieza, pero no termina.

No hace falta. Sé perfectamente a qué se refiere.

Y en ese hueco que deja la frase sin cerrar, siento el pasado y el presente mezclados, sin saber dónde termina uno y empieza el otro.

—Fue… raro —digo, buscando la palabra exacta sin encontrarla.

—No —corrige, con suavidad—. Fue real.

No sé por qué esa palabra pesa más que cualquier otra cosa que haya escuchado en toda la mañana.

Real.

Y mientras Lola y María celebran algo que ya no controlo, Enrico se inclina apenas lo suficiente para que todo lo demás deje de existir un segundo más.

—Esta vez no te me escapas —dice, muy bajo.

Suelto una risa breve, casi sin querer, más por nervios que por humor.

—Eso suena a decisión peligrosa.

—Lo sé —responde sin dudar—. Por eso la he tomado.

Me mira de una forma distinta ahora, no más intensa sino más clara.

Y yo vuelvo a quedarme sin palabras.

El mundo sigue celebrando a nuestras espaldas, pero aquí, en este pequeño margen que nadie más parece notar, hay una promesa que aún no ha terminado de tomar forma.

Y antes de que pueda pensarlo demasiado, antes de que vuelva a buscar sentido a nada, se acerca un poco más, lo justo para que el resto deje de importar sin desaparecer del todo.

No me toca. No hace falta.

Solo baja la voz.

—Carmen…

Mi nombre suena distinto en su boca, con un peso que no tenía hasta ahora, como si llevara toda la vida esperando a que alguien lo pronunciara así.

Y yo, sin saber muy bien por qué, me quedo en ese segundo en el que nada se mueve aunque todo esté cambiando.