Latidos en la ciudad eterna Capítulo 17
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Capítulo 17

Un consultor sin cobertura

Enrico

Llevo catorce años trabajando de consultor para gente que factura más en un trimestre de lo que yo voy a ver en toda mi vida, y aun así hoy me he pasado media hora delante de un escaparate de la Via del Corso decidiendo si a mi sobrina le va a gustar más el osito con la boina o el que lleva una pizza de peluche cosida en la barriga.

He elegido el de la pizza. Que la formación clásica está muy bien, pero a los seis años se aprecia más un buen chiste visual que una boina.

—Bendito viaje —murmuro por lo bajo, guardándome el osito en la bolsa, porque hace apenas cuatro días yo era el hombre que le dijo a su jefe que no, que a Roma no iba, que ya había hecho tres viajes ese mes y que si querían representación en la feria del sector, que mandaran a alguien con más ganas de maleta.

Menos mal que mi jefe no me escucha nunca.

Menos mal, sobre todo, que en algún punto de esa negativa cambié de opinión, porque si no, no habría estado en ese avión, y si no hubiera estado en ese avión, no habría conocido a Carmen, y esta ciudad, que llevo visitando por trabajo desde hace una década sin verla realmente ni una sola vez, se me habría vuelto a escapar entre reuniones y PowerPoints sin dejarme nada más que jet lag.

Sigo caminando, con el osito de la pizza chocando contra mi cadera cada dos pasos, y pienso en lo idiota que he sido.

No por el viaje. Por lo otro.

Porque anoche, cuando la besé en la puerta de su hotel, tenía tan concentrada la cabeza en no estropear el momento que se me olvidó lo más básico: pedirle el número.

Ahí estaba yo, con treinta y nueve años, un máster en gestión de proyectos internacionales y la capacidad de negociar contratos en tres idiomas, y no fui capaz de acordarme de sacar el móvil y decir «oye, dame tu número» como haría cualquier persona con dos dedos de frente.

Me fui. Sin más. Como un caballero medieval que decide que lo elegante es desaparecer en la penumbra, cuando lo único elegante habría sido quedarme cinco segundos más y resolver el problema con una simple cifra de nueve dígitos.

Llamo a mi hermana mientras cruzo una plaza que no me molesto en identificar, porque llevo diez años viniendo a esta ciudad y todavía no sé distinguir una plaza de otra si no tiene una fuente famosa en medio.

—¿Le has comprado ya el regalo a tu sobrina o sigues de crisis existencial en medio de Roma? —contesta ella nada más descolgar, sin saludar, como hace siempre.

—Las dos cosas. El osito lleva una pizza cosida en la tripa, es una genialidad.

—Con eso te has ganado el título de tío favorito otra vez.

—Era mío desde el nacimiento, no me lo puede quitar nadie.

Se ríe, y de fondo escucho a mi sobrina preguntando si el tío Enrico ha visto el Coliseo, si ha visto al Papa, si en Italia también hay churros.

Le explico, gritando un poco para que me oiga, que no ha visto ni al Papa ni churros, pero que ha comido un gelato de pistacho que le va a cambiar la vida el día que venga a probarlo.

Se conforma. A los seis años, un helado bien vendido gana a cualquier basílica.

—Oye —dice mi hermana, cuando ya la niña se ha ido a hacer otra cosa—, te noto raro.

—No estoy raro.

—Estás raro. Sueles contarme la feria, los clientes, el tostón de la cena de gala. Y hoy solo me hablas de una tal Carmen que, por cierto, todavía no me has explicado quién es.

—Es una española. La conocí en el avión.

—¿Y?

—Y nada. La besé anoche y se me olvidó pedirle el teléfono como un adolescente que no ha besado a nadie en su vida.

Se hace un silencio al otro lado, el tipo de silencio que en mi familia siempre precede a una carcajada.

—Enrico. Tienes treinta y nueve años.

—Lo sé.

—Cierras contratos de doce ceros sin pestañear.

—También lo sé.

—Y se te ha olvidado pedirle el número a una chica.

—Cuando lo dices así suena todavía peor.

Cuelga entre risas, no sin antes advertirme que como vuelva a Roma sin más fotos que las del techo de la Capilla Sixtina, no pienso perdonármelo en la vida. Le prometo que haré lo posible.

Me quedo parado en mitad de la plaza —creo que es la del Panteón, aunque tampoco lo juraría—, con la bolsa del osito en una mano y el móvil todavía caliente en la otra, y tomo una decisión que en cualquier reunión de trabajo calificaría de «riesgo no justificado por el retorno esperado».

Voy a ir a su hotel.

Ni siquiera me fijé en el nombre del hotel anoche, con la cabeza en otra parte.

Pero recuerdo la calle, la fachada, ese ventanal con vistas a la cúpula de San Pedro que ella misma señaló al llegar.

Con eso, un par de vueltas por la zona y más determinación de la que suelo emplear en asuntos personales, consigo dar con el sitio en menos de media hora.

Entro con la seguridad de quien ha entrado en salas de juntas mucho más intimidantes que un vestíbulo de hotel con mármol claro y lámparas antiguas, y me planto en recepción con mi mejor sonrisa profesional, la que reservo para clientes difíciles.

—Buenas tardes. Estoy buscando a una huésped. Carmen, española, llegó hace un par de días con dos amigas.

El chico de recepción, con placa de nombre que dice Óscar, me mira con una mezcla de curiosidad y sospecha que reconozco perfectamente porque yo mismo la uso cuando alguien intenta colarse en una negociación sin cita previa.

—Me temo que ha salido con sus amigas. Y por política del hotel no puedo darle el número de habitación.

—Lo entiendo, lo entiendo. Solo quería…

Y entonces me quedo sin frase. Porque «solo quería» ¿qué exactamente? ¿Verla? ¿Explicarle que soy un consultor internacional capaz de gestionar crisis en tres continentes pero incapaz de pedir un número de teléfono? Suena patético incluso pensado en silencio.

Una chica aparece por detrás del mostrador, con el pelo recogido a medias y pinta de haber llegado corriendo desde algún sitio con animales, a juzgar por un par de pelos que lleva pegados a la manga.

—¿Todo bien, Óscar? —pregunta, apoyándose en el mostrador con una confianza que solo se tiene con alguien de mucha cercanía.

—Este señor busca a Carmen. La española del trío.

Ella me mira de arriba abajo, con esa evaluación rápida que hacen algunas personas y que en cinco segundos deciden si eres de fiar o no.

—Tú eres el del avión —dice de pronto, con una seguridad que me pilla completamente descolocado—. Me habló de ti anoche, en el pasillo. No dijo tu nombre, pero por cómo lo dijo, no hacía falta.

No sé qué contestar. Me quedo ahí, con el osito de la pizza asomando por la bolsa y la sensación de que acabo de quedar retratado ante una completa desconocida.

—No tengo su número —admito al final, porque a estas alturas mentir sería absurdo—. Se me olvidó pedírselo anoche. Sé que suena ridículo.

—Suena ridículo —confirma ella, sin ninguna intención de suavizarlo—, pero también suena bastante tierno, si te soy sincera.

Óscar, a su lado, levanta las manos en un gesto de «yo no me meto», mientras ella saca un boli del mostrador y me acerca un papel.

—Dame tu número. Yo me encargo de que le llegue.

—¿Y por qué habría de fiarme?

—Porque soy la única persona en este hotel con más ganas que tú de que esto salga bien. Y porque, créeme, sé de lo que hablo cuando digo que a veces solo hace falta que alguien dé el empujón que el otro no se atreve a dar.

No sé muy bien a qué se refiere con eso último, ni por qué lo dice con una media sonrisa que parece guardar más historia de la que cuenta, pero algo en su tono me convence de que puedo confiar en ella más que en cualquier cláusula de confidencialidad que haya firmado nunca.

Apunto mi número. Se lo entrego.

—Gracias… —dudo un segundo—, no me has dicho tu nombre.

—Elena.

—Gracias, Elena.

—No me las des a mí —responde, guardándose el papel en el bolsillo con un gesto que casi parece de complicidad, aunque no llego a entender del todo con quién—. Dáselas cuando la veas. Si es que la ves.

Salgo del hotel con el mismo osito de peluche, un poco más ligero de dudas y bastante más pesado de esperanza, pensando que quizá, después de todo, sí que ha sido buena idea ceder y venir a este viaje.

Bendito viaje, sí.

Aunque todavía no tenga ni idea de si va a servir para algo más que para comprarle un osito con pizza a mi sobrina.