Latidos en la ciudad eterna Capítulo 16
81%

Capítulo 16

Un día para nosotras

Me despierto antes de que suene ninguna alarma, con un batiburrillo mental que apenas me ha dejado dormir. La luz entra a través de la cortina, suave, casi tímida, y durante unos segundos no sé muy bien dónde estoy. Me quedo quieta mirando un techo que no es el mío.

Y todo vuelve a su sitio en cuanto reconozco el ruido lejano de Roma tras la ventana. Las chicas. Enrico…

Me incorporo despacio, sin hacer ruido, y las observo.

Lola duerme boca abajo con un brazo colgando fuera de la cama, rendida del todo.

María está de lado, abrazando la almohada con una calma que no le reconozco, la de quien por fin ha soltado un peso que llevaba demasiado tiempo cargando sin nombrarlo.

Y ahí, en ese instante, lo noto. No es nostalgia, ni tristeza tampoco. Es más bien la sensación de estar mirando algo que llevaba tiempo sin ver: a mis dos amigas, tranquilas, sin prisa, sin el móvil pegado a la mano.

—Oye… —digo en voz baja, sin saber muy bien por qué rompo el silencio.

María abre los ojos despacio y tarda un segundo en ubicarse. Lola necesita un poco más, pero cuando vuelve lo hace de golpe, con el pelo revuelto y la mirada perdida entre el sueño y la realidad.

—¿Qué hora es? —murmura.

—Pronto —respondo.

Se hace un silencio breve, de esos que no incomodan pero tampoco pasan desapercibidos. Nos miramos. Y en ese cruce hay algo distinto, algo que no sé si es nuevo o si siempre ha estado ahí y no le habíamos prestado atención.

—Ayer… —empieza María, pero no termina.

Ya sé a qué se refiere.

—Ayer estuvo bien, requetebién —dice Lola, estirándose sin disimulo.

Asiento, aunque lo que tengo en la cabeza no es exactamente eso.

—No me refiero a eso —digo, con la espalda apoyada en el cabecero—. Me refiero a nosotras.

Las dos me miran ahora con más atención.

—Hace tiempo que no estamos así —añado, sin dramatizar, pero sin esquivarlo—. Las tres juntas disfrutando de… nosotras.

Lola baja la mirada un segundo.

—Ya… —admite—. Tienes razón, hace bastante.

María suspira, apoyando la cabeza en la almohada.

—Supongo que nos hemos liado cada una con lo suyo.

—Sí —respondo—. Pero no es solo eso.

No sigo. Ellas lo entienden. Porque no es una cuestión de agendas, ni de tiempo, ni siquiera de prioridades. Es otra cosa. Más difícil de señalar sin romperlo.

—Yo también lo he notado —dice Lola—. Y no me gusta. Antes éramos más…

María gira la cabeza hacia nosotras.

—Pues ya está —dice, con esa facilidad suya para resolver lo que otras complicamos—. Hoy es nuestro día.

—¿Nuestro día? —repito.

—Nuestro día —insiste, incorporándose—. Sin móviles. Sin planes. Sin… nada.

Lola arquea una ceja.

—¿Sin hombres también?

María sonríe.

—Sobre todo sin hombres.

Se me escapa una risa, porque hay una lógica muy nuestra en esa decisión, la de siempre, la de resolver las cosas sin darle demasiadas vueltas.

—Vale —digo—. Me gusta.

—Pues ya estaría —remata María—. Nos duchamos, bajamos y salimos. Y que Roma haga el resto.

***

Salir a la calle sin el móvil es más raro de lo que debería.

Lo noto en el gesto automático de buscarlo, en la inercia de comprobar la hora, en esa necesidad absurda de tenerlo cerca aunque no lo vaya a usar. Pero cuando lo he dejado encima de la mesilla y he cerrado la puerta, algo en mi cabeza ha cambiado.

No sé si es libertad.

Pero se le parece bastante.

Roma nos recibe sin prisa, con ese aire suyo de historia y ruido, belleza y caos, todo conviviendo en el mismo plano sin necesidad de ordenarse.

Caminamos sin rumbo, por calles que no conocemos, riéndonos más de lo necesario, hablando por encima unas de otras como si tuviéramos que recuperar de golpe todo lo que no nos hemos dicho en meses.

Pasamos por delante de una tienda de souvenirs y Lola frena en seco.

—Esperad.

Entra sin explicarse. Sale dos minutos después con una cámara Instax en la mano, de las que imprimen la foto al momento.

—¿En serio? —dice María.

—En serio —confirma Lola—. Sin filtros. Sin retoques. Sin poder borrarla si sale mal.

—¿Eso es una amenaza? —respondo entre risas.

—Es un documento histórico —corrige, apuntando ya hacia nosotras.

—Foto —dice de repente, parándose en mitad de la plaza—. Quietas.

—¿Otra? —inquiere María con un mohín—. Llevas como… unas diez ya.

—Y pienso hacer unas veinte más.

Nos colocamos sin pensar, exagerando poses, poniendo caras imposibles, riéndonos antes de que la foto siquiera exista.

Un chico que pasa se ofrece a hacérnosla a las tres y Lola se la tiende con solemnidad.

El aparato escupe la foto al instante, ese rectángulo blanco que va apareciendo despacio, con esa lentitud de revelado que a las tres nos deja en vilo un segundo de más.

Miramos el resultado las tres a la vez.

—Salgo fatal —protesta Lola.

—Siempre dices lo mismo —le contesto.

—Porque siempre es verdad.

—No es verdad —dice María—. Lo que pasa es que no sabes verte.

Lola la mira.

—Vaya profundidad para las diez de la mañana.

María coge la foto y la guarda en el bolsillo con cuidado.

—Para la posteridad.

Seguimos caminando, parándonos en escaparates, entrando en sitios sin saber muy bien por qué, probándonos cosas que no necesitamos, comentándolo todo. Hay momentos en los que el tiempo parece aflojar, en los que no hay prisa por llegar a ningún sitio.

Al doblar hacia una plaza más grande, nos topamos de frente con un grupo de turistas apiñados alrededor de una guía que sostiene un paraguas verde cerrado como si fuera un cetro. Habla en español, con acento sudamericano, señalando una fachada con gesto teatral.

—Y aquí, como veis, tenemos uno de los ejemplos más puros del barroco romano, construido íntegramente en el siglo diecisiete…

María se para en seco, con la misma cara que pone Lola cuando algo no está bien emplatado.

—Eso es del siglo dieciséis —murmura, sin dirigirse a nadie en particular—. Y no es barroco puro, es manierista tardío. Se nota en las proporciones de la fachada.

—¿Cómo lo sabes? —le pregunto, aunque ya me imagino la respuesta.

—Porque es mi trabajo saberlo —responde, sin apartar los ojos del edificio, con un deje de indignación tan sincero que me hace gracia—. No puedo evitarlo, es más fuerte que yo. Es como escuchar a alguien cantar desafinado en un karaoke: técnicamente no es mi problema, pero me duele.

—Pues a callar, porque no vamos a montar un directo aquí en mitad de la plaza —le advierte Lola, tirando de su brazo para alejarla del grupo.

—¡Si no voy a decir nada! —protesta María, dejándose arrastrar—. Solo lo pienso muy fuerte.

—Con esa cara, lo piensas a gritos.

Nos alejamos entre risas, con María todavía murmurando fechas y estilos por lo bajo, como quien no puede apagar del todo un interruptor que lleva encendido media vida, y a mí me da la sensación de que, aunque proteste, no hay nada en el mundo que le apetezca más ahora mismo que seguir esa corrección hasta el final.

En una calle estrecha del Trastevere, Lola se para delante de una carnicería y se queda mirando el escaparate con la misma atención que le dedicó anoche al menú degustación.

—¿Qué miras? —le pregunto.

—Cómo han cortado la panceta.

María y yo nos miramos.

—Lola —dice María—. Estamos de vacaciones.

—Ya lo sé —responde, sin apartar los ojos—. Pero ese corte está mal.

Entramos sin que nadie lo decida del todo.

El carnicero, un hombre de unos sesenta años con mandil blanco y cara de pocos amigos, levanta la vista y nos evalúa en un segundo.

Lola señala la pieza del escaparate y empieza a hablar en un italiano mezclado con gestos que, sorprendentemente, funciona.

El hombre frunce el ceño, responde algo, Lola replica, él vuelve a fruncir el ceño y entonces, de la nada, suelta una carcajada y le tiende la mano.

Salimos cinco minutos después con medio kilo de panceta que no teníamos previsto comprar y la tarjeta del carnicero.

—¿Para qué quieres su tarjeta? —pregunta María.

—Por si vuelvo —responde Lola, guardándola en el bolso sin darle más importancia.

Me río tanto que tengo que apoyarme en la pared.

—¿En qué piensas? —me pregunta María en un momento en el que me quedo un poco atrás.

—En nada —respondo, sonriendo.

Y no es mentira del todo.

Porque lo que estoy pensando no es algo concreto, es más bien la sensación de estar viendo por primera vez algo que ya estaba antes y que yo no quería mirar de frente.

Seguimos, dejando que el día se construya solo, sin estructura, sin objetivos.

Comemos en una terraza cualquiera, con platos compartidos, riéndonos de tonterías, hablando con la boca llena, interrumpiéndonos y volviendo a empezar. No hay nada extraordinario en ello y, sin embargo, es exactamente lo que necesitábamos.

—Esto sí —dice Lola en algún momento—. Esto sí que lo necesitaba.

María asiente.

—Yo también.

Las miro a las dos.

—Yo más —añado.

Y durante un rato largo, todo encaja sin esfuerzo ni prisa, como si Roma hubiera decidido, por una vez, dejarnos a nosotras el mando del día.

La tarde llega bajando el ritmo. Caminamos más despacio, hablamos menos y dejamos que los silencios se instalen sin tener que llenarlos.

Nos sentamos en un banco sin un motivo concreto, simplemente porque sí, porque estamos cansadas y nos apetece parar, y porque ya no queda nada más por hacer.

Lola estira las piernas.

María se recuesta hacia atrás.

Yo las miro.

—¿Sabes qué pasa? —dice Lola, rompiendo el silencio—. Que esto no puede ser una excepción.

María gira la cabeza hacia ella.

—¿El qué?

—Esto —insiste, señalándonos—. Nosotras así. No puede ser algo que pase un par de veces al año y ya está.

Hay algo en su voz que no es queja, pero se le parece.

—Pues no, no debería —dice María.

—No —replica Lola.

Las dos me miran.

Y sé lo que esperan.

Pero no quiero romperlo.

No así.

—Creo que esto era lo que necesitábamos —digo, eligiendo las palabras—. Aunque solo fuera hoy.

Lola frunce el ceño.

—¿Solo hoy?

—No lo digo a malas —aclaro—. Lo digo… porque es la verdad.

María me observa.

—Explícate.

Respiro hondo.

—Esto —digo, señalándonos—. Esto, en este momento, es una puta maravilla. Pero tenéis que pensar que todo lo demás… nos lo impide de una forma u otra. Nuestras vidas, nuestros ritmos, lo que tenemos fuera de aquí… No sé si vamos a saber hacerlo igual cuando volvamos.

El silencio que sigue no es incómodo.

Es honesto.

—Ya… —murmura Lola.

María no dice nada.

Pero asiente.

—Y aun así —añado—, hoy ha merecido la pena.

Las dos sonríen.

Y ahí, en ese gesto pequeño, en esa aceptación sin resistencia, entiendo que no hace falta prometer nada ni asegurarlo ni convertirlo en algo que tenga que sostenerse a la fuerza.

Porque lo que ha pasado hoy ya es suficiente.

Nos quedamos un rato más, sin hablar demasiado, dejando que el día termine de asentarse, sin necesidad de cerrarlo con una frase bonita.

Y cuando finalmente nos levantamos para volver, lo hacemos despacio, sin prisa, sin querer romper del todo lo que hemos conseguido recuperar, aunque sea solo por unas horas.

Roma sigue ahí, con su ruido y su historia intactos. Nosotras seguimos aquí también, aunque ya no en el mismo punto exacto en el que empezamos esta mañana.

Y, por alguna razón, eso no me asusta tanto como antes.