Capítulo 15
Un sueño inexplicable
La habitación tiene una calma rara que me inquieta.
Roma sigue ahí fuera, con ese murmullo constante que no termina de apagarse ni de madrugada.
Hace apenas unas horas, éramos puro ruido, risas, cuerpos entrando y saliendo, palabras atropelladas que no encontraban orden.
Ahora todo parece colocado de otra manera, igual que el agua cuando se aquieta y deja ver lo que antes estaba suspendido sin forma.
Estoy sentada en el borde de la cama, observando sin intervenir ese pequeño caos que hemos dejado atrás y que flota en el aire, en la ropa tirada sobre la silla, en los zapatos abandonados sin cuidado, en un rastro de perfume y vino difícil de precisar, pero que tiene que ver con todo lo vivido esta noche entre nosotras y fuera de nosotras.
Lola es la primera en romper ese equilibrio frágil, aunque no lo hace con la energía con la que ha entrado antes, sino con un gesto mucho más pequeño, casi imperceptible: se deja caer sobre la cama sin desvestirse del todo, con la mirada perdida en el techo, buscando una respuesta que no está ahí arriba.
—No sé qué me pasa —dice al cabo de un momento, más en un susurro que otra cosa.
No la miro de inmediato. Prefiero dejar que el silencio haga su trabajo, que no se sienta obligada a llenar el espacio con algo más grande de lo que realmente quiere decir.
María tampoco interviene; está sentada en el suelo, apoyada contra la cama, con el móvil entre las manos sin mirarlo, girándolo despacio entre los dedos.
—O sí —añade Lola, girando la cabeza hacia nosotras con una media sonrisa que no termina de sostenerse—. Sí sé lo que me pasa… y eso es casi peor.
Levanto la vista. No pregunto nada, solo espero. Cuando Lola se permite ese tipo de pausa es porque lo que viene después no tiene nada que ver con la broma fácil ni con la exageración que usa para protegerse.
—No quiero volver —dice entonces, sin rodeos, sin adornos, y en esa frase cabe todo lo que no ha dicho hasta ahora—. No quiero volver a mi casa, ni a mi cocina, ni a mi vida de siempre… no quiero volver a sentirme como me sentía antes de entrar en esa cocina esta noche.
El nombre del chef no aparece, y no necesita decirlo. Está implícito en cada palabra, en cada gesto contenido, en la forma en que Lola se incorpora sobre los codos con firmeza mientras habla, como quien por fin encuentra el pulso para decir algo que lleva tiempo callado.
—No ha sido solo el sexo —continúa, de frente, con una sinceridad que desarma más que cualquier detalle explícito—. Que sí, que ha sido… —se le escapa una risa breve, incrédula—, ha sido una locura, no voy a fingir lo contrario, pero no es eso lo que me tiene así.
Se queda un segundo buscando las palabras, por una vez sin que le importe no encontrarlas a la primera.
—Es cómo me ha mirado —dice al final—. Es que me ha visto, ¿sabéis? No como cocinera ni como mujer casada… nada de eso. Me ha mirado con la certeza de que yo ya era suficiente, de que todo lo que soy estaba bien tal cual, sin nada que demostrar, y no me acordaba de lo que era eso.
La habitación se queda quieta alrededor de esa confesión, como si el aire entendiera que no hay que interrumpir algo así.
—En mi casa… —añade, y ahí sí aparece la grieta—, en mi casa hace tiempo que dejamos de tocarnos de verdad.
Y cuando digo tocarnos no hablo solo de lo físico, que también, porque al final es siempre lo mismo, la misma postura, la luz apagada, buscando terminar cuanto antes para no incomodar.
El deseo convertido en una molestia que hay que gestionar en lugar de algo que se pueda disfrutar.
María deja de mover el móvil. Yo bajo la mirada un instante, no por incomodidad, sino porque hay algo en lo que dice Lola que se queda más tiempo del que debería.
—Hoy no —continúa ella, con la voz más firme—. Hoy no había prisa, no había rutina, no había nada de eso. Había… —se queda a medias, buscando una palabra que encaje—, había intención. Y yo estaba en el centro de esa intención. Y me sentí importante.
Se deja caer de nuevo sobre la cama, exhalando un largo suspiro, dejando escapar parte del peso que cargaba.
—Y ahora tengo que volver a una vida donde no soy eso —murmura—. ¿Cómo coño hago eso?
No hay respuesta, y tampoco la espera. No se trata de solucionar nada, sino de ponerlo sobre la mesa, de mirarlo de frente sin disfrazarlo.
María es la que se mueve después, no con la intensidad de Lola, sino con una especie de ligereza que intenta mantener, aunque se le cuela algo más profundo entre frase y frase.
—Pues yo voy a hacer lo contrario —dice, echando la cabeza hacia atrás contra la cama—. Yo no pienso volver a pensar demasiado.
La miro, y ya sé que no va a ser tan sencillo como lo plantea.
—Mi taxista… —empieza, con una sonrisa que no es la misma de antes—, bueno, ya sabéis cómo ha ido eso.
Ha sido más comedido, más… —busca la palabra—, más listo, quizá.
No ha ido directo. Ha ido acercándose poco a poco, tocando cuando tenía que tocar, mirando cuando sabía que tenía que mirar, y yo…
—se ríe por lo bajo—, yo estaba en mi cabeza, en mis cosas, en todo lo que siempre me distrae cuando la cosa empieza a ponerse interesante.
Se gira hacia nosotras con el codo apoyado en el suelo.
—Y de pronto me coge la mano —continúa—, así, sin avisar, y me dice que no le he contado nada de una columna por la que hemos pasado, que los turistas se habían quedado sin saber los detalles…
y me entra la risa, pero no porque sea gracioso, sino porque me está sacando de donde estaba sin pedirme permiso.
Lola sonríe apenas. Yo también.
—Y al final… —María se encoge de hombros—, al final me ha convencido. Me ha dicho que solo teníamos dos noches para amarnos… y yo he pensado que estaba loco, que nadie dice esas cosas en serio… pero luego…
Se queda en silencio, y no hace falta que termine la frase para entenderla.
—Pero luego lo ha demostrado. Y yo… —niega con la cabeza—, yo no me reconocía. No por lo que hacía, sino por lo que sentía, sin pensar en el después.
El móvil vibra a su lado. Lo mira pero no lo coge.
—Está ahí —dice, señalándolo con la barbilla—. Y sé que si contesto, todo sigue. Y si no contesto… también.
Ahí aparece lo que estaba escondido.
—Siempre hago lo mismo —continúa, más bajo—. Llego hasta aquí… y me voy antes de que pase algo de verdad.
Lola la mira. Yo también. No hay juicio, solo reconocimiento.
—Y no sé si esta vez quiero irme —termina, dejando la frase en el aire.
El silencio que sigue no pesa. Se coloca entre nosotras sin necesidad de llenarlo.
Las observo a las dos, y es entonces cuando Enrico aparece sin que lo llame, colándose en mis pensamientos con una claridad que no había tenido hasta ahora, no como recuerdo, sino como posibilidad.
Lo veo apoyado en la fuente, mirándome sin urgencia, sin pedir nada que no estuviera dispuesta a dar, y siento de nuevo esa mezcla que no termino de nombrar, esa calma y ese vértigo juntos, una combinación que no había sentido antes con nadie.
Me pregunto si Roma está jugando con nosotras, colocándonos en escenarios que no nos pertenecen… o si por una vez somos nosotras las que estamos dejando de resistirnos.
No digo nada.
Me dejo caer junto a Lola, con la vista en el techo y la presencia de María a mis pies, las tres dentro de un mismo espacio que ya no es el mismo que esta mañana, porque nosotras tampoco lo somos.
No sé qué va a pasar cuando volvamos, ni si algo de esto sobrevivirá fuera de aquí, ni si quiero planteármelo ahora. Pero hay una cosa que sí tengo clara, y es que esta noche no va solo de lo que hemos hecho, sino de lo que hemos dejado de ser durante unas horas.
Y eso… eso no se deshace tan fácil.
Roma no nos ha cambiado.
Nos ha quitado el ruido suficiente para escucharnos.
Y ahora que lo hemos hecho, ya no hay manera de volver atrás sin saberlo.