Latidos en la ciudad eterna Capítulo 14
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Capítulo 14

Todo encaja

Entro en la habitación con el aire de Roma pegado a la piel y una sensación difícil de explicar que, aunque no es felicidad, se le parece lo suficiente como para confundirla.

Cuelgo la chaqueta en la percha con un cuidado absurdo, en un intento de poner orden en la ropa ya que en mi cabeza, de momento, es imposible.

El móvil vibra en el bolso, todavía tirado sobre la cama. Lo cojo casi por acto reflejo y frunzo el ceño al ver el nombre en la pantalla.

Sergio.

«Carmen, llevo días sin saber de ti. ¿Todo bien? Deberíamos hablar de lo nuestro».

Leo el mensaje dos veces, no porque me haga dudar, sino por la increíble facilidad que tiene este hombre para aparecer siempre en el peor momento posible.

—Ni de coña vas a estropearme esto —murmuro, y borro la conversación entera sin darle más vueltas, con una sonrisa que él jamás sabrá que le he dedicado.

Dejo el móvil boca abajo sobre la mesilla, como quien cierra una puerta que ya ni siquiera necesita llave.

Me quedo con la mirada perdida y pienso en la cadencia del agua de la Fontana y en la sensación de que todo parece más sencillo de lo que en realidad es.

Se me escapa una sonrisa sin darme cuenta, y con ella él regresa a mi mente.

La forma en que me ha mirado cuando ya no quedaba nada que discutir, el silencio compartido antes de separarnos, el beso en la puerta del hotel, corto, contenido, y a la vez con una carga extraña que todavía me palpita en el pecho, como si alguien hubiera rozado una fibra que llevaba tiempo sin que nadie tocara.

Me toco los labios distraída, tomo aire y trato de aterrizar en el presente.

—Vale, Carmen… céntrate —me digo en voz baja.

De pronto la puerta se abre y manda al traste cualquier esfuerzo de orden.

—¡Ay, canija! —Lola irrumpe oliendo a comida, a vino, y a una noche que se le ha escapado en un visto y no visto—. Creo que me he enamorado, te lo digo en serio. Ese hombre es único. Un auténtico dios entre los fogones, te lo juro. No es normal lo que hace con… las manos.

Suelta el bolso de cualquier manera, atraviesa la habitación y se mete en el cuarto de baño, desde donde sigue con su monólogo a gritos.

—No, no, no… esto no es cocinar. Que va, cocinar es lo de menos. Es que te mira y ya estás perdida, Carmen, perdida del todo.

Sale del baño con el pelo revuelto y una intensidad en los ojos, entre agotada y eufórica, que nunca le había visto.

Antes de que pueda responderle, la puerta se abre de nuevo.

—¡Chicas! —María entra riéndose, fiel a su forma natural de llegar a los sitios—. A ver… necesito aire, una copa de vino y desahogarme. No sé muy bien en qué orden, pero lo necesito ya.

Abandona su bandolera sobre la mesa y se queda de pie un segundo, como si todavía estuviera asimilando dónde ha pasado las últimas horas.

—El taxista es un dios —dice, directa.

Lola se da la vuelta lentamente.

—¡Ala! Otro dios más —añado divertida.

—Será que Roma los fabrica en serie.

—Pues debe de ser cierto —asegura María convencida—. Pero estoy segura de que el mío ha subido de nivel porque no es terrenal.

Me apoyo en el cabecero y me cruzo de brazos.

—Chicas, la situación se nos está yendo de las manos.

Y ese es el detonante.

Las tres estallamos en una carcajada desordenada. Roma ha abierto una brecha que ya no hay forma de cerrar.

—De acuerdo. Frenad un poco —digo al final, levantando una mano—. Vamos por partes, que si no esto va a parecer una competición olímpica de galanes romanos.

María se deja caer sobre el colchón de forma exagerada.

—Empieza Lola, que ha llegado la primera.

Lola asiente y se sienta en el borde de la cama con una serenidad que mucho me temo no va a encajar del todo con la historia que nos va a contar.

—Vale… —arranca, y solo con su tono ya le noto que no tiene ninguna intención de ahorrarse los detalles.

Respira hondo y cuando vuelve a hablar, baja el ritmo. No parece que le dé apuro, es que está claro que quiere revivir cada momento.

—Al principio ha sido muy correcto. Demasiado.

Me ha dado la impresión de que me explicaba cada detalle como si estuviera leyendo un manual.

Así con todos los platos. Pero luego… —hace una pausa, buscando la disposición de las palabras— la cosa dio un giro.

Y la verdad es que ni siquiera sé en qué momento pasó.

María se inclina hacia delante, en modo cotilla. Yo no digo nada, muerta de curiosidad.

—Empezó con una mano en la espalda, sin intención aparente. Una mirada que se alargó más de lo normal. Un pretexto para rozarme al pasar… y, en cuanto terminó el servicio, perdimos el control.

—Vaya… —suelto, sin poder cerrar la boca.

—Pues sí, Carmencita, eso digo yo, porque acabamos en el vestuario.

—Vaya… —repite mi otra amiga, igual de atónita.

—Tal cual. Y lo mejor es que no sé quién tiró de quién. Supongo que los dos queríamos lo mismo.

El silencio no cae, se queda flotando, formando una burbuja sexi entre nosotras.

—¿Y… ya? —inquiere María arqueando una ceja.

—Y ya —concluye Lola, cerrando un tema que claramente tiene mucha más tela que contar.

—Bueno… a ver. —Se muerde el labio con picardía—. Olía a especias y a madera caliente. Sus manos se notaban ásperas de cocinar, pero las movía… ¡Joder, cómo las movía! Con una precisión y una prudencia que para nada me esperaba.

—¡Por Dios! —se me escapa y ella se ríe.

—El mundo se quedó fuera. Os juro que nunca me he sentido tan cuidada ni tan deseada. Me cuesta explicarlo sin que suene exagerado, pero fue justo eso. Me miraba como si yo fuera lo único que importara.

Hace una pausa breve, deleitándose con el recuerdo. Un paréntesis en el que María y yo dejamos salir un suspiro cargado de anhelo.

—¡Uff! He descubierto posturas que ni siquiera sabía que eran físicamente posibles. Ha sido una experiencia tan increíble que todavía me cuesta creer que haya pasado de verdad.

—Me alegro muchísimo por ti, Lolilla. Te mereces eso y más —intervengo, porque sé lo que viene ahora.

—Ya sabéis que para mi marido yo solo era un desahogo nocturno y… —deja la frase en el aire—. Bueno, qué más da. No es el tema. Ese malnacido no merece ser nombrado en Roma.

Reímos otra vez, más suaves.

Lola levanta las manos.

—Tampoco voy a entrar en detalles. Pero me he sentido como una diosa.

María se gira hacia mí y apoya la barbilla en la mano.

—Vale, esto ya es mitología aplicada.

Me encojo de hombros, divertida.

—Es que Roma viene fuerte.

—Ahora tú, María. Ese taxista tuyo tiene pinta de ser…

Ella se tapa la boca para aguantar la carcajada.

—El mío fue más comedido —empieza—. Pero no por falta de intención. Nos plantamos delante de una columna cualquiera, en mitad de una plaza, y el tío me coge la mano y me suelta, todo serio, que aún no le he contado nada de ella. ¡Yo qué sé de columnas, oye! Que si es dórica, jónica o yo qué sé.

Me muerdo el labio para no reírme, porque sé perfectamente que María se sabe la diferencia entre los tres órdenes clásicos mejor que la mitad de los arquitectos de esta ciudad, y aun así aquí está, delante de nosotras, fingiendo que no tiene ni idea, como si necesitara guardarse ese trocito de la noche solo para ella.

—Ya, claro, «yo qué sé» —repite Lola, con retintín, sin creérselo del todo.

—¡Es verdad! —protesta María, aunque la sonrisa la delata—.

Bueno, el caso es que entre eso, las miradas y el ambiente…

acabamos en su casa. Os prometo que no entraba en mis planes —se apresura a aclarar—.

Al menos no iba con esa idea… pero cuando me dijo que nuestro tiempo en Roma se agotaba y que no estaba dispuesto a perder ni un segundo más sin descubrir a qué sabía estar conmigo, me derretí.

Lola abre la boca, sorprendida.

—María…

—Que sí, lo sé, de verdad —interrumpe ella, levantando una mano—.

Soy consciente. Aunque, ¿qué queréis que os diga?

El chico tiene razón, apenas nos quedan un par de días.

—Se encoge de hombros, riéndose sola—. El caso es que le sacamos partido a cada rincón: en el sofá, en el baño, en su cama… al final perdí la cuenta.

Nos quedamos en silencio, procesando la información hasta que la risa estalla de nuevo, invadiendo la habitación.

—Sois un peligro público, las dos —digo, negando con la cabeza, aunque no puedo disimular que me muero de ganas de estar en su lugar—. Un peligro público y con muy buen gusto, hay que reconocerlo.

—Mira quién habla —suelta Lola, señalándome con la copa imaginaria de una mano que no tiene copa—. Que tú tampoco has vuelto precisamente rezando el rosario.

—Yo no he dicho nada.

—Por eso mismo —remata María, entornando los ojos—. El silencio es lo más sospechoso que hay.

Entonces, sus miradas convergen en la mía, mostrándose en una pregunta muda y directa.

Me quedo un instante callada, notando el peso de la curiosidad y la presión de una confesión que no me atrevo a soltar.

—La Fontana di Trevi está preciosa de noche —digo.

Me encojo de hombros, restándole importancia. Y la risa vuelve. Más tranquila. Más nuestra.

Me dejo caer hacia atrás en la cama, y ellas se dejan caer a mi lado, una a cada costado, como llevamos haciendo desde que teníamos edad para caber las tres en una sola cama sin que nadie se quejara del espacio.

—¿Sabéis qué? —dice Lola, con la vista clavada en el techo—. Llevaba meses sin sentirme así de bien con vosotras. Y mira que hoy ha sido un día raro de narices.

—Raro bueno —matiza María.

—Rarísimo bueno —confirmo yo.

Nos quedamos las tres calladas un momento, escuchando el rumor lejano de Roma a través de la ventana, y por primera vez en mucho tiempo ese silencio no pesa ni incomoda, solo se siente como algo nuestro, ganado a base de tantos años aguantándonos.

Solo me apetece disfrutar de este momento con ellas, aferrándome a una sensación que, al menos por hoy, no tengo ninguna intención de analizar.