Latidos en la ciudad eterna Capítulo 13
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Capítulo 13

La columna que nadie preguntó

María

—¿Sabías que esa fuente de ahí no es romana de verdad?

—dice Enzo, señalando con la barbilla algo que no llego a ver del todo, con la misma soltura de quien lleva toda la vida contando lo mismo y aun así sigue disfrutándolo—.

La reconstruyeron en el siglo diecinueve.

Casi nadie lo sabe, y los que lo saben no lo dicen, porque arruina la foto.

Y ahí estoy yo, sentada en el asiento delantero de su taxi, escuchándolo como si no llevara doce años haciendo exactamente lo mismo que él acaba de hacer, solo que con turistas alemanes en un centro histórico a ocho mil kilómetros de aquí.

Es lo más raro del mundo, y a la vez lo más agradable: que alguien me cuente una ciudad sin que yo tenga que sonreír, señalar con el brazo en alto y comprobar de reojo que el grupo no se ha quedado atrás fotografiando una paloma.

Y lo peor es que le escucho. Vaya si le escucho.

—La pareja alemana ya está resuelta —anuncia Enzo, guardándose el móvil en el bolsillo de la camisa con esa parsimonia suya que a mí, que llevo el día contando los minutos como quien cuenta ovejas, me pone de los nervios de la manera más agradable posible—.

Se han apuntado a un tour por libre. Sobrevivirán.

—¿Y ahora qué? ¿Me devuelves al hotel?

—¿Tienes prisa?

No la tengo. Y es justo eso lo que me incomoda.

Porque yo, profesionalmente, soy la que lleva el ritmo.

La que decide cuándo se para el grupo, cuándo se sigue, cuándo hay tiempo para fotos y cuándo no.

Y aquí, lejos de mi terreno, sin grupo que controlar ni horario que cumplir, dejo que sea otro el que marque el paso por primera vez en mucho tiempo.

Enzo aparca en una calle que no reconozco, y salimos sin que ninguno de los dos diga adónde vamos.

Caminamos. Al principio hablamos de todo y de nada, del tráfico, de un cliente insoportable que él tuvo la semana pasada, de si Roma es mejor de día o de noche —tema que, por lo visto, todo el mundo en esta ciudad tiene una opinión firmísima al respecto—.

Y entonces nos plantamos delante de una columna.

Una columna cualquiera, de esas que yo misma señalaría a un grupo de veinte personas con el brazo en alto y la sonrisa profesional puesta.

Me coge la mano.

Sin previo aviso, sin ceremonia, como quien hace lo más normal del mundo.

—¿Y esto? —pregunto, sin soltarme, que conste.

—Esto —dice, señalando la columna con la mano libre— es que no me has contado nada. Ni si es corintia, ni jónica, ni dórica. Y a mí me interesa mucho saberlo.

Me quedo mirándolo, esperando la broma, el guiño, algo que confirme que está de coña. No llega.

—¿Me estás pidiendo una clase de arquitectura clásica en mitad de una cita?

—¿Es una cita?

—No lo sé. ¿Lo es?

—Depende de si me cuentas lo de la columna.

Suelto una carcajada que me sale de dentro, sin permiso, y durante un segundo dejo de pensar en si esto es o no una cita para explicarle, con el mismo entusiasmo que uso con los turistas que pagan por escucharme, la diferencia entre los tres órdenes clásicos.

Él escucha con una atención que ningún cliente me ha dedicado jamás, ni siquiera los que fingen interés por educación.

—Jónica —concluyo—. Por los volutas del capitel.

—Sabía que ibas a saberlo.

—Es mi trabajo.

—Ya. Pero también sabía que ibas a disfrutarlo. Eso no es trabajo.

Y ahí me pilla. Porque tiene razón, y no me gusta que me la tenga tan rápido.

Seguimos caminando, y en algún momento entre una plaza y la siguiente dejo de fijarme en los monumentos y empiezo a fijarme en él: en cómo camina sin prisa, en cómo pregunta cosas que nadie me pregunta nunca porque todo el mundo asume que la guía ya lo sabe todo y no necesita que le pregunten nada a ella.

—¿Y tú qué? —le digo, casi sin darme cuenta de que llevo media hora siendo la única que habla—. ¿Siempre recoges a turistas perdidos, les enseñas columnas y luego desapareces de sus vidas?

—Solo cuando merece la pena.

—Qué respuesta más peligrosa.

—Lo sé. La tengo ensayada.

Me río otra vez, y esta vez ni siquiera intento disimular que me está gustando.

Acabamos en su piso, un tercero sin ascensor con vistas a un patio interior lleno de ropa tendida de los vecinos, sin que en ningún momento del trayecto ninguno de los dos haya dicho en voz alta que íbamos hacia allí.

Simplemente pasó, como pasan las cosas que en el fondo llevas queriendo desde la primera columna.

—No tengo casi nada en la nevera —advierte, abriendo la puerta.

—No he venido por la nevera.

—Menos mal.

No necesita decir nada más. Se acerca despacio, me aparta el pelo de la cara con un gesto que en cualquier otro contexto sería casi torpe y aquí resulta exactamente lo contrario, y cuando por fin me besa entiendo que llevaba toda la tarde esperando esto sin querer reconocerlo, ni ante él ni ante mí misma.

Lo que viene después no lo voy a contar aquí. Ya se lo contaré a las chicas, con más vino y menos pudor.

Lo que sí puedo decir es que en algún momento de la noche, con su brazo cruzado sobre mi cintura y la respiración ya acompasada del sueño, me quedo mirando el techo, despierta, haciendo lo que siempre hago cuando algo empieza a importar de verdad.

Calcular la salida.

No porque quiera irme. Sino porque es lo único que sé hacer bien cuando algo deja de sentirse como un rato agradable y empieza a sentirse como otra cosa.

Enzo se remueve en sueños y me busca sin despertarse, como si su cuerpo ya hubiera aprendido en una sola noche a no dejarme escapar tan fácil.

Y yo me quedo quieta, dejándole ganar esta vez.

Aunque solo sea porque estoy demasiado a gusto para moverme.