Capítulo 12
La Fontana di Trevi
La Fontana aparece sin aviso, al doblar una esquina, y la impresión es tan inmediata que me deja sin palabras.
La he visto infinidad de veces en fotos, pero estar frente a ella en persona y ver caer el agua con tal cadencia…
hace que ninguna imagen le haga justicia.
Además, la piedra recoge la luz nocturna de una forma que hace desaparecer todo lo que había alrededor.
Me acerco por inercia, esquivando a la gente sin pensarlo, y entiendo que la atracción que me empuja hacia la fuente se parece demasiado a la que me arrastra hacia él.
—Joder… —me sale en un susurro que soy incapaz de controlar.
Él se queda callado, no hace ningún comentario. Solo me deja asimilar y disfrutar. Ahora entiendo lo que quería decir: «De día es bonita. Pero de noche tiene magia».
Me detengo en el borde, dejando que el sonido del agua ocupe todo lo demás, incluso lo que no quiero pensar.
—Preciosa, ¿verdad? —inquiere en un susurro, bajando la voz como si el propio encanto del lugar pidiera silencio.
Asiento, sin llegar a girarme. Porque si lo hago, el momento cambiará.
Y no estoy lista para que eso pase.
—Ahora tienes que lanzar una moneda y pedir un deseo.
—¿Y qué pido?
—Eso ya depende de ti.
Saco la moneda sin pensármelo demasiado y la sostengo un instante entre los dedos, buscando en mi disco duro porque no encuentro nada concreto que pudiera pedir, algo raro en mí que siempre tengo alguna petición en la cola de salida.
La suelto sin haber decidido nada, el destino se encargará de lo que sea que tenga que venir. La observo mientras cae al agua y con un sonido leve se pierde entre el murmullo constante de la fuente.
No digo nada.
Él tampoco.
Y en mitad de este paréntesis que se ha abierto entre los dos, me asalta una duda que no me atrevo a verbalizar.
«¿Esto es por Roma… o es por él?».
Nos quedamos un instante más frente a la Fontana, sin movernos, porque girarnos podría romper algo que no tiene nombre.
Debería decir cualquier cosa para recuperar el control y volver a pisar tierra firme. Pero no lo hago, me quedo callada y él también.
Solo me observa, no de esa forma rápida que se pasa por encima, sino con una atención que no se disfraza de otra cosa, y noto cómo ese gesto me descoloca más de lo que me gustaría admitir.
—¿Sabes? Tienes una forma muy peligrosa de mirar Roma —dice al final, en voz baja.
No respondo de inmediato. Porque no sé si se refiere a la ciudad o a mí, y es justo en esa duda donde se siente todo lo que está ocurriéndonos.
Le sostengo la mirada, más de lo prudente, el tiempo suficiente para darme cuenta de que tampoco él la aparta.
Doy un paso atrás, recuperando mi propio espacio y marcando algo de distancia antes de que la inercia de la noche siga decidiendo por nosotros.
—Deberíamos volver —murmuro, aunque mi voz no suena demasiado convencida.
Asiente, sabe leer entre líneas y entiende exactamente lo que estoy callando.
Y aun así, cuando empezamos a caminar, ninguno de los dos se apresura.
Dejamos atrás el rumor de la Fontana y caminamos uno al lado del otro, sin necesidad de llenar el espacio, permitiendo que el entorno se encargue del resto.
No hablamos de lo que hemos visto, ni de lo que hemos pedido al lanzar la moneda, ni de lo que este momento significa fuera de aquí. A veces, poner etiquetas a las cosas antes de tiempo solo sirve para que pierdan parte de lo que son.
Cuando llegamos a la entrada del hotel, ralentizamos el ritmo de forma instintiva. Tengo el presentimiento de que esta no va a ser una despedida al uso, porque no tenemos la seguridad de que se vaya a repetir. Estamos en un punto intermedio donde todo es posible y nada está asegurado.
Me giro hacia él con la sensación de que debería decir algo que esté a la altura del momento, pero no encuentro ninguna frase que no suene falsa.
Parece que a él le sucede lo mismo porque tampoco dice nada. Se limita a mirarme, con calma, regalándome un segundo más de su tiempo.
Podría dejarlo aquí, despedirme con una frase de cortesía y subir a la habitación, dejando el recuerdo de esta noche tal cual está.
Sin embargo, no quiero que acabe. Así que sin pensarlo mucho, alargo la mano y le rozo la muñeca.
Es un toque mínimo que he deseado hacer cada vez que lo sentía a mi lado, un leve contacto suficiente para que el ambiente cambie por completo, para volverlo más nuestro, más cercano.
Él baja la mirada hacia ese gesto, y cuando vuelve a levantarla ninguno de los dos estamos en el mismo lugar.
Doy un paso adelante que apenas se nota, pero que acorta el espacio. Sin palabras lo invito a que sea él quien termine de romper la distancia.
Él se acerca lo justo para que el momento sea definitivo. Y vaya si lo es.
El beso, que llevo esperando toda la noche, llega sin aviso.
Suave al principio, casi una pregunta, y luego más firme.
Sus labios presionan los míos y lo siento en el estómago, en las manos, en ese punto exacto del pecho donde se instalan las cosas que importan, confirmando lo que ya estaba ahí desde antes de que nos tocáramos.
Cuando se separa, se mantiene a escasos centímetros, dejando que nuestra respiración se mezcle en una atmósfera mucho más cargada.
Me quedo sin palabras, con la mente en blanco, disfrutando de la excitación y de su calor.
Él parece estar haciendo lo mismo, porque se pasa la lengua por los labios con una mirada que no necesita explicación.
—Buenas noches, Carmen —murmura al final, con un tono tan ronco que me deja clavada en el sitio.
Asiento, perdiéndome en él durante unos segundos más, alargando este perfecto instante.
—Buenas noches, Enrico.
Me cuesta moverme, separarme y no dar un paso más en esto que se ha estado gestando. Siento la duda taladrarme el cerebro, una resistencia que no tiene que ver con él sino conmigo. Con lo que esto significa o podría significar fuera de esta noche y esta ciudad.
Doy un paso hacia la puerta, luego otro, y cuando ya tengo la mano en el tirador algo me empuja a volverme, por el impulso tonto de comprobar que sigue ahí.
Pero ya no está.
Busco su silueta en el sitio donde debería estar y solo encuentro el hueco que ha dejado. No sé muy bien qué esperaba, y me sorprende no sentir la decepción de siempre, esa que aparece en cuanto algo bonito se acaba.
Esbozo una pequeña sonrisa y entro.
Esta noche he dejado de controlar. Y, por una vez, no me arrepiento.