Latidos en la ciudad eterna Capítulo 11
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Capítulo 11

La noche decide por ti

—Stai bene?

Levanto la vista y, durante un instante que no sabría ni calcular, el mundo se recoloca al verlo a él.

Tardo un poco más de la cuenta en reaccionar, no esperaba cruzármelo, y menos así, chocando de frente en mitad de una ciudad que ya me tiene bastante revolucionada.

—Tú… —digo, un poco mareada por el impacto.

—El mismo —responde, con una tranquilidad que no fuerza nada—. ¿Estás bien?

Me recoloco un mechón de pelo detrás de la oreja, más por ganar un segundo que por necesidad. El destino, que está claro que sabe lo que se hace, acaba de ponerme delante la oportunidad que dejé pasar en el avión.

—Sí, sí… ha sido culpa mía. Iba…

—Distraída, de eso ya me he dado cuenta —dice entre risas, constatando lo que es obvio.

Lo miro de reojo, divertida y con ganas de llevarle la contraria, porque no estoy segura de querer darle la razón tan rápido.

—No iba… distraída.

—No —corrige—. Ibas en tu universo particular, que no es lo mismo.

Y ahí me gana un poco, aunque no se lo vaya a reconocer en voz alta.

—¿Y tus amigas? —inquiere, mirando por encima de mi hombro—. Erais tres, ¿no?

Suelto el aire de golpe, arrastrando con él todo lo que acaba de pasar en el restaurante, en el taxi y en este día que, por su cuenta, ha decidido no darme ni un respiro.

—Roma ha hecho de las suyas —le confieso—. Ha decidido que mis amigas necesitaban enamorarse hoy y ellas, sin rechistar, le han dado la razón.

Se ríe a carcajadas, y ese sonido encaja de maravilla con el momento.

—Claro. Por algo dicen que Roma es la cuna del amor.

Niego poco a poco, saboreando la discusión antes de empezarla.

—No, eso es París. No intentes cambiar lo que ya está escrito.

—París es puro postureo —replica sin dudar—. Esto signorina —señala con los brazos abiertos— es otra cosa.

—Ya, pero París tiene historia.

—Y Roma tiene más siglos —contraataca—. Y menos filtros.

—En París está el Sena.

—En Roma calles donde te pierdes sin querer encontrarte.

—París tiene…

—Roma te cambia aunque no quieras.

Con esa afirmación me quedo callada. Y no es porque haya ganado. Sino porque no tengo ganas de seguir discutiendo cuando, en el fondo, sé que no está hablando de ciudades. Y me irrita un poco que tenga razón sin haber tenido que esforzarse lo más mínimo.

—Vale —concedo—. Punto para Roma.

—Siempre —dice, con una seguridad que empieza a resultarme peligrosa.

Se hace un silencio cómodo, que me permito disfrutar sin decir nada más.

—¿Cuánto tiempo os quedáis? —suelta al fin, al cabo de unos segundos.

—Tres días —respondo—. Estoy aquí por un sorteo que gané.

Alza las cejas, sorprendido.

—¿En serio?

—Y tanto.

—¡La leche! Pues mañana mismo te llevo a comprar lotería.

Lo dice tan serio que me entra la risa.

—¿Para qué?

—Para comprobar si tienes una racha o solo ha sido un golpe de suerte.

Lo miro, y noto cómo algo se activa en mi interior sin poder evitarlo.

—¿Y si prefiero pensar que es cosa mía y no se puede compartir?

Se queda pensativo, acariciándose la barbilla, con los ojos entrecerrados, sin apartar la vista de mí.

—Entonces será más divertido comprobarlo.

Ahí están. Las chispas que, sin apenas hacer ruido, se sienten.

—Tres días es poco —dice casi para él.

—Ya… —respondo—. Pero es lo que hay y mucho es. Recuerda que es gratis.

Asiente, con la mirada perdida, parece intentar encajar el mapa de la ciudad en función al tiempo que le acabo de dar.

—No puedes irte sin ver la Fontana di Trevi de noche.

El nombre se queda flotando entre nosotros.

—Entonces tendré que verla. Me lo apunto —aclaro, haciendo el gesto de escribirlo en un papel ficticio—. Se lo comentaré a las chicas cuando las vea luego.

Niega con rotundidad.

—No sería lo mismo.

—¿Ah, no?

—No —responde—. Si la visitas de día es bonita. Pero de noche tiene magia.

Hay algo en la forma en que lo dice que no se ajusta a una recomendación turística.

—Me lo apunto también —respondo, manteniendo la distancia.

—¿Por qué no ahora?

La pregunta cae sin rodeos, demasiado directa para el tono en que estábamos hablando hasta hace un momento. Por pura inercia, miro alrededor, en busca de una señal que me detenga.

Y… no encuentro ninguna.

—Vale —digo tras dejar pasar un segundo.

Él no dice nada. Solo asiente, como si él mismo se hubiera quedado pillado con su propia propuesta.

Lo sigo pensando que, a este paso, Roma va a decidir por mí también.

Seguimos avanzando, dejando la cúpula de San Pedro a nuestra espalda, nos metemos por callejuelas que se van estrechando a nuestro paso, donde la luz cambia y el ruido se suaviza hasta volverse un murmullo lejano.

Roma, de noche, parece otra ciudad, más íntima, más cómplice.

Ha dejado de exhibirse para empezar a insinuarse.

—Por cierto —digo, dándome cuenta de pronto—. No me has dicho tu nombre.

—No. Ni tú tampoco.

—Carmen.

Me presento como si fuera una dama de la corte real y le hago una reverencia.

—Enrico.

Actúa de la misma manera y me besa el dorso de la mano.

Nos reímos y tras una breve pausa que consigue poner en jaque mi corazón, continuamos nuestra marcha.

Él habla de forma natural, sin forzar la charla cuando nos quedamos callados, y eso me relaja mucho, porque no siento la obligación de ser la que lleva la voz cantante.

Después de una buena caminata, se detiene frente a una heladería discreta, sin luces estridentes ni carteles llamativos para turistas.

Miro el local con atención y, para ser sincera, no me convence lo más mínimo. Tiene una pinta tan normal que dudo que valga la pena.

—Aquí —indica—. Hacen el mejor gelato de la ciudad.

—¿Y qué pasa con los de la Plaza de España? Tenía entendido que allí se encontraban las mejores heladerías de Roma.

Hace un gesto con la mano, espantando la idea.

—Eso es para quien viene a hacerse fotos. Esto es otra cosa.

Lo miro, evaluando más su expresión de convencimiento que el local en sí.

—Confío en tu criterio, pero si luego me fallas, no te lo voy a perdonar.

—Tranquila. Lo que has probado hasta ahora no tiene nada que ver con lo que tú crees que es un gelato.

Pongo los ojos en blanco y asiento.

—De acuerdo.

Salimos con los helados y reemprendemos la marcha, alternando bocados y conversación. Me choca darme cuenta de que llevo un buen tramo con la mente en blanco. Ni rastro de Lola, ni de María. Ni de lo que se está moviendo entre nosotras.

Y eso, más que preocuparme, me sorprende.

—¿Siempre haces esto? —curioseo.

—¿El qué?

—Encontrarte con desconocidas y convencerlas para cruzar media ciudad a estas horas.

Se encoge de hombros.

—No siempre aceptan.

—Entonces hoy se podría decir que has tenido suerte.

—Puede.

Me mira, y algo en su rostro se suaviza, un hoyuelo pequeño que no le había notado antes se le marca en la mejilla.

¡Mierda! No me lo esperaba y algo se me remueve en el estómago, así que avanzo, porque necesito moverme.

En seguida se pone a mi lado y seguimos andando un poco más, sin hablar, y lo raro es que no me resulta incómodo.

Al contrario, me relaja. La conversación ha hecho su trabajo y ahora le toca al silencio ocupar su sitio.

No sé muy bien en qué punto pierdo el hilo de mis pensamientos y me descubro observando su forma de caminar, en el ritmo tranquilo con el que se mueve, en esa forma de estar presente sin resultar agobiante y, sobre todo, en lo cómoda que me siento.

Nos detenemos casi a la vez, por puro instinto, frente a una pequeña plaza que a simple vista no parece tener nada especial. Un banco de piedra junto a una fuente discreta y un par de farolas dibujando sombras suaves sobre el suelo irregular. Sin turistas ni ruido. Solo esto.

—¿Te pasa a veces? —pregunta de pronto.

—¿El qué?

—Esto —responde, con un gesto leve que nos señala a nosotros—. Sentir que estás exactamente en el lugar donde tienes que estar sin haberlo planeado.

Lo miro, y no sé si me incomoda la pregunta o la facilidad con la que podría responderle que sí. Porque estaba pensando más o menos lo mismo.

—No mucho —miento—. Suelo tenerlo todo bastante… controlado.

Asiente despacio. Como quien ya lo había intuido.

—Pero hoy no ha sido así —constata.

Niego con la cabeza, notando un vuelco al decirlo en voz alta.

—No. Hoy no.

No añade nada más y tampoco lo necesito.

Se sienta en el borde de la fuente y deja que el silencio vuelva a colocarse entre nosotros, solo que esta vez viene acompañado de una quietud que dice mucho más que antes, como si lo que no nos atrevemos a soltar estuviera ahí, flotando entre los dos.

Me acomodo a su lado, dejando un pequeño espacio entre los dos que pronto me parece absurdo, porque a pesar de que no nos tocamos, la tensión se vuelve tangible. Y por primera vez en todo el día, dejo de darle vueltas a lo que pasará después para centrarme en el ahora, porque simplemente estoy…

Y eso, en mí, no es habitual.