Latidos en la ciudad eterna Capítulo 10
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Capítulo 10

Jerez en el corazón

Elena

Llevo toda la mañana con las manos llenas de barro y pelos de perro, tironeada por dos galgos que no se ponen de acuerdo ni para caminar en línea recta y un labrador empeñado en revolcarse en el primer charco decente que encuentra.

Los caballos son mi debilidad de verdad, pero hoy me tocan perros, que buena falta les hace el paseo largo aunque después el barro me lo cobre yo, en la ropa y en la paciencia.

Los sábados, si puedo escaparme, cambio el barro de los perros por el olor a paja de la cuadra de las afueras.

No tengo caballo propio, pero Franca, la dueña, me deja cepillar al suyo a cambio de echarle una mano con el pienso, y esa media hora vale más que cualquier otra cosa que haga en toda la semana.

Hay algo en el ritmo de un caballo respirando cerca de ti que no se parece a nada más, aunque llevo tiempo sin encontrar la forma de explicárselo a nadie sin que suene raro.

Cuidar animales ajenos no estaba en ningún plan que yo tuviera hace unos años, pero la vida tiene ese sentido del humor tan suyo de colocarte exactamente donde no esperabas.

Y tardé un tiempo en admitirlo, más del que me gustaría reconocer, pero hoy sé que esto es lo mío, lo que se me da de verdad, y no cambiaría estas manos siempre sucias de barro y pelos por ningún despacho con aire acondicionado.

Paseo perros, doy de comer a gatos de vecinos que se van de viaje, y los sábados, si puedo, me escapo a la cuadra de las afueras solo para estar cerca de los caballos, aunque no tenga ninguno propio. Todavía.

A media tarde me suena el móvil. Es Óscar.

ÓSCAR:

Necesito que vengas al hotel. Urgente.

Frunzo el ceño. Con él, «urgente» puede significar desde que se ha incendiado la cocina hasta que ha visto a una clienta guapa y necesita que alguien le recuerde que tiene pareja.

YO:

¿Urgente de verdad o urgente de que estás siendo tú mismo otra vez?

ÓSCAR:

La segunda. Pero date prisa igual.

Me río sola, con el labrador todavía empeñado en olisquearme el bolsillo donde llevo las chuches, y le contesto que en media hora salgo.

Marta, que se encarga de los gatos cuando yo ando liada con los perros, me manda un audio preguntando si puedo cubrirle mañana.

Le digo que sí, porque entre nosotras nunca se dice que no.

Devuelvo al labrador a su casa, dejo al último galgo con su dueña, que sale a recogerlo en pijama y sin la menor prisa, y camino hacia el hotel con la ropa oliendo a perro mojado y la sensación de siempre: la de echar de menos algo que tiene forma de patio andaluz y olor a azahar, aunque lleve tanto tiempo aquí que Roma ya debería sentirse como en casa.

No lo siento así. Todavía no.

Llego justo a tiempo para verlo con las manos en los bolsillos, apoyado en el mostrador, dedicándole a una rubia guapísima esa sonrisa suya de «puedo solucionarte la vida o complicártela muchísimo», la misma que usó conmigo la primera vez que me vio.

Y entonces le suelta lo de los rincones «de noche».

No necesito escuchar más.

—¿Pero tú qué te crees que estás haciendo?

La colleja sale sola, sin pensarlo, con la misma naturalidad con la que aparto a un perro de una acera con cristales.

—¡Elena!

—¿Otra vez con lo mismo? —le digo, cruzándome de brazos—. ¿Otra clienta?

La rubia levanta las manos como si acabara de presenciar un atraco, y hay algo en su forma de hacerlo, entre divertida y sorprendida, que me cae bien al instante.

—Eh… solo me estaba indicando lugares para visitar «sola» —aclara, remarcando la última palabra con una ironía que agradezco.

La miro un segundo y sonrío.

—Sí, claro. Lo conozco bien.

Óscar intenta defenderse, como siempre, y como siempre lo hace fatal.

—No es lo que parece…

—Es exactamente lo que parece —le corto—. Y te aviso: como sigas así, cojo el próximo vuelo y me planto en Jerez sin mirar atrás.

Lo digo medio en broma, medio no, porque hay días en los que la amenaza pesa más de lo que me gustaría reconocer delante de una desconocida.

La rubia pregunta por Jerez, y yo le cuento lo justo: que mi familia es de allí, que tengo el corazón repartido entre dos sitios, que Óscar tiene parte de culpa de que hoy siga aquí en vez de allí.

No entro en detalles. Hay historias que no se cuentan en un mostrador de hotel a alguien que acabas de conocer, por muy simpática que parezca.

Y esta lo parece. Mucho.

Nos presentamos. Se llama Carmen. Nos damos dos besos con esa cercanía instantánea que a veces se da entre desconocidas, como si el cuerpo reconociera antes que la cabeza a quién merece la pena prestarle atención.

—Si necesitas recomendaciones de verdad —le digo, con una mirada de advertencia hacia Óscar—, mejor pregúntame a mí.

Intercambiamos teléfonos, y nos despedimos igual que dos amigas que llevan toda la vida juntas. Porque hay gente con la que uno sabe, casi desde el primer minuto, que va a volver a cruzarse.

Cuando se marcha, me quedo mirando a Óscar, que sigue con la mano en la nuca, más avergonzado que arrepentido, y pienso que buena parte de su encanto está justo ahí, en esa mezcla imposible.

—Eres incorregible —le digo, aunque ya no me sale con la misma rabia de hace un minuto.

Me agarra de las caderas y tira de mí hasta pegarme a él, con esa confianza de quien sabe exactamente cuánto tarda en desarmarme.

—Pero estoy enamorado de ti.

—Eso no te impide ser idiota.

—Un poco sí.

Suspiro, y termino riéndome, porque lo conozco demasiado bien como para seguir enfadada más de dos minutos seguidos.

Apoyo la frente contra la suya, y por un instante, con el ruido del hotel de fondo y el olor a perro que todavía no se me ha quitado de las manos, pienso que da igual cuánto eche de menos Jerez algunos días.

Aquí, con él, entre bichos ajenos y clientas que llegan sin avisar, hay algo que también es un poco mi casa.

Y con eso, por ahora, me basta.